El cielo me llama XIII
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XIII

Roger había estado toda la mañana instalando en su pieza un equipo de comunicación en clave morse que había comprado el día anterior.

Lo había conseguido en oferta, según dijo, aunque René insistía en que lo había recogido al costado de un contenedor de basura.

Margot dudaba de ambas versiones. El equipo no lucía lo suficientemente nuevo como para provenir de una tienda de electrónica y en Londres ya no quedaban tantos contenedores de basura intactos.

Durante los meses que los chilenos habían pasado en el hotel Morton, los bombardeos se habían intensificado a tal nivel que los chilenos ya no se sobresaltaban.

Pero las personas sintecho en la ciudad se habían multiplicado.

En los atardeceres, era común ver largas filas de gente buscando refugio en las literas que el gobierno inglés había montado dentro de las estaciones de metro.

La mayoría eran ancianos, niños y mujeres.

Cada vez se veían menos hombres en la ciudad.

La tristeza les embargaba el rostro. Hasta los adolescentes mostraban facciones avejentadas, como si hubiesen tenido que crecer de golpe.

Margot sospechó que la versión de la compra que manejaba Roger era cierta y que le daba vergüenza decir que le había quitado de las manos el aparato a un anciano a cambio de unos cuantos peniques.

—Este es el cable que debemos tirar hasta su cuarto, Margot —dijo Roger.

—¿Mi cuarto?

—Por supuesto —contestó él—. Si va a ser la sede social del CP, más le vale que esté bien comunicado.

El CP era el nombre de un club secreto que los chilenos habían formado en el hotel Morton. Procuraban mantener el nombre en secreto. Les parecía demasiado vulgar referirse a él en voz alta. «Son las consecuencias de bautizar algo cuando el alcohol se te ha subido a la cabeza», pensaba Margot.

La verdad era que cantidades abundantes de cerveza ayudaban a no perder la cordura, ante la frustración por el paso de las semanas sin órdenes ni asignaciones.

También se soportaba mejor la discriminación que estaban viviendo.

Formaban parte del clan Roger Divin, René Divin, Ivonne Shreiner, Lavergne y Jean Aubrey.

Miguirás, Navarro y Rogelio Piffre habían sido nombrados miembros honorarios; aunque tenían voz, no tenían derecho a voto ¡Y vivían votando!

—¿Eso significa que va a sonar a cada rato? —preguntó Margot.

—No por ahora. Primero debo enseñarle a usarlo y después lo conectamos al cableado de la ciudad.

Margot miraba el cable asomado entre los dedos de Roger con recelo. Hizo una mueca con la boca.

—Vamos, Margot, anímese. Si aprende a usar clave morse, les quita otra excusa a los franceses para no darle su asignación.

La muchacha abrió la puerta y se ató la bata en la cintura. Roger entró e hizo algunos ajustes. En pocos minutos, tenía el cable instalado junto a la batería. Solo había que poner la clave en el escritorio al lado de la ventana, y Margot quedaría lista para emitir sus comunicados.

Al principio, solo los hermanos Divin la iban a escuchar, pero era suficiente para ensayar. Roger se sorprendió al ver lo rápido que aprendía Margot y el entusiasmo que le dedicaba al nuevo aparato.

Al cabo de unas horas ya estaba lista para emitir su primer mensaje: «CELEbrACIÓN. OLD DEAN CAMP. AHORA».

Margot alzó la vista y miró orgullosa a Roger. Volvió a echarle una mirada a la plantilla del mensaje.

—¿Está invitando a una fiesta, Margot?

—No es una fiesta, Roger, no sea mal pensado —la muchacha sonó prudente, pero nunca borró la sonrisa del rostro—. Digamos que es una reunión extraordinaria del CP.

Roger hizo una mueca de desaprobación. A él ya le habían dado su asignación en el Ejército y no veía con buenos ojos demasiado desenfreno.

Le había tocado escuchar a otros oficiales quejarse acerca de las costumbres de los sudamericanos.

La línea de morse emitió un bip y luego entró un mensaje: «RECIBIDO. ROGELIO EN CAMINO».

Era René, que había contestado desde la pieza que compartían los hermanos Divin. Roger comprendió que no podía hacer nada. A los minutos llegó René con una chaqueta en las manos para su hermano.

Solo faltaba esperar la llegada del abogado en su Willys.

✰✰✰

Navarro esperaba en la puerta del galpón donde el Ejército francés mantenía almacenados los pertrechos del rancho.

Estaba oscuro. La punta del cigarrillo que mantenía apretado entre sus labios se encendía en un naranja fulminante, le iluminaba los pómulos y la nariz aguileña.

Observaba el entorno, como quien mide el vuelo de las aves.

El patio central de Old Dean Camp estaba vacío.

La explanada inerte apenas se iluminaba con unos faroles que no alcanzaban a cubrir más de tres metros a la redonda. El murmullo de los grillos cubría los pasos de cualquiera que anduviese merodeando en la bruma.

El improvisado centinela apagó el cigarro contra la pared del galpón y lo lanzó hacia donde la hierba se veía más húmeda, luego le hizo una seña a un rincón oscuro.

Apareció Miguirás, que trepó con agilidad por la pared hasta saltar por una abertura en el entretecho.

A Navarro se le aceleró el corazón. Vio sombras aparecer donde no había y sacudió la cabeza para mantener la calma.

