VII
Margot se había acostumbrado tanto al viaje en barco que confundió el vaivén del tren con el arrullo en su camarote.
Durmió profundo, a pesar del ruido de la locomotora, el golpeteo de las ruedas y la unión de los rieles.
No soñó con las amplias praderas de Río Bueno ni con la tranquilidad de los lagos en los que pasaba los veranos.
Tampoco lo hizo con las explosiones que más temprano había visto ni con el rostro parco del oficial de Scotland Yard.
No soñó. Su descanso flotaba sobre un gran y absoluto silencio blanco.
Fue así hasta que el maquinista activó los purgadores de condensación de la locomotora.
La joven chilena despertó. Miró hacia los lados y recorrió el techo del tren.
No era su casa, tampoco el camarote. Se enderezó en el respaldo y, al mirar por la ventana, se encontró con la luz de la mañana.
Ahí estaba Londres, en plena actividad. Habían llegado a la Euston Station.
Cuando Margot bajó del vagón comprobó que este techo, a diferencia del que vio en Liverpool, era dos triángulos unidos que formaban algo similar a una M.
Lo encontró agradable. Permitía el paso de la claridad y estaba intacto.
Sintió una mejor impresión de Londres que de Liverpool.
Eso la animó a pensar que, ojalá, la gente en la capital sería más hospitalaria.
Sonrió optimista, echó mano a su bolso y caminó junto al grupo de voluntarios hacia un grupo de oficiales de Scotland Yard que los esperaba. Perdió la sonrisa de golpe.
Apenas terminaron de ser organizados, los voluntarios fueron separados entre hombres y mujeres. Entonces se les pidió exhibir sus documentos. Para cuando terminaron de ser revisados, Margot todavía no terminaba de entender lo que ocurría.
—Bueno, mis estimadas amigas —dijo Juan Cotapos con total cordialidad—, su compañía ha sido un completo placer.
Cotapos habló una palabra con el policía más cercano y rompió la fila para acercarse a Margot y a Ivonne. Se fundió en un abrazo apretado con la primera, quien, más por instinto, le devolvió el gesto con total calidez.
—Espero que nuestros caminos se vuelvan a cruzar —agregó el hombre, mientras le regalaba una sonrisa de oreja a oreja a su joven amiga.
Repitió la despedida con Ivonne, quien parecía comprender mejor lo que estaba ocurriendo. Se dieron un abrazo largo, parecido a los que aquella estación de trenes estaba acostumbrada a presenciar.
—¿Qué pasa? ¿A dónde van? —sacó el habla Margot.
—A la Patriotic School, Margot. Este es el final de nuestro camino juntos —dijo Cotapos.
La muchacha negó con la cabeza. Sintió sus ojos húmedos, pero contuvo las lágrimas con un esfuerzo.
En parte, no quería despedirse de sus amigos.
En parte, sentía el peso de la independencia, pues Cotapos e Ibarra se habían pasado atendiéndola desde que conversaron con ella por primera vez en el trasatlántico.
Le cosían los botones de la ropa, le hacían el lavado y el planchado, incluso le ayudaban con sus comidas. Perderlos era más que dejar de verlos, era perder a su madre, de quien se había despedido entre lágrimas en Chile. Hasta ahora, no había sentido que la iba a necesitar.
—Me voy con ustedes —dijo la joven.
Margot afirmó fuerte su bolso y trató de seguir a Cotapos.
Dos oficiales le cerraron el paso. En inglés le pidieron que retrocediera hasta donde estaban las mujeres.
Ibarra le hizo un gesto a Margot, que al fin entendió, o más bien aceptó, que no había más camino juntos.
Ivonne caminó hacia Margot y la tomó del brazo.
La instó a despedirse de los amigos y la ayudó a regresar hacia su fila.
—¿Nosotras a dónde iremos? —preguntó Ivonne en un perfecto inglés.
Margot miró a su amiga con admiración.
