XV
De pie frente al pórtico de una de las casas de tres pisos que se perdían en hileras por las calles del pueblito, Margot empezó a sentir una punzada en la base del cuello.
Sus músculos se estaban agarrotando, llevaba en esa posición al menos cinco minutos.
Wellingborough era pequeño, con casas hermosas de fachadas que concentraban, según ella, todo el concepto de lo inglés.
También había allí cicatrices del blitz, pero no encontraba una base aérea.
Bajó la vista, quería asegurarse de que la dirección anotada en el papelito era la misma que marcaba la puerta.
Lo era. Forzando otra vez los músculos del cuello, volvió a mirar la fachada completa de la casa.
Buscó la Cruz de Lorena, pero no la vio en ninguna parte.
Sí creyó ver en una de las ventanas una discreta cruz roja.
Inspiró profundo, contuvo el aire por unos segundos y lo soltó. Tocó la campanilla otra vez y retrocedió dos pasos. Puso el papel con la dirección en uno de los bolsillos de su pantalón y se aferró al bolso con el resto de su equipaje. Nadie atendió la puerta.
Miró hacia el dintel y se preguntó si alguien si quiera oía la campanilla. Decidió jalar con más fuerza y al menos en tres ocasiones. Volvió a quedarse sin respuesta desde el interior.
Esta vez, Margot dejó caer su bolso. Retrocedió dos pasos y miró de nuevo hacia arriba.
Gruñó, caminó hasta la ventana más cercana al pórtico, golpeó directo sobre el vidrio.
Retrocedió de un salto al ver una sombra al final de un pasillo que parecía iluminado.
Un par de voces murmuraron en francés. Todavía sonaban lejanas como para entender lo que decían, pero el sonsonete nasal era inconfundible.
Volvió a tomar posición frente a la puerta y escuchó unos pasos. Improvisó una sonrisa amplia cuando el picaporte de la puerta se quejó al abrir.
—¿Quién se está muriendo?
Desde el interior de la casa apareció una mujer de unos cincuenta años.
Estaba un poco despeinada, pero vestía una ropa impecable.
Era delgada y algo ojerosa. Tenía cara de pocos amigos, pero miró a Margot con los ojos llenos de esperanza.
La tomó de un brazo y la hizo pasar antes de que la muchacha pudiese articular una frase. La decepción se apoderó de la joven.
—Disculpa el desorden, querida. Llegaste justo a tiempo.
Margot no quiso replicar. Empezó a seguir a la mujer, que avanzaba como una tromba marina mientras iba levantando ropas, vendajes y otros artilugios.
La mujer volteó hacia la chiquilla. Se quedaron mirando por un momento, hasta que Margot corrió la mirada hacia su bolso. La dueña de casa arqueó las cejas.
—¿Dónde puedo dejar mis cosas? —preguntó Margot.
—Puedes dejarlas acá, mientras armamos la litera que vas a ocupar —la mujer señaló un sillón del living.
Sin darse cuenta, recogió las manos para apegar el bolso contra su cuerpo.
—¿No será mejor dejarla dentro del cuarto? Puedo ayudar a montar la litera si me dejan las cosas ahí.
—Querida, esta será tu habitación.
Tres hombres reunidos en torno a una radio voltearon a mirarlas.
Luego volvieron a prestar atención a la música.
Margot había perdido la capacidad de identificar uno de otro, pero entendió que eran convalecientes.
La Cruz Roja en la ventana, la bata que vestían esos hombres desaliñados y las sabanillas en las manos de su anfitriona terminaron de armar su mapa.
—Pero esto es una sala...
—No te preocupes por eso, querida. Tu cama va a quedar bien aquí. Además, por las noches, todos estos pacientes estarán recluidos en sus cuartos. Nadie baja a este piso después de las diez de la noche.
Margot miró a los hombres. Estaban atentos a la radio, empezaba un noticiero. Luego miró hacia el comedor, detrás de una mampara de madera y vidrio. Justo al lado, había una puerta que conducía a la cocina.
—No sé si me sienta muy cómoda con esto —reflexionó.
—Te vas a acostumbrar —dijo la dueña de casa, mientras le daba unas palmaditas en el hombro—. Ahora deja esas cosas ahí y ven, que te mostraré las recámaras y tus deberes.
—Pero, madame...
—Madame Michelle. Puedes llamarme madame Michelle.
—Madame Michelle, ¿cómo que mis tareas? ¿Qué voy a hacer aquí?
La señora la miró extrañada. Echó el cuerpo hacia atrás y puso sus manos en jarra sobre las caderas.
—¿Nadie te dijo nada, chiquilla?
