XX
La capitán Ebbage ocupó todo el camino desde la oficina de la comandante hasta la salida del edificio para explicar la ubicación de los controles en el avión.
La cadete que interpretaba las instrucciones hizo su mejor esfuerzo por seguirle el ritmo.
Margot no le puso atención ni a una ni a otra.
No estaba pensando. Solo podía concentrarse en los pasos que daba y en cómo cada uno de ellos se sincronizaba con su respiración.
Al abrir la puerta, el sol le dio en la cara. El cielo estaba despejado, demasiado para los estándares de Inglaterra, y el viento le despeinó el cabello. Miss Ebbage siguió de largo, sin pausa, y aceleró el tranco hasta el aeródromo.
No paró de repetir instrucciones. Esta vez, sobre los gestos que marcarían las maniobras con las que iba a evaluar a Margot. La cadete volvió a realizar una traducción impecable y, ahora sí, la chilena prestó atención como si su vida dependiera de ello. En cierto modo, lo hacía.
Una vez en el hangar, la capitana observó la ropa de Margot.
Consideró que los zapatos y el pantalón de la muchacha eran adecuados para la faena, pero la obligó a ponerse una chaqueta y luego le entregó un paracaídas.
Cuando Margot terminó de vestirse, Ebbage la convidó a seguirla hasta la pista. Un avión ya esperaba por ellas.
Margot temblaba. Se había abrigado, pero aun así sentía frío o quizá estaba nerviosa, no estaba segura. Sentía el estómago apretado, como durante una tormenta en alta mar. Le dolía el pecho, sus dientes estaban tan apretados que casi hacía crujir las muelas.
Se calmó cuando estuvo junto al avión. Era un Tiger Moth, de la fábrica local de De Havilland, un viejo conocido.
Aunque jamás había volado uno, no distaba demasiado del Gipsy Moth que se usaba en el Club Aéreo ni del Cirrus, el hermano mayor que también había alcanzado a volar antes de embarcarse rumbo a Europa.
Margot sonrió, suspiró largo y calmó la tempestad en ella.
El Tiger Moth era un avión construido para instrucción.
Escondía bajo la trompa un motor Gipsy Major de cuatro cilindros en línea, que le permitían desarrollar unos increíbles ciento treinta caballos de fuerza.
Tenía tanta potencia que sacudía el avión al arrancar; había que enfriarlo por aire durante el vuelo.
Le permitía al avión alcanzar una velocidad de ciento setenta y cinco kilómetros por hora.
Su techo de vuelo era de catorce mil pies de altura y su autonomía, de cuatrocientos ochenta y dos kilómetros.
Se podía cubrir la mitad de la isla de Gran Bretaña sin necesidad de repostar o viajar directo desde Londres a París y aun así tener combustible suficiente para dar un par de vueltas a los campos aledaños.
Margot se asomó hacia la cabina y sonrió.
Era igual a la de su viejo Gipsy Moth. Sobre el panel de izquierda a la derecha estaban el medidor de la velocidad del viento, el altímetro, el indicador de altitud, el indicador de dirección y la brújula por debajo.
Hacia el otro extremo, el indicador de presión hidráulica y el tacómetro.
Meterse fue otra cosa. El Tiger era un biplano.
Eso facilitaba pararse en un ala y sostenerse en la otra por sobre la cabeza, para entrar en el hoyo que era la cabina.
Margot tuvo que acomodarse, porque el asiento de cuero verde no dejaba mucho espacio de maniobra con la palanca de control entre las piernas.
Una vez instalada, reconoció el resto de los elementos: acelerador a su izquierda, la válvula de combustible que casi chocaba con su rodilla, la palanca para ajustar los slots de ataque en las alas y al fondo, bien al fondo, tocando casi con la punta de sus pies, los pedales de timón.
Margot se sentía en su hábitat.
Miss Ebbage se metió en la cabina del instructor, por delante de Margot, de un salto.
La chilena se sorprendió por la agilidad.
La doble ala achicaba el espacio para hacerlo, pero la capitana se resbaló hacia el interior y le dio la instrucción a un mecánico para la asistencia en el hand-swinging, que echaba a andar el motor.
Margot acompañó a la perfección arrancando los instrumentos de cabina.
Sin mediar palabra, ambas iban rodando hacia la pista.
El optimismo duró poco. Los minutos de espera para la luz verde de despegue hicieron que Margot se percatase de toda la actividad en el aeródromo.
Había al menos doce aviones en el aire, que se iban turnando para descender, tocar la pista, acelerar y volver a despegar.
Era un circuito que no parecía detenerse.
Le pareció desorganizado, una bella pieza de caos aéreo que se sincronizaba por arte y magia del talento humano. Luego vio los globos cautivos, que tapaban el horizonte. Se le apretó el estómago.
—¡Es primera vez que vuelo entre tantos aviones! —gritó Margot hacia su instructora. Miss Ebbage no se inmutó.
—Supongo que no me escuchó —se dijo Margot, mientras aceleraba el avión—. Tampoco es que me entendiese mucho —se repitió mientras el avión levantaba la nariz.
La chilena esperaba que la instructora supiera lo que estaba haciendo.
Pronto, el Tiger Moth estaba en el aire, ligero como una pluma, sometido al vaivén del viento y sostenido por las corrientes. La primera instrucción fue virar para alejarse del campo de vuelo y de los otros aviones en maniobras.
Margot se metió por un callejón de globos cautivos hasta perder de vista el aeródromo.
Entonces, elevó la nariz hasta alcanzar los tres mil pies.
El viento se volvió gélido y delgado. El cabello de la capitana se agitaba como la melena de un león al galope.
Margot pensó que el suyo no estaría mejor, pero la sensación de volar era algo que la liberaba de toda preocupación.
La chilena tomó el timón con seguridad y comenzó a seguir las instrucciones de miss Ebbage.
El examen resultó un mero trámite. Una vez en tierra, Margot vio que la esperaban la comandante Gower, Lettice Curtis y Pierre.
Los tres aplaudieron cuando Tiger Moth detuvo el motor y las aspas de la hélice dejaron de girar.
La capitana Ebbage se unió al aplauso, para dar el visto bueno a su nueva alumna.
En inglés celebró las habilidades voladoras de la muchacha. Luego se perdió rumbo al hangar.
—Bueno, Margot, parece que ha aprobado —dijo Pierre.
La felicidad explotó en el vientre de Margot. Sentía fuegos artificiales en una noche de fiesta. Llevada por el entusiasmo, corrió a abrazar a Lettice y a su comandante. Ambas estallaron de risa ante el ímpetu de la joven piloto.
—¿Ya estoy adentro? —preguntó Margot con un inglés muy mal pronunciado.
Pauline Gower negó con la cabeza. La euforia de Margot se apagó de golpe.
—Casi —contestó la comandante.
—Falta el examen médico, Margot —le dijo.
El miedo inundó a la chilena otra vez.
—Pueden regresar mañana, para el examen físico —dijo miss Curtis con un tono amable—. No se preocupe, Margot. Usted es una mujer joven, solo será burocracia.
Margot asintió y miró hacia el horizonte cortado por los globos cautivos. Recién en ese momento aceptó que su susto no eran los cables que anclaban los globos al suelo, sino que no podía verlos con nitidez.