El cielo me llama IX
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IX

La luz del amanecer entraba tímida por la ventana.

Se había colado por entre las cortinas que, sin darse cuenta, Margot había dejado entrecerradas la noche anterior, en su apuro por meterse a la cama.

Le gustaba el color de las mañanas. Le parecía que iluminaban de otra manera, quizá por la latitud en aquel lugar del mundo.

Se tenía que imaginar el canto de los pájaros.

Londres era una ciudad gris, con mucha actividad en las calles, pero poca en los cielos, salvo por los aviones alemanes que amenazaban regularmente con algún bombardeo.

A veces podía ver a algún ave cortando el horizonte entre los centenares de globos atados a los edificios.

Eran aves tristes, no cantaban, como si el silencio las pudiese mantener fuera del alcance de las bombas.

Con los días, a través de la ventana, Margot comprendió que, en general, los londinenses también se escondían cuando comenzaba a caer la noche.

Un amanecer, descubrió que por las mañanas, en esos segundos en los que su mente aún no se hacía consciente, olvidaba dónde estaba.

Era un momento breve, pero lleno de paz, alegría y libertad.

Pronto caía en la cuenta de que seguía en la prisión de Kinghtengate Lane.

Pasó rápido por la ducha. Margot encontraba el agua de Londres más fría que la de Río Bueno.

Mientras se lavaba el cabello, se preguntó si no se había acostumbrado demasiado a las comodidades de la casa familiar en Santiago.

Sus padres la compraron cuando los Duhalde ya eran muchos estudiando en la capital.

Aquella casona tenía caldera y Margot se hizo un poco adicta a los baños de agua caliente.

Se quedaba en la bañera hasta que se le arrugaban los dedos de los pies y de las manos.

Recordó el trasatlántico. En su cabeza parecía que habían pasado meses, pero sabía que solo hasta una semana atrás todavía se daba baños calientes. Eran cortos, al estilo militar, porque estaban en guerra y debían cuidar los recursos. Pero incluso los marinos encontraban momentos de alegría.

En Londres no. Los baños debían ser breves, con el agua justa.

Se la pasaban en un balde y de ahí a meterse al tinaco, para aprovecharla.

Las demás prisioneras se levantaban temprano, para ser las primeras en ocupar el depósito.

A Margot no le importaba. Tenía la teoría de que, si iba cuando el sol ya estuviese bien arriba en el cielo, el agua estaría menos fría.

Nunca quiso poner a prueba la hipótesis, pero le gustaba creer que al menos era libre para tomar esa decisión.

Tres golpes en la puerta la hicieron conectar con el suelo.

—Tiene que bajar a desayunar —dijo Ivonne desde el otro lado de la puerta.

—Ya termino —respondió Margot, con el cabello aún empapado y algo de jabón cubriéndole los pechos.

El golpeteo de los tacones de madame Shreiner se alejó.

Margot suspiró. Había conversado poco con ella durante el cautiverio.

Eran los cinco días más silenciosos que podía recordar.

No sabía si le dolía más ver la cara de Ivonne cada vez que ella se acercaba a preguntarle algo o la de la oficial de ojos celestes, de quien no se había preocupado siquiera en aprender el nombre.

Eran los ojos más lindos que la habían mirado feo.

Podría ser por eso que Ivonne no permitía que las vieran juntas.

Margot volvió a suspirar.

—No estás en Osorno, Margot. Esta no es la casa de tu madrina —se dijo.

Tomó impulso para salir del tinaco y derramó algo de agua sobre las baldosas del baño.

Tomó una toalla y secó por completo su cuerpo.

Había escuchado decir que podrían salir hongos si quedaba algún pliegue húmedo en el cuerpo.

No estaba segura de si eso era posible, pero sí recordaba las callampas creciendo entre los tocones podridos y mojados de Trafún.

No era una imagen agradable. Se envolvió en la toalla, se miró al espejo y se dio unos golpecitos en la cara para tomar color. Solo entonces salió del cuarto.

Una vez vestida, estiró las colchas de su cama y la dejó impecable, como si nadie la hubiese tocado en meses. Con la misma toalla que usó para su cabello, secó el piso del baño. Ordenó algunas cosas de su armario y caminó hacia la escalera.

Al entrar al comedor sintió que una tormenta estaba a punto de desatarse sobre la mesa.

A un lado estaba sentada una de las alemanas, quien untaba un trozo de pan en la yema de un huevo frito.

Al otro había dos mujeres jóvenes. Margot pensó que no pasaban de los veinticinco años, pero la superaban en todo.

Su estatura y sus narices respingadas le parecían un insulto a sus rasgos más toscos.

Ambas muchachas estaban en silencio. Una masticaba un trozo de pan que parecía demasiado duro; la otra revolvía un plato de avena espeso debido a la poca ración de leche que los oficiales del Ejército inglés les asignaban.

Las dos tenían la mirada clavada en la alemana, que en silencio disfrutaba su plato.

La otra alemana, que se había vuelto más cercana a Margot, estaba en la cocina. Al verla, la llamó con entusiasmo. Ivonne también estaba en la mesa. Usaba uno de los lugares de cabecera y revolvía una taza de té a la que le había puesto demasiado azúcar.

