IX #2
Margot estaba segura de que a madame Shreiner le había impresionado la aventura de las nórdicas tanto como a ella.
Miró su plato antes de untar el pan contra su huevo. Percibió el aroma del tocino frito y le sonaron las tripas. Sonrió al ver su obra de arte.
—No eres una inútil, Margot —se dijo en voz baja.
Cuando masticó el tocino viajó a los mejores días de su adolescencia en el sur de Chile. El huevo, a pesar de que se le había pasado un poco de sal, chorreaba desde el pan.
—Es el mejor desayuno que hemos tenido en Inglaterra —dijo Margot al aire.
Ivonne interrumpió su conversación con la noruega y miró a su joven amiga.
—Le estaba diciendo lo mismo a Hilde. A ellas les ha tocado basura.
—Ya tenemos antigüedad —replicó Margot, riendo.
—Todo son señales, Margot. Señales.
La oficial inglesa entró al comedor sin anunciarse.
El silencio fue inmediato. De un salto, las alemanas se pusieron de pie.
Tomaron los platos y los restos del desayuno de las demás cautivas, no regresaron desde la cocina.
Las noruegas se quedaron como dos niñas castigadas en la escuela.
Ivonne mantuvo el cruce de miradas firme ante la robusta anglosajona. Margot se limitó a terminar de comer.
—Cuando terminen su desayuno, ordenen sus cosas y vayan a verme a mi escritorio.
La oficial se retiró sin esperar preguntas. El aire se descomprimió de inmediato. Margot miró con una ceja alzada a Ivonne.
—Señales... —insistió Ivonne, con una sonrisa dibujada en el rostro.
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El reloj avanzaba a paso cansino. Era como si el segundero arrastrase con pereza su peso para hacer la jornada más lenta.
En cautiverio, Margot se había sentado a esperar y a mirar por la ventana, pero ahora la experiencia le resultaba diferente, peor.
Tenía algo que esperar. La oficial del Ejército inglés les había comunicado a ella y a Ivonne Shreiner que se había comprobado la legalidad de sus documentos y los motivos de su ingreso a Inglaterra.
Ya no eran prisioneras de guerra. A las tres de la tarde pasaría por ellas un oficial del Estado Mayor francés a buscarlas.
Las llevaría a los cuarteles y les entregaría sus órdenes de servicio.
No les tomó mucho hacer equipaje. Les habían pasado muy pocas cosas para la estadía. Al recuperar sus objetos personales, el tiempo se les fue más bien en revisar que no les hubiesen robado nada. Pero el reloj insistía en no avanzar.
Ni el almuerzo ni la sobremesa, nada parecía suficiente para hacer pasar las horas. Margot e Ivonne permanecieron sentadas en la sala de la casona. Se miraban, hundían los dedos en sus rodillas, contaban los latidos de sus corazones e incluso seguían la duración de su respiración. Todo servía.
El reloj había dado las campanadas hacía al menos veinte minutos cuando las chilenas escucharon el motor de un auto detenerse afuera de la residencia.
Después oyeron la puerta del coche cerrarse y a unos hombres hablar en francés.
Les volvió el alma al cuerpo. Alguien golpeó la puerta y atravesaron el umbral dos sujetos en uniforme color azul horizon, que se cuadraron frente a la oficial inglesa.
Margot estalló de alegría al ver que uno de ellos era monsieur Lavergne, quien había viajado junto a ellas desde Buenos Aires en el RMS Rangitata. No habían conversado mucho durante el viaje, ya que monsieur resultó ser recatado. Pero era una cara conocida.
—¿Listas para partir?
Margot intentó replicar el saludo llevándose la mano hacia la frente, pero Lavergne la detuvo.
—Reserve eso para cuando tenga sus órdenes, Margot. Todavía no es una soldado.
La sonrisa del uniformado no espantó las dudas de Margot. Madame Shreiner saludó de mano a su amigo. Le preguntó si faltaba algo para salir.
—Este es el capitán Lefebvre, del Estado Mayor francés, —Lavergne señaló a su superior, quien saludó con formalidad a ambas mujeres—. Será nuestro guía en Londres mientras esperamos a que reciban sus órdenes y destinaciones.
Volteó a mirar a Margot y le guiñó un ojo. La muchacha no supo interpretar el gesto, pero no se sintió cómoda devolviéndolo.
Los oficiales ingleses dieron una última revisión a los bolsos y pertenencias de las chilenas.
Luego de aprobar todos los documentos, les permitieron salir.
Por las ventanas podían ver luz, pero no sentir el viento.
Para ambas la sensación fue como renacer.
