XI
La secretaria del comandante Dupont salió al pasillo por tercera vez.
Llevaba una taza de café en una bandeja metálica que parecía ser plata.
Era una taza pequeña, un expreso, del que salía una estela de vapor que perfumó la sala de espera.
La secretaria no tenía buen pulso o quizá caminaba muy rápido, pero el pequeño recipiente bailaba sobre el plato.
Aun así, la mujer se las arregló para entrar a una de las oficinas y salir con una carpeta en la mano.
Era la cuarta vuelta, esta vez más larga, que daba por todo el pasillo.
Se detenía en cada pupitre para conversar y, de vez en cuando, sonreír.
Parecía que tener una carpeta en la mano la habilitaba para postergar sus obligaciones.
Nadie podía cuestionar a una persona que caminaba por un pasillo apurada y con una carpeta en la mano.
Pero Margot llevaba más de tres horas sentada en la misma silla mientras miraba a esa secretaria evadir su trabajo.
Hacía vida social en vez de anunciarla para su cita con el comandante de la Fuerza Aérea de la Francia Libre.
La chilena había llegado al número tres de Carlton Gardens antes de las ocho de la mañana. Se había anunciado en la recepción, pasado los controles de seguridad y dirigido a la oficina de Dupont. Estaba ansiosa por recibir sus órdenes, pero solo había recibido un trato cortante y excusas.
—En cualquier momento el comandante Dupont la recibe —anunció la secretaria.
Margot la vio entrar y salir dos veces más antes de preguntarse si Ivonne habría pasado por algo así.
Habían salido juntas por la mañana desde el hotel para ir al Estado Mayor.
Hacía horas que no veía a su amiga. Pensó que una enfermera era más necesaria que una piloto en el frente y que por eso la habían atendido primero.
Bajó la cabeza. Le pareció triste la idea de que si se necesitaban tantas enfermeras era porque había muchas bajas.
Quizá la guerra no estaba yendo tan bien.
Se sacudió el fantasma cuando se dijo que una piloto era igual de necesaria.
Si la guerra estaba yendo mal, estarían tan cortos de aviadores como de médicos.
A ella también debieron atenderla rápido. Sonrió.
Un hombre espigado entró por el pasillo hacia la sala de estar.
Era delgado. Una prominente manzana de Adán destacaba su cuello, justo sobre la corbata.
Vestía uniforme de la aviación aliada. Zapatos negros, pantalón caqui y chaqueta verde olivo sobre la camisa.
En la gorra resaltaba una Cruz de Lorena, que Margot reconoció de inmediato.
La muchacha quiso ponerse de pie, pero el sujeto la ignoró. Caminó directo hacia la oficina del comandante Dupont. La secretaria lo siguió y cerró la puerta. En la sala de estar quedó una estela de pachulí del oficial francés.
Margot pudo escuchar los murmullos desde el otro lado de la puerta.
Vio también una sombra pasearse de un lado a otro.
Por la altura, asumió que era la secretaria, aunque el vidrio esmerilado le impedía reconocer detalles.
Hizo el amago de acercarse para oír mejor.
Ella hablaba francés, pero la conversación tenía una velocidad a la que no estaba acostumbrada. De pronto, la puerta se abrió.
—El comandante Dupont la atenderá en unos minutos.
Acto seguido, la secretaria tomó una carpeta desde su escritorio y volvió a entrar en la oficina de Dupont. Margot ya se había acostumbrado a esperar, pero no pudo evitar preguntarse a viva voz qué se creían.
Pensó que Dupont venía recién llegando y que la secretaria le había estado mintiendo todo este tiempo.
Se dijo que no había cruzado un océano para ofrecer ayuda y ser tratada peor que un mendigo, pero se calmó.
Respiró profundo y clavó las uñas cortas sobre sus rodillas cubiertas por el pantalón marinero que amaba vestir.
Al entrar al despacho, Margot estuvo a punto de estornudar por el penetrante aroma a perfume de Dupont. Con una mano, el comandante invitó a la mujer a sentarse frente a su escritorio. Él se echó atrás en su silla y la observó en silencio por varios segundos.
—Entonces... —Dupont echó mano a la carpeta y la revisó dos veces antes de continuar hablando— ¿cuál es su nombre y qué la trajo hasta acá?
Margot sacudió la cabeza. Había tenido esa conversación en su mente unas cien veces desde que se subió al trasatlántico en Buenos Aires. Nunca había empezado de esta forma. Sintió un pitido en el oído derecho.
—¿Disculpe?
—Su nombre y qué la trajo hasta acá —el comandante sacó desde el primer cajón de su escritorio un cigarrillo y lo puso entre sus labios—. No son preguntas difíciles.
—Mi nombre es Margot Duhalde Sotomayor, comandante...
—¿Comandante? ¿Es parte de su nombre o es su rango?
—No, señor. Dije comandante por su rango —respiró profundo y tragó algo de saliva—. Yo aún no tengo rango. Vine a recibir mis órdenes.
—Tal vez es el rango que quiere, señorita... —echó una mirada a la carpeta— Duhalde.
—Solo si lo merezco, comandante. Yo vine aquí a volar —la voz de Margot era decidida.
Dupont echó mano a unas cerillas que tenía en el bolsillo superior de su chaqueta y encendió una para prender su cigarrillo.