—Mi nombre es Margot. Margot Duhalde... —titubeó la chilena—. Se supone que la Fuerza Aérea de la Francia Libre me destinó aquí.
Madame Michelle contuvo la risa. Desarmó su postura y le extendió las sabanillas a Margot.
—Esta es una casa de la Cruz Roja francesa, Margot. Vienes a cuidar enfermos y a hacer los quehaceres.
Margot sintió como si una cristalería se derrumbase dentro de ella.
✰✰✰
—¿Y qué quiere que haga? Ya no puedo seguir distrayéndola —dijo el señor Duhalde.
—Ese es su problema, Maximiliano. Usted nunca ha tenido el coraje para decirle que no a Margot —le contestó doña Rosa.
—¡Que nunca lo he tenido, dice usted! Llevo casi tres meses inventándole excusas.
Los Duhalde Sotomayor solían acostarse temprano; a veces, incluso antes de que el sol terminase de esconderse por la cordillera de la costa.
No les gustaban los primeros días de otoño.
Sentían un llamado antinatural al descanso cuando los queltehues seguían ahí afuera, graznándoles a los perros que jugaban entre los pastizales.
En la casa de Providencia, la señora Rosa mantenía unas cortinas gruesas sobre la ventana de su habitación, no dejaban pasar ni el viento ni la luz.
Los Duhalde Sotomayor no eran muy de puertas cerradas, porque confiaban en que habían enseñado bien a sus hijos a respetar la intimidad ajena.
No obstante, aquella noche, habían decidido cerrar y poner picaporte para, al fin, resolver las tensiones que estaba enfrentando a la familia. Esas tensiones tenían un solo nombre.
—¡A Margot tiene que hablarle claro, Maximiliano! —dijo doña Rosa—. No saca nada con postergarle su decisión, si después le va a andar alimentando el gusto por correr en ese auto que usted tiene. O si se la va a andar llevando a correr en esos caballos que tanto le gustan.
—¿Pero qué quiere que haga, Rosa? A Margot y a mí nos gustan las mismas cosas, no puedo evitarlo. Nos parecemos en eso.
—¡No! —gritó la mujer.
No había puerta en el mundo capaz de retener entre cuatro paredes la negativa rotunda de Rosa Sotomayor. Margot pudo escucharla. Apretó los puños y se tragó las ganas de abrir la puerta de una patada.
—Maximiliano, perdóneme por levantar la voz.
Yo sé que usted siente que Margot es una versión suya en miniatura.
Les gustan las mismas cosas y a veces ella echa tantos o más garabatos que usted.
Pero la niña también se parece a mí, y más de lo que usted ha podido notar.
Usted tiene que ser claro con ella, o nunca va a dejar de escaparse de clases para ir a Los Cerrillos.
El silencio se apoderó de la habitación. Afuera, Margot apretó los labios.
—¿Otra vez? —preguntó él.
Doña Rosa asintió con una mezcla de rabia y vergüenza. Su marido cerró los ojos para que su esposa no viera que miraba hacia el techo.
—Todo el año pasado, y gran parte de este año, según me dijo la profesora María.
Margot oyó ese nombre y sintió que un tren le pasaba por encima.
María Castro era su profesora de Ciencias Naturales.
Le tenía mucho aprecio y confianza, porque había sido la única, según su percepción, en prestarle atención a su gusto por los aviones.
Cada vez que se escapaba del liceo, Margot miraba hacia atrás antes de saltar la reja.
Juraba ver a la profesora María hacerle una seña en el momento justo, para huir antes de que la atrapasen los inspectores. Ahora resultaba que esa aliada, en realidad, era una espía de su madre. Quiso gritar de rabia, pero ya había aprendido a ahogar la voz.
—¿Tendré que ir a hablar con esa profesora?
—Evidentemente, pues, Maximiliano, ¿que no me está escuchando usted? Y después de eso tiene que hablar con Margot —le contestó Rosa.
—De acuerdo, de acuerdo. Tiene razón —dijo él.
Don Maximiliano miró el cubrecama. Lo tomó con las dos manos y se lo puso encima para taparse las piernas. Su esposa se acomodó en el respaldo de la cama y echó mano a su tejido.
—Pero se lo digo en serio, oiga —siguió la mujer—. Tiene que decirle un no definitivo a esa niña. De lo contrario, Margot nunca se va a sacar de la cabeza esa tonta idea de volar que tiene.
—Tiene razón —repitió él, pero con poca convicción—. Estuvo a punto de perder el año.
—Y este va por el mismo camino. No podemos dejar que eso pase.
—No podemos —repitió el hombre.
