El cielo me llama XIX
45%

XIX

Pierre Orlemont resultó ser un joven muy simpático.

Mucho más de lo que Margot pudo esperar.

Era un apuesto francés que había vivido durante cinco años en Chile, en la región de Aysén, al extremo sur del país.

Había leído en el periódico sobre la joven piloto que se había recibido de la Escuela del Club Aéreo de Chile.

Siempre quiso conocer a esa mujer que le había roto la mano al destino.

No era la primera piloto de la que había escuchado hablar, pero sí la más joven.

No lo pensó dos veces cuando, de boca de un capellán francés, se enteró de que la jovencita estaba en Inglaterra, sirviendo a la misma causa que él.

Tomó como tarea personal propiciar el encuentro.

Más cuando supo que la Fuerza Aérea de la Francia Libre no sabía muy bien cómo usar las habilidades de Margot.

—Me parece increíble que, después de todo, nunca haya visitado Hatfield.

Pierre rompió el silencio mientras iban en el auto.

Usaba el cabello corto a los costados y un poco disperso arriba.

Solía peinarse rigurosamente para meter el cabello bajo el coscacho de vuelo, pero si podía lo dejaba bailar libre al viento.

Eso le daba un aura de actor de cine. Margot no ocultaba su fascinación con el joven aviador.

—No estábamos seguros de si podíamos hacerlo, Pierre. Los hermanos Divin serán muy funcionarios del Estado Mayor, pero siguen siendo gente muy cauta —respondió ella.

—Igual que usted, supongo.

—Sí, supongo...

Estallaron en risas. Las andanzas de Margot eran ya un comidillo entre los franceses.

Y quizá el principal motivo por el que había costado tanto acomodarla en un trabajo real.

O, tal vez, el motivo por el cual nunca nadie se atrevió a pedirle que armara sus maletas para mandarla de vuelta al fin del mundo.

—Al menos se allanó el camino para el permiso del Estado Mayor de la Francia Libre —reflexionó ella.

—Un paso a la vez, Margot.

El aeródromo de Hatfield estaba a la vista desde hacía mucho rato. Era una explanada enorme, con un hangar que cubría al menos la mitad del espacio construido. Tenía techos irregulares, como los dientes de una sierra. A un costado se levantaban las hileras de barracas y edificios más rectangulares.

Margot estaba fascinada con la pista de aterrizaje.

En Chile los aviones del Club Aéreo tocaban tierra en un lugar más parecido a un potrero.

Su fascinación se desinfló cuando notó que todo el espacio usado por los aviones estaba dividido en un circuito custodiado por grandes globos cautivos.

Permaneció en silencio por el resto del camino.

La voz de Pierre, de pronto, se confundió con el viento.

Cuando el auto se detuvo frente al edificio rectangular, miss Curtis ya estaba esperándolos en las escaleras. Era la primera vez que Margot la veía, pero su nombre le parecía conocido, casi como el de una vieja amiga.

Miss Curtis era una piloto auténtica, que llevaba sirviendo en la Air Transport Auxiliary desde hacía meses. Se había ganado con honores su rango. Su voz y experiencia eran muy valoradas dentro de la RAF.

El comandante de Pierre le había escrito la carta recomendando a Margot y ella no dudó en concretar una reunión con su propia comandante.

El uniforme azul de Curtis, coronado por el coscacho y decorado por las alas doradas en el pecho, estremeció a Margot.

De pronto, la inglesa parecía tener un porte solemne que Margot dudó poder equiparar.

—Bienvenida a Hatfield, mi nombre es Lettice Curtis. —La mujer extendió la mano hacia Margot, en vez de realizar un saludo formal como soldado.

La chilena dudó un segundo en dar el apretón, pero los ojos verdes de Curtis parecían sinceros.

Su tez blanca, su sonrisa amplia y su cabello rubio bajo el coscacho le dieron un aire glamoroso.

Acto seguido, la piloto se llevó la mano hacia la gorra en saludo a Pierre Orlemont, quien devolvió la cortesía cuadrándose de inmediato. Luego los tres sonrieron.

Lettice no conversó mucho con la chilena, básicamente porque entendió que el idioma le costaba. Pero, cada vez que podía, le decía alguna palabra en francés, no con muy buena pronunciación, pero lo suficientemente precisa como para darse a entender.

—Qué bueno que pensó en Auxiliary, Margot. Necesitamos a mucha gente como usted —se atrevió a articular, mientras recorrían el pasillo de unas oficinas al interior del edificio.

Margot fingió compostura, pero la verdad era que no había estudiado mucho sobre la Air Transport Auxiliary. ATA, como solía llamarle Pierre, era una organización civil que había nacido por la necesidad de transportar pertrechos, medicinas y otros enseres durante la guerra.

Debido a la alta demanda de pilotos durante la batalla de Londres, el gobierno decidió tomar el control de la organización, para instruir también el transporte de los aviones de guerra que salían de las fábricas y debían ser llevados hasta las bases en el frente de combate.

A partir de 1941, la incorporación de pilotos mujeres se convirtió en un elemento crucial para engordar las filas de esta rama de la aviación. Pertenecer a ATA no implicaba ser parte de la RAF, pero se vislumbraba un brillante futuro para la causa y para las aviadoras.

—Yo vine acá a servir, miss Curtis —Margot se mordió la lengua—. ¿Está bien que la llame miss Curtis o debo dirigirme a usted por su rango?

Lettice rio largo y tendido. Se detuvo frente a una puerta y sostuvo a Margot por los hombros. La chilena no dejaba de sentirse impresionada si se topaba con una mujer más alta que ella.

—Nosotros no somos la RAF, querida. Mientras no vista un uniforme como el mío, puede llamarme Lettice, si así lo desea.