—Lo supuse —Dupont sonrió—. Después de todo, esta es la Fuerza Aérea de la Francia Libre —apagó la cerilla agitando la mano y dejó que la estela de humo dibujara unas curvas hacia el techo.
Margot siguió el humo con la mirada.
—Voy a ser directo con usted, madame Duhalde — Dupont se acomodó en la silla y echó su cuerpo hacia adelante, para apoyar los codos en el escritorio—. Hay un error con su enrolamiento.
Un frío gélido recorrió a Margot.
—Verá, mi oficina aceptó su incorporación a la Fuerza Aérea de la Francia Libre porque el reclutador que llenó su ficha en Chile anotó que su nombre es Marcel Duhalde.
Dupont se apuró en mostrarle a Margot el documento que estaba en la carpeta. Ella leyó rápido, repetidas veces, con ganas de encontrar que no había confusión. Pero el papel corroboraba las palabras del comandante francés.
—No esperábamos a una Margot.
—Pero... —la chilena carraspeó antes de continuar—, usted tiene mi licencia de vuelo. Seguro que se la enviaron junto con mi cartón de reclutamiento. Ahí puede corroborar mi nombre y que soy una piloto certificada con horas de vuelo.
El comandante Dupont volvió a echar una mirada a la carpeta y hojeó los pliegos sucesivos que venían tras la ficha de reclutamiento. Se detuvo en uno que Margot pudo reconocer como una copia a carboncillo de su carné de vuelo.
—Tiene usted razón, pero...
—Son pocas horas de vuelo, lo sé, pero tengo experiencia. Le prometo que puedo...
—Estamos en guerra, madame Duhalde. Pocas horas de vuelo suenan como un tesoro para cualquier piloto que necesitemos subir a un avión. —Dupont volvió a cerrar la carpeta para dejarla sobre el escritorio—. El problema es otro.
Margot lo miró. No respiró hasta que Dupont volvió a abrir la boca, aunque solo fuese para soltar una bocanada de humo.
—Nuestras Fuerzas Armadas pueden haber sido derrotadas por los alemanes, pero somos una institución de tradiciones fuertes y de una disciplina soberbia. No se confunda, no somos el Ejército inglés o la Real Fuerza Aérea. En Francia las mujeres no vuelan...
—Pero me aceptaron...
—Técnicamente, aceptamos a Marcel Duhalde, madame.
Margot se quedó en blanco por unos segundos. Sentía la cabeza abombada, casi como si la tuviese sumergida en un tonel de agua. Se percató de que estaba a punto de llorar. Sentía un grito atorado en la garganta.
—No se preocupe, madame Duhalde. No la vamos a subir a un barco para mandarla de regreso a casa. No tenemos los recursos para desperdiciarlos en eso —continuó Dupont.
En la esquina del escritorio del comandante reposaba un porta timbres de fierro con cuatro estampas de madera. Tomó la más grande y la puso sobre una caja metálica con un cojín cargado de tinta azul. Selló la primera hoja de la carpeta con un accepté, que luego le enseñó a la chilena.
—Estoy seguro de que vamos a encontrarle algo útil que hacer. Bienvenida a la Fuerza Aérea de la Francia Libre.
Los ojos de Margot brillaron más que las farolas de las calles londinenses. Quiso sonreír, pero dudó. No sabía si al hacerlo le quitaba decoro a la escena. Luego pensó en ponerse de pie y cuadrarse, pero tampoco se atrevió a hacerlo. Todavía no vestía uniforme.
—¿Eso significa que...?
—No se apresure, madame Duhalde —interrumpió Dupont, dando una bocanada larga al cigarrillo—.
Hoy se irá al Morton Hotel y esperará la asignación que conseguiré para usted.
Hay algunas casas cercanas al área de Londres donde se necesitan las manos diestras de una mujer para cuidar a los enfermos que llegan desde el frente de batalla.
Seguro que podemos acomodarla en alguna.
—Pero...
—No, madame Duhalde. Usted no va a volar.
Dupont apagó el cigarrillo en el cenicero de su escritorio. Se puso de pie y condujo a Margot hasta la puerta del despacho. Se quedó ahí hasta que la muchacha se perdió por el pasillo rumbo a la salida del Estado Mayor de la Francia Libre.
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El Morton Hotel era un hermoso edificio victoriano de ladrillos rojos y tejados grises.
Quedaba justo en la esquina diagonal al parque público Russell Square.
Desde sus ventanas frontales era posible ver la estación del metro que llevaba el mismo nombre.
Desde la habitación de Margot, que estaba justo en la esquina del sexto piso, no se veía más que de refilón, pero a ella le gustaba sentarse a mirar a la gente que iba y venía.
Imaginaba que hacían los trámites del día y que, por las noches, los sin hogar buscaban refugio. Agradecía tener un techo y una cama cómoda donde quejarse de aburrimiento. La espera de las órdenes francesas la estaba sacando de quicio.
A Margot no le gustaba estar sola. Había intentado hacerse amiga de otros residentes del hotel.
Después de todo, dos pisos completos estaban destinados al personal de las Fuerzas Francesas Libres.
Pensó que conocer gente iba a ser cosa sencilla.
Con sorpresa notó que los demás no tenían su mismo interés en fraternizar.
Sin tener evidencia alguna, llegó a sospechar que la mayoría ahí eran espías.
Resultaba común que el Estado Mayor se enterase de todo lo que ocurría.