XII
Dos voces se inmiscuyeron en los sueños de Margot.
Eran voces animadas de varones. Conversaban acerca del potencial de las vacas lecheras de la Araucanía chilena.
A ella le provocó gracia. Volvía a su querida Osorno, cuando frecuentaba la Feria Ganadera y se sentaba a escuchar a los vaqueros de la zona resaltar las bondades de sus animales.
De pronto, la conversación se fue hacia otro lado, uno que ya no le gustó tanto.
Se comparaba a las mujeres con la oferta bovina y se hablaba de la importancia que tenía para el hombre conseguir una mujer que valiese en oro su peso en carne, con caderas anchas, con espalda fuerte, con labios rosados y mejillas saludables.
Margot abrió los ojos, intentando comprender el significado de su sueño.
Pero la conversación seguía ahí, al otro lado de la puerta, en algún lugar del pasillo del hotel.
Se puso de pie y se acercó a la puerta, para apoyar la oreja contra la madera.
El chisme era real y las risas también. Corrió al baño a lavarse la cara y a cepillarse los dientes, aunque le desagradaba el sabor a jabón del dentífrico del hotel.
Se arregló el pelo y se cubrió el pijama con el abrigo de lana.
Al final del pasillo, cerca de las escaleras, dos hombres conversaban animados. Margot los miró y al escuchar su acento regresó a su velador para echar mano a la llave de la puerta. Entonces salió al encuentro de los desconocidos.
—Disculpen lo entrometida, pero sus acentos me parecen familiares —interrumpió Margot.
Los hombres la miraron con expresión divertida, uno de ellos se acomodó el bigote.
—Nos habían dicho que en este lugar las paredes tenían ojos, pero nunca imaginé unos como los suyos — dijo René, Margot se ruborizó—. Soy René Divin y este es mi hermano menor, Roger.
Roger saludó llevando una de sus manos a la frente, como si tuviese un sombrero. Margot pensó que demostraba sus costumbres de campo, pero no quiso preguntar.
—¿Son chilenos? —preguntó con entusiasmo.
—Por supuesto, ¿y usted?
—También —la muchacha sonrió con amplitud.
—Pero ¿chilena, chilena? ¿O es una de esas francesas que fueron a criar ovejas al sur de Chile?
Margot estalló en risas. Roger parecía ser un joven gracioso y no solo por su bigote exagerado. Le resultó imposible no recordar a Odette Magnet. La imaginó criando ovejas, oliendo a chivo, con los pies llenos de bosta de vaca. Su amiga era tan refinada. Margot volvió a reír.
—Yo soy bruta de campo. ¿Que no me ve estos brazos?
Margot se apretó el bíceps para imitar a Popeye el Marino, pero la lana de su abrigo no permitía ver demasiado detalle.
—Eso sí, mi bisabuelo era francés, un vasco porfiado como él solo. Por eso pude enrolarme en las Fuerzas de la Francia Libre.
Los ojos de los hermanos Divin centellaron como estrellas en el cielo. Roger le dio un golpe en el brazo a René.
—Yo defendí Francia en la Gran Guerra —dijo al fin René.
Para Margot tenía sentido. René parecía tener unos cuarenta años. Su expresión era sombría, como la de un hombre que ya ha visto los horrores del campo de batalla. Incluso una cicatriz en el mentón saltó ante sus ojos.
—No, señorita, no se apresure —aclaró Divin—. Esta me la hice con una pluma. Me caí distraído, mientras tomaba el inventario de mi bodega.
La muchacha volvió a reír, el semblante oscuro del mayor de los Divin se esfumó como la niebla que abre al mediodía.
—¿Ustedes también se enrolaron? No recuerdo haberlos visto en el trasatlántico con los voluntarios.
—Acabamos de llegar. Mi hermano René se enroló en el Estado Mayor Francés. Es un hombre viejo, que solo puede ayudar con las finanzas desde un escritorio —dijo Roger con la fanfarronería de un treintañero—. Yo me enrolé en el Ejército de la Francia Libre. Soy un teniente.
—Todavía puedo vencerte, insolente —le contestó René.
Margot aprobó con la cabeza. Muy en el fondo, lamentó que Roger ya tuviese su asignación y hasta un grado. Ella, en cambio, debía seguir esperando a ser útil. Se le apretó el estómago.
—¿Usted también está en el ejército?
La pregunta de Roger aterrizó a Margot y la obligó a mirarlo a los ojos. Se le atropellaron las palabras en la boca, pero no fue capaz de decir ninguna antes de tomar un poco de aire.
—No... —la muchacha volvió a suspirar—. Yo me enrolé en la Fuerza Aérea de la Francia Libre.
Fue René quien esta vez golpeó en el brazo a Roger. No lo hizo una vez, sino unas cinco, hasta que el menor se apartó.
—Señorita... —René quedó congelado por un momento. Miraba a Margot como quien le pide a un marinero un salvavidas.
—Margot —contestó con apuro—. Margot Duhalde.
—Señorita Duhalde, justo esperamos a un muy buen amigo que viajó con nosotros. Está a la espera de ser aceptado en la Fuerza Aérea de la Francia Libre. Podría unirse a nosotros. Nos va a llevar a conocer su campamento.
—¡Por supuesto! —Margot había escuchado hablar sobre el Old Dean Camp, a las afueras de Londres, pero nunca había tenido la oportunidad de visitarlo.
