XVI
—¡¿Margot?!
Cuando escuchó su nombre, decidió ignorar la llamada.
Estaba en la habitación del capitán Martin, un condecorado piloto francés que se había especializado en el pilotaje de los fantásticos cazas Dewoitine D.520.
Eran unas maravillas aéreas, con una trompa larga en la que descansaba su pesado motor.
Martin había caído en combate y salvado la vida.
Estaba en la casa de la Cruz Roja para sanar los huesos rotos y volver al frente.
La piloto chilena sentía verdadera simpatía por él, a pesar de que en sus primeros días se había comportado como un abuelo mañoso.
Había tomado como costumbre acompañar al té al piloto convaleciente.
Pasaban el rato conversando de aviones. Con él, además, Margot podía escapar un rato de sus tareas domésticas.
—¿Margot, estás ahí? —insistió madame Michelle, desde la base de la escalera en el primer piso.
El capitán Martin hizo una pausa en su relato y se quedó mirando a la joven, que no hizo caso. Retomaron la conversación sobre los cazas franceses. Sus trompas largas obligaban a tirar la cabina del piloto hacia atrás en el fuselaje y dejaban las alas adelantadas.
—¿Y cómo hace para mirar hacia abajo, oiga?
Martin sacudió la cabeza y abrió la boca.
—¿Pero usted voló alguna vez? ¿O me ha estado embromando? —dijo el hombre.
Margot soltó una carcajada. No era primera vez que el capitán la ninguneaba, pero ya le había tomado la mano a su sentido del humor. El viejo se rio con ella.
—Ya le dije que sí. En los Gypsy Moth, allá en mi Chile querido.
—Y, entonces, miro para abajo de la misma forma en que tú lo hacías. Las preguntas que hay que contestar —reclamó Martin.
—No, pues —replicó Margot—. La cabina del Gypsy está sobre el ala. Mirando hacia adelante puedo mirar hacia el suelo, pero su avión tiene metida el ala justo al medio de mi vista.
—Sí... Tienes un punto. Al no tener el ala debajo puedo inclinarme sobre mi hombro y veo lo mismo. Además, ahora con tanto instrumento ya casi no se tiene que mirar hacia abajo.
Margot guardó silencio.
—Es como volar esos malditos aviones americanos. ¿Ha volado uno? —preguntó.
Margot apartó la vista y apretó los labios.
—¿Qué estoy diciendo? Si a usted le gustan los aviones ingleses.
—¡Margot! ¡No me hagas subir a buscarte, chiquilla! —era madame Michelle.
—El Hurricane, ¿no? Ese es el que va a volar usted.
Margot se puso de pie, recogió un poco de ropa sucia que descansaba a los pies de la cama del piloto.
—No sabía que le había dado por complacer a la señora de la casa —la molestó Martin.
—No ha subido a buscarme porque tiene visitas —replicó Margot sonriendo—. Para variar.
La chilena caminó hacia la puerta de la habitación, mientras hacía una bola con la ropa sucia para metérsela bajo el brazo.
—¡Margot! —la detuvo el capitán—. No se olvide de llevarse la chata.
La muchacha miró a los pies de la cama y vio el recipiente de metal lleno de orina. Suspiró y se devolvió a buscarlo. Antes de salir del cuarto, se detuvo con los ojos clavados en el líquido amarillento, sintió su aroma ácido en la nariz. Entonces, volteó a mirar al capitán postrado.
—Spitfire —dijo Margot con decisión—. Yo voy a volar en los Spitfire.
Se retiró del cuarto con el corazón acelerado, mientras el capitán se reía. Se asomó a la escalera y vio a los pies a madame Michelle con cara de dos metros.
—Deja eso en el baño, Margot. Después de asearte, preséntate en la sala. Alguien quiere conocerte.
Margot sintió mariposas en la panza. Que una persona deseara conocerla era, por lejos, lo más emocionante que le había pasado desde su llegada a Wellinborough. Sus tardes con el capitán Martin eran, hasta ese entonces, lo más parecido a un reto extremo.
Partió hacia el baño a descargar el contenido de la chata del militar y se limpió las manos.
Se aseó los brazos por completo, incluso hasta el borde de la manga que tenía ajustada a medio brazo.
Mientras se jabonaba, pensó en que se estaba emocionando demasiado.
Probablemente, era alguno de sus amigos del Morton Hotel.
Se estaba terminando de peinar mientras divagaba cuando golpearon la puerta. Pensó que la venían a regañar. Se encogió de hombros y terminó de ordenar su peinado. Cuando le insistieron le hirvió la sangre y, de sopetón, abrió.
—¿Usted es la señorita que viene desde Chile?
La chilena se encontró con una cara desconocida, pero amable.
Era una mujer mayor, incluso más vieja que madame Michelle.
Tenía las facciones redondas y bonachonas, con unas arrugas que respondían más a las líneas de expresión que a la edad.
Su cabello era canoso y corto. Escondía la mirada detrás de unos anteojos de carey que, a juicio de Margot, no calzaban con el resto de su vestimenta.
Dejó de prestarle atención al detalle cuando reconoció que ella misma nunca había estado a la moda.
—Sí...
No alcanzó a decir más. La mujer la tomó de un brazo y la arrastró con amabilidad a la sala, donde la convidó a un espacio en el sofá de dos cuerpos.
Margot aceptó con recelo. Era primera vez que se sentaba ahí.