No había moros en la costa; apenas la quietud bañada por la humedad de una noche que no se decidía entre ser cálida o fría.

Dos golpes en la puerta del galpón lo hicieron voltear. Con fuerzas posó las manos en la manilla y con todo el peso de su cuerpo empujó. Miguirás emergió desde la penumbra haciendo rodar un tonel de vino.

—¿Cincuenta litros?

—¿Alcanza? —Miguirás preguntó de vuelta después de asentir.

Navarro pensó por unos segundos, como si estuviese haciendo algunos cálculos.

Era malo con las matemáticas, pero levantó un pulgar.

Los soldados no tardaron en darse cuenta de que los cincuenta litros de vino eran demasiado pesados para llevárselos al hombro.

Empezaron a hacerlos rodar por el césped.

Navarro tropezó dos veces en medio del patio. La segunda tocó el suelo con las rodillas y apoyó las manos en una plasta de vaca. Se limpió lo mejor que pudo. «¿De dónde mierda salió una vaca? », se preguntó.

Iban a mitad de camino cuando un par de focos se encendieron entre los árboles. Miguirás quedó petrificado. Navarro pensó en correr, pero sus piernas no le respondieron.

La guardia del Old Dean Camp se movió entre los árboles.

Los haces de luz se fueron haciendo gigantes hasta que iluminaron el tonel de madera, los dedos enmierdados de Navarro y las manos de Miguirás.

Dos franceses espigados salieron de detrás de las linternas.

Eran flacos y serios. Cargaban sus fusiles MAS-36.

—¡Quietos! —gritó el sargento Moreau. Su subalterno Petit apuntó a los chilenos directo en el rostro. Le temblaban las manos y su dedo se deslizaba lento por el gatillo—. Identifíquense.

—Soldado Miguirás, mi sargento.

—Soldado Navarro —como un reflejo, se limpió las manos en el pantalón del uniforme—, mi sargento.

—¡Quietos! —insistió el sargento de servicio.

Petit dio un par de pasos hacia adelante, hasta casi meterle el cañón por la nariz a Navarro. El chileno contuvo las ganas de desarmar a Petit, estaba seguro de que podía lograrlo en un solo movimiento.

—¿Robando pertrechos del Ejército francés? ¡Van a devolver ahora ese tonel!

—No podemos —contestó Navarro, que sintió el cañón helado del arma de Petit en su piel.

—¡Devuélvalo, soldado!

—Negativo, mi sargento.

—¡Es una orden!

Petit pasó bala, y un tintineo metálico quedó en el aire.

—El capitán Bernard nos castigó durante la revista de esta tarde, mi sargento. Debemos hacerlo rodar por todo el patio hasta el amanecer.

El sargento Moreau miró al soldado chileno. Observó el tonel con rastros de pasto y tierra y concluyó que llevaban un buen tiempo en esa faena.

—¿Llegaron tarde? —Moreau posó la mano sobre el fusil de Petit y lo apartó del rostro de Navarro.

—Yo no pensé que a los franceses les importara tanto la puntualidad —interrumpió Miguirás.

—¿Dice que somos impuntuales, soldado?

Navarro miró a su amigo. Deseó que se quedara callado.

—Supongo que pasar tanto tiempo con los ingleses hace que se contagien esas costumbres —concluyó el soldado chileno.

Navarro apretaba los ojos como si hubiese recibido un golpe en la nariz. Moreau sonrió y le dio un golpe a Petit que casi lo desarma.

—Pues sí, el capitán se formó con los ingleses y se ha vuelto un pesado, pero al menos no es un sudamericano que mete la pata a cada rato. —El sargento extendió la mano mostrando el patio—. Bueno, prosigan con su castigo y dejen el pasto bien plano.

El sargento y su subalterno reanudaron su ronda alejándose hacia el norte. Navarro miró a Miguirás y estuvo tentado de limpiarse el sudor de la frente, pero recordó sus manos sucias y le dio una palmoteada en la espalda a su amigo. Ambos se prepararon para continuar su camino hacia la barraca.

—¡Soldado!

Los chilenos voltearon.

—¡Si se les abre ese tonel, procuren visitarnos en la caseta de guardia! Les aligeramos el peso con gusto.

Los centinelas se alejaron entre carcajadas, mientras los chilenos continuaron su labor.

Miguirás sintió el impulso de hacerle un gesto obsceno, pero no logró decidirse por uno.

Varias gotas de sudor más tarde lograron llegar a destino con su cargamento.

Lo acomodaron al fondo de la barraca, junto a una cama.

Lo taparon con una de las frazadas. Solo faltaba que llegasen los invitados.

✰✰✰

Margot se bajó de un salto del Willys. No esperó a su chofer y abrió de golpe la puerta de la barraca.

Saludó con un estruendoso «hola», que acompañó con un ademán de brazos extendidos.

No hubo respuesta. Había un montón de gente al fondo y a la entrada.

La miraron de pies a cabeza y continuaron con su reunión.

Repitió, ahora con un «bonne nuit», que tampoco surtió efecto.

Al llegar al fondo, se abrió paso hasta el centro del choclón. Esta vez sí pudo saludar. Aprovechó el ánimo para ir hasta el fonógrafo que Rogelio había comprado en uno de sus paseos por Londres y rompió la tensión con un disco de swing.

Roger ignoró a los soldados franceses de la entrada, pasó de largo.

Saludó a Miguirás y le recibió una caña de vino, que bebió de inmediato.