—A Kinghtengate Lane, señora —contestó el policía—. Allá les van a entregar más instrucciones —concluyó el hombre, invitando con un gesto a las mujeres a avanzar.
Cada voluntaria tomó su equipaje y en fila caminaron por los andenes hasta encontrar la salida de la Euston Station.
En ese momento, el esmog golpeó la nariz de Margot.
La picazón le hizo arrugar las fosas nasales.
Sintió también que le comenzaban a arder los ojos.
Londres olía a leña quemada. La ciudad tenía un río ancho, pero no el aroma marino de Liverpool.
Tres taxis esperaban afuera de la estación.
Margot volteó a dar un vistazo al edificio victoriano y sintió alivio.
Al menos esa hermosa construcción seguía en pie.
Los oficiales de Scotland Yard subieron las maletas de las voluntarias en los asientos delanteros de los taxis, todos de modelo Austin FX3 pintados de un impoluto color negro.
Luego, abordaron las voluntarias. Margot no quiso separarse de Ivonne y se coló en su vehículo, a pesar de que los oficiales la habían instalado en otro auto.
Nadie la recriminó. Después de todo, iban hacia el mismo destino.
✰✰✰
El 101 Kinghtengate Lane era una casona de tres pisos.
Era bella y pulcra por fuera. Por dentro más parecía una cárcel.
Una vez que bajaron de los taxis, las voluntarias fueron conducidas en silencio hasta el portal, donde fueron ordenadas antes de entrar.
Al interior las esperaba otro contingente armado.
Margot no supo de qué rama eran, pero tampoco tuvo tiempo de pensarlo mucho.
La fila avanzó rápido y le tocó presentar sus documentos.
Partida de nacimiento, identificación chilena, carnet de vuelo, el registro de enrolamiento en la Fuerza Aérea de la Francia Libre.
La atendió una mujer robusta, con las mejillas pecosas, unos ojos celestes intensos y un par de mechones que no terminaban de decidirse entre el colorín y el rubio.
La mujer le dio una instrucción a Margot, quien no entendió e intentó voltear hacia Ivonne para pedirle asistencia.
El escolta la detuvo. De un empujón la volvió a instalar frente al mesón de la militar, quien repitió la orden.
Margot se quedó estática. La mujer refunfuñó y suspiró con tedio.
Echó mano al bolso de Margot y lo puso de golpe sobre la mesa para abrirlo y empezar a revisarlo.
La joven protestó y se abalanzó sobre sus cosas. Pasó a llevar la mano de la oficial, quien ordenó de inmediato a sus colegas someter a la muchacha. Las órdenes iban y venían. Margot empezó a sentir angustia.
—¡Margot, su pijama y su neceser! —gritó Ivonne.
Otro oficial la reprendió de inmediato.
—¡No entiende su idioma! —respondió madame Shreiner—. La chiquilla no habla inglés —insistió, dirigiéndose a la oficial.
—¿Para qué se enrola entonces? —contestó la mujer maciza.
Le hizo un gesto al policía para acercar a Ivonne hasta el mesón.
Con el pulso mejor controlado, Margot sacó del bolso un camisón de dormir, un neceser con sus artículos de aseo y luego entregó el bolso en custodia.
La mujer robusta no agradeció el gesto. Tomó el bolso y lo dejó caer al suelo junto a los otros que ya habían sido requisados.
Guardó los papeles de Margot en una carpeta y despachó a la muchacha.
Mientras Margot era conducida por un pasillo hasta las escaleras, volteó a ver a su amiga, quien estaba siendo controlada en la recepción.
No puso mucha atención a la ruta que la dejó en la puerta de su habitación.
Apenas abrió la puerta, sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Al interior del cuarto había cuatro camas, dos de ellas ocupadas por unas mujeres de piel blanca, ojos claros y cabellos rubios.
Margot dio un paso adelante y fue hasta la cama desocupada más lejana.
Estaba junto a una ventana. Se movió en cámara lenta.
Sentía sobre sí el peso de las miradas que evaluaban cada uno de sus movimientos.
