El cielo me llama II #3
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II #3

De inmediato cundió el silencio. No habían escuchado hablar al capitán desde la primera noche de navegación, cuando les dio la bienvenida.

Margot seguía de pie y el capitán se paró junto a ella.

Era un hombre de estatura media, algo rechoncho.

Vestía su uniforme con rigor, a pesar de haberse dejado crecer la barba.

Lucía cansado. Margot pensó que quizá estaba realmente preocupado.

De pronto, se dio cuenta de que ya no era el centro de atención. Eso la relajó.

El capitán agradeció a los pasajeros por la cooperación y el buen comportamiento. No todos estaban muy seguros de haber sido tan cooperadores y varios comenzaron a regalarse miradas, algunas inquisidoras y de duda.

Casi todos estaban de acuerdo, en silencio, en que, en alguna parte de su discurso, el capitán escondía una suerte de despedida. ¿Se les había acabado la suerte? ¿Los submarinos alemanes habían sobrevivido a las cargas de profundidad?

—Enfrentaremos tiempos difíciles —dijo el capitán en tono solemne—.

El terror de la guerra nos mirará a la cara y la destrucción será pan de cada día.

Celebraremos como un triunfo el abrir los ojos, tener un techo, mantener el corazón bravo para poner un freno al enemigo.

Cada uno de nosotros, en algún momento, tendrá que decidir hacer lo correcto.

Ustedes ya lo han hecho y su gesto me llena de esperanza, porque estoy seguro de que con su aporte ganaremos esta guerra, pues no hay nada más firme que el corazón de un voluntario.

Nada es más incorruptible que la gallardía de alguien que se pone de pie y decide ir a pelear una guerra que parece ajena.

Ustedes han decidido que no lo es y tienen razón.

La tiranía no amenaza solo a Europa, sino a todo Occidente.

—El capitán hizo una pausa para aclararse la garganta con un vaso de agua.

Los voluntarios mantenían la atención. Los marinos ingleses se esforzaban por mantener la mirada en alto. Muchos trataban de ahogar la emoción.

—Agradezco a todos el espíritu —continuó el capitán. Le temblaba la mano, quizá por nervios, quizá por temor, tal vez solo por emoción—, el ánimo y la alegría. Vamos a necesitar alegría en esta época oscura y es el motivo por el que la señorita Duhalde está aquí acompañándome.

El capitán extendió el brazo para señalar a Margot, quien apenas salía del shock de realidad que las palabras del capitán le habían provocado. Ivonne la vitoreó, pero bajó el tono apenas vio que los demás comensales no se atrevían a salir del estado de reflexión.

—Hemos vivido unas jornadas que nos han servido para conocernos unos a otros —continuó el capitán—.

Hemos conocido desde dónde venimos y hacia dónde vamos.

Nosotros, como tripulación, aprendimos que sus unidades de servicio tendrán mucho que hacer con la disciplina —al fin los comensales rieron un poco—, pero eso es problema de sus unidades, no nuestro.

En nombre de la tripulación del RMS Rangitata, quiero otorgarle a Margot Duhalde este diploma que la reconoce como la persona más querida del barco.

Los aplausos fueron espontáneos. Quizá alguno no estaba de acuerdo con el galardón. Pero ninguno pudo negar que aquella catarsis sirvió para descomprimir el ambiente lúgubre que el lanzamiento de las bombas había detonado.

Dos tripulantes se pusieron de pie. Uno tenía el diploma y el otro, una botella de champán, que fueron entregados a Margot, que no podía parar de sonreír. Le costó asimilarlo, pero al final se dejó querer. Otro aplauso explotó cuando levantó su premio. Luego el capitán le extendió la mano.

—Felicitaciones, señorita Duhalde —el capitán y ella estrecharon la mano—. Si la mitad de los rumores que me han llegado de usted son ciertos, hubiese deseado más tiempo de viaje para llegar a conocerla.

No esperó una réplica y volteó hacia los comensales, a quienes hizo sentarse con un gesto de la mano.

—Mi tripulación entregará otra botella de vino a cada mesa. Señoras y señores, muchas gracias y disfruten la velada.

El hombre no esperó el agradecimiento. Se acercó a su propia mesa y le habló al primer oficial.

—Señor Hammond, permita que los pasajeros disfruten la velada por una hora más. Luego apague la música y mande a todos a los camarotes. Quiero completo silencio a partir de esta noche.

El capitán miró a Margot. Luego hizo lo propio con el resto de los tripulantes.

—A partir de mañana se suspenden todas las actividades recreativas. La tripulación y los pasajeros deberán dormir vestidos y llevar puesto el salvavidas, sin importar si es de día o de noche. La flota alemana nos está cazando. Estamos en alerta máxima.

Apenas terminó su discurso, se cuadró y se retiró del salón. La mesa de los tripulantes quedó en silencio. El primer oficial dio la orden de repartir el vino a los pasajeros. También alentó a sus hombres a mejorar la expresión de sus rostros.

Margot caminó de regreso a su mesa. Se sentó intentando corresponder las felicitaciones de sus amigos, pero nunca había sido una buena actriz. Sentía una bola pesada en la garganta. El Rangitata, de pronto, le pareció un minúsculo punto en la inmensidad del océano.