VIII
—Nos van a retar —dijo Emilia, mientras se quedaba parada en medio del camino de tierra rumbo a su casa en Osorno.
—No va a pasar nada, te lo prometo —respondió Margot. Su voz era firme, pero en su interior lo que menos había era convencimiento.
Emilia Rosas de Monje era prima de Margot y a la vez su madrina.
Cuando Margot tuvo problemas en su escuelita de Río Bueno, la única alternativa que le quedó a la familia Duhalde Sotomayor fue inscribirla como interna en el Liceo de Osorno.
En teoría el plan era excelente. Margot estudiaría en una buena institución educacional, estaría cerca de la casa familiar y tendría a su madrina como soporte.
Pero el panorama se complicó cuando la adolescente Margot armó una revolución interna, que enojó a las inspectoras. Cuando se escapó del instituto en camisa de dormir, solo para dar una vuelta por la manzana y respirar lo que ella llamaba aire libre, la gota rebasó el vaso.
Al año siguiente le aceptaron la matrícula, pero con la condición de que fuera externa.
Ya no podría seguir viviendo en las dependencias del liceo, lo que obligó a la señora Rosa Sotomayor a viajar a Osorno a pedir el auxilio de Emilia, que aceptó sin dudar.
Era madre de cuatro niñas; una más ni se notaría.
Además, le pareció apropiado retomar la relación con su ahijada, a quien veía poco.
El cariño es eterno, pero la paciencia no, y Margot no ayudaba.
Su rebeldía invadió el hogar de Emilia, quien vio como dos de sus hijas, cercanas en edad a su ahijada, la convirtieron en líder y comenzaron a seguirla en todo.
Ya no había espacio en la casa de Osorno para fingir paciencia.
Las travesuras pasaron de simples jugarretas a verdaderos boicots a la disciplina.
Como cuando Margot se enteró de que en la Feria Ganadera de Osorno se iban a presentar en vuelo unos aviones.
No dudó en orquestar un escape para ir a verlos.
—Ya no te creo —replicó Emilia, mirándose el vestido de color crema que su madre le había puesto en la mañana. No era su vestido favorito, pero le gustaba. Ahora estaba embarrado y lo había enganchado en un alambre de púas—. Mamá tenía razón.
A Margot, esas palabras le dolieron. Intentó disimular su cara de decepción. ¿O era de disgusto? No lo sabía aún cuando las palabras escaparon de su boca.
—Lo que pasa es que eres muy mojigata —Margot abrió los ojos justo cuando terminó de vomitar la frase.
Emilia estaba con el ceño fruncido y los puños apretados. Su hermanita se acercó por atrás un poco agitada. Le costaba seguirles el paso a las otras dos.
—Tienen la ropa sucia —dijo la menor.
Margot se miró y vio su ropa embarrada. La más chica tenía la cara y los zapatos inmundos.
—No pasa nada —les dijo Margot a las niñas—, al llegar a casa nos cambiamos.
—¿Y lo vas a lavar tú? —insistió Emilia, que no tenía ganas de dejar la discusión atrás.
—No creo que a tu mamá...
—Mi mamá tiene razón —interrumpió Emilia—, lo único que haces es dar trabajo extra. Eres una inútil y ya no sé ni por qué te sigo escuchando.
—O siguiendo, como los monos —dijo Margot—. Todo me copias...
Margot sintió una estaca cerca del corazón. Miró al suelo para evadir los ojos cristalinos de Emilia. A Odette alguna vez le había dicho algo parecido en el colegio, pero esa vez se estaban riendo. Ahora nadie se reía.
Emilia recogió una piedra y la empuñó con firmeza. Dio dos pasos y la arrojó contra Margot. El proyectil pasó varios metros por sobre su cabeza.
—Y me vienes a decir inútil a mí. Lanzas como niña... —acusó Margot.
Dio media vuelta, para reanudar el camino hacia la casa de su madrina. Todavía estaba de día. Según sus cálculos, quedaban un par de horas de luz, pero la temperatura a la sombra ya comenzaba a caer. Además, las nubes desprendían un dejo a humedad. En cualquier momento podía ponerse a llover.
