El cielo me llama III
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III

Las olas rebotaban contra las costillas del barco y se deshacían en una fina espuma que se dispersaba como un rocío en el aire.

No alcanzaban a mover la nave, salvo por un leve sube y baja que era apenas perceptible.

La marea seguía extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista, pero el cielo, particularmente despejado aquella tarde, cortaba el horizonte y entintaba el océano de un intenso color azulado.

Parecía que navegaban rápido. A Margot la abrumaba la inmensidad, mucho más desde que los días estaban tan silenciosos a bordo.

Se preguntaba si de verdad seguían navegando o si los había alcanzado un torpedo e iban camino al fondo.

Quizá esa paz envuelta en la brisa marina no era más que un purgatorio que la condenaba a surcar el mar para siempre.

—¿Va a contestar?

La pregunta le llegó envuelta en el arrullo de las olas. Era apenas audible. Margot estaba apoyada en la baranda de la cubierta de paseo a estribor. Había puesto la cabeza sobre sus brazos mientras se dejaba mecer por el mar.

—¿Margot?

La mano de Ivonne la devolvió al mundo. Levantó la vista y se topó con la mirada expectante de sus tres amigos. Cotapos abría las manos. Ibarra encendía un cigarrillo. Madame Shreiner pensaba que la chiquilla podía estar mareada.

—Llevamos semanas sin un enfermo a bordo, Margot —dijo Ivonne, mientras amagaba el gesto para medir la temperatura de su amiga—. Dígame que usted le va a poner algo de vida al turno en la enfermería.

Margot sonrió. Se acomodó un mechón rebelde que solía desprenderse con el viento y se levantó.

—¿Me preguntó algo, Juan? —contestó.

Cotapos repitió la pregunta. Se había vuelto común entre el grupo de amigos discutir acerca de sus preferencias ante un ataque alemán.

A Margot no le entusiasmaba mucho tener que escoger entre un bombardeo o el silencio de los torpedos, pero el ejercicio era tan repetitivo que siempre terminaba analizando seriamente el hipotético escenario.

Le aterraba el océano. Era un miedo primitivo, y a pesar de que no había tenido un solo problema sobre el barco, lo que se movía por debajo era lo que le generaba pavor.

Para ella, el cielo era claro, transparente.

Incluso cuando había nubes le era posible distinguir una forma escondiéndose en el firmamento.

Pero el océano era otra cosa. Era oscuro, turbio, profundo.

Para ella, no era tanto el hecho de que estuviese infestado de submarinos alemanes, que nunca había visto.

O que la flota alemana resultase una amenaza real cada día que se acercaban a Europa.

La verdad era que eso la tenía sin cuidado.

Había aprendido la rutina en los ejercicios del barco y se había familiarizado con las sirenas.

Si veían humo en el horizonte, sabía lo que debía hacer y los mismos oficiales británicos le habían dicho que la posibilidad de que les atinasen era remota.

No obstante, el mar podía esconder otras amenazas.

Nadie en el grupo había contemplado la posibilidad de ver algún monstruo marino, un leviatán que abriese las fauces y los tragara por completo.

Ella miraba con mejores ojos al cielo. El motor de un avión podía avisarle con tiempo que venía un ataque.

La caída de una bomba podía seguirse con la mirada.

—¿Usted preferiría que nuestro barco fuese atacado por un torpedo o por una bomba? —repitió Cotapos.

—Para ser sincera, espero que ninguna.

—No va a huir esta vez, Margot —interrumpió Ibarra—. Todos ya hemos escogido una alternativa.

—Bomba —contestó sin titubear.

Los tres amigos se quedaron mirando en silencio. Todos habían escogido el torpedo, con la esperanza de que eso pudiese permitir que el barco se hundiese lento y así tener tiempo de evacuar.

—Para ser atacados con una bomba necesitarían de aviones. Podríamos escuchar sus motores y prepararnos para el ataque.

Los tres asintieron, como si ninguno hubiese previsto esa situación.

—¿Buscaría algún refugio seguro en el barco? —replicó Ibarra.

—¿Hay algún lugar seguro en el barco ante un bombardeo? —agregó Cotapos.

—La enfermería. Nadie sería capaz de atacar una enfermería —mencionó madame Shreiner con completa ingenuidad.

—Me quedaría en la cubierta —dijo Margot.

Nuevamente hubo silencio. Esta vez acompañado con cejas arqueadas y expresiones de duda.

—¿Usted quiere ser mártir? —volvió a preguntar Ibarra.

—No soy tan noble —dijo Margot, entre risas—. Me quedaría en la cubierta, porque podría buscar la dirección desde donde viene el sonido de los turbohélices. Me aterra la idea de ser atacada por sorpresa.

—Pero los bombarderos vuelan alto, ¿qué le hace pensar que podrá verlos llegar? —preguntó Cotapos.

—Cuando trabajé en la Maestranza Central, en El Bosque, ayudé a unos mecánicos a armar los bombarderos Junkers JU-86, para la Fuerza Aérea de Chile. Créame, esos motores alemanes se pueden escuchar a kilómetros de distancia.

Los amigos asintieron por segunda vez. Margot no sabía si eran complacientes con ella o si en verdad aquellos voluntarios no sabían mucho de aviones.

—¿Usted los voló? —preguntó Shreiner.

