El cielo me llama XVII #2
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XVII #2

Después de mucho tiempo, Margot se permitió disfrutar de la atención.

—¡Niñas! Tomen asiento —dijo la profesora.

Las alumnas obedecieron de inmediato. Aída invitó a Margot a pararse al centro y procedió a presentarla, aunque la chilena sospechó que ya no era necesario.

Lo que vino después fue lo más parecido a esos sueños que Margot solía tener.

En ellos, la hacían volver al liceo. Le había quedado una nota pendiente y debía cursar todo el semestre de nuevo.

Siempre se reintegraba a clases el día en que había una prueba para la que no había estudiado.

Esta vez, sin embargo, Margot sí estaba preparada.

Echó mano a su carpeta con documentos y comenzó a disertar sobre las bondades y características de Chile, un país que quedaba al otro lado del gran charco y que, aun así, había respondido al llamado de la guerra.

La charla de Margot se extendió por unos treinta y cinco minutos. En ningún momento sintió decaer la atención. Ni la de las alumnas ni la de la profesora, que la observaba con los brazos cruzados desde su escritorio. Notó que muchas alumnas tomaban notas. Otras simplemente la miraban embobadas.

Una de las chiquillas de los asientos delanteros levantó la mano. Margot miró de reojo y continuó su discurso, pero luego vino una segunda mano. Ni siquiera la intervención de la profesora aplacó la ansiedad. De pronto, había decenas de brazos alzados.

—¿Por qué habla así? —la primera en levantar la mano no aguantó más.

Margot quedó paralizada. Revisó en su cabeza y no encontró señales de haber usado palabras equivocadas, ni vestigios de garabatos.

—Helen, respeto —dijo Aída.

—Es que su acento, profesora. No se parece a lo que hemos estudiado en clases.

—Es que vengo de Chile... —comenzó Margot.

—Sí, lo sabemos. La profesora lo mencionó, pero pensábamos que en Chile se hablaba español.

Las alumnas manejaban un nivel de fluidez muy aceptable, pero era obvio que sonaban mucho más formales.

—Bueno, yo crecí en el campo...

El murmullo en el aula creció hasta convertirse en un leve bullicio. Las alumnas intercambiaron algunas opiniones en inglés que Margot no entendió. La profesora golpeó la mesa con una regla y todo volvió al silencio.

—¿Ese peinado italiano que luce se lo hizo una peluquera chilena en el campo?

Margot se llevó la mano al pelo. No recordaba muy bien cómo se lo había arreglado esa mañana, y mucho menos creía haberse hecho ningún tipo de peinado a la moda. Entonces sonrió y dejó a un lado la carpeta con su disertación. Comprendió que el interés era por ella, más que por el país.

—La verdad es que crecí en el campo, en una hacienda que administra mi padre, muy al sur de Chile.

Antes de venir acá estuve viviendo en Santiago.

No estoy del todo segura de que este sea un corte de pelo italiano, pero me lo hicieron en Santiago...

Aunque he hecho un buen trabajo manteniéndolo, ¿no creen?

El murmullo se avivó otra vez y fue acompañado con risas. A partir de ahí todo fue más relajado. Margot se vio bombardeada por preguntas más triviales. ¿Cómo hacen las chilenas para enamorarse? ¿Hay libertad en Chile? ¿Pueden las mujeres estudiar? ¿Pueden votar? ¿Se pueden vestir como quieren?

La aviadora dudó en contestar.

Se consideraba una mujer progresista, pero no sabía si iba a estar a la altura de Europa. Hasta que se dio cuenta de que estaba conversando con adolescentes curiosas que llevaban un par de años en guerra.

Ya no había tela suficiente para hacer ropa, las peluquerías casi no estaban atendiendo por problemas de luz y agua, las personas se estaban casando por miedo a la muerte y no por amor.

Chile emergió casi como un paraíso frente a los ojos de esas adolescentes cuyos sueños de futuro, por el momento, estaban truncados.

El broche de oro fue la licencia de piloto que poseía Margot.

Fue lo que contestó todas las preguntas acerca de la libertad.

La chilena se sintió como el ejemplo vivo de que una mujer chilena podía hacer lo que quisiera.

Saber que no en todas partes era así le permitió sentirse por un momento como un faro de luz.

La disertación terminó con un aplauso que acalló la campana.

Finalizada la clase, vino un paseo por el colegio, la visita a los otros salones y a la oficina de la directora.

También conoció los patios y el gimnasio, donde un grupo se detuvo para ofrecer una revista de gimnasia en honor a la invitada. Margot aceptó encantada.

—Siéntase orgullosa, Margot —dijo Aída, mientras ponía su mano sobre el hombro de la chilena—. Usted no sabe el impacto que está teniendo en estas niñas.

—No es para tanto, profesora. Solo vine a hablar de mí —respondió Margot.

