El cielo me llama XII #2
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XII #2

—Lo van a llamar, Rogelio. Pierda cuidado. —El hombre sonrió y acarició la mano de Margot, que se había apoyado en su brazo—. Usted al menos es hombre. A mí no me quieren ni ver cerca de los aviones.

—No se culpe, Margot. No tiene nada que ver con que usted sea mujer. Usted podría haber llegado acá disfrazada de hombre, subirse a un avión y derribar cien bombarderos alemanes. Igual la bajarían si se enteran de que no es francesa.

—¿Insinúa que el problema es que soy chilena?

—No lo insinúo, lo digo con todas sus letras. Estos sujetos tratan con demasiado desprecio a cualquiera de los latinoamericanos —sentenció Rogelio, casi poniéndose de pie para apuntar a los soldados en el casino.

Los hermanos Divin se sintieron incómodos, pero se les pasó cuando vieron que ninguno de los presentes se daba por aludido. Era verdad. Simplemente, ellos no existían.

—Me cuesta creer lo que dice, Rogelio.

—¿Alguna vez le mentí, René?

Divin meneó la cabeza. Pero no encontraba coherencia entre lo que su amigo exponía y lo que le tocaba ver en las oficinas de Carlton Gardens.

—Supongo que no, amigo, pero algo de agradecimiento debe tener esta gente por el esfuerzo de guerra que están haciendo los voluntarios —dijo René.

—Créame, perdieron el país una vez más y lo volverían a perder antes de aceptar poner a un extranjero a la par.

—Nuestros abuelos eran franceses —interrumpió Roger.

—Y aun así, terminaron exiliándose en Chile. Tal vez ellos vieron lo mismo que estamos viendo nosotros —contestó Rogelio.

Margot asintió, más por inercia que por convencimiento, como si necesitara que lo que su excuñado decía fuese real. Siguieron minutos de silencio, de aclaraciones de garganta y de más té. Hasta que quedaron solos en el rancho.

—¡Y yo que pensé que en Londres andaba la gente mustia! —exclamó Margot, intentando recuperar el ánimo.

Rogelio pensó que la muchacha tenía razón.

Sacudió la cabeza y se dibujó una sonrisa en el rostro.

Miró por la ventana del casino y notó un claro entre las nubes.

Le había costado ver el sol. El otoño traía cada día un poco menos de luz, así es que se animó.

Confesó que no había ido a buscar a sus amigos a Londres para amargarse y prometió mostrar otra cara del campamento, una que ni los franceses podían conocer.

✰✰✰

El tonel de vino había bajado un tercio cuando Margot miró por la ventana de la barraca y notó que ya no había sol, sino penumbra, aunque quedaban algunos arreboles en unas nubes altas.

Consideró que lo mejor era llamar la atención de sus amigos para regresar a su hotel.

Las barracas del campamento eran cómodas, unas cabañas largas en forma de pabellón, construidas en madera y con un buen aislante contra las inclemencias del tiempo.

Pero, por dentro, todas las camas estaban bajo el mismo techo, unas junto a otras, apenas separadas por un perchero o una repisa que hacía las veces de velador.

Margot se había acostumbrado a estar entre hombres desde pequeña, pero dormir con ellos le parecía una actividad reservada solo para la intimidad. Suficiente tenía con los aromas europeos como para pensar en mezclarlos.

Miró a René y no necesitó abrir la boca. El hombre se puso de pie y le agradeció a su anfitrión. O eso intentó, porque tenía la lengua tan traposa que solo se oyó un balbuceo. Margot sonrió, tenía los labios morados y los dientes igual de manchados.

Roger protestó por un instante, pero al abrir la boca sintió como se le movían el techo, el piso y la cama. Se ancló con ambas manos sobre la frazada y la arrugó al apretarla. Bajó la cabeza, para esconder la nariz colorada, y aguantó la revoltura de estómago.

Rogelio miraba con los ojos vidriosos, no lograba hacer foco.

Sentía que todo estaba ocurriendo en cámara lenta.

Escuchaba a sus amigos reírse y hablar, pero sentía que estaba con la cabeza metida en el agua.

Se chequeaba el pelo oscuro de vez en cuando, para ver si lo tenía mojado.

Intentó contestarle a René, pero no le salieron las palabras.

—Yo... yo... yo los llevo —dijo con dificultad.

—¿Usted está loco? —respondió Margot con un tono más agudo de lo que hubiese deseado.

Roger la acompañó en la risa, aunque no entendió mucho de qué se estaba riendo. René aprovechó la distracción para apoyarse contra la pared de la barraca.

—Si... si yo... estoy... yo estoy bien —insistió Rogelio, levantando las manos y acusando inocencia. Un poco de reflujo le amargó la boca.

—Yo puedo llevarlos —interrumpió Miguirás, que había terminado su guardia y se había unido a los chilenos en la barraca para la última copa de vino.

Para Margot, Miguirás también era una cara conocida.

Había viajado en el RMS Rangitata y formaba parte de los trece voluntarios que habían cruzado el Atlántico.

