XI #2
A ella ya le había llegado una reprimenda por armar una reunión con madame Shreiner y monsieur Lavergne en su habitación.
Nada del otro mundo. Solo una conversación animada hasta entrada la noche con unas botellas de vino que Lavergne había conseguido en el casino de Carlton Gardens.
La prudencia de los contertulios no fue suficiente para evitar que igual se armara un pequeño escándalo por los asuntos tratados en la junta y por las botellas de vino.
Lavergne fue amonestado, a Shreiner se le encargó trabajo extra y Margot se quedó aislada en el hotel.
Sentía que las miradas y los murmullos de los pasajeros caían sobre sus espaldas.
Siguió viendo a sus amigos, pero las reuniones se volvieron cada vez más silenciosas.
Margot tomó su abrigo de lana. Se acercaba el invierno y le estaba costando acostumbrarse al clima.
Había días en los que el termómetro marcaba veintidós grados, pero otras veces el fresco de la tarde o la lluvia la sorprendieron con ropa ligera.
No le importaba sudar y se juró no volver a pasar frío en esos cambiantes días de finales de otoño. Salió de su habitación.
El pasillo le pareció oscuro; a veces el sonido de una radio se colaba, pero todo era más bien lúgubre.
El dueño del hotel prefería mantener las luces de los pasillos apagadas durante el día, para ahorrar energía.
Solo el centelleo que se colaba por debajo de las puertas de las habitaciones dibujaba el camino.
Avanzó a paso calmado, evitando hacer ruido con los zapatos.
Al llegar el ascensor, Margot oyó una puerta entreabrirse.
La bisagra se quejó un poco. No escuchó pasos en el pasillo, ni oyó voces que le pidieran detener el ascensor.
Apenas una leve apertura y la sensación de tener unos ojos clavados en su nuca.
El ascensor llegó y Margot abrió la puerta; al subir, escuchó que la del pasillo se cerraba de golpe.
Con la mirada, siguió la aguja que marcaba los pisos hasta llegar a la primera planta. La luz inundó la caja del ascensor. Parecía otro lugar, alegre y animado, con gente entrando y saliendo por el vestíbulo. Lo que más la reconfortó fue oír conversaciones a un volumen normal, nada de murmullos.
—¿Hay algún mensaje para mí? —preguntó Margot, con tono plano.
El recepcionista del hotel meneó la cabeza.
Margot se encogió de hombros y metió las manos en los bolsillos de su abrigo, para encaminarse hacia la salida del recinto.
Aprovechó el poco tránsito vehicular para cruzar la calle en diagonal y atravesar el parque.
Sintió fuerza en las piernas y el aroma fresco de los árboles.
El parque era tan distinto al resto de la ciudad, llena de esmog, hollín y pólvora.
Mientras avanzaba, notaba el color oscuro de las paredes de los edificios.
Ya lo había visto antes en Liverpool. Allí pensó que se trataba de una táctica de camuflaje, pero con el paso de los días comprendió que era el color común en las ciudades industriales de Inglaterra, contaminadas, saturadas y bombardeadas.
No le gustaba mirar al cielo. Aunque siempre había una capa de nubes sobre la ciudad, se podía divisar algún avión.
A Margot le dolía no ser ella quien lo pilotaba.
La permanente presencia de globos cautivos flotando sobre los edificios le seguía pareciendo un panorama surreal, digno de un cuento de ciencia ficción.
Se podían contar por centenares y los había de dos tipos.
Unos con la forma de un zepelín, pero pequeños y sin compartimento de pasajeros.
Los otros eran completamente redondos. A Margot le parecía que podían explotar, como las minas submarinas, y le aterraba la sola idea de que una mala corriente de aire pudiera lanzar alguno contra un edificio.
Había soñado que los veía estrellarse justo en la ventana de su habitación de hotel.
Siguió caminando y se vio en la entrada del Museo Británico.
Se preguntó si estaría abierto. Le habían hablado mucho de aquel lugar.
Visitarlo le parecía banal en las circunstancias que vivía el país.
Pasó de largo y dobló por la esquina de Montague Street con Great Russell Street, hacia el oeste.
Le pareció curioso que todas las calles o lugares llevaran la palabra Russell en esa zona.
Pensó en que debió ser una persona importante y que, curiosamente, no había conocido a ningún británico con ese nombre o apellido.
Apenas pudo avanzó por Oxford Street. Ya sentía las piernas fuertes de nuevo y la cabeza más liviana.
Se detuvo frente a una cafetería y sintió el vacío en el estómago.
Había desayunado poco aquella mañana. No le gustaba comer sola y sus amigos se habían tenido que ir temprano al servicio.
Miró los panecillos y sintió el aroma del café.
Margot no tenía dinero para gastar. Todo lo que tenía se lo asignaban las Fuerzas de la Francia Libre. Se mordió la lengua y siguió caminando.
No notó cuándo la calle cambió de nombre. Tampoco supo cuánto tiempo había pasado. Solo podía percatarse de que su ánimo mejoraba a medida que se alejaba del Morton Hotel. Era como si ese lugar fuese un agujero negro.
