El cielo me llama III #2
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III #2

Margot intentó un quiebre algo torpe, pero Douglas la corrigió con suavidad. Deslizó sus manos por sus brazos hasta llegar a sus hombros y, con delicadeza, la empujó un poco hasta lograr un quiebre pequeño en su cuerpo. A la muchacha le temblaron las rodillas.

—Respire —le dijo el oficial, nuevamente al oído, casi susurrando.

Mientras él le ayudaba a flexionar un poco el codo derecho, Margot sentía que las manos de Douglas se deslizaban por su piel. Después de cada contacto, sus vellos se erizaban por debajo de su blusa.

—Hágase un poco hacia atrás, Douglas, por favor —dijo Margot, con la voz entrecortada—. El chaleco salvavidas me está acalorando un poco.

—No se preocupe —respondió el marino, que puso sus manos sobre la cintura del chaleco salvavidas de la joven, casi tocando sus caderas—. Solo intento que logre al fin dar un buen golpe.

La joven se dejó llevar y por primera vez en esa tarde el centro de la cabeza metálica del niblick impactó la bola.

El sonido fue tan sublime como el escalofrío que recorrió a Margot de pies a cabeza cuando él la felicitó y le besó el cuello.

Permanecieron en silencio esperando a que la bola impactara contra la cubierta.

Por más que Margot intentaba mantener la vista fija en el balde, nunca escuchó el campanazo.

Dio un paso hacia adelante y se liberó de las manos firmes de Douglas.

Con el pelo alborotado por el viento, lo miró a los ojos.

—¿Volvemos a intentarlo? —dijo, sonriendo.

El oficial negó con la cabeza, sin borrar la sonrisa pícara. Muy en el fondo, le habría gustado repetir la experiencia.

—Esa era la última.

—¿No podemos recuperarlas? —preguntó ella.

Douglas miró con curiosidad a Margot. A pesar del paso de los días, sentía que la muchacha era capaz de sorprenderlo a cada instante. Dejó escapar una carcajada y estiró una mano hacia su amiga.

—A veces pienso que usted es corta de vista, Margot.

Ella abrió los ojos todo lo que le fue posible. Sus colores pasaron del rojo a un pálido casi blanco. Sudor en las manos y temblores reemplazaron los escalofríos y las cosquillas.

—Cayeron todas en el mar. No me dejó ninguna —Douglas volvió a sonreír.

Margot intentó alcanzarle el palo de golf, pero resbaló de sus manos y rebotó sobre la madera de la cubierta.

No intentó recogerlo. Su cabeza estaba pegada en la observación del marino inglés.

En efecto, la joven piloto padecía de astigmatismo, por lo que su percepción de profundidad era deficiente.

También tenía dificultad para distinguir detalles.

Cuando rindió los exámenes médicos antes de inscribirse en la escuela de vuelo, Margot ya era consciente de su impedimento físico.

Con astucia, logró convencer al enfermero de que la ayudase a pasar el examen, pues el oculista resultó estar más ciego que ella misma.

Después, durante su instrucción, había logrado sortear cada escollo y el asunto de la vista pasó desapercibido.

Pero Douglas lo había notado de inmediato.

¿Y si todos los ingleses eran igual de observadores? ¿Y si la mandaban de vuelta desde Europa por su astigmatismo? ¿Y si jamás la dejaban subir a un avión? Se le enfrió el estómago. Sintió como si su garganta se hubiese duplicado en tamaño. Apenas podía hablar.

—¿Puedo...? —dijo con dificultad—. ¿Podemos reponerlas? Yo las pagaré, Douglas.

—No se preocupe —replicó él, mientras se agachaba a recoger el palo de golf.

—No, lo digo en serio. —Ella le tomó la mano—. Las perdí todas.

El oficial volvió a soltar una carcajada.

—Me han durado hasta el final, querida. —Acomodó el cabello de Margot y luego le acarició el rostro—. Ha valido por completo la pena.

—¿El final? —preguntó ella.

Douglas asintió en silencio y caminó hacia el saco para guardar el palo de golf.

—Pronto veremos la gran isla, Margot. Nuestro verano ha terminado.

—¿Usted me ha traído hasta acá para despedirse? —preguntó ella.

—No.

—Entonces no entiendo. ¿Por qué toca el tema si no es para decir adiós?

—No he dicho adiós —dijo el hombre.

—¿Sugiere que nos volveremos a ver?

—Dudo que eso ocurra.

—Entonces...

Douglas puso su dedo sobre los labios de Margot, para llamar al silencio.

—Entonces mantengamos vivos estos bonitos recuerdos, Margot, porque la guerra se esforzará en borrarlos.

No sabe usted de cuánta gente me he tenido que despedir.

No imagina usted a cuántos ya no volveré a ver.

Si me toca partir, quiero hacerlo pensando en que nos cruzaremos algún día —Douglas acarició la mejilla de la joven—, aun cuando una bomba, un torpedo o la fortuna lo impidan.

Una lágrima rodó por la mejilla de la joven. Quería estar enojada, pero no lo conseguía. Asintió y se enjugó las lágrimas con un pañuelo que le pasó el marino. Volvió a asentir, esta vez sonriendo. El amor de verano llegaba a su fin con el otoño. Pronto dejaría de doler.

—¿Y ahora qué? —inquirió la muchacha.

—Ahora usted vuelva con sus amigos y prepárese para lo que viene. Ha sido un agrado conocerla.

Douglas se cuadró frente a Margot. Ella intentó imitarlo para devolver el gesto.

—De corazón, Margot, le agradezco por venir a pelear esta guerra ajena —agregó el marino.

Margot le sonrió con los ojos. Luego hizo una mueca con los labios.

Estaba convencida de que Douglas se equivocaba, esa no era una guerra ajena.

Al menos ella no lo sentía así, y no era por sus raíces francesas.

De una sola cosa dudaba Margot. No estaba segura de si el enemigo eran los alemanes o si lo era ella misma.

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Juan Cotapos e Ibarra miraban apoyados en la baranda de la cubierta de paseo hacia estribor.