El cielo me llama XXI
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XXI

Las manos le sudaron durante todo el tiempo que estuvo en la sala de espera.

Una pierna le temblaba, aunque no era involuntario.

Margot la movía tan rápido que generaba un tamborileo.

A ratos se volvía molesto para los demás pacientes en espera, que la miraban de reojo con impaciencia.

La muchacha, que solo tenía dieciséis años, ya había interrogado a todos los que pudo sobre la prueba de medición de la vista.

Era lo único que le faltaba para formalizar su incorporación al Club Aéreo de Chile.

A los pilotos se les exigía tener una vista perfecta o, al menos, lo más cerca posible de la perfección. A ella desde hacía unos años le costaba ver bien lo que la profesora anotaba en el pizarrón del aula. No le había prestado mucha atención al tema.

Podía distinguir la mayoría de las cosas y le había encontrado el gusto a ver las luces de las farolas de Santiago un poco difusas.

Para ella, la noche capitalina estaba siempre brumosa.

Tampoco les había contado a sus padres sobre el asunto.

La habrían mandado a hacerse anteojos y la vanidad le impedía pensar en usarlos.

Suficiente tenía lidiando con su altura y su rostro redondo.

—¡Duhalde! —La voz suave de un enfermero interrumpió la espera.

Margot se levantó. Había comenzado a morderse los labios y a jalar una cutícula en el dedo gordo de su mano izquierda. Decidió, de pronto, que el amarillo de las paredes de la consulta médica no le agradaba.

—¿Duhalde? —repitió el enfermero, con un tono más severo.

Al fijarse mejor, la adolescente notó que las paredes no eran amarillas, sino blanco invierno. El reflejo del sol y las luces de las lámparas de interior hacían el dorado.

—¡Margot Duhalde!

La chiquilla levantó la mano como si una profesora estuviese pasando la lista de asistencia. El enfermero chequeó los datos en la lista escrita a mano y luego le hizo un gesto para que lo acompañara hasta el box médico.

Al cerrar la puerta, Margot quedó aislada de la sala de espera. Al interior de la oficina había un pequeño pasillo que conducía hasta el despacho del médico.

—Enfermero, ¿qué tipo de examen toman para la vista? —preguntó Margot.

—Un test de Snellen. Lo clásico —dijo el hombre.

—¿Me darán tiempo suficiente para contestar las preguntas? Cuando estoy nerviosa me cuesta articular las ideas. —El enfermero miró de reojo a Margot—. Además, no traje lápiz. Tiene que ayudarme...

—Relájese, señorita, solo tiene que decir la letra que lee en el cartel.

El enfermero abrió una cortina. Ahí estaba el doctor Maldonado, acomodando unos artículos en su escritorio. Margot se sorprendió al verlo.

Era casi un anciano un poco calvo. El pelo que le quedaba, canoso y ondulado, sobresalía desde los costados de su cabeza.

Parecía un flequillo de mal gusto. No fue eso lo que más le llamó la atención a Margot, sino los enormes anteojos que usaba.

Eran de un marco grueso negro y tan resistentes, que podían sostener un par de cristales gruesos como la base de una botella.

Con un gesto, el médico la invitó a sentarse frente a su escritorio. Sin mediar palabras, se acercó para observar muy de cerca los ojos de Margot. El hombre sacudió la cabeza y regresó a su escritorio a anotar unos valores en una hoja.

—Este es un visor estereoscópico —le dijo—. Voy a pedirle que mire dentro. Primero cierre el ojo derecho y dígame lo que ve. Después haga lo mismo con el izquierdo. Al final necesito que abra ambos ojos y vuelva a mirar.

El médico acercó a Margot una caja de madera. Contenía dos visores y una perilla negra en un costado. Maldonado instaló unas láminas y cerró la caja.

—Ojo derecho primero —dijo Maldonado.

