El cielo me llama IV
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IV

Margot estaba apoyada en el pupitre, con la cabeza sobre los antebrazos mientras miraba por la ventana.

No le interesaba la clase. Sentía que lo que le intentaban enseñar ya lo sabía.

La escuelita miraba hacia la plaza. Estaba a un costado del Templo de la Inmaculada Concepción, pero la ventana de Margot daba hacia un extenso potrero alejado que a ella le recordaba la hacienda de Trafún, donde pasaba las tardes enlazando los caballos en secreto.

Recordó a su padre. Hacía poco la había regañado al sorprenderla robando aguardiente de la bodega.

En principio, estaba furioso y escandalizado porque pensó que era para algún mal hábito de su hija.

Su furia menguó un poco al enterarse de que ella usaba el licor para sobornar al mozo de la hacienda; a cambio de un poco del brebaje, el hombre le permitía a la pequeña Margot enlazar los caballos que ensillaba a diario.

A la niña le gustaba su yegua. La bautizó como Muchacha.

Se preguntaba si algún día su padre le permitiría practicar para las carreras a la chilena.

Estaba convencida de que juntas podrían vencer al viento.

Por desgracia don Maximiliano, su padre, estaba empecinado en hacer de Margot una señorita.

Cada vez que la veía montada a un caballo la regañaba.

A Margot, la vida hogareña le parecía aburrida. No podía imaginar el futuro como ama de hogar. Vivía escabulléndose por la ventana para subirse al techo y acostarse a mirar el cielo. Esperaba con paciencia a que algún avión del servicio de correo apareciera. Soñaba con extender las manos y bajarlo.

El único momento del día en que Margot disfrutaba estando quieta era mientras esperaba el ronroneo lejano del motor Bristol Jupiter VI de nueve cilindros que tenían los aviones Vickers Wibault. Fue ese mismo ronroneo suave el que la sacó del trance durante la clase.

La niña creyó que su mente le estaba jugando una broma y que el sonido cada vez más ronco era parte de su imaginación. Pero, al pasar los segundos, cuando lo escuchó con más fuerza, saltó de su silla y miró al cielo.

—¡Un avión! —gritó Odette Magnet.

El corazón de Margot se detuvo por un instante. Oyó la voz aguda de su mejor amiga y vio el entusiasmo de las demás niñas corriendo a la ventana. La silueta de un Vickers se hizo cada vez más grande mientras sobrevolaba muy bajo por sobre los techos de la escuela.

—Niñas, vuelvan a sus lugares —dijo la voz autoritaria de la monja que dictaba clases en cuarto de preparatoria. Fue inútil.

Margot siguió la silueta gris de la aeronave hasta estar segura de la dirección que iba a tomar. Cuando notó que, en vez de elevarse, el aparato estaba cayendo, aprovechó la distracción que su mejor amiga estaba montando y escapó de la sala.

A Margot le gustaba correr. Se jactaba de ser capaz de derrotar a cualquiera en una carrera limpia, pero no se imaginó lo interminable que se le haría el pasillo de la escuela cuando intentó salir del edificio.

El corazón le latía a mil por hora. Eligió pensar que lo hacía al mismo ritmo que el motor de la aeronave que, por primera vez, podría ver tan de cerca.

Abrió de golpe la puerta y partió rumbo al potrero donde, sospechaba, había aterrizado el aeroplano. Ya no escuchaba el motor. Luego de pasar unos árboles lo vio. El fuselaje gris del Wibault resplandecía bajo el sol, el piloto había logrado aterrizar entero.

Cuando Margot llegó al lugar ya había un par de personas con el hombre, que a duras penas había logrado bajar de la cabina abierta.

—Sufrí un desperfecto —alcanzó a escuchar Margot, pero no le prestó mucha atención.

Sus manos se fueron directo al fuselaje.

Con un movimiento fugaz, puso la yema del índice sobre la madera y sintió un golpe eléctrico.

Quitó la mano de inmediato. No estaba segura de si el relámpago que la fulminó había sido real o si, simplemente, había sentido una descarga de adrenalina en el cuerpo.

Volvió a intentarlo, esta vez con la mano abierta.

Puso la palma hasta sentir el frío del material.

Por fin, el avión que había visto infinidad de veces surcar sobre la hacienda donde ella creció era real.

Lo confirmaban sus manos, que fueron pasando sobre cada remache, cada hendidura, cada rugosidad del ala.

Una vez que Margot identificó cada detalle de la aeronave se centró en el aviador.

Era un hombre alto y robusto. Llevaba una chaqueta de cuero marrón.

Después de arreglarse el bigote con las manos enguantadas, se levantó las gafas para acomodarlas sobre la mollera de su gorra de cuero.

Tenía una voz suave. Contestaba las dudas de los lugareños curiosos, pero la pequeña no podía sacar el habla.

Volvió a mirar la máquina y a ponerle las manos encima. Echó otro vistazo al sujeto y pasó de la admiración a la duda. ¿Por qué él podía subir al aparato y ella no? ¿La dejarían mirar la cabina? ¿Qué hacía a este sujeto digno de controlar ese aparato? ¿Tenía él algo que ella no?

Margot no tuvo oportunidad de hacerle las preguntas al piloto. Una de las monjas que la había visto por el pasillo venía a buscarla. No le importó, porque había podido tocar un avión, contemplar a un piloto y ver que era un ser humano común y corriente.

En silencio, comprendió que el camino de ese hombre era el que ella quería seguir. Margot supo ese día que algún día iba a volar.

Liverpool – 1941 –