La mujer se llamaba Aída Véliz y era profesora de castellano en el colegio de señoritas de Northampton.
Era una vieja amiga de madame Michelle y solía visitarla.
Con el inicio de la guerra y la reconversión de la casa familiar, habían espaciado sus reuniones.
—No dejo de encontrar fascinante que, desde hasta el más recóndito rincón del mundo, haya gente dispuesta a venir a luchar contra esta tiranía —comentó la mujer.
A Margot le costaba entender el motivo por el que la mujer mostraba tanto entusiasmo por su nacionalidad.
—A nosotros nos gusta pensar que estamos al medio del mundo —le respondió, con una sonrisa en el rostro.
La maestra no sonrió. Madame Michelle se mantenía absorta en la conversación sostenida en un idioma que no entendía.
—Ya sabe, el mundo es redondo y una esfera no tiene final —agregó la muchacha casi entre dientes.
Aída estalló en risas. Margot tuvo dudas en un principio, no supo interpretar si los aleteos de la maestra eran una exageración o si, de verdad, su comentario era gracioso. Dejó de preocuparse cuando vio a Michelle unirse en la risotada sin disimular la perplejidad de su rostro.
—¡Tiene buen humor la sudamericana, querida! —la profesora integró a la dueña de casa hablándole en su idioma—. Mire que van a estar al centro.
Margot frunció el ceño y cruzó las piernas. Se retrajo sobre el sillón. De pronto, se sintió en la sala de su casa y con su madre al frente.
—Donde sí están en el centro es en mi aula, eso se lo puedo decir —continuó—. A las niñas les encantará saber sobre vuestro sentido del humor.
Margot volvió a sentarse con relajo.
—¿El aula? —Aída asintió—. ¿Es usted profesora?
—Toda una Sherlock Holmes, además de bromista —contestó Aída.
La señora dibujó una sonrisa cuya intención Margot no supo interpretar.
—Soy profesora en Northampton. Tengo una sala llena de chiquillas poco más jóvenes que usted —Aída volvió a cambiar al idioma francés, integrando de nuevo a madame Michelle, quien se mantuvo compuesta durante todo el intercambio.
—¿Y qué enseña? —preguntó Margot, con acento perfecto.
—Castellano.
—Un idioma hermoso, si me permiten —agregó Michelle.
La fascinación de Aída parecía explicarse, pero Margot perdió de inmediato el interés en la conversación. Sintió sobre su cuerpo la caída de un día entero de trabajo.
—Cuando Michelle me dijo que tenía una empleada chilena quise de inmediato venir a verla.
Espero que no se moleste, querida amiga.
—Aída volteó hacia madame Michelle—. Justamente estamos estudiando este bello país en clases.
Me preguntaba si a la señorita Duhalde le parecería adecuado visitar el colegio, para dar una charla acerca de su tierra.
Margot recuperó el entusiasmo. Se sentó erguida en la punta del cojín y estiró el cuello todo lo que pudo. Miró a madame Michelle con los ojos enormes y cristalinos.
—Hay mucho que hacer en la casa...
—Será por un tiempo limitado —contestó la profesora.
—No lo veo muy prudente...
—Yo misma la vendré a buscar —insistió.
—¿Y qué va a pensar el Estado Mayor?
—¡Pues, que tiene una muy buena embajadora entre sus filas!
—Creo que está muy por sobre sus capacidades. No me malentienda, Aída, pero Margot apenas puede con las cosas de la casa. Dirigirse a un grupo de señoritas es demasiado —remató madame Michelle.
Cada frase de la mujer era como un clavo en un ataúd para Margot. La última fue una puñalada en el corazón. De pronto, las palabras de su madre retumbaron en su cabeza: «no le corresponde», «no puede hacerlo», «Margot no va a volar».
—Al menos deje que ella sea la que decida, Michelle.
Dueña de casa y sirvienta sostuvieron las miradas.
Una intentaba imponerse sobre la otra. La chilena no quería sobresalir.
Su intención era mantenerse firme y lo estaba logrando.
Madame Michelle movió la mirada una vez y luego dos.
Finalmente, accedió, aunque no emitió palabra alguna; asintió con la cabeza y no volvió a dirigir la mirada a Margot. Aída rompió la tensión con un aplauso.
—¡Espléndido! La pasaré a buscar en tres días para llevarla a Northampton.
—¿Tres días? —replicó Margot.
—¿No le parece suficiente?
—No lo sé, debo prepararme —agregó la joven.
—¿Para hablar de su país? ¡Qué tontería! —interrumpió madame Michelle—. Aída, esta chiquilla se la lleva hablándoles de ese lugar a los enfermos en esta casa.
—Tres días, Margot.
La chilena asintió. Acto seguido se puso de pie y se excusó. Corrió escaleras arriba. Desde el escritorio del capitán Martin, tomó una hoja de papel y un lápiz:
Querido Roger, al fin tengo una misión tan importante como secreta y el éxito de la misma depende exclusivamente de su ayuda. Necesito me envíe a la dirección del remitente todo lo importante que pueda recordar acerca de nuestro país. El futuro de un grupo de jovencitas depende de esto.
Sin más, se despide
Margot Duhalde
Luego de anotar la dirección del destinatario y meter la misiva en un sobre, Margot corrió escaleras abajo y salió de la casa para ubicar un buzón de correos.
Una vez depositada, sintió su corazón palpitar tan rápido como el motor de un avión.
Sonrió, era lo más cercano que había estado de su alegría por volar.