II
Cuando Margot abrió los ojos, el mundo se reducía a un camarote de doce metros cuadrados.
Las paredes enchapadas de un blanco puro ya no le molestaban; al contrario, le parecían inocuas.
Acomodó la cabeza en la almohada y miró a la cama frente a la suya.
Esperaba ver a madame Shreiner, con quien compartía cabina y trabajo como ayudante de la enfermería del barco.
Se despegó de la almohada de un sobresalto, ¿se había atrasado de nuevo?
Suspiró tranquila al recordar que era lunes.
A Ivonne le tocaba ayudar a hacer el inventario de medicamentos.
Pensó por un momento en seguir durmiendo y soñar un poco más.
Acarició la colcha blanca que la aislaba del frío y, antes de moverse, reconoció el vaivén de las olas por las que el RMS Rangitata llevaba un par de semanas navegando.
Se estiró todo lo que pudo y se incorporó para quedar sentada en la cama.
Miró el piso alfombrado, de un desagradable color gris, interrumpido apenas por una bajada de cama marrón decorada con algunos rectángulos de líneas entrecortadas en amarillo.
Seguía siendo mejor que el piso helado que imaginó cuando supo que viajaría en barco.
El RMS Rangitata era un trasatlántico que, a pesar de su tamaño, tenía poco que envidiarle al Lusitania.
Había sido construido en Escocia, durante el año 1929, y llevaba años operando bajo la New Zealand Shipping Company.
Cubría la ruta entre Londres y Wellington.
Cuando estalló la guerra, el gobierno de Churchill lo confiscó para convertirlo en barco de carga y transporte de tropas.
Ella no era tropa. No hasta que recibiese sus órdenes, al presentarse en el Estado Mayor de la Fuerza Aérea de la Francia Libre en Londres. Pero formaba parte de los trece voluntarios que viajaban junto a un cargamento de frutas y carne con destino a Liverpool.
Caminó al baño para asearse y salir a sentir la brisa marina del Atlántico.
En pocos minutos estaba radiante y con ropa limpia.
No le gustaba lavar ropa. La lavandería del barco, a pesar de estar operando, no tenía personal destinado a la limpieza.
Ella se las había ingeniado para, gracias a su chispeante personalidad, conseguir que dos de los voluntarios del grupo se encargaran de esa tarea.
Se miró en el espejo sobre la cajonera junto a su cama y se dio dos golpecitos en las mejillas. Fue suficiente para enrojecerlas un poco. No estaba disconforme con su apariencia, pero a veces se acordaba de las quejas de su madre por lo paliducha que se veía. Se guiñó el ojo y dejó el camarote.
Al llegar a la cubierta de paseo, Margot jadeó un poco.
Las escaleras mataban las piernas después de subir tres cubiertas.
Dejó de importarle cuando vio en el lounge de la primera clase a sus amigos vascos Juan Cotapos e Ibarra, quienes reían a carcajada limpia con madame Ivonne Shreiner. Entusiasmada, se acercó.
—¿Y usted? ¿No debería estar trabajando?
—Oh, querida. —Ivonne hizo un gesto con la mano para alejar el reproche de Margot—. Decidí tomarme el día libre.
Margot acercó una silla para instalarse con sus amigos.
Ninguno hizo ademán para ayudarla. Ya habían aprendido que eso la ponía de mal humor.
Ivonne se acomodó en su sofá y se arregló el vestido antes de intentar alcanzar un vaso de agua de la mesita de centro.
Cotapos miró hacia todos lados antes de encender un cigarrillo.
—Usted salió más floja que yo —replicó Margot con voz suave, como si aún sintiese algo de culpa por la confianza que había construido con Ivonne.
Ivonne devolvió una sonrisa cálida a aquella muchacha oriunda de Río Bueno.
—Querida, es que somos tan pocos en este barco y estamos todos tan sanos que nadie necesita medicamentos. Estoy aburrida de contar siempre las mismas cajas.
—Además —interrumpió Ibarra—, ya deberíamos estar cerca de Inglaterra.
Cotapos, Duhalde y Shreiner miraron al vasco, quien estaba sentado en la punta de un sitial mientras pegaba un botón en su abrigo de paño.
—Yo debería estar haciendo eso —se apuró en señalar Margot.
Lo dijo con sinceridad. La noche anterior, al salir del baile, ella enganchó el abrigo de Ibarra con la puerta y voló tres de los botones negros de la prenda. Estallaron en risas, en parte motivados por el vino y en parte porque el hombre se lanzó al piso a buscar sus botones.
—Me va a disculpar, Margot, pero usted no sabe planchar ni sus bombachas —respondió Ibarra. Las risas aliviaron al grupo—. Volviendo al tema, ¿alguien sabe a qué altura del mapa estamos?
Ivonne y Cotapos se apuraron a negar con la cabeza.
Cuando Margot quiso unirse a la negativa sintió las miradas de sus amigos.
Intentó mirar hacia las ventanas, pero podía ver los ojos sobre ella.
Le sudaron las manos e intentó secarlas en la tela de su falda sobre las rodillas. No pudo evitar sonrojarse.
—Yo tampoco tengo idea.
No fue suficiente para frenar la insistencia.
—Pregúntele a Douglas, pues, Margot.
Ella sacudió la cabeza. En parte quería negar y en parte intentaba recuperar la compostura. Ambas tentativas fallaron.