Al voltear, le enseñó la puerta de la oficina de la comandante Pauline Gower. Sin anunciarse la abrió. El lugar era pequeño y acogedor, con las paredes pintadas de un color crema que tranquilizaban la vista.

La comandante Gower estaba sentada detrás de un escritorio metálico lleno de carpetas, libros y documentos pendientes de firmar. Aun así se hizo un tiempo para mirarlas. Margot quedó impresionada con las fotos en las paredes.

Una serie de imágenes de aviones llenaban la sala. En medio, justo frente a Gower, había una con ocho mujeres vistiendo orgullosas el uniforme de ATA a los pies de un bombardero. La chilena sintió algo eléctrico. Se le salió una sonrisita nerviosa que no pudo disimular.

—Comandante, aquí están las personas que me atreví a recomendar.

Curtis señaló a Pierre y a Margot. Pauline levantó una ceja y extendió la mano para mostrarles las dos sillas frente a su escritorio. Lettice se disculpó y cerró la puerta por fuera. Pauline Gower era una mujer menuda, mucho más baja que Lettice, pero, por alguna razón, Margot la veía más imponente.

Pasaron unos segundos antes de que la mujer comenzara a hablar. Ni Pierre ni Margot fueron capaces de seguirle el ritmo. Hablaba un inglés mucho más británico del que podían descifrar.

La comandante sospechó que algo extraño pasaba, al ver impávidos a sus interlocutores.

Hizo un gesto invitándoles a hablar. Entonces, ambos se atropellaron para explicar el motivo de la visita.

Pierre con un sonsonete francés bien marcado y Margot con un español chileno cada vez más campestre.

De pronto, los tres comprendieron que los gestos de las manos no iban a ser suficientes.

—¿Francés? —preguntó Gower.

Ambos asintieron. Pierre incluso se sintió un poco incómodo con la pregunta. Pauline se puso de pie y caminó hacia la puerta.

—Yo creo que lo mejor es respirar y hablar con calma, Margot —indicó Pierre.

—¿Y ahora me lo dice? ¿Qué hago hablándole a una inglesa en castellano? Va a pensar que soy una estúpida. —La chilena se llevó las manos a la cabeza.

La comandante Gower volvió a entrar a su oficina, acompañada de una cadete francesa un poco mayor que Margot. También vestía el uniforme de ATA. Cada vez que las veía, Margot más quería llevar en el pecho esas alas.

—Ahora, volvamos a empezar...

La comandante Gower se dejó caer en su silla detrás del escritorio y comenzó a escuchar con atención lo que Pierre y Margot tenían que decirle. Cuando recibió la licencia de vuelo de Margot notó que algo no cuadraba con las fechas.

Margot sintió una gota helada descender por su espalda. Después de relatar cómo tuvo que mentir para poder ingresar al Club Aéreo, la comandante sonrió con amplitud.

Ella había tenido un acercamiento más amigable a los aviones.

Había volado por primera vez con Alan Cobham, un pionero de la aviación inglesa.

Eso y su posición familiar le abrieron muchas puertas.

Su experiencia en ATA le había demostrado que, en países distintos a Inglaterra, sentar una mujer en la cabina de un avión era tan difícil como subir a una mujer en un barco pirata.

No tomó la mentira de Margot como un problema. Al contrario, para ella, fue una señal de poderosa determinación. Y si algo valoraba Gower, incluso más que la integridad, era la determinación.

—Está bien, Margaret. Suficiente de historias y anécdotas. Es hora de demostrar de qué están hechas sus alas.

Pauline esperó la traducción de la cadete francesa. Margot desistió de la idea de corregir el nombre. Su atención estaba puesta en la palabra «demostrar».

—¿Se refiere a que voy a volar? —preguntó la joven.

—¿Y cómo cree que puede demostrar lo que sabe hacer si no así?

La cadete y la comandante rieron desvergonzadamente. Pierre tuvo que morderse los labios para no unírseles. Margot continuaba mirando la escena estupefacta.

—¿Eso quiere decir que me aceptan? ¿Tendré mis alas?

Gower movió la mano, como si arrojase un papel. Se sonrió, pero era una expresión distinta.

—Paso a paso, Margaret. Va a hacer una demostración de vuelo. Si es satisfactoria, le tocará cumplir los exámenes médicos para alistar su ingreso.

—¿Médico? —inquirió Margot.

—Lo de rutina. Tenemos que asegurarnos de que no tenga ninguna enfermedad y que sus ojos funcionen. —Pauline miró a Margot a los ojos—. Ya sabe, rutina.

La comandante mandó a llamar a la instructora de vuelo que acompañaría a Margot en su primer circuito. A los segundos entró por la puerta una mujer pequeña, pero muy enérgica.

Tenía el cabello castaño y una melena. Venía vestida con un traje de vuelo y un coscacho chueco sobre la cabeza. Margot se fijó en los galones sobre los hombros en su chaqueta. Eran cuatro líneas, una gruesa seguida de dos líneas delgadas y otra gruesa al final.

—¿Me mandó a llamar, comandante?

—Margaret, ella es la capitana Ebbage. Será su instructora por hoy.

Margot saludó con entusiasmo, pero notó que la capitana tampoco podía entender su idioma.

—Proceda, Margaret. Una vez terminado el vuelo, la capitana le indicará dónde está la bahía médica.

El entusiasmo se volvió a borrar del rostro de Margot.

Ya la habían examinado antes, pero nunca un médico había tenido tanto poder sobre su destino.

En silencio se retiró de la oficina, escoltada por miss Ebbage y la cadete intérprete.

Pierre decidió ir a conocer las instalaciones con miss Curtis para esperar el resultado de Margot.