XVII
—Abre la puerta, hija —dijo don Maximiliano.
—¡No!
—Margot, tu madre dice que llevas encerrada ahí todo el día.
—Y lo estaré toda la noche, si es necesario. Hasta que se acostumbren a mi ausencia —contestó la chiquilla.
—¿Qué sentido tiene todo esto? ¡Abre la puerta!
—¡Ya le dije que no abriré! —insistió ella.
—¡Vas a abrir la puerta ahora!
Maximiliano Duhalde apretó el puño y lo detuvo justo antes del contacto con la madera.
Respiró profundo, agachó la mirada y relajó la mano.
Le sonaron las tripas. No tenía hambre, sino un reacomodo emocional para sacudirse toda la rabia que se había estado comiendo.
Encontraba el colmo que Margot no cooperase.
Era la única de sus hijos que no ponía de su parte para llevar la fiesta en paz.
La adolescencia la había pillado como una nube de tormenta.
—Hija. Necesito que confíes en mí y abras la puerta...
Desde el otro lado se escucharon los pies de Margot. Luego unos pasos y al fin los sollozos. Un resoplido.
—¿Cómo quiere que confíe en usted si me tiende una trampa para que mamá me regañe? —le dijo ella.
Don Maximiliano miró hacia la escalera y meneó la cabeza. Rosa Sotomayor se mordió la lengua. Apretó con las manos el frente de su faldón antes de dar media vuelta y bajar la escalera tratando de no hacer ruido.
—Tu madre está en la cocina, Margot. Somos solo tú y yo.
La adolescente destrabó el picaporte, abrió la puerta y sin cruzar el dintel miró a su padre. Tenía la nariz roja de tanto llorar. Hacía rato que ya no le quedaban lágrimas, pero los sollozos seguían ahí.
—¿Qué ocurre, hija? —no era la pregunta que Duhalde quería hacer, pero no pudo evitarla cuando vio los ojos de su hija.
—Me estoy apagando, papá...
Margot tomó la mano de su padre. El hombre terminó de derretirse. Entonces, lo invitó a pasar a su cuarto.
✰✰✰
Una mano pesada golpeó la puerta de la casona de madame Michelle. Dio tres golpes secos, descansó por unos segundos y volvió a golpear.
—¿Margot?
La chilena no respondió. Estaba concentrada terminando de doblar una lámina de papel. Los golpes volvieron a repetirse.
—¡Margot, abre!
—¡Ya voy! —exclamó Margot.
Acababa de terminar de acomodar todos sus papeles en una carpeta, que puso al fondo de un bolso de cuero color café.
Se los había enviado Roger, junto con toda la información sobre Chile que había logrado reunir.
Resultó que el Estado Mayor de la Francia Libre contaba con suficiente información sobre el país natal de la piloto como para llenar una pila de expedientes.
No era por ningún estudio acucioso del territorio chileno, sino por la gran cantidad de voluntarios que había viajado desde allí.
Cada uno de ellos colaboró con su visión del país.
Margot tenía una completa fotografía de norte a sur.
Cuando comenzaba a sonar la puerta por tercera vez, se puso de pie y corrió a abrir.
Era la profesora Aída, que la miró sorprendida y se quedó con el saludo encajado entre los labios.
Había visto solo una vez a la chilena. La recordaba como una muchacha humilde, desaliñada, pero culta.
Frente a ella tenía a una mujer vestida con traje de algodón de dos piezas, una blusa impecable de color arena y un tocado que acompañaba un peinado muy pulcro.
La piel blanca de Margot y sus ojos claros resaltaban en el conjunto.
Aída Véliz dudó, no supo si los ojos de Margot eran verdes o grises.
—¿Está usted lista?
—Nací lista —respondió la joven.
Aída sonrió con sinceridad. Era primera vez que lo hacía, pensó Margot.
—¿No va a saludar a madame Michelle? —le preguntó la profesora.
—No es necesario, la veré al regreso.
Margot inclinó la cabeza y se quedó en silencio.
—¿Era hoy?
Madame Michelle apareció como una invocación e hizo salir a Margot del trance, por un segundo había fantaseado con la idea de irse y no volver más. La enfermera sostenía entre las manos una sábana sucia y miraba a Margot con reproche. La joven evitó devolver su mirada.
—Michelle, querida, no empieces —le contestó Aída.
—Es que el trabajo en la casa no para. Los enfermos se viven quejando.
—Igual que tú, querida —dijo Aída—. Te la voy a devolver pronto. Vamos, Margot.
Aída ofreció el brazo a Margot. Quiso dar un paso, pero el cuerpo no la acompañó.
—¿Margot?
La muchacha, al fin, enfrentó a madame Michelle. Con la misma elegancia que había aplicado en su vestuario, la observó.
—Voy a hacer esto, madame Michelle.
La mujer cerró los ojos y meneó la cabeza.
—Después de todo lo que la Francia Libre ha hecho por ti —le respondió la francesa.
—No, madame. Después de todo lo que yo he hecho por este ejército, es hora de hacer algo para mí. — Margot le hizo una reverencia a su patrona y corrió a enganchar a la profesora Véliz.
Miró por la ventana. Vio Wellinborough pasar, quedar atrás. Después de mucho tiempo, sonrió.
✰✰✰
Maximiliano Duhalde figuraba semiacostado en la cama de Margot, apoyado contra el respaldo. Había adquirido con toda pompa para su hija aquella imponente pieza de madera de color caoba. Margot estaba recostada a su lado. Apoyaba la cabeza contra su hombro, como quien busca consuelo.
