Morton Hotel
– 1941 –
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Rosa Sotomayor recorrió el pasillo de la casona en la calle José Manuel Infante.
Sus pasos, decididos y furibundos, hacían retumbar el piso de madera.
Lautaro le había dicho el día anterior que Margot se había estado quejando de dolor de cuerpo y de garganta.
La señora Rosa había pasado el susto de su vida cuando, al caer la noche, la adolescente de catorce años no había regresado a casa todavía.
La buscaron por las calles de alrededor.
Al fin, Lautaro apareció con ella. Margot venía cabizbaja, pero su madre creyó que era una de las tantas tretas de la niña para evitar un reto.
Después de clases en el Liceo N°3 Carmela Silva Donoso, en Ñuñoa, Margot solía escaparse hasta el aeródromo de Los Cerrillos, para mirar los aviones.
Llegaba vestida de uniforme, se sentaba en la tierra o en el pasto y simplemente los contemplaba despegar y aterrizar.
Aquella tarde había hecho lo mismo, pero con tan mala suerte que, al tratar de tocar uno, se tropezó en el potrero y cayó aparatosamente.
No se hizo daños físicos, pero su uniforme quedó hecho un desastre.
Lautaro, que quería mucho a su hermana, intuía dónde podía estar y se había adelantado al equipo de búsqueda para prevenirla del tremendo rapapolvo que le esperaba.
Desde muy pequeño había servido como guía y profesor de equitación de la chiquilla.
En Santiago, si bien no podían montar, seguía siendo casi un chaperón.
La encontró sentada en un extremo de la pista y en silencio, con los ojos llorosos.
Su uniforme estaba embarrado y se le había desprendido un botón de la blusa.
Lautaro pensó en que alguien le había hecho algo, pero no le quedó otra que estallar en risas cuando su hermana le contó lo que había pasado.
Cuando Margot estuvo al alcance de su madre, la señora Rosa le tiró las chuletas y, sin soltarla, la condujo directo al baño para sacarle el barro a baldazos. Luego la obligó a poner el uniforme de colegio a secar en la estufa y a sentarse frente a él para vigilarlo. Margot obedeció en silencio.
Aunque Lautaro le habló a su madre de los síntomas de resfrío que acusaba la muchacha, la señora Rosa pensó que Margot estaba fingiendo para no ir a clases.
Esa mañana abrió la puerta de un golpe y caminó por la habitación, mientras esquivaba el desorden.
Movió las cortinas de un tirón, abrió la ventana y empujó los postigos.
—¡Levántate, Margot! Que tus hermanos ya van de camino al colegio. Tú tendrás que irte sin desayunar —dijo la señora.
No hubo respuesta. Doña Rosa comenzó a ordenar la ropa de Margot.
Mientras lo hacía se preguntaba cómo era posible que una sola persona fuera capaz de tal caos.
Cuando la ruma en sus manos era tan alta que apenas le dejaba mirar, insistió con su llamado, de nuevo sin respuesta.
Partió a dejar la ropa al lavado y al regresar tenía la sangre hirviendo.
—Con tu padre podrás hacer todas las jugarretas que quieras, Margot, pero yo no me creo tus mentiras...
Miró a Margot en la cama y la vio como un estropajo sucio.
Tenía los ojos entreabiertos y los labios secos, partidos, blancuzcos.
La piel de su rostro estaba salpicada de unas manchas rojas que no terminaban de convertirse en sarpullido y su lengua se asomaba pálida, llena de pequeñas pintas rojizas.
Entonces recordó las palabras de Lautaro.
Corrió hasta la cama de su hija y poniéndole una mano en la frente notó que estaba ardiendo en fiebre. Quitó las colchas y vio que a la niña se le inflaba el pecho al inhalar. También oyó un silbido agudo. En secreto, doña Rosa agradeció verla respirar y corrió a buscar ayuda.