—Hay diferentes formas de aportar ante esta espantosa tiranía.

Brindarles una luz de esperanza a un grupo de muchachas que aún no alcanzan los dieciocho años es una de las más hermosas que le va a tocar vivir en este continente maltrecho.

Ayer estaba cuidando enfermos, hoy está iluminando futuros.

Que nadie le diga que su aporte no es valioso.

Margot se quedó en silencio. Vio en los ojos de Aída algo que no había encontrado desde que había llegado a Inglaterra. Volvió la mirada hacia las alumnas y las vio brillar. Levantó la vista al techo e imaginó el cielo del otro lado. La guerra era más que dispararle a otro ser humano.

✰✰✰

—Margot, sube al auto —dijo don Maximiliano Duhalde, al tiempo que detenía el Packard junto a la berma.

Margot volteó apenas escuchó su nombre. Le tomó algunos segundos entender que era su padre quien la estaba llamando. Decidió obedecer. Estaba acostumbrada a caminar desde su casa en José Manuel Infante hasta el liceo, pero consideró que un aventón era buena idea. Hicieron el camino en silencio.

Pasó gran parte del trayecto mirando el piso del auto, hasta que llegaron a un cruce.

El vehículo debía virar hacia el poniente, pero lo hizo hacia el oriente.

Margot levantó la vista y vio que, efectivamente, el auto iba en la dirección contraria del liceo.

Al principio, se sintió orgullosa por su sentido de navegación; después se puso curiosa.

¿La habrían cambiado de liceo otra vez? Hasta donde ella recordaba, llevaba un tiempo portándose bien, al menos en cuanto a las calificaciones. ¿Sería, entonces, que la iban a poner de nuevo como interna? Pronto vio que estaban en la comuna de La Reina.

Al final del camino había un pórtico con una insignia redonda en la pared. La imagen tenía una estrella al centro y dos alas doradas a los costados. ¡Estaban en el Club Aéreo de Santiago! El corazón de Margot comenzó a latir con fuerza.

—No le diré a mamá —dijo Margot con voz ansiosa, cuando su padre detuvo el auto junto a una oficina.

Don Maximiliano miró a su hija y exploró esos ojos enormes. Descubrió que eran los mismos que hacía años lo veían con admiración, mientras cabalgaban juntos en Trafún. El hombre sonrió.

—No tienes que ocultarlo —le contestó a la muchacha y después le guiñó un ojo.

Margot suspiró emocionada. Bajaron del auto.

A partir de ese momento, se permitió disfrutar cada segundo; el sonido de los pies contra la gravilla al caminar, el sol pintando de dorado las hojas de los árboles, los insectos dando concierto entre los arbustos, la caminata junto a su padre hasta que cruzaron el umbral de la oficina,

la amabilidad de la secretaria que los recibió tras el mesón.

—Buenos días, quisiera una ficha de inscripción —dijo don Maximiliano.

—De inmediato, ¿señor...?

—Duhalde, Maximiliano Duhalde.

—Señor Duhalde, escríbame por favor en esta hoja sus datos personales y yo completo la ficha en la máquina de escribir —la secretaria dejó sobre el mesón una hoja amarillenta y un lápiz de carboncillo—. Avíseme cuando esté listo.

Maximiliano la vio regresar a su escritorio, donde buscó una ficha de cartón que instaló en su máquina de escribir.

—Si quiere se los dicto, aunque la inscripción no es para mí —don Maximiliano miró a su hija, quien estaba de pie con la espalda bien recta a su lado—. La alumna será mi hija Margot.

Ambos se sonrieron y los ojos de Margot se llenaron de destellos. La secretaria se puso de pie, acomodó sus anteojos y caminó de nuevo hacia ellos. Observó a Margot de pies a cabeza. Se tomó todo el tiempo que pudo.

—Señor Duhalde —hizo una pausa que congeló la oficina—, en esta escuela solo recibimos alumnos que tengan al menos veinte años.

La adolescente se puso pálida. Se sintió sola en un yermo invernal, un sudor frío le recorrió la espalda. La mirada de la secretaria del Club Aéreo se convirtió en un peso, el uniforme escolar en una tontería.

—Tengo veinte —dijo Margot con seguridad.

No supo de qué lugar de su cuerpo nació esa voz. Sonó firme, plana, convencida, aunque por dentro se estaba derritiendo.

—¿Los tiene? —preguntó la mujer, mirando a Maximiliano Duhalde.

Miró a su hija. Vio que, a pesar de tener las manos bien plantadas a cada lado de su cuerpo, Margot comenzaba a rasparse con los dedos por sobre las cutículas. Ella lo miró de vuelta, en silencio, con la respiración contenida.

—Los tiene, entró tarde a la escuela por mi culpa —don Maximiliano sonrió al ver que su hija casi se desmoronaba de alivio—, por favor, diríjase a ella, que es la adulta.