La muchacha caminó hacia el ascensor y presionó el botón. Les hizo un gesto a los hermanos Divin para unirse a ella. Ellos la miraron en silencio. El tintinear de la campana del ascensor anticipó la apertura de la puerta. Margot la atajó con una mano e insistió en la invitación.
—Margot, sería apropiado que vaya a revisar su atuendo.
Margot bajó la vista. Recordó que bajo el abrigo traía su camisa de dormir. Sus tobillos estaban descubiertos y llevaba unas pantuflas. Las mejillas de la chilena se pusieron coloradas. Roger se arregló el bigote.
—Tómese su tiempo, señorita Duhalde —sugirió René—. Nuestro amigo no ha llegado. Podemos esperarlo en el vestíbulo.
Entre risas, la chiquilla corrió hasta su habitación. Mientras, los hermanos Divin se felicitaban por haber conocido a quien, hasta entonces, pensaban era el personaje más divertido de Londres.
✰✰✰
Cuando el vehículo entró a Camberley, Margot pudo ver potreros largos y llanos, con una alfombra de césped que parecía ser peinada a diario por un ejército de jardineros.
Había casas, como en cualquier localidad rural a las afueras de Londres, pero eran pocas.
El aire se colaba por el techo abierto del Jeep Willys, era fresco, con un dejo a tierra mojada, incluso un poco dulce, muy distinto del aire denso de Londres.
El cielo tampoco estaba repleto de globos cautivos.
El horizonte se podía ver sin problemas.
Hacia el norte, pasando una rotonda, se levantaba una hilera de barracas que rodeaba un campo repleto de soldados practicando.
El Old Dean Camp era un enclave del ejército de la Francia Libre, que servía como campo de instrucción. Margot estaba entusiasmada con conocerlo. Además, necesitaba salir del radio urbano, dejar de ver edificios en ruinas, escombros y gente gris.
Conectar con el campo la llevaba a su infancia en el sur de Chile. Cuando oyó a un pájaro se dio cuenta de que hacía semanas que no escuchaba uno. Se preguntó si a estas aves, como a las londinenses, las bombas también les habían silenciado los nidos.
Margot no estaba contenta solo por la visita al campo.
Cuando los hermanos Divin llegaron a buscarla, se percató de que quien manejaba el jeep era Rogelio Piffre de Vauban.
De pronto, todo el sur de Chile estaba ahí.
Conocía a Rogelio de la época en que su madre le decía a Margot que estaba viviendo sus mejores años.
Pocos meses después se embarcó rumbo a Inglaterra.
Rogelio tenía un hermano, Raúl, quien había sido pololo de Margot en los meses posteriores al término del colegio. Eran amigos o, al menos, se tenían mucho cariño. Cuando Margot decidió partir a Europa, Raúl había prometido ir tras ella.
Fue una sorpresa ver a Rogelio en su lugar. Margot llegó a pensar que a su guapo expololo podía haberle pasado algo y que su hermano, por honor, había cruzado el mar para cumplir con la promesa. En realidad, solo había ocurrido que los meses enfriaron el amor y el entusiasmo del joven.
Fue cosa de tiempo el ponerse al día. Bastó un solo almuerzo para que Margot comprendiese que Rogelio era mucho más simpático, culto e inteligente que su hermano Raúl.
—¿Y usted qué hace acá, Rogelio? No lo termino de entender —disparó Margot, mientras metía la cuchara en la gelatina que le habían servido en el rancho del campamento.
Rogelio levantó una ceja. Pensó que toda la conversación de la mañana había sido en vano.
—Me enlisté, pues, Margot. No crea que esa hazaña es de exclusividad suya...
Margot se rio y le dio un golpe en el brazo a Rogelio, que miró a los hermanos Divin. Los tres compartieron la carcajada con la muchacha.
—Me refiero a aquí, en Old Dean Camp. Tenía entendido que es una instalación del ejército, pero Roger y René me contaron que usted vino a ser parte de la Fuerza Aérea.
Rogelio asintió y bajó la vista. Miró su vaso.
—Pues tiene razón al interpretar mis intenciones, Margot. —Rogelio se echó hacia atrás y se metió las manos al bolsillo justo cuando se le escapó un suspiro—. Pero la Fuerza Aérea de Francia digamos que tiene otras necesidades.
Margot se mordió la lengua. Quiso replicar con alguna idea ingeniosa, pero volvió a contenerse.
Raúl y Rogelio eran hermanos, pero se parecían poco.
Raúl era un buenmozo alto, rubio y de ojos claros, un churrazo, como decía la señora Rosa Sotomayor, pero con las luces justas para defenderse en la vida.
Rogelio, moreno, de estatura baja y poco atlético, tenía capital cultural y una inteligencia imponente.
Se sintió culpable por sentir algo de alivio. Si un hombre como Rogelio estaba esperando su ingreso igual que ella, no todo estaba perdido.
—Bueno, hombre, al menos se está entrenando militarmente —afirmó Margot.
—El estómago —contestó Rogelio, entre risas—. Comer es lo único bueno que me permiten acá. Tantos años de estudio para convertirme en abogado y terminar limpiando letrinas en una Europa que se cae a pedazos.
Los tres invitados se unieron a Rogelio en el silencio. Dieron unos sorbos a sus tazas de té y buscaron alguna forma de cambiar el tema. La idea de visitar el campamento era distenderse o, al menos, huir de las preocupaciones de la ciudad. No lo estaban logrando.