—Buenos días —dijo.
No obtuvo respuesta. Las mujeres apenas se movieron, pero seguían con la vista fija en ella. Cuando pasó las dos primeras camas, se sintió algo más aliviada.
La habitación estaba en silencio y el aire era denso, casi tangible.
Margot dejó su camisa de dormir debajo de la almohada y miró a un costado.
No vio velador, tampoco ninguna cajonera.
Volteó en busca de un armario, pero la habitación de paredes enchapadas en madera parecía esconder cualquier tipo de puerta.
Una de las mujeres rubias saltó de la cama y caminó hacia Margot.
Pasó de largo sin mirarla ni decir palabra.
En la pared al final corrió un panel que dejaba ver un closet.
Se devolvió tan callada como llegó y arrebató de las manos el neceser de la joven que reclamó a los gritos.
La mujer le respondió con palabras que no pudo entender.
No era inglés, estaba segura. Pero este idioma tampoco lo entendía.
Le resultaba ininteligible, aunque familiar.
La mujer llevó el neceser hacia el armario y le enseñó a Margot unas almohadas adicionales, unas frazadas y una bata.
Con la misma tranquilidad regresó a su cama, donde se sentó para susurrar con su amiga.
Por fin Margot entendió por qué las encontraba familiares.
Estaba acostumbrada a ver a hijas de colonos alemanes en Río Bueno y en Valdivia.
Casi todos eran amigos de su padre o, al menos, clientes de la hacienda Trafún.
Alguna vez Margot los había escuchado hablar en su idioma natal.
A pesar de los esfuerzos de su madre por incentivarle la curiosidad, la muchacha nunca se animó a aprender el idioma. Sí le gustaba mucho su gastronomía.
—¿Ustedes son alemanas?
Las mujeres miraron a Margot, se miraron entre ellas de vuelta y dijeron algo que les provocó una risita.
—Êtes-vous allemand?
Recién ahí una de ellas levantó una ceja y observó a Margot.
Era como si recién la hubiese reconocido.
Tenía unos cuarenta años, cabello largo y tan rubio que casi parecían canas.
Sus mejillas eran rellenas y rosadas, unas líneas de expresión bien marcadas justo en el extremo de los labios recorrían su cara, parecía que nunca sonreía.
Le hizo un gesto a la mujer más joven, que había acomodado las cosas de Margot.
Sí, ambas eran alemanas y la mayor hablaba francés.
Le explicó que eran prisioneras, y quedaron de este lado del Canal de la Mancha una vez que se declaró la guerra.
Margot siguió la conversación atenta. Asentía con amabilidad, pero no podía dejar de pensar que le tocaba compartir la habitación con dos alemanas. Pensó que, si madame Shreiner no entraba por aquella puerta pronto, le esperaban muchas noches en vela.
✰✰✰
No había alcanzado a instalarse cuando la comandante llamó al desayuno.
Ahora Margot sabía que la mujer que había requisado sus cosas era una comandante al servicio del Ejército británico.
Agradeció el llamado. En parte porque había despertado muerta de hambre del viaje en tren.
También, porque todavía le incomodaba compartir la habitación con las alemanas.
Caminó detrás de ellas por el pasillo, atenta a sus movimientos. Las mujeres iban relajadas, conversando y hasta riendo de vez en cuando. En el comedor a Margot la esperaban madame Shreiner y otras voluntarias.
Su sorpresa fue enorme cuando, al pasar por la fila de la cocina con su bandeja, recibió un par de papas crudas y una porción de margarina.
Se quedó mirando, pero la persona que repartía le dijo un par de palabras y la obligó a avanzar.
Margot miró a Ivonne, para pedirle auxilio, pero la comandante no facilitó la tarea.
Le ordenó a Ivonne no abandonar su lugar en la mesa y estableció turnos para que las mujeres fueran pasando de a una a la cocina.
Las primeras en entrar fueron las alemanas.
No volvieron a salir de ahí. En sucesión, las voluntarias fueron pasando de tres en tres.
