El cielo me llama VI
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VI

Desfilaron por la rampa de madera en silencio.

Los trece voluntarios de Sudamérica hicieron gala de disciplina y mantuvieron el paso firme, hasta llegar al extremo de la pasarela que conectaba con el muelle.

Ivonne Shreiner se detuvo de golpe y miró hacia el piso por algunos segundos.

Margot aprovechó la interrupción del tránsito para voltear y darle un vistazo al trasatlántico.

Por alguna razón que no logró identificar le pareció más grande que cuando lo abordó en Buenos Aires.

—¿Busca a alguien, Margot?

Juan Cotapos se unió en el vistazo al barco. No se atrevió a preguntar de nuevo y prefirió pensar que Margot no lo había escuchado. Pero Margot sí lo había oído.

—¿Está usted bien, Ivonne?

Ibarra estaba atento a madame Shreiner, quien permanecía inmóvil en el extremo de la rampa. No escondía su nerviosismo. Volteó a mirar la fila y encontró a otros ocho voluntarios detenidos. Respiró tranquilo y puso una mano sobre el hombro de Ivonne.

—Sí... —contestó la mujer, que se acomodó el abrigo—. Estoy bien.

No lo estaba. Poner el pie en el muelle significaba para ella materializar la guerra, ese hito que al otro lado del charco solo conocían por la radio o por los pocos periódicos que se interesaban en cubrir la noticia.

Ivonne había estado durante el viaje hablando acerca de lo que haría al llegar a Europa.

Había hablado sobre los submarinos, los torpedos, los simulacros, las sirenas, pero hasta ahí solo eran anécdotas.

Estiró el pie y, con cuidado, puso la suela sobre el concreto del muelle. Por algún motivo que se escapaba de su razonamiento, sintió aquel suelo desolado. Parecía una tierra abandonada de esperanza.

Los voluntarios retomaron el descenso del barco, todos con sensaciones diferentes al tocar tierra. Margot dejó de mirar hacia atrás y comenzó a enfocarse en la ciudad que se abría ante sus ojos. Los edificios del puerto le parecían hermosos.

El Cunard Building le resultó imponente, aunque un poco desabrido. No pudo dejar de pensar que parecía un cajón de frutas decorado. Al fondo, pudo ver el Royal Albert Dock. A pesar de que tampoco la impresionó demasiado, le resultó más atractivo. El Port of Liverpool Building sí le quitó el aliento.

Verlo le ayudó a entender por qué Douglas se refería a esas construcciones como «Las tres gracias». Margot sintió ganas de mirar hacia el barco otra vez, mientras caminaba junto a los voluntarios. No tuvo tiempo de hacerlo.

—Documentos —pidió un oficial inglés de piel rosada y bigote anaranjado.

Margot no entendió la instrucción, pero al ver que los demás voluntarios buscaron sus correspondientes papeles, ella hizo lo mismo.

Un oficial de marina hizo de intermediario.

El hombre de voz severa que los controlaba era de Scotland Yard.

A la muchacha le gustaron el abrigo y el casco de Bobby, pero no su carácter.

El oficial entregó los voluntarios al policía, quien de inmediato dio una orden para que otros oficiales se acercasen al grupo. Quedaron rodeados.

—Desde ahora serán escoltados por estos señores —dijo el marino.

—¿Y nuestro equipaje? —preguntó uno de los voluntarios. No parecía contento con el recibimiento.

—No se preocupen por eso. Su equipaje estará a tiempo en Lime Street, para que continúen su viaje a Londres —respondió el marino antes de finalizar su intercambio con un rígido saludo militar.

Solo algunos de los voluntarios le devolvieron el saludo, pero el oficial del RMS Rangitata no se quedó a esperarlo. Los policías que habían rodeado al grupo comenzaron a apurarles el paso hacia la salida del puerto.

—Disculpe —dijo Margot al oficial, pero el hombre no se molestó en mirarla de vuelta—, ¿qué pasará con nuestras cosas?

Al no obtener respuesta, la muchacha se salió de la fila. Un segundo oficial la devolvió a empujones a su lugar.

—¿Qué se ha imaginado usted? —dijo la muchacha.