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El doctor Esquivel salió del cuarto de Margot y se limpió la frente con un pañuelo. Rosa y Maximiliano estaban en el pasillo abrazados. Ninguno de los dos se atrevió a preguntar. El médico dejó su bolso sobre un mueble junto a la entrada de la sala.
—Logré bajarle la fiebre a un nivel que no es crítico, pero deben asegurarse de que se hidrate seguido —les dijo.
Rosa y Maximiliano se miraron, pero ninguno sacó el habla. El doctor volvió a secarse el sudor de la frente y el cuello, aunque esta vez lo hizo más por incomodidad que por necesidad.
—Un té de sauco o borraja dos veces al día le vendría bien, para recuperar un poco de color. Esta niña está muy pálida.
—No tengo borraja —respondió ella, con prontitud.
—Pues uno de malva, entonces. Uno bien cargado de manzanilla también podría servir —respondió el médico—. Incluso uno de azafrán. Lo que tenga a mano.
—¿Se va a sanar? —preguntó Maximiliano.
—Sí, se va a sanar...
—¡Gracias, Dios mío! ¡Por no darle nada grave a mi hija! —exclamó doña Rosa, que se persignó tres veces.
—No se apure, señora. —Por tercera vez el doctor se limpió el sudor—. La escarlatina es un padecimiento grave. Si no se toman los cuidados necesarios, puede incluso causar la muerte.
—Escarlatina... —murmuró Maximiliano Duhalde.
Era una enfermedad bastante común, pero tenía altos niveles de complejidad. Las fiebres que provocaba podían conducir a alucinaciones. En casos más graves, podía provocar náuseas y vómitos que aceleraban la deshidratación. Sin los cuidados adecuados, era peligrosa.
—Es raro que se complique con los cuidados que su familia puede darle, don Maximiliano —dijo el médico—. Además, usted es un hombre que sabe criar caballos. Pídales a sus cuidadores del sur que les extraigan un suero de escarlatina y santo remedio.
El doctor se despidió de la familia luego de dejar unas pocas instrucciones más. Mientras Rosa lo acompañaba a la puerta, Maximiliano entró a la pieza de Margot. Vio a su hija de mejor ánimo, estaba sentada en la cama y con la piel enrojecida, pero con una sonrisa pálida.
—No quiero ir al liceo mañana, papá.
—No será necesario —Maximiliano Duhalde tomó la mano de su hija y sintió su piel áspera. Apretó los dientes para evitar un sollozo—. Lo importante es que te recuperes pronto.
Margot vio en los ojos de su padre un temor que no conocía. Notó que su mano temblaba y que su mentón bailaba. El hombre hacía esfuerzos para mantenerse firme.
—¿Me voy a mejorar?
El padre dejó escapar una risa que pronto se convirtió en un gimoteo que reprimió con dificultad. Tenía un nudo en la garganta. Puso la segunda mano sobre la de Margot.
—Vas a sanar, hija. Todos haremos lo que esté en nuestras manos para que lo hagas.
—¿Y si no...? —preguntó ella.
—No digas eso, hija. No lo digas, por favor. —Maximiliano intentó abrazar a su hija, pero ella se quejó de dolor—. Te prometo que si sanas te daré lo que tú quieras. Solo preocúpate de conseguirlo.
Margot se echó hacia atrás. Quería enfocar bien a su padre. El rostro del hombre estaba ahí, rígido, derrotado. En ese momento, doña Rosa se asomó por la puerta. Al ver el momento íntimo se quedó en el dintel. Margot la pudo ver por sobre el hombro de su padre.
—Quiero volar, papá —los ojos de la niña se llenaron de lágrimas—. Lo único que quiero en esta vida es volar.
El padre volvió a gimotear. Esta vez se atrevió a abrazar a su hija regalona.
—Vas a volar, hija. Yo te voy a ayudar a volar. Te lo prometo. Si sales de esta, yo mismo me encargaré de que aprendas a volar.
Se fundieron en un abrazo lo más apretado que a Margot le era posible. Rosa, quien cruzó la mirada con su hija, no fue capaz de interrumpir el momento.