—No va a decirme —dijo Margot, con la voz temblorosa—. Ese hombre es una tumba.
—No podrá resistirse a usted, Margot —sugirió Cotapos con una ceja levantada.
Ella sabía que su amigo tenía razón. Con Douglas estaban disfrutando de un pequeño romance. No era una historia de pasión en tiempos de guerra, sino algo más parecido a un amorío de verano.
Margot no recordaba quién dio el primer paso.
Era posible que hubiera sido Douglas. Con su estampa europea y porte galante, desbordaba seguridad.
Sí sabía que aceptó sin dudar, pues disfrutaba las atenciones, los gestos, las miradas, las sonrisas cómplices.
Si un marino tiene un amor en cada puerto o en cada viaje, no vio sentido en desperdiciar la oportunidad.
—Usted maneja más información que cualquiera a bordo, Margot. Solo queremos saber en qué parte del charco estamos —concluyó Ivonne.
A Margot la salvó la campana. O más bien la sirena.
En toda la cubierta de paseo se escuchó el agudo grito de emergencia.
Los amigos se miraron y, casi en coreografía, se llevaron las manos al pecho para darse cuenta de que ninguno estaba vistiendo el chaleco salvavidas.
Los oficiales del barco les habían dicho que en ninguna circunstancia saliesen de sus camarotes sin él.
Durante los primeros días, los voluntarios chilenos habían hecho caso, pero con el correr de las jornadas la desobediencia le fue ganando a la precaución.
—¿Será un ejercicio? —preguntó Ibarra, dejando de lado su abrigo y la costura.
—No ha habido muchos estas semanas —respondió Cotapos.
Ivonne se acomodó en el sillón y estiró el cuello. Tenía una postura elegante, que Margot intentaba imitar, aunque le costaba mantener.
—Sí, debe serlo —agregó madame Shreiner, cruzando las manos sobre una de sus rodillas.
Dos oficiales corrieron rumbo a la cubierta de sol. Un par de voluntarios les seguían el paso. Muy rápido, desde todas partes del barco, comenzaron a aparecer personas compungidas. Todas vestían sus chalecos salvavidas.
—Más vale ejecutar el protocolo —dijo Ibarra, poniéndose de pie casi de un salto.
Los demás chilenos no tardaron en imitarlo. Ivonne y Margot corrieron a las escaleras para bajar las tres cubiertas y llegar a su camarote. Les temblaban las manos. En los pasillos, el aullido de las sirenas retumbaba.
Lograron entrar a empujones, abrieron sus armarios y sacaron desde la parte superior dos chalecos salvavidas de color blanco.
Como pudieron se los calzaron. Ivonne inició la evacuación, mientras intentaba atar la correa de seguridad en su espalda; Margot la imitó.
El barco comenzó a inclinarse ante la mirada espantada de las mujeres, quienes corrieron por el pasillo hasta alcanzar la escalera.
—¡Mierda! —gritó Margot.
Ivonne volteó hacia su amiga. Vio a Margot corriendo de regreso al camarote.
—¡¿Qué ocurre?! —gritó.
—¡La bandera!
—¿Qué bandera, Margot?
—¡La chilena, pues! ¡Si nos hunden, me voy con ella en el pecho!
Ivonne titubeó unos segundos y decidió continuar con su evacuación. El protocolo indicaba que debía ponerse a salvo, dejar atrás cualquier pertenencia. Pretendía obedecer esa orden.
Margot entró al camarote y buscó en el armario.
Hurgó entre su ropa sin dar con la bandera.
Corrió a la cajonera que compartía con su amiga, tampoco la encontró.
Tuvo éxito al mirar en el cajón de su velador.
Ahí estaba. Un metro por metro y medio de tela.
La enrolló en sus manos y le dio un beso antes de cruzar la puerta de su camarote.
No había dado muchos pasos cuando otra idea sacudió su cabeza.
Tampoco había rescatado al Chinito, un perrito de peluche que le había regalado su amiga Blanca Luz Brum un día antes de zarpar desde Montevideo.
Lo encontró más rápido. Solía tenerlo bajo su almohada.
Le dio un beso y se sintió lista para terminar la evacuación.
Bastó que Margot asomase la cabeza en la cubierta de sol para que los tripulantes ingleses y los voluntarios chilenos, argentinos y uruguayos estallasen en carcajadas.
Estaban todos formados, con sus chalecos salvavidas, en orden marcial y esperando la inspección del capitán.
Ella jadeaba. Le corría el sudor por las sienes y tenía sus tesoros bien agarrados.
Sintió una mezcla de vergüenza y cólera.
Caminó con la vista hacia el piso, hasta pararse junto a Cotapos, Ibarra y Shreiner.
Douglas no le quitaba la vista de encima.
Margot no comprendía si lo hacía con ternura, por la triste imagen que proyectaba en ese momento, o si la estaba desaprobando por indisciplinada.
No le importó demasiado saberlo. En ese momento, en la cabeza de Margot solo había una idea: ¿qué hubiese sido de ella si el barco hubiese sido torpedeado?
De golpe, recordó que no estaba en un viaje de vacaciones.
✰✰✰
Margot paseaba por la cubierta intentando matar el aburrimiento.
El RMS Rangitata llevaba muchos minutos navegando en círculos.
Al principio no lo habían notado. Pero Ibarra puso una moneda sobre una mesa y rodó hasta caer de la superficie.
Comprendieron que el barco estaba levemente inclinado.