El cielo me llama II #2
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II #2

Cuando el grupo se asomó por la cubierta de paseo, pudieron ver que la estela de espuma blanca que dejaba el barco al cortar las olas ya no quedaba atrás, sino que dibujaba una parábola de la que se alejaban hasta completar vueltas completas.

Intentaron averiguar qué ocurría, pero no consiguieron respuestas. Los oficiales ingleses, a diferencia de días anteriores, no tenían sonrisas cálidas para sus pasajeros. Al contrario, evitaban el contacto visual. Cuando les dirigían la palabra, sus respuestas apenas eran balbuceos o monosílabos.

Después de completar su tercera vuelta al barco, Margot decidió quedarse cerca de la popa, apoyada sobre la baranda. Podía ver a gran parte de la tripulación apilando unos enormes cajones llenos de cilindros. El viento le golpeaba la cara y la sal marina le hacía arder un poco los labios.

—¿Aprendió a vestir el chaleco salvavidas?

La voz de Douglas sacó a Margot de su trance. Sus miradas se encontraron y una sonrisa reemplazó la mueca severa en el rostro del marino.

—¿Están botando desechos al mar? —le respondió la joven.

Douglas tiró del cuello de su uniforme.

—Si tiene un vestido bello y cómodo, le recomiendo que lo use esta noche, Margot. Vamos a bailar por toda la pista del salón. —Douglas ofreció su brazo para intentar un paseo junto a ella.

—No me ha contestado, Douglas.

—Usted tampoco, Margot. —Él cruzó las manos sobre su vientre.

—Está viendo mi chaleco salvavidas. No necesita mi respuesta.

—Y usted está viendo los barriles de desechos, ¿no? —insistió el oficial.

Margot miró hacia el piso y luego hacia los tripulantes. Quizá Douglas tenía razón, pero era la primera vez que veía esa acción durante el viaje. De seguro el barco guardaba muchos desechos y el océano era inmenso. ¿Lo hacían todos los barcos que cruzaban el charco?

Se lo estaba preguntando cuando vio una enorme columna de espuma blanca levantarse unos cinco metros hacia el cielo.

Un trueno le llegó a los oídos. Después una segunda columna se levantó separada unos cien metros de la anterior.

La explosión, aunque ahogada, fue suficiente como para hacer salir a los pasajeros hacia la cubierta.

—Son cargas de profundidad, Margot —dijo Douglas, mientras se acercaba para tomarla por los hombros—. Le ruego que mantenga la calma y ayude a la tripulación a controlar el estado de ánimo de los pasajeros.

Margot se volteó para clavar los ojos en Douglas.

Ambos recobraron la compostura. Algunos miembros de la tripulación se esforzaban por impedir que los demás pasajeros se acercasen al lugar desde donde estaban siendo lanzadas las cargas.

Las columnas de espuma y las explosiones comenzaron a sucederse.

—¿Eso quiere decir que...?

—Hemos entrado al avispero —dijo él.

Margot entornó los ojos, tanto que se podrían haber caído de su rostro. Douglas le sacudió un hombro y miró a los pasajeros que caminaban de regreso a los salones. Acompañó cada saludo con una sonrisa plástica.

—¿Correremos la misma suerte...?

—No lo diga, Margot.

—Pero, los submarinos...

Douglas puso su dedo sobre los labios de Margot para evitar que siguiera hablando.

—Le pido por favor que me ayude a mantener la calma, Margot. No vamos a correr la misma suerte de... —a Douglas le costó decirlo, por lo que no volvió a intentarlo. Diez días atrás, la noticia del hundimiento de un barco inglés se extendió como maleza en el campo entre los pasajeros del Rangitata.

A pesar de que ninguno de los oficiales lo negó, desde el capitán hacia abajo se esforzaron por mantener un ambiente festivo a bordo durante los días siguientes.

Hubo fiestas, juegos y otras actividades.

El barco hundido pronto pasó a convertirse en una de las tantas anécdotas de travesía y casi un mito.

Para todos, excepto Margot, a quien los oficiales solían contarle más cosas del viaje, quizá por su espíritu curioso.

Aquel barco había zarpado desde Buenos Aires y navegaba algunas horas delante de ellos. Ahora estaba al fondo del Atlántico. Pero Douglas quería mantener el ambiente relajado por el mayor tiempo posible.

—Usted pierda cuidado. Busque su mejor vestido para esta noche, querida. Le aseguro que nada de esto importará después.

Margot volvió a mirar hacia la popa del barco. Las columnas de espuma seguían apareciendo. Dejaban cráteres fugaces en el agua, para después deshilacharse en miles de chispas. Margot nunca se sintió tan parecida al océano.

