El cielo me llama IX #3
20%

IX #3

Las cosas en su país de origen no marchaban bien.

Al contrario, iban encaminadas a un contundente desastre, luego de las consecutivas derrotas que su ejército había sufrido ante la blitz de la Alemania nazi.

En las altas cúpulas del gobierno de la Tercera República ya se había instalado la idea del armisticio.

Que Paul Reynaud le entregase el poder al general Pétain era cosa de días.

Eso allanaría el camino a la rendición de Francia ante la potencia extranjera.

El 18 de junio, el general De Gaulle habló a través de los micrófonos de la BBC.

Inició su llamamiento a las seis de la tarde en punto, con la puntualidad que valoran los ingleses.

Su frase «Ocurra lo que ocurra, la llama de la resistencia francesa no debe apagarse, ni se apagará» todavía resonaba en las radios de la Europa alcanzada por las ondas de la BBC cuando nació el Gobierno de la Francia Libre, con su sede en el exilio.

Diez días después del llamamiento, Winston Churchill reconoció a De Gaulle como el legítimo líder de la Francia Libre.

En el número tres de Carlton Gardens, St James de Londres, a pocas cuadras del Palacio de Buckingham, se instalaron la sede de Gobierno y el Estado Mayor del Ejército de la Francia Libre.

Era un edificio de cinco pisos, ubicado a boca de unos jardines que, a pesar de la guerra, seguían bien mantenidos.

A ese edificio llegaron Margot Duhalde e Ivonne Shreiner, acompañadas del capitán Lefebvre y el voluntario Lavergne. Les esperaba una cena en el casino del Estado Mayor. Margot quedó impresionada apenas entró al lugar.

Era un salón amplio, lleno de mesas en hileras, donde estaba todo acomodado para una gran fiesta.

O, al menos, eso es lo que ella pensó. El capitán convidó a ambas chilenas a ocupar una silla y llamó a un grupo de oficiales para presentarles a las dos nuevas reclutas que venían a prestar servicio.

Uno a uno, los oficiales se fueron presentando.

Les intrigaban estas dos mujeres latinoamericanas, que no tenían nada que envidiarles en desplante a las europeas.

Cuando llegó la comida, la conversación se lubricó con vino. Había delicias de las que Margot solo había escuchado. Era imposible comerse todo lo que le servían, pero hizo esfuerzos para probar al menos un poco de todo.

—Esta gente está muy animada para estar en guerra —dijo Ivonne.

Margot la miró. Estaba de brazos cruzados, sentada con toda la espalda apoyada en el respaldo de la silla. Su plato se veía a medio probar y su copa de vino casi intacta, a pesar de que los oficiales franceses insistían en brindar con ella y rellenar lo que hubiese bebido.

—Esto me parece obsceno comparado con lo que comíamos hasta ayer... —agregó.

Madame Shreiner interrumpió su reflexión para probar un poco más del pato a la naranja que tenía en el plato. Luego respondió a un brindis por cuarta vez, pero solo remojó un poco los labios en la copa.

Margot no lo había pensado. Hacía muy poco que ambas habían recuperado la libertad y ella ya había olvidado el almuerzo del día anterior.

Se preguntó si eso era vivir al día y si eso era lo que aquellas personas que les hicieron tantas celebraciones antes de salir de Buenos Aires y Montevideo estaban tratando de enseñarles.

La vida había que celebrarla, porque no sabías cómo lo estarías pasando al día siguiente.

—Mírelos, Ivonne —interrumpió Lavergne, reposando su cuerpo al mismo nivel que el de madame Shreiner—. ¿Puede contarlos?

Sí, Ivonne podía, eran siete oficiales. Margot también los contó, aunque incluyó a Lavergne, Shreiner y a sí misma.

—Cinco de ellos llegaron hoy desde el frente africano. Viajaron por días sin saber si lograrían poner los pies sobre Londres...

Ivonne tomó su copa y bebió un sorbo largo.

—Eran quince cuando partieron, Ivonne. No les cuestione su alegría. Es probable que la próxima vez que los vea tenga que sanarles las heridas o ayudarlos a morir con dignidad.

Margot se unió a Ivonne en el brindis. Lavergne lo hizo con una sonrisa amplia. Quería ser amable después de tan duro comentario.

—Entonces, esa gente en Sudamérica sí pensó que íbamos a morir —dijo Margot.

—Es probable, joven Margot, pero acá nadie piensa en la muerte. Tenemos mucho por lo que vivir aún —Lefebvre intentó consolar a la muchacha—. Usted celebre también la vida, joven piloto. Mañana, pase lo que pase, vestirá los colores de la Francia Libre.

El capitán se puso de pie, alzó su copa y dio unos vítores a favor de la resistencia francesa y del general De Gaulle. Después bebió su copa de vino por completo. Los demás comensales repitieron su gesto en medio de cánticos que a Margot, a pesar de que podía entenderlos, no le resultaron conocidos.

Cuando la celebración estaba en su clímax, entraron a la sala unos garzones con una amplia variedad de postres franceses.

Margot distinguió éclaires, profiteroles, macarons y Paris-brest, que ella jamás había probado.

Se fue encima de uno apenas lo tuvo al alcance.

Después fue de tarta en tarta, tal como lo había hecho con la comida, para alcanzar a probar todo lo que pudiera.

Ivonne se unió con más entusiasmo esta vez.