—¡Soy una niña! —La segunda piedra pasó por un costado de Margot. Emilia estaba corrigiendo la puntería muy rápido—. ¡Que tú no te sepas comportar como una señorita no es mi culpa!
—¿Eso también te lo dijo tu mamá?
—¡No! Eso lo dijo la tuya...
Margot se quedó congelada en medio del camino por unos segundos. Emilia soltó la tercera piedra y comenzó a caminar. Adelantó sin problemas a su tía. Apuró el paso.
—Esto ya no es divertido —dijo la hermana más pequeña, que siguió a su hermana mayor. Al alcanzarla le tomó la mano y se comenzaron a hacer pequeñas en el horizonte.
Alguna vez, Margot había escuchado a su madre hablando con su padre acerca de todas las preocupaciones que le daba.
Él tendía a no hacer caso del reclamo. Decía que era solo una niña, que ya iba a crecer, que se iba a hacer responsable, que la estaban criando bien.
Pero la señora Rosa no estaba tan convencida.
Margot nunca aprendió a cocinar, a planchar la ropa ni a lavar. Apenas sabía hacer su propia cama. Lo había aprendido por un castigo que le impusieron de pequeña. Dicho por Emilia, todo pareció ser cierto. ¿Y si de verdad era una inútil?
Ella quería pensar que no, pero cada vez había más personas que lo decían.
Tal vez en este mundo importaba más lo que otros creyeran de ti que lo que podías hacer tú misma.
Se llevó las manos a los ojos. Quería esconder cualquier cosa parecida a una lágrima.
No encontró nada, solo la suciedad que le cubría las mejillas.
—Ni llorar bien sabes, Margot... —pensó.
Empezó a andar para alcanzar a las niñas. Tuvo que redoblar el paso. Cuando al fin lo logró tomó a la más pequeña y se la subió a la espalda.
—No puedes seguir caminando con los zapatos así —le dijo.
Emilia miró los pies de su hermana. Vio que las suelas estaban abiertas como un par de lenguas de vaca. Volvió la mirada hacia el camino e igualó su paso con el de Margot.
—Al llegar, los podemos lanzar arriba del techo — dijo Emilia al romper el silencio, después de un kilómetro de caminata—. Si no los encuentran, no podrán culparte.
Margot sonrió. Supo de inmediato que ese plan no tenía sentido, pero le pareció buena idea mantener la esperanza por el kilómetro y medio restante.
—Pero los lanzo yo, porque tú...
—Lanzas como niña —interrumpió la menor.
Las tres estallaron en risas, tanto que la pequeña cayó desde las espaldas de Margot.
—Nos van a castigar, ¿cierto?
—A ti te van a castigar. Yo diré que me obligaste.
Emilia miró a Margot, que le devolvió el gesto.
Ambas sonrieron. Margot volvió a echarse la hermana pequeña a la espalda y retomaron el paso.
Quería que ese camino no terminase nunca, que la tarde se extendiera para siempre.
Las tres tenían el cabello sudado, la ropa rasgada, el cuerpo relajado.
El viento, que les acariciaba la cara, era la única sensación que experimentaban. Lo más parecido a la libertad.
Cuando llegaron a casa, Emilia Rosas de Monje estaba esperando a las chiquillas en el portal.
Las vio aparecer por el camino y las siguió con la mirada, de brazos cruzados.
No dijo nada, no fue necesario hacerlo. Emilia y su hermana entraron de la mano.
Margot intentó excusarse, pero una cachetada le quitó todas las ganas de argumentar.
Nunca más volvió a sentirse feliz en aquella casa.
Incluso más estricta que las inspectoras del internado, su madrina se encargó de disolver la cofradía que Margot tenía con sus hijas.
Convenció a doña Rosa y a don Maximiliano de que la única forma de disciplinar a la mocosa era encerrarla en un convento.
Margot no volvió a ir al Liceo de Osorno al año siguiente.
El encierro se hizo efectivo, pero en Santiago.