—Todo por esos condenados avioncitos —continuó ella.
El señor Duhalde acomodó su cabeza en la almohada.
—Prométame que va a hablar con ella, Maximiliano. Hay que sacarle de la cabeza esa estúpida idea de volar.
—Sí, Rosa, usted tiene razón.
Don Maximiliano intentó acomodarse para atrapar el sueño. Rosa dejó a un lado el tejido y miró directo a su marido.
—Maximiliano...
El hombre abrió los ojos y se encontró con los de su esposa.
—Prométamelo. Usted le va a sacar esa idea de la cabeza a Margot.
Maximiliano titubeó un momento, pero ya no pudo escapar de esa mirada severa. Conocía muy bien a su esposa. Lo iba a perseguir hasta en los sueños si era necesario.
—Lo prometo, Rosa. Margot no puede volar —dijo el hombre.
—Eso no es de señoritas —siguió ella.
—Margot no va a volar —repitió el padre, esta vez para sí mismo, como si él también necesitase convencerse.
Los talones de Margot se clavaron en la alfombra del pasillo. Empezó a alejarse de la habitación de sus padres, el suelo crujió detrás de ella. Del otro lado, la señora Rosa y don Maximiliano tuvieron la certeza de que su privacidad había sido vulnerada.
✰✰✰
Para Margot, los días ya no eran días y las horas ya no eran horas.
Parecía estar en una coreografía insulsa, que se repetía y se repetía.
Se sentía como una bailarina de caja musical.
Al girar, los engranajes rígidos dan la sensación de movimiento, pero siempre es en círculos.
Así se movía ella dentro de la casa de madame Michelle.
Si giraba hacia la derecha, Margot se iba hacia la lavandería, a poner lejía en las sábanas en remojo.
Si giraba hacia la izquierda, Margot partía hacia la cocina, a limpiar trastos, escobillar ollas, refregar cuchillos y secar platos. Una y otra vez.
A veces, algo ampliaba la vuelta. En vez de ir directo a la lavandería, partía a los cuartos a tender camas o al patio a golpear con la raqueta una alfombra. Margot repetía los ritos. Seguía órdenes. Una y otra vez.
—Pon lejía en la batea.
—Talla las sábanas.
—Ponlas a secar, que queden estiradas.
—Ve a poner leña a la estufa.
—Calienta el agua.
—Lava los platos.
—Pon a remojar los cubiertos.
—Saca la grasa de las ollas.
—Tiende la cama.
—Barre.
—Esa comida quedó mal.
—Termina de barrer.
—Talla las sábanas.
—Lava los platos.
—Atiende a los invitados.
—¡Los platos, Margot!
—Limpia las heridas de los pacientes.
—Pon a hervir las vendas.
—Plancha la ropa.
—Tiende las sábanas.
—Limpia el cuarto.
—Ya te dije, Margot, que los platos.
—Dobla el cubrecama.
—Atiza el fuego.
—Corta un poco de leña.
—¡No quiero lavar otra vez los platos!
Margot estaba harta. Wellingborough no le parecía un pueblo. Era más bien una prisión y peor que una prisión. Ya había estado en una y sabía lo que era. Ahora encontraba horrible poder salir de la casa y deambular por el lugar con tanto espacio abierto y, aun así, saber que no podía irse.
A pesar de no ser un pueblo con una base militar, allí Margot podía cruzarse con mucha gente uniformada, algunos del Ejército inglés y los más de la Francia Libre.
Muchos la saludaban con diligencia y entusiasmo al verla recorriendo o haciendo los mandados.
Margot no les sonreía, tampoco los odiaba.
Apenas estaba acostumbrada a atenderse a sí misma y, en la casona de la Cruz Roja, era ella quien debía atender a todo el mundo.
En los últimos días, cuando ya habían pasado no sabía cuántos convalecientes, Margot había desarrollado cierta empatía por madame Michelle.
Su casona era grande, pero no lujosa. El pueblo ya había sido azotado, y de vez en cuando lo seguía siendo, por los bombardeos alemanes.
En aquel lugar fue donde, por primera vez, la chilena notó el rigor de la guerra.
Los alimentos y la ropa escaseaban. Las personas habían desarrollado cierta creatividad para pretender una vida normal.
Madame Michelle había encontrado en ella a una empleada doméstica proporcionada por el Estado Mayor de la Francia Libre. Nunca hubiese podido pagarle a una. Y, además, era chilena, ¡qué exótico!
Margot era tema de conversación obligado con sus visitas. La joven estuvo a punto de odiarse a sí misma cuando se descubrió aceptando todo ese maltrato. Suspiró profundo y volvió a lavar los platos.