—Buenos días, Gretel —dijo Margot con más energía de la que creía tener.

La alemana la saludó con el mismo entusiasmo.

No se llamaba Gretel. De hecho, nunca le había dicho su nombre a Margot, pero tampoco se molestaba en corregirla.

Con lo poco que Margot entendía de alemán y el precario francés que la alemana hablaba, se las habían arreglado para comunicarse.

Tanta cercanía no cayó bien entre los oficiales ingleses, pero decidieron hacer la vista gorda.

Lo que la chilena no sabía era que todos en la casona habían notado que, cuando Margot tenía la lengua ocupada, dedicaba poco tiempo a pensar en cómo huir de la prisión y, en consecuencia, a meterse en problemas.

—¿Nadie más se ha levantado hoy? —preguntó la chilena.

—Las noruegas que están en la mesa.

—Las vi —respondió Margot.

La alemana le entregó en un plato un trozo de mantequilla, un poco de tocino y dos huevos.

Luego le mostró la estufa. La chilena se extrañó, aunque no dijo nada.

Los días anteriores las alemanas se habían encargado de cocinarle, hacerle el aseo de la pieza y lavar su pijama.

En realidad, estaban a cargo de esas labores para todas las mujeres de la casa, pero Margot era la única a la que le cocinaban con cariño.

—¿Qué hay con las italianas?

Gretel meneó la cabeza y arrugó la nariz. Le había dicho el día en que llegaron que no le daban buena espina, porque los italianos no eran de fiar. Margot no conocía a muchos italianos, pensó que solo eran las tensiones entre los aliados que estaban peleando la guerra.

Para ella era comprensible que las belgas o las francesas no quisieran cruzarse con las alemanas.

Pero las noruegas le resultaban un misterio.

Margot no sabía que Noruega también había sido ocupada por Alemania.

La chilena no era buena en geografía y sentía que ese país escandinavo estaba muy lejos del conflicto.

Las italianas, las belgas y las francesas llegaron durante el segundo día de cautiverio de Margot.

Solían salir poco de sus habitaciones. Cuando lo hacían, solo las francesas y las belgas compartían con las chilenas.

Las noruegas llegaron el tercer día. Habían escapado de la ocupación de su país junto con otros tres muchachos, que fueron a parar al mismo centro de retención que los amigos vascos de Margot.

A la joven chilena le gustaba escuchar la historia del escape.

La encontraba mejor que la Odisea de Homero.

Contaban que habían sido rescatadas por un submarino inglés después de varios días de navegación en alta mar.

Margot nunca había estado en un submarino.

Remontaba sus recuerdos a los días del trasatlántico, cuando sonaban las sirenas por las incursiones alemanas y podía ver todo el operativo para soltar las cargas de profundidad.

Se preguntaba si existía la posibilidad de que algunos de esos submarinos, en realidad, hubiesen sido ingleses. Le resultaba de toda lógica, pues bajo el mar no se podía distinguir la bandera, a diferencia de los aviones.

Margot puso un poco de mantequilla en una sartén y dejó el tiesto en el fuego. Mientras esperaba a que la emulsión se derritiese, echó mano al tocino y se lo llevó a la boca. Gretel le pegó en la mano, medio en broma medio en serio. Margot devolvió el cerdo al plato y se sobó con exageración.

—A mí me agradan más las noruegas —dijo Gretel, mientras ponía el tocino sobre el sartén con mantequilla—. Déjalo hasta que quede crujiente.

—¿Por qué te caen mejor? —preguntó Margot, mientras revolvía con una cuchara de palo el tocino.

—Se parecen más a mí...

Margot asintió. Las noruegas eran altas, de piel pálida y con unos grandes ojos verdes.

Su pelo era más rubio que el trigo. Representaban todo lo que Hitler y su propaganda habían elevado como la raza aria.

¿Y ella? La última vez que Margot se miró al espejo vio a una muchacha de cabello oscuro.

Tenía la piel blanca, pero sus ojos estaban lejos de ser claros.

Guardó silencio y tomó uno de los huevos.

Lo partió a la mitad y lo dejó caer junto al tocino. Hizo lo mismo con el segundo huevo.

—Tú eres como yo, pero de acá —Gretel se señaló el corazón—, por eso también me agradas.

Margot sonrió. No estaba segura de la cara que había puesto ante el primer comentario de Gretel. Tampoco estaba segura de si el segundo comentario le agradaba más que el primero. No se sentía alemana ni tenía la forma de ver el mundo que esos europeos estaban mostrando.

Gretel señaló la pimienta. Margot estiró la mano y roció una pizca sobre los huevos. Sin que se lo dijeran, hizo lo mismo con un pellizco de sal que robó sin que se lo indicasen.

—Mejor dejamos eso entre nosotras, Gretel.

—Sí, secreto —contestó la alemana.

Margot decidió que no le había gustado el comentario de Gretel. Ella era chilena y descendía de franceses, estaba al otro lado de la vereda de lo que un alemán pudiese sentir en su corazón.

Cuando retiró la sartén de la estufa, la posó sobre un plato y la llevó hasta el comedor para sentarse al otro lado de la cabecera y mirar a Ivonne.

Ella ya había terminado de desayunar, pero seguía ahí, conversando en inglés con la mayor de las noruegas.