—Douglas, ¿usted cree que los submarinos pueden disparar hacia arriba?

El marino inglés sonrió. Primero con la boca. Después con los ojos, como hacía días no hacía. Puso su mano sobre la de Margot y, sin apretarla, sintió su calor a pesar de la brisa marina.

—Si pudieran hacerlo, los alemanes ya hubiesen ganado el Atlántico. Confíe en sus oficiales, Margot.

Douglas se despidió de ella con un beso en la frente.

Luego le acarició el rostro y, dando dos pasos atrás, se llevó una mano a la cabeza, como si estuviese cuadrándose ante un soldado.

Margot lo vio alejarse rumbo a la proa. Volteó a mirar hacia el horizonte.

Se preguntó si en algún lugar de aquel océano había alguien que la miraba de vuelta.

✰✰✰

—Margot, usted baila bastante bien para ser alguien a quien no le gusta —dijo Ibarra apenas la jovencita retornó a la mesa.

—Lo hago lo mejor que puedo —respondió ella, mientras estiraba la mano hacia un vaso de agua. Ivonne se lo acercó y Margot lo bebió de un solo trago.

La muchacha estaba colorada como un tomate. Unas mechas se le desprendían por los costados del peinado y estaban tan empapadas como su frente y sus sienes.

—Es la práctica —agregó Cotapos, levantando la voz por sobre la música swing con la que un gramófono llenaba el salón de primera clase—, no la han dejado de sacar a bailar desde que zarpamos.

Madame Shreiner acompañaba la melodía aplaudiendo.

Iba a destiempo, pero con el rostro lleno de risa.

No se había animado nunca a bailar en la pista, pero era la que más incentivaba a los marineros a convidar a Margot, que se la pasaba en grande, aunque terminara bailando todos los ritmos igual, fueran jazz, swing o algún otro.

—¿Solo les queda agua? —preguntó Margot. Sobre la mesa reposaban algunos platos con restos de comida, unas servilletas sucias y dos copas vacías.

—Al parecer el racionamiento se está poniendo más estricto —contestó Ivonne.

—Es eso o alguien nos está aplicando un embargo —mencionó Ibarra, mientras apuntaba a Douglas, quien se acercaba relajado hacia la mesa de los voluntarios.

—¿Quieren que les consiga más?

Los tres amigos ensayaron un coro con el sí. Al llegar, Douglas tomó a Margot del brazo para apartarla de la mesa.

—¡Douglas! Justo estábamos juntando ánimo para ir a pedir otra botella de vino —dijo la joven, que intentó acercar al marino a sus amigos—. ¿Se une a nosotros?

—Lo veo complicado, Margot. Ya han traído dos botellas a la mesa —respondió el británico.

—Por favor, Douglas, esas fueron regalos de unos amigos...

—Usted tiene muchos amigos —interrumpió el oficial.

—Es verdad. Es que los marineros ingleses son muy amables.

Douglas miró a Margot intentando detectar algo de ironía en sus palabras. Él, como buen británico, se creía experto en ese tema. Pero la cara pícara de ella le dificultaba demasiado la tarea.

—Esta vez no puedo ayudarla, Margot. El capitán ordenó cerrar la bodega por esta noche.

—¡No se preocupe! —respondió ella—. Mi amigo el cocinero dijo que me iba a regalar una botella que tiene en la despensa. Si usted me acompaña, podemos ir a buscarla.

Margot intentó tomar de la mano a Douglas para llevarlo a la cocina. Con su mejor sonrisa el inglés se disculpó.

—No podemos importunar al cocinero ahora, Margot.

—Solo nos tomará un minuto.

—Mire, hagamos un trato. —Douglas devolvió con delicadeza a la muchacha a la mesa—. Yo vine a buscarla a usted. La necesitan en la mesa del capitán...

—Douglas, me halaga, pero estoy disfrutando con mis amigos.

—Si viene conmigo, me encargo personalmente de que le asignen a su mesa mi ración de vino.

—¡Vaya, Margot! Hacer esperar al capitán es de pésima educación —interrumpió Ibarra.

—¿Acaso su mamá no la educó bien en el sur? — agregó Ivonne para empujar a Margot a aceptar el trato.

En cosa de minutos, Margot figuraba de pie junto a la mesa del capitán. El propio Douglas entregó una botella más a la mesa de los voluntarios. El primer oficial se puso de pie y detuvo la música en el gramófono. El chirrido de la aguja hizo reír a Margot.

Douglas regresó a la mesa del capitán. Antes de sentarse, tomó una copa que golpeó con un cuchillo para captar la atención de los comensales.

Anunció que el capitán quería dirigirse a los pasajeros.