Margot bajó la vista y meneó la cabeza. Una sensación de pequeñez la invadió.

—¿Cómo se le ocurre? —Margot sintió que el rubor invadía sus mejillas—. Esas cosas son demasiado grandes como para que las vuele una mujer.

Apenas terminó la frase, sintió un mazazo en la cabeza. Le había costado tanto conseguir su licencia de vuelo. Sus colegas en Chile no la tomaban en serio. ¿Eran ellos que hablaban a través de sus palabras? ¿O era que ella misma ya comenzaba a creer lo que todos esos pilotos le habían dicho?

Margot estuvo en silencio durante el resto de la conversación. Dejó de prestar atención a sus amigos, aunque caminaba junto a ellos por la cubierta de paseo. Asintió un par de veces, más por un acto reflejo o por cordialidad, pero no logró retener a qué le estaba diciendo que sí.

Su cabeza navegaba por aguas oscuras. Se llenó de inseguridades, de cuestionamientos. Revisó rápidamente los motivos que la habían llevado a mentirle a su madre para enlistarse. Comenzó a hundirse ante la posibilidad de que quizá esta travesía ni siquiera la pondría cerca de un avión.

—¿Tiene la tarde libre, Margot? —interrumpió la voz de Douglas.

Margot giró la cabeza con parsimonia. Una sonrisa tibia se dibujó en su rostro hasta que sus ojos se toparon con los de Douglas. Eran unas piscinas de agua verde muy profundas y cálidas.

—¿Les molesta si les robo a la señorita Duhalde por el resto de la tarde?

El grupo no puso reparos. A Margot le gustaba ser cortejada, pero seguía sintiendo cierta reticencia a la conquista. Le recordaba demasiado al modo en que se doman los caballos. Douglas le tomó una mano y la invitó a seguirlo. Ella suspiró y se dejó llevar.

Avanzaron por la cubierta de paseo hasta una escalera cerca de proa, que los condujo a la cubierta de botes.

Desde ahí ingresaron a la cubierta de sol.

Estaban en lo más alto del barco, solo la torre de mando y las dos imponentes chimeneas que humeaban a todo vapor superaban esa altura.

En medio del entablillado se encontró con dos sillas, unas botellas de agua, un juego con unas pelotas blancas y unas varillas de madera terminadas en una paleta metálica.

—¿Ha jugado golf alguna vez?

Margot asintió.

✰✰✰

Margot tomaba el niblick con una sola mano, como si fuese una raqueta de tenis, y balanceaba el peso de la cabeza de metal.

Intentaba adivinar en qué lugar de la pelota debía golpear mejor, aunque en realidad solo estaba realizando una mala imitación de lo que había visto hacer a Douglas.

Él ya no le daba instrucciones. Se restringía a mirar en silencio, con un brazo cruzado sobre el pecho y el otro en la boca.

Respiró profundo, casi al unísono con Margot.

Ella levantó la vista para enfocar bien el balde volcado al fondo de la cubierta de sol.

Los separaban poco más de quince metros.

Extendió el brazo que sostenía el madero hacia atrás y Douglas entendió de inmediato que era demasiado.

Exhaló al mismo tiempo en que su amiga abanicó.

La bola de golf se perdió en el mar, igual que todas las anteriores.

—Esta vez casi lo tengo —dijo Margot, intentando divisar la pelotita entre las olas.

Ni siquiera miraba en la dirección correcta. La pelota no había sobrepasado el objetivo. Al contrario, se había ido directo hacia babor.

—¿Está segura de que había jugado antes?

Margot negó. No recordaba haber dicho que sí. Los deportes le gustaban mucho, pero Río Bueno nunca le había tocado ver a gente jugar golf. Ella era más de correr y de andar a caballo.

Douglas se acercó sonriendo y extendió una mano. Margot le alcanzó el niblick. El marino apoyó la cabeza metálica contra el suelo, descansó su cuerpo sobre la varilla y miró a Margot de pies a cabeza. Se mordió el labio inferior.

—¿Cuál es su mano dominante?

La duda invadió el rostro de la joven. Ladeó la cabeza hasta que su melena oscura se le vino un poco hacia la cara.

—La mano con la que usted escribe, Margot, ¿cuál es?

La muchacha levantó la mano derecha, como si estuviese tomando un juramento.

Él suspiró, había algo en la expresión corporal de Margot que lo tenía arrebatado.

Señaló la mano izquierda de la joven y le pidió que la extendiera.

Puso la empuñadura del palo sobre la palma de la mano de Margot y la envolvió con la suya para ayudarla a tomar correctamente el madero.

Acto seguido, tomó la mano dominante de Margot y la acomodó con suavidad, hasta que ella tuvo rodeado el mango del palo.

—Ahí, ¿se fija? —dijo Douglas.

El marino rodeó a Margot y se paró detrás de ella. La cubrió con sus largos brazos e imitó su postura. Tras apoyar su cabeza sobre el hombro de Margot, le habló al oído.

—Su mano debe estar firme, pero relajada. ¿Lo nota?

Margot asintió. Tenía el corazón acelerado y las mejillas encendidas. No fue capaz de decir una sola palabra.

—Párese acá —señaló Douglas con voz suave. Ambos se movieron hasta que Margot quedó enfrentada a la pelota de golf—. Inclínese un poco hacia adelante.