XIII #2
René tuvo más cautela. Saludó a los de la entrada, que forzaron un saludo de vuelta y, a paso lento, se unió con los del fondo.
Rechazó el vino, que terminó en las manos de Margot.
—¿Dos reuniones aparte? —preguntó René, después de rechazar un segundo vaso de vino, esta vez de Rogelio.
—Siempre...
René era teniente del Estado Mayor. Había escuchado en los pasillos sobre esas dinámicas.
La inactividad de los soldados había causado un quiebre casi irreconciliable entre los europeos y los voluntarios.
Los oficiales franceses, en su mayoría nativos, mostraban un marcado desprecio hacia los sudamericanos.
—Tal vez deberíamos integrarlos —sugirió el teniente.
Navarro giró y del tonel sirvió un vaso de vino hasta el borde. Luego extendió el brazo hacia el mayor de los Divin.
—Intégrelos usted —le dijo.
René suspiró profundo. Su experiencia le sugería que no debía entrometerse, pero tomó el vaso de vino para ofrecerlo a los soldados franceses.
—Gracias, no deseo su vino —dijo el primer soldado francés, incluso antes de que René se lo ofreciera.
—Vamos, hombre —insistió el teniente—, como una señal de amistad.
—¿Señal de amistad? Lo único que queremos es una noche sin su maldito bullicio.
—El Estado Mayor vería como una buena señal que estas tensiones bajen —insistió René.
—¿El Estado Mayor? La Francia Libre es para los franceses. El Estado Mayor apreciaría que sus hombres estén listos, dispuestos y capaces para la batalla. Los sudamericanos solo saben gritar, poner música y emborracharse.
René estaba de acuerdo con el soldado, pero no podía darle el favor. Además, para él, la integración también era fundamental.
—Hágalo por la resistencia, soldado —siguió René.
—¿Es una orden? —el francés arrebató el vaso de las manos del teniente y regó parte del camino con el impulso. Le dio un sorbo que apenas le mojó los labios—. ¿Contento?
—Podría disfrutarlo, digo... —extendió los brazos para señalar a los otros cinco franceses, que lo miraban con cara de perro arrinconado—. Hay más vino si se les ofrece.
—¿Eso también es una orden?
El teniente Divin suspiró y bajó los brazos.
—Una sugerencia, soldado. Solo es una sugerencia.
—Entonces prefiero pasar de su vino sudamericano.
El soldado intentó devolver el vaso al teniente, pero René dio media vuelta antes.
Pensó que de esa manera no necesitaría rechazarlo y caminó de vuelta hasta los latinos que continuaban con su fiesta.
En el grupo había brasileños, argentinos, uruguayos y, por supuesto, chilenos.
Sumaban unos diez hombres, además de Margot, quien ya iba en su segundo vaso de vino.
—Cielos, hermano. Deberías pedirle a Churchill que te mande a Berlín a negociar la paz. Seguro que haces que los alemanes se replieguen.
—Llevamos el mismo uniforme, Roger. Que no se te olvide eso —le contestó René.
—Cuando les conviene —interrumpió Rogelio—. Jamás he visto a un francés limpiando baños desde que llegué a este condenado campamento.
—O haciendo las camas —agregó un uruguayo.
—O barriendo —acotó un brasileño, en un portuñol lamentable.
—Estoy harto de limpiar letrinas —concluyó Rogelio.
El paso de los minutos no logró diluir la tensión.
Mientras los sudamericanos se partían de la risa, los franceses se hundían en el descontento.
René miraba de reojo. Había aceptado una caña de vino después de la insistencia de Navarro, pero no había probado una gota de su contenido.
Margot se turnaba para bailar con sus compañeros y las anécdotas iban subiendo cada vez más de tono, volumen y picardía.
Rogelio se había entrampado en el rencor. No había conversación suya que no terminase con un insulto a los franceses. Cuando Miguirás le sopló que quedaba poco vino en el tonel, el abogado se sentó en una esquina para examinar a los franceses de la entrada.
El vaso de vino del teniente Divin seguía intacto en un velador alejado. Uno de los soldados, aburrido de los gritos, se paró, lo tomó y largó el contenido por la ventana más cercana. Después, lanzó el vaso hasta el final de la barraca. No golpeó a nadie, pero el llamado de atención ya estaba hecho.
—¡Para eso sirve el vino sudamericano! ¡Para regar las plantas, no las gargantas! —gritó el francés, que arrancó algunas risas entre sus pares.
—¡Es vino europeo, franchute imbécil! —contestó Navarro.
—¡Pero no francés! —le respondieron.
—¡Alemán, en ese caso! —interrumpió Rogelio—. Hasta que les recuperemos el país que perdieron...
Se hizo silencio en la barraca, o al menos eso pareció. La música siguió sonando, pero todos dejaron de prestarle atención. Los franceses se pusieron de pie y los latinos también. Una tormenta eléctrica se desató entre las miradas de uno y otro bando.
—Margot, vámonos —señaló René, pero ella no hizo caso. Estaba tan concentrada como sus compañeros de juerga.
Miguirás se sirvió una caña de vino, bebió el contenido casi de un trago y lanzó el vaso con el concho directamente a los pies de los franceses. Salpicó de escarlata el uniforme y las botas de los soldados.
—A la mierda —dijo un francés antes de lanzarse hacia los latinos y darle un puñetazo seco en el pómulo a Rogelio Piffre.
El abogado absorbió el golpe con hidalguía.
En vez de irse a tierra, aprovechó el impulso y devolvió el golpe a la nariz del soldado, que quedó sentado en el piso con el rostro ensangrentado.
Las dos reuniones se convirtieron en una, pero no amistosa.
El grupo se trenzó en una masa de puñetazos y patadas.
—¡Margot, vámonos! —insistió René.
—¿Y nuestros amigos?
—¡Ahora! —René bajó de un tirón a Margot, que figuraba arriba de una cama con ganas de lanzarse al piño de gente. Con el otro brazo arrastró a Roger y lo sacó del tumulto.
Roger también había repartido lo suyo, pero no estaba seguro de si les había pegado a los franceses o a su propio grupo.
Tampoco supo si su ceja partida había sido provocada por fuego amigo.
René no le permitió averiguarlo. Con fuerza lanzó a su hermano por una ventana y luego ayudó a Margot a salir. Corrieron hasta el jeep.
—¡Este es del campamento! —gritó Roger.
—Mañana lo devuelvo en Carlton Gardens —replicó René.
De un salto, el teniente del Estado Mayor ocupó el asiento del chofer y aceleró a fondo para salir del recinto militar.
—Hay una pelea en la barraca siete —le dijo al oficial de guardia antes de salir.
Margot lo juzgó en silencio.
—No puedo dejar que se maten —se justificó René—. Tranquila, Margot. No les pasará nada.
El viaje de regreso fue incómodo. Cuando la adrenalina bajó, Roger sintió los impactos en la cara, los brazos y la espalda. Margot alegaba por el tirón que René le había dado. Ninguno se atrevió a encarar al hermano mayor.