Era un chileno de origen vasco y no había congeniado mucho con Margot, pero el trato que estaban recibiendo de los ingleses le hizo ver que, si no estaban bien entre ellos, estaban solos.

—Eso sí, debemos irnos ahora —agregó Miguirás—. Las nubes están altas y el cielo algo abierto. Noche perfecta para los bombarderos.

El grupo se puso de pie y echó mano a sus abrigos como pudo. Miguirás ayudó a cada integrante a subir al jeep, con paciencia los acomodó en los asientos. El estado de los hermanos Divin le hizo temer que se pudiesen caer por la baranda trasera del vehículo.

El camino era tramposo, tenía muchos lugares con el pavimento destruido por los bombardeos. Regresó a la barraca y le pidió ayuda a su amigo Navarro, que había acostado a Rogelio. Navarro se acomodó en el Willys, entre los hermanos. Los enganchó de sus brazos.

Fue un viaje confuso. Para Margot se trató solo de un manchón oscuro, salpicado de algunas luces que se alargaban para quedar atrás, como luciérnagas estiradas.

La muchacha sentía el viento en la cara.

Hacía tanto frío, que no podía distinguir si lo que sentía en la punta de la nariz era la helada o solo agua.

Miguirás le hablaba seguido y ella asentía, aunque no le estaba poniendo atención ni entendía bien lo que el chileno decía.

No se dio cuenta cuando ya estaban en la ciudad, aunque no importaba mucho. Se sentía incapaz de reconocer dónde estaban. Solo veía pasar los edificios.

—¿Cómo se llama el hotel en el que alojan? —preguntó Miguirás.

—Russell —balbuceó Margot.

Miguirás frunció el ceño y bajó la velocidad. No había escuchado nunca sobre ese hotel.

—¿Me repite?

—Russell —repitió Margot.

Miró por el espejo retrovisor hacia Navarro, quien se encogió de hombros mientras luchaba contra las cabezas de los hermanos Divin.

—Voy a necesitar alguna referencia —insistió el hombre.

—Todo se llama Russell —respondió Margot.

Miguirás recordó que, cuando visitaba junto con los voluntarios el Museo Británico, pasaba cerca de una calle con ese nombre y que había un parque llamado así.

Habían pasado de largo, pero no tardó en dar media vuelta en una rotonda. Margot activó el instinto de supervivencia y abrió los ojos, como si reconociera los escombros por los que pasaban. De pronto levantó la mano.

—Ahí... —apuntó con la mano temblorosa.

Miguirás intentó seguir la dirección que marcaba el índice de la muchacha, pero daba bamboleos al mismo ritmo que lo hacía el auto con los baches del pavimento.

—No veo un hotel...

—¡Ahí! —insistió Margot.

Margot apuntaba un letrero que señalaba la estación de metro Russell. Miguirás se detuvo y le preguntó a Margot tres veces si estaba segura. Miró hacia atrás e hizo lo mismo con los hermanos Divin, que levantaron sus pulgares. Ninguno abrió los ojos.

Al bajar del jeep, los tres chilenos se encontraron parados a mitad de una cuadra oscura y en el centro de Londres. Margot sintió los pies pesados, mucho frío. Se abrigó, cerrando el chaquetón hasta el cuello. Aferrada a las solapas empezó a caminar hacia unas luces al final de la calle.

De pronto, detectó un movimiento con el rabillo del ojo. Después, un murmullo que se prolongaba en el viento y la tos quejosa de un niño. Volteó hacia la escalera del metro y vio a un grupo de personas que intentaba esconderse en la noche.

La chilena cruzó miradas con una mujer. Tenía los ojos más celestes que había visto en la vida.

Estaban tan abiertos que parecían no pestañear.

El pelo de la mujer, que alguna vez había sido dorado, parecía un montón de paja atada en una cola.

Sus pómulos estaban sucios, como si las lágrimas y las cenizas se hubiesen mezclado para dibujar un camino de dolor que la condujo hasta las puertas del metro.

El tiempo se detuvo por unos segundos. Margot escuchó su corazón, el corazón de la mujer y el de un niño pequeño, que colgaba en los brazos de aquella madre despojada de dignidad.

El niño estaba pálido. Sus piernas apenas se apoyaban en el vientre de la madre y unas estelas de lodo lo cubrían.

No se dijeron nada, apenas se miraron. Ambas sintieron miedo, pero eran miedos diferentes.

Margot agachó la vista y cerró los ojos como si se le estuviese partiendo la cabeza. Siguió caminando.

Los hermanos Divin estaban cruzando la calle cuando Margot los alcanzó. Se metió entre medio de ellos y se enganchó de sus brazos. Los tres sincronizaron sus pasos y lograron llegar sanos al hotel Morton.

Subir las escaleras fue otro asunto. Por las noches no estaba permitido el ascensor. En parte por el ruido que metía por falta de mantención y en parte por el peligro de que un bombardeo lo encontrase lleno de pasajeros.