Wellingborough
– 1941 –
XIV
Los aviones hacían pasadas en el cielo. Iban formados, sin apuro, cortaban el viento con las aspas de sus hélices.
El ronroneo de sus motores era apenas audible, pero se notaba cuando las aeronaves maniobraban.
Nada parecía muy complejo. Era ganar altitud, girar, hacer una U y perder altura hasta posar las ruedas sobre la pista de aterrizaje, que era cuando más sonaban.
Primero un chirrido, luego un bramido que a Margot le aceleraba el corazón y después ganar altura para repetir.
Margot anotaba todo en su cuaderno. La ruta, los minutos que le tomaba a cada máquina, los lugares donde se debía alzar el vuelo, aquellos donde era necesario descender, la aceleración e, incluso, las interferencias que provocaban en los vuelos los diferentes tipos de viento.
Para eso último inventaba términos, porque desconocía la jerga, pero lentamente se estaba volviendo una experta.
Decidió guardar sus notas en el bolso y entregarse por completo a mirar las vueltas de los pocos aviones que todavía quedaban en vuelo.
Podía verse a sí misma en la cabina abierta, con sus lentes y la gorra de vuelo, con el cabello tomado y una bufanda al viento, para evitar el frío.
Estaba segura de que ahí arriba hacía mucho frío.
El primer bocinazo la sacó del trance y el segundo la hizo voltear.
Ahí, en el camino junto al potrero que hacía de pista de aterrizaje, vio el Packard descapotable de su padre.
La nube de polvo apenas se estaba disipando cuando notó que, con el sombrero al aire, don Maximiliano Duhalde le hacía señas.
Margot se levantó, se echó el bolso al hombro y caminó en su dirección.
—¿Ya estás lista?
—Pensé que estaba en el trabajo —respondió ella.
El padre abrió el maletero del auto y acomodó el bolso de su hija. Margot miró hacia el interior y vio a Darío, un amigo de su padre, en el asiento del copiloto. Lo saludó por cortesía, pero no le prestó demasiada atención. De un salto se acomodó en el asiento trasero.
—Pasé por Darío y me vine. Supuse que estarías acá —don Maximiliano se subió al auto y echó a andar el motor. El sonido del Packard no llegaba ni cerca al de los aviones, pero era suficiente para demostrar potencia—. ¿Te despediste de tu madre?
Margot asintió. Su padre la miró por el espejo retrovisor y le regaló una sonrisa.
La primera parte del viaje fue silenciosa, al menos para la muchacha, pues su padre y Darío parecían tener mucho para ponerse al día.
Al principio, Margot les prestó oído a las cosas que don Maximiliano contaba.
Le costaba trabajo asimilar que su padre, muy correcto y recatado, podía ser una persona graciosa y elocuente. Se veía joven cuando reía.
Una vez que dejaron atrás Santiago, la chiquilla perdió la vista en el horizonte.
Veía la cordillera, que avanzaba lenta comparada con las copas de los árboles que pasaban rápido.
Imaginó un pequeño avión que maniobraba y hacía piruetas en el horizonte, para sortear los álamos que se alzaban más arriba que cualquier otro follaje.
Ella iba a bordo de ese avión, por supuesto.
✰✰✰
Margot tenía la cabeza apoyada en el cristal del bus de dos pisos en el que había salido a recorrer la ciudad con Ivonne.
Era la tercera vuelta que daban y, a decir verdad, no le importaba mucho el destino, solo quería ver las calles pasar.
Habían visitado el Imperial War Museum, uno de los pocos que se mantenía abierto.
Era importante mantenerlo. La guerra ya no era solo una amenaza, sino la realidad más cruda.
Los londinenses necesitaban recordar para no repetir y no repetir para no rendirse.
No era la primera vez que pisaba ese lugar.
Es más, lo conocía casi de memoria. Pero esta visita le había resultado más aburrida, porque no la acompañaba René Divin, quien solía alimentar el recorrido de anécdotas.
Él había peleado esa otra guerra. Para él no eran recuerdos, sino historia viva.
Incluso los casquillos de las municiones de las ametralladoras cobraban vida de su boca.
Sin Divin, la visita no era más que revolver las ruinas de un mundo que intentó matarse a sí mismo.
—Echo de menos el viento en la cara —Margot rompió el silencio.
Ivonne la miró de inmediato. Ella iba sentada en la otra hilera de asientos en el bus. También prefería la ventana y había tantas disponibles que no perdían el tiempo en peleárselas.
—¿Prefiere bajarse y caminar?
Margot meneó la cabeza. No era eso a lo que se refería, pero tampoco sentía ganas de explayarse. Hizo un gesto con las manos, como si envolviera su cabeza. Se sintió algo tonta después de hacerlo.
—Usted anda muy rara, Margot —sentenció la mujer.
Shreiner se volteó para mirar hacia la calle y ver pasar a la gente. No dejaba de impresionarle; día a día, los londinenses iban perdiendo su sonrisa. No era que los ingleses antes rieran mucho, pero ahora hasta en los ojos de los niños había dureza.
—Ando aburrida, Ivonne —suspiró Margot—. Creo que es mejor palabra.
Ivonne pensó que eso también era raro. Al menos en Margot, que siempre se las ingeniaba para reír o hacer reír.
—¿Prefiere que volvamos al hotel?