Intentó volver a la carga, pero Ibarra la contuvo.

—Dijeron que lo mandarían directo a la estación del tren, Margot. ¿No escuchó al marinero?

Lo había hecho, pero le avergonzó reconocer que no había entendido. La mayoría de los marineros que navegaban en el Rangitata hablaban español, aunque fuese muy básico, por lo que se las había podido arreglar. Ahora se sentía expuesta.

—¿Y a dónde nos llevan?

Ibarra no supo responder. Cotapos y Shreiner también menearon la cabeza.

—¡Oiga! ¿A dónde nos llevan?

Margot logró que uno de los oficiales la mirara, pero no consiguió respuesta. Insistió. El oficial volvió a mirarla y le contestó en inglés que irían a comer. Margot volvió a preguntarle, esta vez en francés. Solo provocó un mal gesto del policía, que se llevó la mano a la boca para indicar comida.

Los voluntarios continuaron caminando en silencio.

A Margot, poco a poco, se le fue quitando la ira.

Intentó mirar los edificios. Los ladrillos que antes le parecían hermosos ahora lucían oscuros, casi negros.

Recordó que estaba en un país en guerra.

Pensó que tal vez las construcciones estaban pintadas así por camuflaje.

Tal vez, que todo a su alrededor se viera en escala de grises afectaba el humor de la gente.

—Estos ingleses no saben divertirse... —murmuró Margot, robando una leve risita de Ibarra.

✰✰✰

El reloj en la pared marcaba las veinte horas con quince minutos y el atardecer todavía no llegaba afuera del State Restaurante.

Tampoco era que Margot hubiese estado muy pendiente de la hora.

A pesar de que su primera impresión fue que la ciudad era un lugar lúgubre, que apestaba a pólvora quemada, el interior del restaurante lleno de colores le había hecho cambiar de opinión.

Los voluntarios ya habían almorzado, hecho una larga sobremesa e incluso bebido el té de las cinco de la tarde.

Seguían animados al ritmo de una rocola empotrada en la pared al fondo del local, junto a los baños.

Hacía mucho tiempo que no escuchaban música nueva.

Se habían aprendido de memoria el limitado repertorio del RMS Rangitata.

Ahora, cada disco nuevo sonaba como una bocanada de aire fresco en sus oídos.

Los sudamericanos habían hecho caso a su sangre y, sin una remota pizca de vergüenza, se habían lanzado a bailar entre las mesas.

Margot llevaba largos minutos moviéndose con más empeño que talento.

Aprovechó una pausa en la selección de la música para regresar a su asiento y beber un largo sorbo de soda.

—¡Me equivoqué! —exclamó.

Juan Cotapos miró a Margot.

—¿Cómo dice?

—¡Me equivoqué! —repitió la joven, mientras con un gesto señalaba el restaurante a su alrededor—. Los ingleses sí saben divertirse.

El rostro parco del oficial de Scotland Yard que los acompañaba parecía contradecir la afirmación de la chilena.

Margot pensó en lo difícil que debía ser el intentar pasarlo bien, cuando ese mismo día la ciudad había sido bombardeada.

Se sabía que ese ataque no iba a ser el último.

A pesar de que la Alemania nazi había abandonado la idea de invasión a gran escala contra Gran Bretaña, la guerra se veía muy lejos de terminar.

Mientras iniciaba un nuevo disco de swing, la joven comenzó a preguntarse si ella tendría ese mismo temple cuando le tocara resistir lo que fuese que el horror le tenía preparado. Quiso pensar que sí, que resistiría, que mantendría el buen humor. Pero todo era incertidumbre y especulación.

Aquellos hombres serios y grises olían extraño y daban la sensación de estar más ofendidos por su presencia que aliviados por la ayuda.

Habían olvidado cómo divertirse. Se habían vuelto tan grises como la ciudad, tan duros como los refugios antibombas que Margot había visto mientras caminaba hacia el restaurante y, a la vez, tan frágiles como las decenas de paredes de ladrillo que había tenido que sortear en el suelo.

Eran hombres tan destrozados como aquellas ruinas y, sin embargo, ahí estaban, atentos mientras ellos se divertían.

