El cielo me llama XXVI
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XXVI

Gumercindo Araya Araya labraba la tierra del campo de su patrón, en Nos.

Le sudaba la frente y le dolían la espalda y los callos de las manos mientras, a punta de chuzo, iba excavando una zanja que ya atravesaba más de la mitad del potrero.

Hizo una pausa y deseó un vaso de agua. Se secó la frente y se estremeció con el estruendo que venía desde el cielo.

No era una explosión, sino más bien parecía el rechinar de fierros.

Levantó la vista, hizo sombra con su mano y logró divisar una estela de humo negro a unos trescientos metros sobre su cabeza. La siguió con la mirada.

—¡No se asuste, señora! —gritó Margot, con un tono que no ayudaba.

Margot vio la llamarada asomar por la nariz de su Gypsy Moth y sintió el calor del fuego.

Pensó que, de no ser por los anteojos de su casco de cuero, se hubiese quedado sin pestañas.

Estiró la mano para intentar alcanzar la llave del combustible del motor, pero era imposible sin tener que asomarse casi de cuerpo entero por la cabina.

Improvisó cortando el contacto del motor.

Logró el objetivo, al menos lo suficiente como para hacer que la humareda fuese menos densa.

—¡Señora, afirme a los críos! —volvió a gritar. El motor apagado permitió que su voz contra el viento llegase directo a los oídos de su pasajera.

Juana Gabler Merzdorf era madre de dos niños y no era una apasionada de los vuelos.

Había accedido a subirse a ese avión, por la recomendación del médico del mayor de sus hijos.

El hombre había recetado algunas horas de vuelo con la esperanza de aplacar una tos convulsiva que no dejaba en paz al niño.

La idea detrás era que la pureza del aire en las alturas podía ayudar.

Llevaban ya dos sesiones con la complicidad de Margot, quien fue la única que accedió a subir a tres pasajeros a un avión que estaba diseñado solo para uno.

Margot no había podido resistirse a la mirada cristalina del niño enfermo, ni a las súplicas de una madre desesperada. Al menos, esa fue la excusa que usó para ir contra las reglas. Juana abrazó a sus hijos y los apretó contra su regazo.

Gumercindo no entendía de aviones, pero supo que esa hélice detenida no era una buena señal.

Vio el avión cruzar el campo vecino, traspasar unos álamos enormes y añosos que servían de límite entre los campos y enfilar justo en su dirección.

No sintió miedo, pero sí nervios. Cuando la aeronave posó sus ruedas en el pasto del encampado, piloto, pasajeros y campesino respiraron tranquilos.

Los tres puntos de apoyo del Gypsy Moth estaban en el suelo.

Solo quedaba rodar hasta perder velocidad y sería un aterrizaje perfecto.

En el lugar equivocado, pero bien ejecutado.

El avión cruzó la zanja en la que el peón había estado trabajando y, en un dos por tres, figuraba capotado, con la cola en el aire.

No fue un choque violento, pero los gritos de los pasajeros hicieron correr a Gumercindo para prestar ayuda.

Margot se vio inclinada hacia el frente del avión, que continuaba echando humo, y soltó las amarras de su asiento.

Se fue de bruces contra la tierra, cayó de cabeza.

Ese segundo aterrizaje era mucho menos afortunado que el anterior.

Por instinto se puso de pie y, un poco mareada, corrió lejos del aparato.

Cruzó su carrera con la de Gumercindo, quien no se detuvo a mirarla.

Solo entonces Margot escuchó los gritos desesperados de la madre y de sus hijos.

—¡Cresta, que se me matan! —gritó la piloto mientras daba la vuelta para unirse en la carrera con el peón del campo, quien ya le había sacado una clara ventaja.

Era común que los aviones explotasen después de capotar, por lo que había que actuar rápido.

Gumercindo cortó las amarras de doña Juana y, uno a uno, bajó a los niños a tierra.

Margot extrajo los cojines de los asientos y los lanzó lejos hacia el campo.

Cuando todos estaban en tierra, echaron a correr para alejarse.

Permanecieron sentados sobre los cojines, observando el avión a una distancia prudente. Nadie dijo ninguna palabra.

—Mansa embarraíta, iñora —dijo el peón, apuntando el suelo marcado por la carrera del avión.

—No se queje —rugió Margot con cara de pocos amigos—. Dígame, mejor, dónde está la comisaría más cercana.

Gumercindo dio las instrucciones como mejor pudo.

No salía mucho de la hacienda, pero conocía el pueblo.

Apenas terminó de escuchar las instrucciones, Margot corrió hacia el caballo que el hombre tenía preparado para el arado y lo montó.

