Wellingborough #3
Las amigas se fundieron en un abrazo. Luego se sostuvieron la mirada por un buen rato.
Ambas se mordían los labios para no hablar.
Margot intentaba no estar tan feliz por la posibilidad de, al fin, subirse a un avión.
Ivonne intentaba no decir nada que cortase el entusiasmo de su amiga.
De pronto se vio reflejada en ella y le resultó imposible no sentirse identificada con ese entusiasmo, con ese alivio, con ese deseo de realización.
Decidió no decirle que a Wellinborough iban a descansar los oficiales de las fuerzas de la Francia Libre cuando necesitaban recuperarse de alguna lesión en la guerra. Había allí una casa de la Cruz Roja, pero no una pista de aterrizaje.
Se conformó con la idea ingenua de que en aquel lugar Margot, al menos, iba a estar más ocupada.
Al final, era mejor tenerla cuidando de enfermos y heridos que siendo ella misma una de las pacientes.
Ivonne no podía dejar de pensar que, algún día, todos los amigos que había conocido en el trasatlántico iban a llegar a sus manos desde el frente.
—Ad...
—No lo diga —interrumpió Ivonne.
—La voy a...
—Eso tampoco.
Se sostuvieron las manos en el aire mientras se regalaban unas sonrisas amplias. Se miraron en silencio, se tentaron de risa. Volvieron a abrazarse para impregnarse de sus olores, de sus calores.
—Nos volveremos a ver —dijo al fin Margot.
Con eso Ivonne estaba de acuerdo. Margot también se sentía más conforme. Ambas asintieron, como si de una promesa implícita se tratase. Terminaron sus copas de vino. No volvieron a reír.
✰✰✰
Maximiliano Duhalde miraba a sus caballos pastar en Trafún.
El sol estaba cayendo y la tarde comenzaba a ponerse más fresca, aunque todavía quedaba mucho para el otoño.
La silueta de los animales parecía delinearse de dorado para cortar el horizonte verde.
Margot había hecho siempre un buen trabajo cepillándolos.
Le gustaba hacerlo. Era de las pocas cosas para las que se ofrecía, aunque nadie anduviese buscando voluntarios.
El hombre volteó hacia la casa grande y vio la ventana de la pieza de su hija cerrada. Recordó que no la había visto desde el desayuno, cuando apenas había probado el pan amasado con mermelada. Podría estar enojada porque no la invitó al almuerzo en Río Bueno.
Abrió la puerta de la pieza sin darse cuenta.
Había entrado a la casa pensando en una frase que hiciera reír a su hija, pero se encontró con la cama vacía.
La almohada tibia le sugirió que Margot había estado ahí hasta hacía poco.
Cuando abrió la puerta de la cocina vio a su hija caminando descalza por el pastizal.
—¡Margot! —gritó don Maximiliano.
No obtuvo respuesta. Pensó en gritarle de nuevo, pero decidió ir tras ella y metió los pies en la grama.
—Te estaba buscando —le dijo.
—Lo sé... —respondió ella.
Margot apuró el paso antes de que su padre lograse ponerle una mano sobre el hombro.
—Fui a tu pieza...
—Salí de la pieza cuando lo escuché entrar a la casa.
—¿Qué pasa, hija?
—El verano se está acabando —le dijo la niña.
Margot dejó de caminar. Su padre pudo acercarse un poco, pero el comentario de su hija se le había encajado en el estómago.
—Hija, ¿ya viste los caballos?
—Los vi ayer.
La voz de la adolescente sonó desganada. Don Maximiliano intentó no darle importancia y se acercó un poco más.
—Están al otro lado —le estiró la mano—, vamos.
—¿Lo promete?
Margot volteó y enfrentó a su padre. Apretó los puños, tensó los brazos a cada costado. El señor Duhalde retrocedió un paso.
—Por... por supuesto —contestó él.
—¿De verdad va a cumplir la promesa? —preguntó ella.
—Yo los estaba mirando ahí, Margot.
—¿Pero va a cumplir?
Margot dio un paso y su padre retrocedió dos.
—¿De qué hablas?
—¿O va a ser como la promesa de dejarme manejar todo el tiempo? ¿O la de llevarme a sus reuniones en el pueblo?
Dos pasos más; don Maximiliano trastabilló y quedó sentado en la grama.
—Manejaste suficiente en el camino al fundo y...
—¿O será como cuando dijo que si me mejoraba de la escarlatina me iba a dejar volar?
Algo se quebró en el interior del hombre.
—Hija, tú sabes que...
—No, papá. No lo sé. Yo lo conseguí, me mejoré... —Las lágrimas desbordaron los ojos de la chiquilla—. Cumplí mi parte... —Don Maximiliano se puso de pie—. El verano se está terminando.
Él intentó acariciarle el cabello, como lo hacía cuando Margot era pequeña y se rompía las rodillas correteando por ahí.
Pero ella se alejó corriendo hacia los caballos.
Los animales levantaron la cabeza y la miraron.
Pararon las orejas y volvieron a comer hierba cuando la chiquilla tropezó y cayó cerca de ellos.
Muchacha fue la única que se acercó a paso lento. Posó sus cascos con delicadeza cerca de los brazos de Margot. Bajó la cabeza con gracia y con los labios hurgó entre su cabello oscuro, como si le intentase besar la mollera a la chiquilla a modo de consuelo.
Maximiliano limpió la rodilla herida de su hija en el pórtico de la casa grande. Ella no lloró. Tampoco se dejaron de mirar.
—En verdad quieres hacerlo, ¿no?
—El cielo me llama, papá.
—Sabes que no será fácil.
La niña asintió. El hombre suspiró apenas terminó de curarla. Disimuló soplando la herida de la niña.