V
Ivonne Shreiner apenas había podido dormir.
Contó ovejas hasta bien entrada la madrugada y el fugaz descanso que consiguió no pareció ser más que una larga pestañeada.
Aprovechó de asearse bien. A pesar de que el baño del camarote era cómodo, la ración de agua en el barco había estado escaseando durante los últimos días.
Lavar con generosidad cada parte de su cuerpo fue lo más parecido a un baño que logró conseguir.
Daba igual. A esas alturas del viaje, para ella, la piel fresca era el equivalente a un fin de semana en los baños termales de Chillán.
Dedicó el mismo cuidado a seleccionar su ropa en el armario del camarote.
Tras revisar hasta el último rincón de las cajoneras, Ivonne escogió un traje de dos piezas de un elegante color palo rosa.
Pasó la mano por el algodón y lo encontró tan suave como el día en que lo seleccionó en Chile, antes de emprender el viaje junto a los voluntarios.
El traje le calzaba perfecto. Madame Shreiner gastó algunos minutos en observar cada detalle, cada pinza, cada pliegue.
Cuando estuvo absolutamente conforme, se puso unos zapatos LifeStride de color crema, con unos detalles en cuero marrón en la punta.
Sonrió y se sintió hermosa. Solo entonces volteó hacia la otra cama.
Encontró a Margot durmiendo con la boca abierta.
Sintió algo de envidia por unos segundos.
Solo pudo exorcizar el sentimiento cuando despertó a la joven de un remezón.
Margot abrió los ojos e intentó centrar la mirada en la silueta de madame Shreiner, que de a poco iba ganando definición.
Se refregó una vez para hacer foco y se sentó en la cama en silencio, para ordenar sus ideas.
Trataba de entender por qué Ivonne la había despertado.
—Aún es de madrugada —Margot apenas sacó el habla. Nunca le había gustado hablar con otra persona apenas despertaba. Sonaba más ronca que lo habitual y el mal aliento se había vuelto una de las cosas que más le desagradaban.
Ivonne miró hacia todos los rincones del camarote antes de devolverle una sonrisa a su amiga.
—¿Cómo lo supo?
Margot apuntó hacia el baño al mismo tiempo que bostezaba y volvía a refregarse los ojos. La puerta estaba abierta y la ventana redonda mostraba la oscuridad del cielo.
—¿Por qué me despertó de madrugada, Ivonne?
—Porque la conozco y no creo que quiera perderse la entrada a Liverpool.
De un salto, Margot salió de la cama y dejó atrás sueño y pereza. Corrió al baño para lavarse la cara y refrescar un poco su aliento. Se arregló el cabello y se bañó en perfume. Cuando regresó al camarote, Ivonne la esperaba junto a la puerta.
La enfermera había completado su atuendo con un abrigo de lana de un tono marrón muy sobrio.
Combinaba perfecto con su traje de dos piezas.
Margot husmeó entre sus prendas mientras lamentaba no haber hecho caso al consejo de madame Shreiner la noche anterior, cuando le recomendó ordenar su ropa antes de dormir.
Dejó de pensar y se calzó un pantalón marinero de color crema y una blusa de algodón sencilla, cubrió todo con un abrigo de algodón a cuadros negros y grises que amarró en su cintura.
De un salto embutió los pies en sus zapatos negros más cómodos.
Pronto ella e Ivonne figuraban por el pasillo caminando lo más rápido que podían sin hacer ruido. Cuando llegaron hasta la cubierta tuvieron que echar mano a sus abrigos, como quien se hunde en una cama antes de taparse con las frazadas.
El RMS Rangitata navegaba por aguas calmas, como si estuviese desfilando.
Lo hacía entre barcos, buques y botes. Eran pasadas las cuatro de la mañana y faltaban poco menos de dos horas para el amanecer.
Sus ojos, acostumbrados al profundo negro de la noche en alta mar, fueron capaces de percibir figuras en una ciudad a oscuras.
La silueta de las construcciones cortaba el horizonte y se podían distinguir algunos edificios en el cielo oscuro.
El casco de los barcos en el puerto resaltaba como copos de nieve.
Eran centenares de naves repartidas por toda la extensión del puerto.
Ni Margot ni Ivonne tenían conocimiento para distinguir los buques de guerra de los civiles, pero coincidieron en que había al menos unos quince que parecían ser fragatas.