Echó a galopar a pelo. La señora Juana y sus hijos quedaron ahí.

El peón sentía que todo era muy extraño y que, tal vez, su patrón no le iba a creer cuando le explicara qué hacía ese avión enterrado en medio del potrero.

✰✰✰

—Supongo que está contenta con lo que pasó, Margot —preguntó Washington Silva, el capitán que había sido uno de sus primeros instructores de vuelo.

—¿Cómo se le ocurre, oiga? —respondió ella, sin levantar la vista—. Pero tampoco es que tenga toda la culpa.

—¿Cómo que no?

—¡Ya le dije que lo que falló fue el motor!

—¡Porque venía exigido! —exclamó el hombre.

—¡Ah, no sé yo! ¡Hable de eso con el mecánico!

—¡Pero si usted es la que decidió subir a tres personas al avión!

—¡Fue por el bien del niño! —se excusó Margot.

—¡Casi mata a la esposa del ministro!

Al fin hubo silencio.

Margot estaba sentada en la secretaría del Club Aéreo.

Tenía los brazos cruzados y no levantaba la vista.

Los pasajeros del avión habían sido trasladados al hospital para constatar lesiones.

Nada grave, solo un susto y hasta ahí eran noticias alegres, una anécdota más.

Los aviones todavía no eran tan confiables y los accidentes ocurrían.

Los habían tenido antes, en manos de pilotos más diestros.

Pero cuando los miembros del club aéreo llegaron a Nos para prestar ayuda, las caras de preocupación se pusieron más severas.

Doña Juana era esposa de Arturo Olavarría, quien ejercía como ministro de Agricultura del presidente Pedro Aguirre Cerda.

Él era toda una personalidad de la vida pública nacional y un socio estratégico del Club Aéreo.

La piloto sabía que se había equivocado y que era inútil echarle la culpa a alguien más.

Sabía que el de esa tarde pudo ser su último vuelo, pero seguía negada a reconocerlo.

—Va a ser muy difícil explicarle esto a la directiva del club —continuó Washington Silva.

—Lo sé... —le respondió Margot.

—Además, perder un avión es duro de afrontar.

—Ya lo sé...

—Con lo difícil que ha estado conseguirlos últimamente.

—¡Ya lo sé! —Margot se llevó las manos a la cara. Sentía una mezcla de rabia, miedo y tristeza—. ¿Cree usted, capitán, que no me tomo en serio todo esto?

—¿Y, entonces, por qué decidió subir a tres pasajeros en un avión diseñado para cargar solo uno?

Al fin, la chiquilla entendió que lo que le pesaba en el pecho era vergüenza. Tembló, pero no dejó salir el sollozo.

—El motor del avión... —comenzó a decir.

—El motor bien pudo fallar porque estaba sobreexigido con el exceso de peso, Margot —el capitán interrumpió el balbuceo de la piloto—. Eso también se lo enseñé cuando la instruí.

Margot no reaccionaba. Tenía el rostro entre las manos y respiraba con pesadez. Otro instructor se asomó por la puerta. Silva le hizo un gesto para que no interviniese. Se acercó unos pasos a su exalumna y se inclinó hacia ella.

—Una razón, Margot. Solo necesito una razón —dijo el hombre.

Al fin, Margot asomó la mirada entre los dedos. Bajó las manos y se apoyó en el asiento. Miró a Silva con los ojos enrojecidos, apretó los labios.

—Una excusa, Margot...

La joven negó con la cabeza.

Silva suspiró y miró a su colega, quien se encogió de hombros antes de salir de la oficina.

—Váyase a su casa, Margot.

Washington Silva se metió las manos en los bolsillos y caminó hacia la salida de la oficina. Descolgó un sombrero del perchero.

—¿Qué va a pasar conmigo? —preguntó al fin ella.

—Habrá una reunión, Margot. —Silva calzó el sombrero sobre su cabeza—. Voy a tener que convocar a una larga reunión.

El hombre no volteó. Salió de la oficina y se subió al auto, donde lo esperaba su colega con el motor encendido. Cuando Margot se asomó por la puerta, el vehículo ya había salido del aeródromo. Solo quedaba la columna de polvo suspendida en el aire.

Margot echó mano a su chaquetón y se lo puso con calma. Dio una mirada al lugar y una sensación de frío le recorrió la espalda. Sintió que los colores de la oficina se habían desvanecido. Era como si todo se hubiese marchitado ahí adentro para ella.

Echó a caminar por el sendero, con las manos en los bolsillos y la vista fija en el piso. Dejó que el viento frío del atardecer le desordenara el pelo.