Margot quedó rezagada. Cuando fue su turno, se encontró frente a la estufa, con sus papas crudas, su margarina y un cuchillo.
Las alemanas estaban ahí. Terminaban de lavar la loza que el personal de la casona había ocupado para preparar el té y el desayuno de los oficiales del ejército.
De reojo, Margot vio a las voluntarias tomar unos cuchillos con cuidado y destreza.
Sintió que se rompía en su interior una batería completa de loza y se le llenaron los ojos de lágrimas.
Mantenía la fantasía de que Ibarra apareciera y le preparase unas exquisitas papas cocidas.
En su cabeza, el vasco también llegaba con huevos, un poco de jamón y pan amasado.
Por más que miraba alrededor, el milagro no ocurría.
En uno de sus vistazos, notó que las alemanas la estaban vigilando.
La mayor de las mujeres cruzó un par de palabras con la comandante y fueron a buscar su propia ración de papas.
Ambas mujeres caminaron hasta estar lo más cerca de Margot que pudieron y, sin decir palabra alguna, empezaron a pelar sus papas con mucha calma.
A Margot le costó al principio, pero notó que, con poco disimulo, las alemanas tomaban el cuchillo y le mostraban cómo debía hacerlo.
Cortaban la piel de la papa con cuidado y volvían a mirarla.
Margot comenzó a imitarlas. Fue un gran teatro de acción y repetición, hasta que las papas estuvieron peladas por completo.
Vio en esa tarea sencilla un triunfo moralizante y con astucia volvió a prestar atención a las alemanas, que ahora estaban cortando sus papas en tres piezas.
No pudo imitar más. De un grito, la comandante las hizo salir y las mandó a calentar agua en una olla.
La chilena volvió a sentirse desvalida, pero afuera había otras voluntarias esperando turno para el desayuno.
En vez de entregarse al pánico, puso la mantequilla en una sartén y la llevó a la estufa.
Las papas se doraron muy rápido. Cuando la sartén comenzó a humear, Margot la retiró del fuego y puso las papas sobre un plato.
Tomó una hogaza de pan y caminó hasta el comedor, donde las alemanas estaban sirviendo una ronda de tazas de té.
Al ver el invento culinario de la chiquilla, hicieron una mueca que ocultaba una sonrisa.
Margot no lo entendió hasta que masticó sus papas.
Comprendió que estaban quemadas por fuera, pero crudas por dentro.
Echó un vistazo a los platos de las otras voluntarias y vio que sus papas soltaban un vapor.
El orgullo le impidió preguntar cómo lo habían conseguido.
Agachó la cabeza y devoró su comida sin quejarse. No estaba para regodearse.
Al terminar, las alemanas le retiraron el plato y la taza de la mesa.
Luego regresaron a limpiar las migajas de pan y una mancha de té en el mantel.
Hicieron lo mismo con cada una de las voluntarias.
Al igual que Margot, las demás no sabían muy bien cómo relacionarse con estas dos personas.
¿Eran enemigas de guerra? ¿Eran espías al servicio de la Corona británica?
Y, lo que era peor, si las alemanas eran prisioneras, ¿eso las hacía a ellas también reclusas?
Margot no quiso quedarse a buscar respuestas.
Caminó hasta una de las ventanas de la casona.
Se encontró con que del otro lado había un parque que le recordaba mucho a la plaza de Río Bueno.
Estaba nublado. La neblina escondía los árboles a lo lejos, pero permitía mirar la vereda, donde transitaban libres los ingleses, casi como si el país no estuviese en conflicto.
La joven acercó un asiento, lo puso frente a la venta y se sentó a ver las horas pasar.
Había visto muchas veces llover, se había empapado alguna vez y hasta había embarrado sus zapatos, pero nunca había visto el inicio de la lluvia hasta esa tarde en Londres.
Margot vio llover todo el día y vio llegar la tarde, el ocaso, la noche.
Estiró el momento en que debía subir otra vez y compartir cuarto con las dos alemanas.