El cielo me llama XXII
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XXII

—¡Inaceptable! ¡Lo que usted está haciendo es inaceptable!

El grito se escuchó por todo el pasillo del segundo piso en el número cuatro del Carlton Gardens.

Los franceses eran conocidos por ser apasionados, sobre todo ahora que intentaban mantener unidos a un grupo de soldados en el exilio.

Aun así, quienes lo escucharon se detuvieron un segundo para adivinar desde cuál de las oficinas provenía.

El comandante Dupont era conocido en la institución por sus malas pulgas y, a esas alturas de la guerra, escuchar sus rabietas se había convertido casi en un deporte nacional.

—Inaceptable es lo que han hecho conmigo... —murmuró Margot.

—¿Qué dijo?

Los ojos desorbitados de Dupont parecían dibujar palabras en el aire. Margot evitó leerlas pues, a diferencia del francés, ella se sentía muy capaz de decirlas a viva voz.

—Soy piloto...

—Margot, lo que usted es no tiene nada que ver con la aviación francesa. Recuerde que su solicitud...

—¡Soy piloto y voy a volar! —Margot levantó la mirada y la clavó en los ojos de Dupont, quien sintió que lo estaban taladrando hasta la nuca—.

Entiendo las urgencias de la guerra. Entiendo que hay una causa más grande que usted y yo.

Incluso entiendo que pueda haber una resistencia en subir a una mujer a un avión.

Pero lo que no entiendo ni acepto es que usted esté dispuesto a perder un recurso.

Dupont se dejó caer contra el respaldo de su silla. Evaluó a Margot con la mirada mientras jugaba con un lápiz y golpeteaba la superficie de la mesa.

—Usted se equivoca si piensa que irá al frente de combate —le dijo el hombre.

—Eso es posible...

—No, Margot. Es una realidad. Sé reconocer a un piloto experimentado cuando lo veo y usted no lo es.

Si va al frente la devolverán a su tierra en un cajón.

—Dupont hizo una mueca con los labios—. He firmado demasiadas cartas de condolencia como para enviarle a una madre, al otro lado del Atlántico.

No sabría cómo explicarle que su hija, de no más edad que la mía, estalló en mil pedazos sobre el Canal de la Mancha.

Hubo un silencio, como si el ojo de un huracán se hubiese posado justo en la oficina. La calma tensa se sostenía solo por los nudos apretados en las gargantas de Dupont y Margot.

—No tiene que hacerlo, comandante. —Dupont sonrió al ver que la chiquilla se atrevía a romper el silencio. Dejó caer el lápiz y amarró sus manos, entrelazando los dedos justo sobre su vientre—. Autorice mi ingreso al Air Transport Auxiliary y libere de ahí a un piloto experimentado.

—Y será a otra madre a la que deba escribirle las condolencias... —porfió él.

—Y Francia tendrá a otro héroe. En la guerra la gente muere, comandante. Al menos, déjeme hacer mi parte mientras espero mi turno.

Dupont asintió. Fue reflejo. La ira continuaba quemando en su interior, pero el intercambio le pareció justo.

Tomó la carta que Margot había puesto en su escritorio y rayó su firma en ella.

Sin más palabras, lo deslizó hasta el otro lado del escritorio.

Margot lo recibió en silencio. El comandante hizo un gesto para despacharla.

Antes de cruzar la puerta, Margot se detuvo y volteó hacia Dupont. Lo miró con ojos serenos.

—Algún día, Francia va a estar orgullosa de mi servicio, comandante.

No esperó la respuesta. Abrió la puerta y se perdió al otro lado.

✰✰✰

Roger entró a la habitación de Margot y le arrebató el abrigo de las manos.

La chiquilla estaba teniendo problemas para doblarlo y estaba a punto de agarrarlo a palos, a ver si así se reducía.

En las manos del teniente Divin, el abrigo parecía dócil, como si se derritiese.

Pronto se convirtió en un trozo de tela del tamaño de un cojín.

El muchacho sonrió al ver el rostro de Margot, que mezclaba admiración y un poco de envidia.

Le extendió el abrigo a su amiga. Cupo perfecto en el fondo del bolso de Margot.

—Ya va a aprender cuando le toque doblar un paracaídas —dijo el joven.

—No pienso hacerlo —le contestó Margot.

—Eventualmente, lo hará.

—No, si me voy a pique con avión y todo. —Margot echó mano al resto de su ropa que ya estaba bien doblada sobre la cama y comenzó a acomodarla como ladrillos sobre el abrigo.

—Esa es mi Margot. Perezosa hasta el final.

Ambos rieron. Roger no volvió a tocar las cosas de su amiga. Se limitó a observarla desde una esquina de la habitación. La ventana estaba abierta y una brisa ligera mecía las cortinas delgadas.

—Lo voy a extrañar, Roger —dijo ella.

—No —el rostro serio del teniente le quitó el aliento a Margot por unos segundos—, usted va a estar muy ocupada volando.

—De igual forma, creo que...