Mientras el trasatlántico avanzaba, los cañones de aquellos armatostes flotantes comenzaron a rodearles. Ivonne señaló hacia la proa del barco. Margot pudo ver que un remolcador los arrastraba con la agilidad de un escarabajo que empuja una bola de estiércol.
El golpeteo de las olas en el casco era el único sonido, pues el motor del remolcador no era audible desde donde ellas estaban, aunque la pequeña columna de humo que expulsaba por su chimenea dibujaba la ruta que seguían.
Ambas mujeres estuvieron de acuerdo en que el movimiento del terminal naviero representaba la coreografía más grande que habían visto hasta ese momento.
Llegar al fondeadero fue cuestión de minutos.
Otros voluntarios se habían unido a las amigas, para observar la maniobra final.
Cuando notó que el barco se estaba deteniendo, Margot sintió un poco de angustia.
El muelle todavía estaba lejos y, por un momento, se cruzó por su cabeza la idea de que debían nadar para llegar a puerto.
La zona estaba atestada de barcos y el RMS Rangitata era uno de los más grandes, quizá no cabría.
Descartó la idea cuando vio a una decena de lanchas pequeñas rodearlos.
La idea de salir en una de ellas hasta el muelle le pareció mucho más lógica.
No quiso compartir sus temores con Ivonne, que miraba a los marineros a bordo mientras comenzaban a preparar el lanzamiento del ancla.
—¿Y qué es lo que viene ahora? —preguntó Margot.
Ivonne no estaba muy segura. Había estado evitando pensar en el día en que bajarían del barco. Ahora sentía un cosquilleo en el estómago por la ansiedad.
—Supongo que lo averiguaremos más tarde —Ivonne dio media vuelta para caminar en dirección a la escalera—. Ahora, sería bueno que nos enfoquemos en ordenar nuestro equipaje.
—Pensé que lo había hecho anoche —respondió Margot.
—Lo sugerí, pero...
No alcanzó a decir más cuando un sonido ululante llenó el puerto.
Ambas pasajeras se detuvieron y por instinto comenzaron a mirar al cielo.
Habían escuchado antes las sirenas del barco, pero estas sonaban muy distintas.
Se miraron cuando emergió el ruido de una segunda sirena y corrieron de vuelta al mirador del barco.
Desde ahí identificaron el ronroneo de decenas de motores de avión, que zumbaban en el cielo como un enjambre de mosquitos.
Aunque volvió a mirar hacia el cielo, Margot no pudo ver ninguna silueta que confirmase la distancia de los aviones.
Si no hubiese sido por una explosión cercana, habría pensado que los estaba imaginando.
Una decena de focos se encendieron para escrutar los cielos, mientras las sirenas seguían sonando con mayor intensidad.
Margot siguió con la vista los haces de luz, que en su recorrido iluminaban una serie de manchas blancas.
No estaba segura de qué eran, pero estaban ahí inmóviles, a centenas de metros sobre la ciudad. Entonces se desató la tormenta.
Las explosiones comenzaron a sucederse. Llegaban estallidos desde varias direcciones y las mujeres solo podían ver los destellos en el cielo.
De pronto, un puerto que había sido como una taza de leche se convirtió en un caos de gritos y soldados corriendo.
A bordo del barco, tripulantes y voluntarios tenían poco que hacer más que mirar el espectáculo desde cubierta.
Desde el puerto empezó a brotar una serie de fogonazos. Ivonne los malinterpretó como impactos de bomba. Margot no estaba muy segura. En su cabeza los bombazos sonaban con tanto estruendo que le parecía imposible que esos breves fogonazos fuesen por el ataque.
—Son cañones —dijo un marinero apuntando hacia el puerto—. ¡Los QF están defendiendo el puerto!
Eran baterías antiaéreas. Disparaban sin cesar sus proyectiles de noventa y cuatro milímetros. Margot afinó su vista, o eso intentó. Quería ver si aquellas burbujas rojas que reventaban en el aire desbarataban algún aeroplano.
Todo terminó tan rápido como empezó. Las explosiones y la batería antiaérea se detuvieron.
Las sirenas se apagaron. Pocos minutos después, solo el zumbido de los motores de los aviones seguía en el aire, pero era cada vez más tenue.
La ciudad quedó sumida en la oscuridad y el más profundo silencio otra vez.
Muy pronto, sin embargo, empezaron a sonar las sirenas de vehículos de emergencia.
Liverpool había tenido un despertar violento.
—Señoritas, por favor, vayan a sus camarotes y preparen sus cosas para desembarcar —dijo el primer oficial—. Bienvenidas a Inglaterra.