El cielo me llama XI #3
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XI #3

El comandante Gana se quedó en silencio y miró su vaso de whisky. Lo meneó como si de una copa de vino se tratase. Pensó en pedir hielo para su bebida; al menos hubiese sonado algo para romper el silencio. Margot dejó el vaso sobre la mesa y se dejó caer apoyando los codos.

—Disculpe, comandante... —hizo una pausa para tomar algo de aire y sintió un poco de hipo—. Comandantes, digo. Ustedes vienen invitados por la Real Air Force y yo dándoles molestias con los franceses.

—Somos observadores, Margot. Solo somos observadores.

—Pero no están pagando nada de esto... ¿Cómo se le llama a eso?

Los tres se echaron a reír. Se apuraron en levantar sus vasos para hacer un brindis por la generosidad de la Real Fuerza Aérea Británica. Al momento en que los vasos se chocaron, una sirena empezó a ulular.

Los tres se miraron como si intentasen encontrar al culpable de aquel ruido. El desconcierto se esparció por todo el restaurante, hasta que uno de los garzones salió corriendo hacia el exterior. Una explosión acompañó su salida. Se oyó apenas, pero logró sacudir la lámpara de lágrimas.

El comandante Contreras dio un salto y se precipitó hasta el balcón.

Después de luchar un poco con una cerradura de bronce, abrió de par en par la mampara.

Jorge Gana, con un poco más de delicadeza, ayudó a Margot a ponerse de pie.

Se acercaron juntos al balcón. Los tres quedaron boquiabiertos mirando hacia el cielo.

Oyeron más de una decena de explosiones, el cielo se iluminó por sobre los techos de los edificios aledaños.

El bramido de los motores de la Luftwaffe, la Fuerza Aérea de Alemania, llenó el cielo y lo dominó.

Solo las explosiones interrumpían el espectáculo.

La gente en las calles corría, para entrar a los negocios cercanos y en edificios que pudiesen servir de refugio.

El sostenido martilleo de los cañones antiaéreos chocaba con el rugido enemigo.

Los cañones escupían metralla y fuego en estelas luminosas, que se perdían en el cielo.

Los aviones se podían escuchar, pero no ver.

Un estallido hizo temblar el piso. El destello iluminó el cielo y el ruido hizo saltar los cristales del edificio al otro lado de la calle.

Margot y los comandantes se aferraron a la baranda del balcón casi por instinto. Las esquirlas y escombros empezaron a caer sobre ellos, como lluvia de granizo negro. El comandante Gana tomó a la muchacha y la volvió a meter en el restaurante. Contreras se quedó mirando hacia el cielo, atónito.

Las cenizas llegaron después, primero como motas incandescentes arrastradas por el viento, luego como nieve gris, que se acumuló sobre el piso.

A la sirena de ataques antiaéreos se sumó la de los equipos de emergencia que, entre el caos vial y los peatones despavoridos, hacían esfuerzos por contener el fuego que amenazaba el centro de la ciudad.

—Esos no son motores alemanes —dijo Margot.

La muchacha intentó salir, pero Gana la retuvo. De un tirón, ella se deshizo de su agarre y regresó al balcón justo cuando un avión surcaba a vuelo rasante para abrir fuego.

—Un... —Margot intentó tragar saliva—. Ese es un...

—Spitfire —complementó Contreras. Sus ojos estaban igual de emocionados que los de la muchacha.

Tantas veces se imaginó ella adentro de esa cabina, sintiendo en el cuerpo la fuerza de gravedad mientras maniobraba y apretaba el gatillo para ametrallar al enemigo.

—¡Deberíamos entrar! —gritó Jorge Gana.

Una nueva explosión sacudió el pavimento. La calle se llenó de humo y esquirlas. Un chillido agudo hizo a los chilenos mirar hacia el cielo. De entre una burbuja de explosiones de la artillería antiaérea emergió un Dornier Do 17. Caía en espiral, envuelto en llamas, sin un ala.

Margot lo siguió con la mirada, desde que era una bola de luz luminosa apenas distinguible en el cielo hasta que llegó tan cerca del suelo que pudo ver en detalle su fuselaje.

Sintió una presión en el pecho y una pena indescifrable.

¿Cuántos de esos hombres morirían? ¿Avisarían a sus familias?

¿Irían al interior conscientes de que caían hacia su fin o ya estarían muertos?

Una nueva explosión llenó la noche y una bola de fuego marcó el final de aquel vuelo. Margot estalló en llanto.

—Era alemán, Margot. Era alemán —dijo el comandante Contreras, mientras intentaba reconfortar con un abrazo a la muchacha.

Ella intentó reaccionar, el comandante tenía razón. Estaba llorando por el enemigo. O por empatía. Sabía que muchos otros pilotos también estaban muriendo en aquella batalla. Tal vez solo era el exceso de whisky. Margot suspiró.

—Debería volver a mi hogar —dijo entre sollozos.

—Ni se le ocurra —respondió el comandante Gana—. Es muy peligroso salir con las calles en ese estado. Usted va a pasar la noche en nuestro departamento en Claridge’s.

Margot asintió avergonzada. Agradeció en silencio que el comandante no hubiese entendido que quería volver a Chile.

Cuando los tres chilenos se fueron a acostar, procuraron instalarse lejos de las ventanas.

Del otro lado, las explosiones, los gritos y las sirenas seguían sucediéndose.

El whisky, al final, fue lo único que los ayudó a mantener la calma.