Después de la gran riña de Old Dean Camp, el Estado Mayor de la Francia Libre recargó de trabajo a los voluntarios sudamericanos.
Apenas les quedaba tiempo para verse de manera informal y, de no ser por la baja tasa de enfermos y heridos, Ivonne hubiese sufrido el mismo destino.
A los hermanos Divin no se les veía la cara desde hacía un par de días.
La terminal de morse en el CP tampoco había estado muy activa.
Lavergne aparecía de vez en cuando, pero siempre andaba apurado y apenas tenía un par de minutos al día para intercambiar saludos.
Miguirás y Navarro habían sido destinados a África, como casi todos los que participaron en la pelea.
Rogelio no pudo cumplir el sueño de volar para los aliados.
De un día para otro, pasó de limpiar letrinas cerca de Londres a hacerlo en el Congo.
Margot no recibía demasiadas cartas desde Brazzaville y las pocas que llegaban venían cargadas de lamentos y reproches más que de novedades.
El hotel Morton se había convertido en un espacio sin alma.
Margot asintió. Se puso de pie y caminó hasta la escalera del bus para poder bajar en la parada siguiente. Ivonne la siguió en silencio.
✰✰✰
La cuarta parada del viaje había sido para orinar a un costado del camino.
Margot prefirió no sumarse. No solo por pudor, sino más bien porque la tercera parada había sido para saludar a los amigos de su padre a la entrada de Curicó.
Ahí había cubierto todas sus necesidades.
Margot no tenía mucha noción de cuánto tiempo había pasado desde que habían salido de Santiago.
Supuso que eran varias horas, porque el sol hacía rato que no estaba donde lo recordaba mientras miraba los aviones, pero todavía estaba claro.
Las horas de luz en el verano solían alargarse.
Tampoco podía estimar cuántas faltaban para llegar a Trafún.
Le habían advertido que harían muchas paradas más. Su padre estaba lleno de amigos en el camino. Cuando los dos hombres terminaron su faena, regresaron al auto.
—Pásate para adelante —dijo don Maximiliano.
Margot levantó la cabeza y lo miró frunciendo el ceño. El padre insistió. Esta vez hizo un gesto con el mentón. La chiquilla le hizo caso. Se encaramó hacia el asiento delantero y se dejó caer sobre el cojín de cuero del Packard. No escondió la sonrisa.
—No, a ese —insistió el padre, esta vez apuntando a la ubicación del chofer.
A Margot se le abrieron los ojos como platos. Hizo el amague de cambiarse, pero se contuvo.
—¿En serio? —preguntó con la voz cortada.
Don Maximiliano le lanzó las llaves del auto y caminó hacia la puerta del copiloto.
Solo entonces la niña se envalentonó. De un brinco se dejó caer en el asiento del chofer.
Se golpeó la rodilla con el volante, pero no se quejó.
Estiró los pies hacia los pedales del auto y metió la llave en la ranura de arranque.
Luego pasó las dos manos por el volante, como si le estuviese quitando el polvo.
—¿Es en serio? —se quedó mirando al padre mientras amenazaba con echar a andar el auto.
Su padre miró hacia su amigo, que estaba ya en el asiento trasero. Se había recostado y tapado con la chaqueta, para poder dormitar.
—Te dije que ibas a poder manejar todo lo que quisieras. Después de todo, tienes que comenzar a acostumbrarte a la velocidad —contestó don Maximiliano, guiñándole el ojo.
La mano de Margot giró la llave para hacer contacto. El auto se sacudió. Los pies de la niña jugaron con los pedales, hasta que logró meter el cambio. El motor ronroneaba, igual que un felino de panza, pero pronto comenzó a rugir.
No pasó mucho para que el viento comenzara a colarse por sobre el parabrisas y a chasconear la oscura cabellera de Margot.
Mientras el paisaje iba quedando atrás, distorsionado por la velocidad, su piel pálida comenzó a ganar rubor y brillo.
Sus ojos apagados se llenaron de vida, destellaron como las estrellas en una noche oscura.
Dos margaritas que el padre nunca había visto se dibujaron al costado de su boca. Margot había vuelto a sonreír.
Para Maximiliano Duhalde, de pronto, ya no hubo más camino, más preocupaciones del viaje, más amigos a quienes visitar. Solo estaba su hija, feliz contra el viento, sintiendo el vértigo de la velocidad. Se avergonzó al tratar de recordar sin lograrlo un momento en que la hubiese visto más contenta.
Tenía imágenes de la niña disfrutando a sus amados caballos. Pero ninguna estaba cerca de lo que descubrió esa tarde, mientras ella, al volante del Packard, imaginaba estar remontando el cielo en uno de los Tiger Moth que se escapaba a mirar a Los Cerrillos.
✰✰✰
Margot caminó delante de Ivonne durante el trayecto hacia el Morton Hotel.
O tal vez fue Ivonne quien caminó detrás de ella.
Al menos un metro y medio las distanciaba, por lo que fue un trayecto silencioso.
Dos calles antes de su destino pasaron frente a unas vitrinas que habían sobrevivido intactas al último bombardeo.
Margot echó un ojo y se topó con la mirada de una mujer abatida.
Tenía la piel mustia, los ojos tristes y el pelo desaliñado.
Era su reflejo. Pasos más atrás veía el de madame Shreiner quien, a pesar de ser mayor que ella, lucía mucho más fresca.