Margot acomodó los ojos en los visores, pero no se atrevió a tocar la caja, sus manos estaban temblorosas. Suspiró profundo.

—Dígame qué ve —insistió Maldonado al notar el silencio de Margot.

La muchacha amagó para quitar la mirada del visor, pero el médico se lo impidió.

—No veo nada...

El médico levantó las cejas. El enfermero carraspeó.

—Ojo izquierdo ahora.

Lo mismo. Pasaron segundos de silencio antes de que Margot se atreviese a hablar.

—Tampoco veo nada...

El médico fue quien hizo silencio entonces.

—Esa no es la respuesta que queremos, ¿no? —afirmó.

—Es que no se ve nada al interior —le contestó Margot.

El doctor Maldonado dedicó unos minutos a revisar el aparato. Ella aprovechó la pausa para mirar al enfermero.

—¿Quién lo diría? Había puesto las imágenes al revés —comentó el médico, cortando la tensión.

Su sonrisa parecía pequeña al lado de sus enormes ojos detrás de los cristales. Abrió la cajita e invirtió las láminas. Margot volvió a mirar al enfermero. Esta vez tenía los ojos vidriosos.

—Doctor, ¿no sería mejor ir al Snellen? —preguntó el asistente.

El médico miró al enfermero, aunque le costó ponerlo en foco.

—Digo, la paciente es una jovencita. Este examen no es más que un trámite, ¿no cree? —siguió el joven.

El médico lo pensó un poco y finalmente asintió. Dejó a un lado el visor.

—Señorita...

—Duhalde —contestó Margot.

—Señorita Duhalde, vaya hasta el inicio de la sala y lea la fila de letras que está justo en medio.

Maldonado señaló en la pared detrás de su escritorio un cartel con letras en diversos tamaños. Desde arriba y hacia abajo, se iban haciendo cada vez más pequeños.

—¿Dónde, doctor?

—Allá, junto al enfermero.

Margot se puso de pie y caminó a paso lento hasta la entrada de la consulta. El enfermero observó en silencio el desfile de la chiquilla que se paró a su lado. Luego le hizo una seña para que empezara a leer.

A ella se le trabó la lengua y las letras se le mezclaron. De pronto, la corrida completa se volvió borrosa. El médico al notar el esfuerzo en la cara de Margot volteó a mirar el cartel.

—¿Qué tan importante es aprobar para ti? —preguntó el enfermero.

—Necesito hacerlo. Si no lo hago voy a decepcionar a mucha gente y, a estas alturas, ya no puedo...

—No —la interrumpió—. ¿Qué tan importante es para ti?

La muchacha titubeó un segundo.

—Si no lo hago, me muero.

El enfermero sonrió.

—Cinco, ce, ge, o...

Margot miró con sorpresa al enfermero. Él le golpeó la mano y ella le repitió la secuencia. El doctor Maldonado sonrió con amplitud y volteó para felicitar a Margot. Luego le hizo repetir otras filas más pequeñas. Oyó a Margot leer todo sin problemas.

—¡Felicitaciones, señorita Duhalde, sus resultados son espléndidos!

El médico tomó la ficha de la paciente y estampó un timbre de aprobado, sin dejar de sonreír. Anotaba todo con un lápiz de grafito.

—El doctor es más ciego que sus pacientes —murmuró el enfermero, mientras le guiñaba el ojo a la adolescente. Margot sonrió y asintió en señal de agradecimiento.

✰✰✰

A Margot le pareció que en la sala de espera en Londres hacía frío.

Las paredes eran blancas, casi grises, y estaban recubiertas con un enchapado en madera que cubría al menos un metro y veinte centímetros desde el suelo.

En la calle había unos sorprendentes treinta grados.

Una ola de calor estaba afectando la ciudad, y venía acompañada de una sequía que tenía preocupadas a las autoridades por la posibilidad de incendios.

Los bombardeos habían menguado, pero cualquier chispa podía provocar un incendio.