Margot miró al cielo y pudo ver entre las nubes la redonda forma del sol apenas visible.
Sintió su calor y sonrió. Madame Shreiner inspiró profundo.
Olió el hollín en el aire, característico de Londres, y el aroma, algo rancio, de las aguas del Támesis.
No le importó, para ella era el aroma de la libertad.
Caminaron hacia el auto al mismo ritmo y, antes de subir, las amigas se dieron un profundo abrazo. A partir de ahí, el reloj decidió apurarse. El día al aire libre se empezó a ir como la espuma de una ola en la orilla.
Recorrieron la ciudad sin prisa. El Citroën Traction Avant que manejaba el capitán Lefebvre era bastante cerrado, pero tenía las ventanas lo suficientemente amplias como para que Margot e Ivonne pudieran mirar la ciudad.
Margot bajó la ventanilla. Había extrañado demasiado el viento frío de Londres, que le recordaba al de su querido Río Bueno en invierno. De vez en cuando, sacaba la cabeza para contemplar con asombro las maravillas londinenses.
Atravesar el Puente de la Torre le produjo un escalofrío.
Aunque tenía algunos daños provocados por los bombardeos, seguía luciendo majestuoso.
Menos suerte había tenido la Torre de Londres.
Un bombardeo reciente había destruido una de sus torretas, tenía un aspecto lamentable.
La catedral de San Pablo tampoco se había salvado de los ataques.
Había resistido estoica al menos tres directos, el más reciente y destructivo apenas en abril pasado.
Margot no estaba segura, pero creyó ver la cúpula levemente inclinada.
No se atrevió a preguntar. Sabía que su vista no era muy confiable.
Mientras más avanzaban por la ciudad, más se notaban las cicatrices de la guerra.
Ni Ivonne ni Margot entendían cómo, a pesar de los edificios dañados, los escombros en las calles y el aroma fresco de la pólvora, las personas seguían yendo a sus trabajos, a sus universidades, a sus colegios.
Incluso, de vez en cuando, encontraban espacio para reír con una pinta de cerveza en la mano.
Pronto, el silencio reemplazó al entusiasmo.
Al paso de los minutos, estaban ambas mujeres sentadas, cabizbajas y pensando en sus hogares.
—¿Qué apoyo viene a dar en esta guerra, madame Shreiner? —preguntó el capitán, después de ver a las mujeres serias por el retrovisor.
—Soy enfermera, capitán. He venido a servir sanando a los caídos.
—Bendita sea usted, madame, que mucha falta nos hace —respondió Lefebvre con espontaneidad—. ¿Piensa ir al frente?
Ivonne titubeó. Sintió que se le apretaba el estómago, le tembló el mentón. Miró por la ventana antes de contestar.
—Si me necesitan allá, iré. Pero esta gente acá también necesita un poco de cuidado.
Lefebvre sonrió y asintió. Dejó pasar unos segundos antes de volver a mirar por el espejo.
—Mañana, cuando le den sus órdenes, sabrá su asignación. Estoy seguro de que a donde sea que la trasladen será un aporte.
Margot quedó estupefacta y se inclinó hacia el asiento delantero.
—¿No iremos al Estado Mayor hoy?
—Por supuesto que lo haremos —respondió el capitán entre risas—, pero el comandante las recibirá mañana. Hoy pueden descansar.
Margot miró a Lavergne en el asiento del copiloto. El hombre le regaló una mirada de apoyo, pero no soltó palabra alguna.
—¿Y usted, madame Duhalde, a qué vino a la guerra? ¿Trabajará con madame Shreiner en algún hospital de campaña?
—¿Cómo se le ocurre? —respondió Margot, dejándose llevar por el impulso y golpeando en el hombro al capitán—. Yo soy piloto, capitán. He venido a volar.
—Oh...
El capitán miró a su copiloto y luego a Margot, a través del espejo. Luego fijó la mirada en el camino.
—Esta es la esquina de Trafalgar —mencionó Lefebvre, apuntando a una calle que terminaba en una rotonda justo frente a ellos—. Hacia el final del camino está el Palacio de Buckingham.
El capitán tenía razón. Apenas salieron de la rotonda, pudieron ver el palacio al fondo del camino.
A Margot le pareció increíble que aún estuviese en pie.
Era un blanco tentador desde el aire. Cuando se fueron acercando notó que no estaba equivocada.
Buckingham tenía algunos daños apreciables en las puertas principales y, aunque ella no podía verlo, el patio interior y la capilla real también estaban afectados.
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Cuando Charles de Gaulle abandonó Francia, el 17 de junio de 1940, lo hizo para cumplir una misión ante el alto mando británico.