XII #3
Tres veces tropezaron los chilenos mientras intentaban subir. Las risas de los Divin eran ruidosas como cualquier chillido del elevador. Nadie salió a mirarlos, pero sabían que había orejas pegadas a las puertas.
Los hermanos se despidieron de Margot a la entrada del pasillo del sexto piso. Ella siguió su rumbo hasta su habitación. Pudo entrar después de tres intentos. Una vez adentro, todo se volvió negro para ella.
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Una explosión la obligó a abrir los ojos.
Margot estaba boca abajo, con el camisón de dormir puesto y el pantalón a medio bajar, ocupaba la mitad de la cama.
Vio a través de la ventana las luces que paneaban el cielo y reconoció la sirena.
Una segunda explosión la hizo saltar. No estaba segura de qué hora era, pero sentía como si hubiese dormido toda la noche.
Al otro lado del vidrio todavía estaba oscuro.
Intentó subirse el pantalón, pero lo tenía tan enredado en la pierna que le resultó más fácil sacárselo.
Tuvo que sacudir los pies para deshacerse de él.
Intentó tomar sus pantuflas, pero se le cayeron de las manos.
Una tercera explosión remeció su pieza e hizo que un poco de polvillo cayese desde el techo.
La lámpara en medio de la habitación se bamboleó por varios segundos.
Los gritos en la calle la obligaron a salir corriendo.
Antes de abrir la puerta tomó la bata y se la puso sin lograr atarla.
Afuera se topó con Lavergne e Ivonne, estaban igual de alarmados que ella.
El resto de las puertas permanecieron cerradas.
Margot avanzó hasta la de los hermanos Divin y golpeó en reiteradas ocasiones. Ni sus golpeteos ni las explosiones fueron capaces de despertar a René y a Roger. Los tres amigos se agacharon en el pasillo y se quedaron abrazados hasta que la última bomba tocó el suelo de Londres.
Al día siguiente, Margot acompañó a Lavergne a comprar el periódico.
No habían vuelto a dormir. Aunque no sentían sueño, Ivonne se había comprometido a preparar café para los tres.
Margot tuvo la intención de comprar algunos panecillos.
Tenía poco dinero, pero sintió que era la mejor forma de agradecer a los amigos que se habían acostumbrado a contenerla en el horror de los bombardeos.
Se separó un instante para ir hasta el carro de bagels que solía ponerse junto a la escalera de la estación Russell. Había un montón de personas reunidas en la zona. «Están esperando el pan», pensó Margot, mientras se acercaba.
Esperar un turno no le parecía algo tan terrible en una ciudad que se estaba acostumbrando a las largas filas.
Cuando llegó al centro del gentío, pudo ver que el carro no estaba y que todo el mundo miraba hacia el fondo de las escalinatas de la estación.
Estaban bloqueadas por una pila de escombros caídos por las explosiones.
Había vigas, ladrillos y mucho polvillo.
Algunos fierros saltaban a la vista, como espinas de un cactus seco.
Entre ese enredo, vio los ojos de la mujer de la noche anterior.
Estaban igual de abiertos e igual de celestes, pero secos, apagados, tristes.
En sus brazos todavía descansaba su hijo, pálido, lánguido, apenas se notaba entre los escombros.
Eran un fiel reflejo del horror de la noche.
Margot regresó en silencio al hotel. Monsieur Lavergne no paraba de buscarle conversación.
Le contaba de las cosas que estaba haciendo en el Estado Mayor, de los refuerzos que venían en camino, de cómo Inglaterra no tenía pensada la rendición y hasta del último discurso de Winston Churchill.
Pero en la mente de la chiquilla solo estaban aquellos ojos muertos mirando al infinito.
La joven pensaba en lo que habría pasado si ella y los hermanos hubiesen llegado más tarde esa noche.
Si las bombas los hubiesen encontrado de camino a casa.
Se preguntó si la muerte se sentiría tan terrible con el cuerpo emborrachado y si los Divin estaban al tanto de lo cerca que estuvieron de terminar entre los escombros.
No quiso pensar en culpas. Las personas sintecho en la ciudad ya se contaban por miles. No era posible darles refugio en el hotel de lujo que ocupaban los soldados franceses. Pero ¿y esa mujer? ¿Les podría haber dado techo a esa mujer y a su hijo?
Se convenció de que no. Con ella había decenas de personas más. Si la invitaba no podría cerrarles la puerta a los otros. ¿Estaban esos otros con ella bajo los escombros? No quiso seguir. Enfocó su consuelo en culpar a los responsables del metro.
Desde hacía noches no estaban dejando entrar más gente ahí. Si tan solo esa madre hubiese salido más temprano de casa a buscar refugio. ¿Era culpable? ¿La estaba culpando? Margot sintió un garrote partirle en dos la cabeza.
—¿Quiere más café?
La voz de Ivonne la sacó del trance. De pronto se vio con una taza a medio beber entre las manos. Miró a su amiga y asintió. Madame Shreiner llenó la taza y de pronto el calor la volvió a embargar, como si estuviese de vuelta en su hogar.
—Quiero que me enseñe, monsieur Lavergne —al fin Margot sacó el habla.
—¿Qué cosa? —preguntó el hombre.
Lavergne recorrió con la mirada los rostros de quienes estaban desayunando con ellos en la habitación de Margot. Vio a los hermanos Divin, a Ivonne Shreiner y a Jean Aubrey. Ninguno parecía comprender bien la petición.
—A ser una soldado. Estoy harta de ser una inútil en esta guerra.