Margot levantó la mirada y la cruzó con el oficial de la policía. No supo interpretar su gesto. Tampoco cómo regalarle una palabra de ánimo. Ivonne Shreiner llegó a la mesa y se sentó. Se acomodó el traje y luego hizo lo propio con el cabello.

—Pareciera que nos tienen detenidas —dijo, acercándose a Margot.

Margot la entendió de inmediato, pero le costó interpretar el mensaje de su amiga. Era cierto, los policías eran gente seria, ni siquiera había intentado fraternizar con ellos en esa tarde. Pero lo que Ivonne decía le sonó exagerado.

—Hasta al baño me han seguido —insistió Ivonne—. ¿No se dio cuenta de que temen que desertemos?

—¿Desertar? ¿Un grupo de voluntarios? —interrumpió Ibarra.

—Está exagerando —complementó Cotapos—. ¿Quién viajaría un mes por mar luego de enlistarse para huir en un país bombardeado a diario?

Había algo de razón en esas palabras. Pero a Ivonne le ardían las entrañas cuando alguien insinuaba que una mujer estaba exagerando y Cotapos solía hacerlo seguido.

Margot prefirió no apresurar conclusiones y se dedicó a observar mejor a los escoltas.

Hasta ese momento, se había dedicado a apreciar lo que estaba en pie de la ciudad, a su gente que iba y venía por las calles.

Vio a un par de policías atentos a una conversación de dos voluntarios, en una mesa alejada.

Observó a otros dos de pie en paredes opuestas del restaurante, controlaban la panorámica del lugar.

Encontró a otros tres custodiando la puerta.

Pensó que a lo mejor Ivonne no estaba equivocada, pero prefirió no decírselo.

De pronto, una mujer ajena al grupo de voluntarios se puso de pie y emprendió camino hacia la mesa de los chilenos. Uno de los policías se puso en alerta, pero no impidió que llegara hasta Margot y le tomara la mano para invitarla a salir a la pista en un inglés inentendible para la joven.

—Quiere bailar con usted —dijo Ibarra.

A Margot la habían invitado a bailar muchas veces. En Chile y en el barco. Pero nunca lo había hecho una mujer de forma tan desinhibida. Se preguntó si ese sería el libertinaje europeo. En vez de contestar a la pregunta, se puso de pie y partió hacia la improvisada pista de baile.

Las sospechas de los chilenos respecto de Scotland Yard apenas se estaban disipando cuando, pasadas las diez de la noche, el oficial a cargo apagó la rocola y ordenó a los voluntarios que lo siguieran.

En la calle, Margot volvió a enfrentarse al olor a pólvora y al hollín.

Era posible que, mientras ellos se divertían, los alemanes habían vuelto a atacar la ciudad.

La música sonaba fuerte dentro del local.

Abandonó la idea por pudor. El solo hecho de pensar en estar bailando y disfrutando mientras otros podían haber volado por los aires le provocó repulsión, casi la hizo devolver la bebida. Decidió seguir caminando en silencio.

Los policías guiaron a los voluntarios hasta la estación de trenes en Lime Street.

El edificio le recordó a la Estación Central, en la ciudad de Santiago.

Este en Liverpool parecía el doble de grande.

Además, el techo tenía una forma más parecida al hangar de los aviones que a la A del edificio chileno.

—El tren parte a medianoche —dijo el oficial de policía, mientras sus hombres repartían boletos a los trece voluntarios—. Sus equipajes ya están a bordo.

Luego extendió la mano para señalar un tren que esperaba en uno de los andenes centrales.

Los voluntarios se internaron en la máquina sin chistar.

Una vez que todos ocuparon sus asientos, Margot pudo ver por la ventana al oficial que supervisaba.

Estaba rígido, con las manos en la espalda, como si los estuviese contando para asegurarse de que cada uno estaba listo para ser entregado en Londres.

Fue la primera vez que lo vio sonreír. Era posible que Ivonne exagerara.

Y en realidad, no eran prisioneros, pero sí eran un problema del que el policía estaba feliz de deshacerse.

Londres – 1941 –