—Usted estará volando todo el tiempo, Margot.

La mujer guardó silencio y vio una sonrisa apagada en el rostro de su amigo.

—Monsieur Orlemont acaba de estacionar frente al hotel.

René Divin se apoyó en el marco de la puerta antes de hablar. Margot volteó a verlo. Llevaba un pantalón plisado de tweed y una camisa celeste con las mangas arremangadas. De pronto, Margot vio en él a su padre. No solo por la ropa, sino por la mirada cálida.

—Ya estoy terminando, René. Muchas gracias. —Margot apartó la vista y continuó empacando. Los hermanos permanecieron junto a ella.

—¿No olvida algo? —dijo René, sacudiendo una hoja de papel en su mano derecha.

Era la carta de aceptación que el cuartel general de la Air Transport Auxiliary, basado en White-Waltham, había mandado a Margot.

Tenía apenas un par de días de abierta. Margot sonrió.

En ese papel se le ordenaba presentarse en Hatfield el primero de agosto, para comenzar su instrucción como cadete.

Por un momento, se paseó por la mente de Margot la idea de llegar a la base sin sus órdenes.

—Muchas gracias, René. No sé lo que haría sin usted —afirmó la joven.

—Lo sabe, Margot. —La mirada penetrante del hermano mayor de los Divin congeló la ansiedad de Margot—. Usted ya lo aprendió.

Margot sonrió otra vez. Ya había dejado de contar las veces en que lo había hecho, incluso como una respuesta nerviosa. Todas contaban para ella. Eran sonrisas que, de pronto, comenzaba a atesorar.

La muchacha terminó de armar su bolso. Echó un ojo al armario y lo vio vacío. Se detuvo a observarlo más de lo que en realidad quería. Su mirada se perdió en la madera oscura del mueble.

—¿Ya terminó de empacar? —Madame Shreiner entró en el cuarto de Margot, sosteniendo una taza de té que aún venía humeando.

—Yo llevaré el equipaje al auto, Margot. —Roger tomó el bolso de la cama y se lo echó al hombro.

Ivonne miró a René, que bajó la vista y se excusó para salir también del cuarto. Cerró la puerta antes de salir.

—¡Ivonne! Pensaba pasar a su cuarto antes de partir. Ya sabe, para...

—Y bueno, Margot, pensé que tendría tiempo para una taza de té.

Ivonne le acercó la taza a Margot, era un Earl Grey.

No dudó en aceptar la invitación de su amiga.

Se perdió entre el vapor antes de darle un buen sorbo a su té.

Los cabellos de Margot se le vinieron a la cara.

Ivonne, con delicadeza, comenzó a acomodárselos detrás de las orejas.

Las amigas se miraron por algunos segundos.

Luego compartieron a sorbos el resto del té, hasta que no quedó nada.

—Su cabello es un desastre, Margot —dijo Ivonne.

—Lo sé. Lo ha sido desde que llegué a esta isla. Incluso, a pesar de que usted me prestó esto.

Margot extrajo de su cabello un broche que mantenía a duras penas el resto de su peinado en su lugar.

Era sencillo, de metal. Unas alas de mariposa unidas en el centro por una perla turquesa.

Ivonne se lo había prestado a Margot para ir a su reunión con la comandante Gower.

Antes le había contado que su madre lo había salvado del fuego en un incendio en Chile.

Fue lo único que recuperó de una casa de infancia.

Desde entonces, para ella, era un símbolo de buena fortuna.

Madame Shreiner lo había llevado a Europa como un talismán.

Ivonne recibió el broche entre sus manos y acunó un tesoro. Sonrió y luego le desordenó el pelo a Margot un poco más.

—Pensaba pasar a dejárselo antes de... —Margot hizo una pausa, sintió un amargor en la boca—. Ya sabe...

Hubo silencio, miradas y sonrisas, hasta que Roger golpeó la puerta del cuarto. Cuando abrió, una corriente cruzó la pieza. Madame Shreiner apenas logró sostener su vestido. El cabello aleonado de Margot terminó de desordenarse.

—René tuvo que ir a atender un asunto, Margot. Yo la acompañaré hasta Hatfield —dijo Roger.

—¿Pero...?

—Pierre no quiere regresar manejando solo a Londres.

La muchacha asintió.

Ivonne dio un paso adelante y con una de sus manos intentó bajar la cabellera alborotada de su amiga.

—Hay mucho viento afuera, Margot. —Luego de peinarla con los dedos, Ivonne calzó su broche en el pelo de la chiquilla—. Puede no ser un buen momento para devolverlo.

Acto seguido, Ivonne Shreiner dio media vuelta y se fue de la habitación.

Margot solo pudo suspirar mientras pasaba los dedos de una mano por el broche metálico.

No sonrió, no sintió alivio, no entendió muy bien lo que estaba pasando por su cabeza, por su corazón o por su estómago.

Luego siguió a Roger hasta el auto. Antes de salir, nadie la miró a los ojos mientras recorría el pasillo del hotel.