—Esto no puede seguir así, hija —dijo Maximiliano, mientras enredaba los dedos en el cabello de la muchacha.
—Tiene razón, papá —contestó Margot, suspirando—. Esto tiene que terminar.
Los cuerpos se separaron. Se miraron a los ojos. De pronto, un padre se enfrentó a la crítica en los ojos de su hija. Maximiliano tembló.
—No digas eso, hija.
—Sí lo digo —replicó Margot sin mesura—. De verdad, estoy cansada de decirlo.
Él quiso agregar mil cosas, pero todas parecían excusas, y cada una peor que la anterior. Se había cansado de dar excusas.
—Tu madre no...
—¿De verdad sigue pensando que todo esto es por mi madre?
Margot se arrodilló en la cama. A pesar de la distancia que la separaba de su padre, logró acomodarse de tal forma que parecía que se le venía encima con la mirada.
—¡Es por usted! ¡Desde hace dos años que es por usted!
—¿De qué estás hablando, Margot? Yo solo he buscado lo mejor para ti.
Fue el padre quien saltó ahora sobre la cama. Margot lo notó, pero decidió hacerse la tonta. Enfocó toda su energía en la brecha que se había abierto en el corazón de don Maximiliano.
—Mi mamá solo está siendo mi mamá y lo entiendo.
Ella siempre ha tenido que lidiar conmigo.
La he escuchado cuestionarse. Sé que se pregunta si ha hecho un buen trabajo criando a una señorita.
¡La entiendo! —gritó Margot, que abrió los brazos como si intentase hacerse más grande que la cama—. ¡Pero a usted no! No lo entiendo.
El hombre abrió unos ojos enormes mientras sentía que se le vaciaba el pecho. Intentó balbucear una respuesta frente a aquella agresión. Pero se detuvo cuando vio los ojos vidriosos y el puchero de su hija.
—Hija, yo solo...
—Solo me ha estado mintiendo, papá. Por dos años.
—Yo nunca...
—¡Hace dos años me dijo que me iba a dejar volar! En vez de eso, me llevó al campo, a ver si se me olvidaba el capricho. Después ha esperado a que el tiempo sepulte mi entusiasmo. ¡Mala idea! ¡No es un capricho! ¡Lo único que va a lograr sepultar es a su hija!
Margot se paró de la cama. De un salto se puso junto a la ventana. Sus ojos cristalinos ya eran caudales de lágrimas. Se ahogaba en un mar de llanto. Maximiliano quedó paralizado. Se sentía en medio de la oscuridad.
—¿Qué haces, Margot? —le preguntó.
—Lo que debí hacer hace tiempo, papá. Si no puedo volar, no tiene sentido seguir viviendo.
Las emociones que Maximiliano Duhalde experimentó mutaron tan rápido que apenas tuvo tiempo de reconocerlas. Eran rabia, frustración, ira explosiva, pena, algo de compasión, miedo. Miedo. Ese hombre tuvo mucho miedo.
—No digas tonterías, Margot.
—¡No son tonterías! —el grito de la muchacha volvió a paralizar al padre—. No son tonterías. Es mi vida entera. Siempre lo ha sido, papá... El cielo me llama.
—Creí que tu vida eran los caballos, la hacienda, la familia —dijo él.
—Los caballos son lo único que me ha dado fuerza para llegar hasta acá, pero ya no están.
—Hija, no sabía —don Maximiliano se levantó de la cama y abrió los brazos antes de intentar acercarse a su hija.
—Sí sabía, papá. Se lo he dicho en todos los tonos —le respondió Margot.
Maximiliano se mordió los labios. Dejó de avanzar hacia su hija, pero fue ella quien terminó echándose a sus brazos.
—No es un capricho, papá. Si no vuelo, me mato.
El padre la apretó contra su pecho. Sintió que le bombeaba el corazón desbocado. Margot ya era un vaso de agua desbordado.
✰✰✰
Al bajar del auto, Margot no tuvo tiempo de prestarle atención al edificio.
Solo notó que el viento helaba y que el cielo estaba algo encapotado.
Su atención se fue de inmediato a un pasillo formado por alumnas que la estaban esperando en la entrada del colegio.
De pronto, se vio rodeada por un conjunto de chiquillas que cuchicheaban en inglés agudo y se maravillaban con la tela del traje de Margot.
Se peleaban por sostener su cartera y la carpeta con los documentos de apoyo.
Margot no entendía lo que decían, pero sí sabía reconocer el entusiasmo.
—¡Niñas, orden! —la voz de la profesora Aída se impuso por sobre los murmullos.
De inmediato, las alumnas se pusieron firmes como un regimiento antes de saludar a su general.
—La señorita Margot Duhalde es nuestra invitada.
Yo sé que luce apenas mayor que ustedes, pero la vamos a tratar con el respeto y la cordialidad con la que solemos recibir a nuestros invitados —el tono de la maestra seguía sonando firme a pesar de estar más relajado.
Sus palabras terminaron con el cotorreo.
El grupo de la entrada escoltó a Margot en su recorrido hasta la sala de clases.
Allí la esperaba el resto de las jovencitas.
Se veían igual de ansiosas y entusiasmadas.
Al interior del salón, la chilena pudo ver una serie de papelógrafos pegados en las paredes.
Tenían dibujos del continente sudamericano.
En el Cono Sur estaba resaltada la ubicación de Chile.
Algunas capitales habían sido escritas con algunas faltas de ortografía, pero todas estaban en español.
Margot sonrió mientras desfilaba delante de los dibujos.
Las señoritas se iban tranquilizando con cada gesto de aprobación que la chilena hacía.