En la consulta la sensación térmica era, con suerte, de unos veinte grados.

No vio sistemas de enfriamiento. Atribuyó el frío a las paredes gruesas, a la pintura, a los amplios pasillos en los que se formaba una corriente de aire y también a sus nervios.

Las manos le sudaban y las piernas le temblaban; tenía en el estómago revuelto.

La silla de la sala de espera ya no contenía su ansiedad.

En el lugar había solo otra persona más que, sentada al otro extremo, estaba concentrada en resolver un crucigrama.

Hacía años ya que Margot no veía a un oftalmólogo. No necesitaba una consulta para entender que su astigmatismo había empeorado. Por unos segundos, se recriminó no haber querido nunca usar anteojos, se lo aconsejaron tanto.

Se consoló pensando que el astigmatismo no era una condición que pudiese corregirse solo con el uso de lentes.

Margot creía, además, que el astigmatismo solo podía progresar.

Estaba segura de que usando lentes ni siquiera la hubiesen dejado acercarse a un avión.

No lograba recordar a un solo piloto que los usara.

Todos eran hombres... es probable que los anteojos fueran cosa de mujeres.

—¿Miss Duhalde?

Margot abandonó sus pensamientos y se levantó de la silla.

Junto a una puerta mal pintada, vio a un enfermero con una tablilla en las manos.

Era un tipo alto y flaco, llevaba el cabello rigurosamente peinado hacia atrás.

Tenía una nariz prominente, lo que hizo a Margot fantasear con que era un buen lugar para reposar un par de anteojos. Se llevó las manos a su propia nariz.

—Miss Duhalde, es su turno —insistió el enfermero en un inglés muy británico.

La joven chilena se puso de pie y suspiró profundo. Caminó a paso lento. Miró al enfermero con rostro de súplica, pero no recibió de vuelta siquiera una mirada. Resultó ser tan frío como las paredes de la consulta.

—Supongo que usted no va a ayudarme, ¿no? —terció Margot.

El hombre dio media vuelta. Sin mirarla cruzó la puerta y le hizo un gesto que Margot interpretó como una invitación a seguirlo.

Ya en la consulta, la muchacha notó que la puerta en realidad no estaba mal pintada, sino astillada.

Probablemente, alguna esquirla de las tantas que se colaban por las ventanas de los edificios durante los bombardeos la había estropeado.

Notó también un agujero en la pared cerca del techo.

Por ahí se colaba una brisa. Concluyó que ese era el sistema de enfriamiento que había en la sala.

—Tome asiento —dijo el enfermero.

Margot obedeció por instinto. No hablaba inglés, pero había algunas instrucciones que podía entender solo por el tono y los gestos.

Movió la silla y se sentó frente a un escritorio que también estaba astillado.

La pared de la consulta no estaba rota, pero sí tenía una fisura, que se extendía casi desde el techo hasta el suelo.

Desde atrás de un biombo, salió un hombre de edad madura, con el pelo cano en las sienes.

Llevaba bata blanca y anteojos con marco metálico.

Los cristales no eran tan gruesos, pero tenían un pequeño aumento.

De inmediato, Margot extrañó al anciano doctor que alguna vez la auscultó en Santiago.

Este médico le pidió que se subiera a una camilla de fierro para comenzar a examinarla.

El chequeo fue mucho más que el mero trámite del que le habían hablado Curtis, Gower y Orlemont.

La cara del médico después de usar cada uno de los artefactos que usó hizo que Margot abandonara toda esperanza de salir bien de ahí.

Lentes, luces, más lentes y una versión del visor estereoscópico más moderna pasaron por delante de ella.

En cada examen el médico meneó la cabeza.

—Bueno, tápese el ojo izquierdo con esto —el médico extendió una lámina negra que Margot recibió con reticencia—, y lea la segunda corrida de letras en ese cartel.

