Wellingborough #2
Recordó la mirada taciturna de las personas en las calles de Londres.
Comprendió que la línea de expresión en sus barbillas, esa que les marcaba los labios, no era un rasgo genético de los ingleses, sino que se adquiría.
Margot se había convertido en una inglesa más, llevaba su misma tristeza a cuestas.
La misma frustración. Entraron al Morton Hotel.
Las paredes de ladrillo rojo que habían cautivado a Margot estaban ahora manchadas de negro, le recordaban a Liverpool. La oscuridad se cernía sobre Londres.
—Señorita Duhalde.
La voz del recepcionista detuvo el andar de Margot. El repique de los tacones de Ivonne Shreiner hizo eco en el vestíbulo.
—Subiré a preparar un poco de té —dijo Ivonne, sosteniendo la mano de Margot—. Pase por mi habitación para acompañarme.
Margot asintió, aunque no tenía ganas. No era nada personal, sino que la aburría estar ahí sentada. Había pasado mucho tiempo así y sentía que se le estaban acabando los temas de conversación con su amiga.
—Ha recibido un mensaje —dijo el recepcionista, sin mirar a los ojos de Margot. Estaba ocupado buscando en su propio mesón desordenado.
A Margot le cambió el semblante. Levantó una ceja y quiso apurar al hombre, pero apenas le entendía.
No se había aplicado mucho con el aprendizaje del inglés, salvo algunas palabras clave que había absorbido más bien por inercia.
A pesar de que el dueño del hotel era francés, el recepcionista se resistía a hablar en ese idioma.
El teléfono comenzó a sonar. Su ring rebotaba en todos los ángulos del lobby, pero no lograba perturbar la parsimonia del recepcionista, que movía carpetas, archivos y hojas sueltas. Al fin logró encontrar la nota. Estiró la mano y se la pasó. Después, con un gesto, la despachó.
Margot miró el papel amarillento. Era una hoja mal arrancada desde una libreta. Estaba garabateado y, a pesar de su esfuerzo, no logró descifrarlo en un primer intento. Tuvo que concentrarse. Entrecerró los ojos, hasta que al fin leyó: «llamar a Mernier».
Estaba mal escrito, pero resultaba fácil saber que se trataba del capitán Menier, el oficial francés del Estado Mayor de la Francia Libre, bajo cuyas órdenes esperaba asignación.
Se le revolvió el estómago. Era una sensación que había olvidado, un cosquilleo que avanzaba por sus extremidades.
De a poco, fue sintiendo las fuerzas, las ganas y el ánimo.
Hasta quiso sonreír. Iba a salir corriendo hacia el ascensor para contarle a madame Shreiner cuando la voz ronca del recepcionista la llamó.
—Señorita Duhalde, llamada telefónica.
No había entendido bien, pero volteó y vio al sujeto con el auricular entre sus dedos. Corrió a tomar el aparato en sus manos. Tirando al suelo algunas cosas del mesón con el cable, se alejó para tener una ilusión de privacidad. Era el capitán Menier, con su sonsonete nasal agudo.
Hablaron poco, sin mucha cordialidad, pero con las palabras justas para que a Margot se le iluminara el rostro.
Hizo un amague de sonrisa antes de despedirse, pero lo reprimió.
Bajó la vista para esconder las lágrimas.
Intentó colgar el teléfono, pero solo consiguió golpear el mesón con el auricular.
Margot no se disculpó, tampoco se despidió.
Caminó hasta el ascensor y se fue directo hasta la habitación de madame Shreiner.
—¿Y entonces? —al fin Ivonne rompió el silencio.
Margot había llegado a su habitación corriendo y golpeado la puerta sin detenerse, hasta que Ivonne la abrió. Después de ver la tetera con el agua a punto de hervir y las dos tazas esperando, hizo una mueca. Necesitaba algo más espirituoso.
—Adivine quién me llamó —dijo la chiquilla con una sonrisita.
Como no encontró lo que buscaba en la pieza de Ivonne, salió corriendo hacia la suya. Volvió con una botella de vino y dos copas.
—Ha sucedido... —le dijo a su amiga.
—¿Ha sucedido?
El rostro de Ivonne también cambió. Pasó de la duda al asombro y luego al entusiasmo. Comenzó a aletear con las manos, mientras Margot servía el vino y se reía de nervios.
—Cuénteme todo...
—El capitán Menier me llamó al fin. Tengo mis órdenes, ¿puede creerlo?
Ivonne ya había deducido eso. Quería más detalles, por lo que recibió la copa, se apoyó en la silla y se cruzó de piernas para oír a Margot.
La chiquilla habló y habló, como si las palabras hubiesen estado contenidas dentro de ella por una represa que se acababa de romper.
Se derramó en la copa, en el piso, por el pasillo y por las escaleras hasta mojar el pavimento.
Sintió que el mundo ya no estaba achatándola y, después de mucho tiempo, pudo respirar profundo.
Madame Shreiner la observaba con una sonrisa en la cara. Hacía mucho tiempo que no veía a la Margot que conoció en el trasatlántico. Al fin había recuperado a la chiquilla plena, soñadora, avasalladora y valiente que el paisaje gris de Londres le había quitado.
—¿Cuándo partes? —Ivonne hizo la pregunta durante la tercera copa de vino. Pensó que le iba a doler menos.
—El capitán Menier me dijo que tenía que prepararme para mañana...
Sus pupilas se dilataron y sus labios no alcanzaron a cerrarse. Margot cayó al fin en cuenta de que debía abandonar el CP, a Ivonne, a Lavergne, a Aubrey y a los hermanos Divin. De pronto, las palabras de Douglas durante la travesía cobraron sentido.
—Qué excelente noticia, querida —Ivonne se estiró y posó su mano sobre la de Margot—. ¿A qué base te han asignado?
—Wellingborough —contestó Margot, llena de seguridad.
Quien guardó silencio ahora fue Ivonne. Sus ojos no acusaron la emoción, pero la sintió en el estómago. Wellingborough no era una base de la Fuerza Aérea.
Madame Shreiner supuso que Menier no le había dado mayores detalles de su asignación a Margot. O podía ser que ella, en su entusiasmo, no se hubiese molestado en pedir más información.
—Eso está lejos... —Ivonne se mordió el labio inferior—. Más de dos horas, ¿no?
—Si ya crucé un océano, dos horas por tierra no me van a separar de mi sueño de volar.
Ivonne bajó la vista y retiró la mano. Margot cayó en la cuenta de que su amiga se refería a lejos de ella y los demás amigos. Se culpó por haberse olvidado tan rápido de lo que Douglas le había advertido. Dejó la copa de vino sobre una mesita de té.
—La voy a extrañar —le dijo.
—No siga... —le contestó Ivonne.
—Lo digo en serio. No sé si hubiese sobrevivido a Londres sin usted.