Al llegar a la esquina de Davies Street, Margot pensó que estaba alucinando. Era normal ver en la calle a gente vistiendo uniforme. Los había de varios colores y nacionalidades, pero no esperaba ver el de la Fuerza Aérea de Chile. Decidió desviar su camino para acercarse a los hombres.
—¿Margot? —preguntó uno de los uniformados cuando la vio.
Coreografiaron un baile incómodo. Los dos querían dar un paso para el encuentro, pero reculaban, luego volvían a mirarse para estar seguros. Al fin, ella se fundió en un profundo abrazo con el más alto de los uniformados.
—Estaba enterado de que usted estaba en Londres, pero no creí topármela de sorpresa —le dijo uno de los hombres.
Eran los comandantes Gana y Contreras. Margot los había conocido en su etapa como alumna de vuelo, y después los había visto en su paso por la Maestranza Central en El Bosque.
—Soy yo la que se lleva la sorpresa, pues —respondió Margot apenas dejó el abrazo con Jorge Gana. Luego abrazó a Contreras, quien ya no podía ocultar la gracia que le hizo la reacción de la chiquilla—. ¿Qué andan haciendo por este lado del mundo ustedes?
—Paseando —respondió Contreras—. Vamos de regreso al hotel.
—¿Nos acompaña? Justo íbamos a almorzar —agregó Gana.
Margot titubeó. Tenía el estómago vacío y no sabía en qué hotel estaban alojados sus amigos. Importaba poco, fuese un hotel de lujo o una pensión de mala muerte, sus bolsillos seguían vacíos, no podía pagar una cuenta.
—Me encantaría, pero verá... —Margot bajó la vista y se llevó las manos a los bolsillos—. Es que yo...
Contreras miró a su colega y le dio un codazo. El comandante Gana reaccionó de un salto.
—Vamos a almorzar, Margot, que uno no se encuentra por casualidad con los amigos al otro lado del océano ni desperdicia la oportunidad de contarles chismes. —Gana puso la mano sobre el hombro de Margot y ella levantó la vista—. Yo la invito.
—Es que yo...
—No sea orgullosa, Margot. Otro día nos devuelve usted la mano —agregó Contreras—. Nuestro hotel está un par de cuadras más al sur. Vamos.
No le dieron más chance. Ambos hombres, uno de cada lado, tomaron a Margot en gancho y la pusieron a caminar.
✰✰✰
Hasta ese momento, Margot no había pasado hambre.
Al menos no obligada. Las veces en que se había ido a la cama con el estómago vacío o en que había pasado el día sin probar comida había sido por voluntad o por protesta.
Solo en aquel almuerzo en el hotel Claridge’s entendió el nivel de precariedad que había estado viviendo.
Cuando llegaron a la esquina de Brook Street con Davies Street, el edificio no le pareció particularmente imponente.
Incluso lo encontró parecido al Morton Hotel, mismos ladrillos rojos y mismo techo gris. Pero el interior la dejó sin aliento.
El lobby era amplio y tenía unas paredes altas pintadas de color blanco invierno, que contrastaba con las baldosas a cuadros blanco y negro.
El techo tenía un trabajo en mampostería de cielo falso, con cornisas y relieves que le recordaban a la decoración de una torta.
Una lámpara de lágrimas de cristal llenaba el centro y ofrecía una iluminación cálida, que reconfortó a Margot.
En el restaurant todo fue exquisito. Vajilla de loza y platería, servilletas de tela impoluta, copas de cristal.
En la sobremesa, risas, anécdotas, nostalgia y mucho whisky.
El sol se había puesto cuando Margot recordó que tenía que regresar al hotel. Estaba en su cuarto vaso de whisky, pero no sentía los efectos. Los comandantes Gana y Contreras ya estaban colorados, con la lengua algo traposa y más divertidos de lo habitual.
—Entonces ¿los mandaron a espiarme? —preguntó Margot.
La inquisitiva pregunta parecía sacada de otra conversación, muy lejana a la serie de anécdotas que los aviadores habían estado compartiendo. Margot no se había guardado las ganas de hablar de cómo uno de sus primeros instructores de vuelo le había enseñado a aterrizar a garabatos.
—¿Otra vez con eso, Margot? ¿Alguien la está espiando? —preguntó Gana.
Margot guardó silencio por un momento. Al mover la cabeza para negar se sintió algo aturdida. Miró hacia su vaso y se preguntó si el alcohol al fin le había pegado.
—Todo el mundo es un espía cuando quiere ascender rápido en esta guerra —dijo la joven.
—Nosotros no estamos participando de la guerra, Margot —replicó Contreras.
—Yo tampoco...
Margot volvió a beber de su vaso. Notó que el sabor a malta ya no le sacaba tiritones. Miró a uno de los garzones y le preguntó si podía conseguir más hielo. Su vaso ya tenía dos, pero esperaba poder diluir el alcohol un poco más.
—No diga eso, Margot. Usted...
—Yo debo seguir esperando a que algún general francés se quede sin pilotos para que al fin estos tarados comiencen a tomarme en serio.