Los gestos del doctor la ayudaron a comprender la instrucción. En una pared estaba el test de Snellen, con al menos unas seis corridas de líneas. Una E gigante encabezaba el listado. Mientras el doctor tomaba asiento, Margot se tapó el ojo izquierdo y leyó efe, pe. El médico asintió.

Se puso de pie y fue hacia el letrero para señalar una nueva fila de letras.

Ele, pe, e, de... Esta vez a Margot le costó un poco más, pero sorteó la prueba.

El doctor le pidió a Margot cambiar de lado el parche y leer una nueva corrida de letras.

Ella quedó en blanco. Podía distinguir que había cinco letras, pero no veía la forma de ninguna.

El médico dio un paso atrás y fijó la mirada en la mujer.

—Sé que entre ellas hay una ge, creo que es la de en medio.

El doctor miró el cartel y sonrió. Se acercó a Margot y estiró la mano para pedirle de vuelta el parche.

—Inténtelo ahora.

Margot miró el test. Le costó enfocar y, con sorpresa, notó que lo que vio como una ge en realidad era una ce. Tampoco la veía muy nítida, pero lograba encontrar la diferencia. Al lado había una efe, aunque dudó, porque podía ser una pe o una e. Se rindió.

El oculista caminó hacia su escritorio y ocupó su silla, donde echó un vistazo a una carpeta con la ficha del ATA. El enfermero le indicó a Margot sentarse frente al doctor.

—Por favor, no me rechace —dijo la joven.

El médico continuó leyendo casi como si no hubiese escuchado a Margot.

—Acá dice que usted viene desde Chile —dijo el médico, señalando la palabra Chile, escrita en el informe.

—¡Sí, desde Chile! Muy lejos, muy muy lejos —contestó la muchacha entusiasmada—. ¿Usted habla español?

—No español —articuló el doctor con torpeza.

—Qué mal. Así podría contarle todo el esfuerzo que he hecho para venir a pelear esta estúpida guerra —refunfuñó Margot.

—Pero hablo francés —mencionó el médico, indicando la parte del informe que especificaba que Margot servía en la Fuerza Aérea de la Francia Libre.

Los ojos de la chilena se iluminaron y, sin más, se lanzó a explicar lo importante que era para ella conseguir la aprobación médica para poder volar y hacer su parte en el conflicto.

Contó desde su travesía en el trasatlántico.

Incluso reparó en las discriminaciones y burlas que había soportado en Inglaterra y reforzó las que había recibido por parte de los propios chilenos.

—No estoy en condiciones de reprobarla, Margot. La guerra requiere medidas extremas y la verdad es que hoy la necesidad nos lleva a tener que ser más laxos.

Margot contuvo una lágrima y se mantuvo en silencio. No quería que al hablar se le quebrase la voz.

—Tal vez si tuviese que mandarla al frente me hubiese opuesto, pero para labores de Ferry...

—El médico suspiró profundo y sacudió la cabeza, tomó un timbre y estampó la palabra «approved» en medio de la ficha de Margot—.

Confío en que con su servicio podamos liberar a uno de nuestros pilotos para que vaya a reforzar el combate.

Londres no resistirá otra ola de bombardeos.

—¿Eso quiere decir que estoy sana? —preguntó ella.

—No, Margot. Su astigmatismo es grave. Le doy el pase solo para liberar un cupo, pero rece todos los días para que no le toque volar. Si lo hace, no le doy más de tres meses de vida.

Margot echó su cuerpo hacia atrás. Intentó articular alguna pregunta, pero las palabras no le salían. De pronto, parecía que hasta había olvidado el idioma.

—Usted se va a estrellar, Margot.

El médico extendió la mano para despedirse de su paciente y el enfermero la acompañó hasta la salida de la consulta. Margot salió a la calle con una mezcla de alivio y temor. Era una emoción que no conocía. Solo supo sobrellevarla mirando al cielo. Quizá tenía razón, y el cielo la estaba llamando.