El cielo me llama III #3
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III #3

Tenían los ojos clavados en el mar, donde un desfile de maderos, placas metálicas, muebles y otros escombros iban quedando atrás.

No hacían gestos, tampoco se dirigían la palabra.

Solo miraban con solemnidad los restos de un barco.

—Al marinero que dejó caer todo eso lo van a castigar —interrumpió Margot con mejor ánimo.

—A las doce con treinta de hoy hundieron un barco inglés que navegaba algunas horas más adelante que nosotros.

La joven se unió a ellos en el silencio.

Sabían que estaban acompañándose, pero ninguno quería mirarse a la cara.

Un grupo de cajones de madera que flotaba a la deriva se estrelló contra el casco.

Margot nunca había visto tantas manzanas en el mar.

Hasta ese momento no había concebido la idea de ver algún cuerpo.

—¿Habrá sobrevivientes? —preguntó.

—Da igual. El primer oficial dijo que no podemos detenernos a ayudarles.

Volvieron a guardar silencio. Ninguno quería ver un ser humano flotando en el océano.

Encontrarlo a bordo de botes salvavidas y dejarlos ahí les parecía terrible.

Pero los innumerables restos dispersados a la redonda eran hipnóticos.

Mientras el RMS Rangitata avanzaba, parecía que cada vez había más y más.

—Toda esa gente que nos celebró en Buenos Aires... —Ibarra rompió el silencio con la voz apagada, sin emoción—. A veces pienso que estaban seguros de que vamos a morir.

El vacío se apoderó de sus pechos. Una carga pesada cayó sobre sus hombros. Era como una nube negra y densa, que empezó a aplastarlos. Antes de zarpar de Buenos Aires, la colonia francesa en Argentina les regaló varios días de fiestas y agasajos. Lo mismo pasó en Montevideo.

Nunca un grupo tan grande de extraños le había demostrado tanto amor.

Mientras Margot recordaba, las palabras de su amiga Blanca Luz Brum adquirieron otro peso.

También valoró de otro modo el respeto que les demostraron el embajador Fernández y el poeta Julio Sommerville, que la miraba con ojos de cristal quebrado, más con compasión que con amabilidad.

El entusiasmo de aquellas cenas, el desenfreno de esos cócteles y la alegría de esas fiestas habían sido reemplazadas por el silencio, por maderos flotando, por la solemnidad de una muerte que, a pesar de no ser vista, estaba ahí presente.

El bramido de un motor comenzó a dibujarse en el viento. Margot pensó que estaba alucinando, pero luego logró oír un segundo rugido. ¿Era una formación de aviones? Comenzó a inspeccionar el cielo sin que sus amigos supiesen bien lo que estaba haciendo.

—¿Es amigo? —preguntó ella con la voz agitada.

—¿Qué cosa? —respondió Juan Cotapos, que seguía la mirada de Margot inquieta oteando el horizonte y el cielo sobre el Rangitata.

—¡Ese avión! —dijo Margot a todo volumen—. ¿Es amigo?

Cotapos e Ibarra intentaron abrir sus oídos. Se quedaron rígidos, como si eso les ayudase a identificar algún ruido nuevo. De pronto lo escucharon también.

—Deben de serlo —se dijo a sí misma Margot—, si no las sirenas estarían sonando.

Ibarra levantó la mano y apuntó hacia babor. Margot volteó, pero no lograba ver más que el cielo azul. Cotapos se unió a su amigo vasco. Él también lo veía. Era un punto negro que, poco a poco, se iba haciendo más grande.

Los marineros ingleses comenzaron a correr por la cubierta y tomaron posiciones cerca de los botes salvavidas, para soltar algunas amarras. Una vez ubicados se quedaron inmóviles.

—Deberíamos irnos —se apuró Cotapos.

—No —replicó Margot, haciendo un gesto de calma con su mano—. Debemos ver dónde caen las bombas.

Ibarra sacó un reloj de su bolsillo y comenzó a contar los segundos.

Quería saber el momento exacto de su muerte.

La respiración de los tres voluntarios parecía estar sincronizada, lo mismo que los latidos acelerados de sus corazones.

El bramido de los turbohélices comenzaba a rasgarles los tímpanos. Margot al fin vio el avión.

Era un enorme Lockheed Hudson, que sobrevoló la cubierta.

Sus motores radiales cortaban el viento con unas aspas que apenas se veían.

Tenía dos colas, su fuselaje medía unos trece metros de largo.

Eran sus alas extendidas lo que maravillaba a la piloto chilena.

Con casi veinte metros de envergadura, cortaban el viento para mantener en el aire a una bestia que parecía ser más pesada que una casa.

—¡Es nuestro! —gritó un vigía, momentos antes de que la aeronave cruzase justo por sobre el barco.

El trasatlántico completo pareció volver a respirar. Cotapos se arregló el peinado y se secó el sudor de la frente. Ibarra devolvió el reloj al bolsillo.

—Ya le dije, Cotapos. Esa gente estaba segura de que íbamos a morir —dijo Ibarra con una risa nerviosa.

Cotapos se unió a su amigo en la carcajada, aunque también podía llorar.

Margot seguía mirando aquel avión alejarse mar adentro.

Lo vio virar a la derecha, ágil como una gacela, elegante como una gaviota.

De pronto dejó de pensar en los restos flotando en el mar, en la fruta desperdiciada o en la posibilidad de dar con los sobrevivientes a la deriva y se dejó llevar por el ronroneo del motor, por el destello de la luz del sol en el parabrisas, por las formas del fuselaje.

Estiró las manos al cielo, intentando tocarlo, mientras sus sueños futuros se fundían con sus recuerdos.