El cielo me llama Océano Atlántico
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El cielo me llama

El cielo me llama

Por Hugo Riquelme Becerra

© inepub.com

Océano Atlántico

– 1941 –

I

Margot estaba hundida en el asiento de su Vickers Wellington.

Tenía las manos firmes sobre el timón de mando.

Los guantes la protegían del frío, pero no lograban impedir el dolor en cada una de las articulaciones de sus dedos cada vez que el medio círculo se agitaba.

Afuera del bombardero, un infierno se desataba.

La aviadora miraba hacia su derecha y deseaba un par de manos extra para sostener el timón del copiloto.

No estaba muy segura de si tenerlas hubiese significado alguna diferencia, pero necesitaba creer que más firmeza impediría los sacudones, el golpeteo del metal y el crujir de las casi veintidós toneladas que, a duras penas, lograba mantener en el aire.

Pidió apoyo a su tripulación, pero su voz se perdió devorada por el estruendo de los cuatro turbomotores a máxima potencia.

No tendría ayuda. En circunstancias normales, el bombardero se operaba con, al menos, otras cinco personas. Pero ella estaba sola.

La piloto se levantó y asomó la mirada por la ventana lateral de la cabina.

Podía ver el horizonte, pero no lo que estaba debajo de su avión.

No tenía carta de navegación y había dejado de contar el tiempo de vuelo al momento en que la artillería antiaérea comenzó a vomitar metralla.

¿Habría despegado hacía diez minutos? ¿Una hora?

¿Dos? No importaba, pudo haber sido una semana y el escupir del fuego en tierra no hubiese mermado su intensidad; los alemanes sabían que irían por ellos.

Volvió a meter la cabeza y a hundirse en el asiento. Esperaba que el metal reforzado del avión la protegiese en el caso de que aquellas explosiones, cientos de explosiones, fracturasen el cristal y alcanzaran su rostro.

El avión se sacudió como si lo hubiese golpeado un martillo y el ruido de los turbohélices se hizo un poco más tenue.

Margot recorrió la cabina con la mirada, para asegurarse de que su nave estuviese intacta.

No quería hacerlo, pero se obligó. Con la espalda bien apoyada contra el respaldo, inspeccionó el motor uno, el más alejado, en el ala izquierda, humeaba.

Frente a ella se multiplicaban por mil las explosiones de la artillería antiaérea, como un festival de burbujas incandescentes.

Puso el motor dañado en bandera; el Wellington podía continuar el vuelo sin él.

Un segundo estruendo la sacudió hacia adelante y atrás con furia.

El ala derecha mostraba la mordida de un proyectil.

Sin embargo, siguió adelante. El horizonte ya no parecía tan lejano y Berlín comenzaba a dibujarse entre medio de columnas de humo. Margot sonrió.

Cuando el bombardero de la aviadora chilena sobrevoló Berlín, sus escoltas ya no estaban con ella.

La suya era la única aeronave en el cielo nublado.

No hubo una sirena que anticipase el ataque.

Solo la artillería escupía metal desde tierra, una resistencia que ella esperaba, aunque era menor de lo que imaginó.

El Ejército Rojo ya había hecho su parte, al despejar el camino para que Margot pudiese mirar los edificios en ruinas, los soldados corriendo como hormigas, el humo levantándose desde decenas de manchones negros.

Hasta que lo encontró. A los pies del edificio de la Cancillería del Reich, un edificio algo tosco, estaba el Führerbunker.

Pensó en levantarse para preparar la caída de las bombas; quizá su tripulación no había logrado dejar todo listo. Temió asomarse y verlos reventados contra las paredes de metal de la fortaleza. No tuvo tiempo para lamentaciones.

El fuego enemigo no menguó. La aviadora suspiró, casi había perdido la esperanza, pero no había cruzado el Canal de la Mancha para caer a metros de su objetivo.

Ella quería ponerle fin a la guerra. Dejando a un lado el instinto de supervivencia, se aferró al mando de la aeronave y logró corregir el curso para irse en picada contra lo que, dedujo, era una entrada de aire del búnker, el refugio del hombre que desató el terror sobre Europa.

El ruido del avión en picado llenó el aire. Sonaba ahogado, pero calaba los huesos.

El timón de cola estaba casi destrozado, pero aleteaba con el viento.

Las mariposas en el estómago de Margot Duhalde se convirtieron en avispas hambrientas. Su respiración se aceleró, apenas llenaba de aire los pulmones. Sus latidos desbocados retumbaban más fuerte que las explosiones.

Eludió el fuego antiaéreo. Se dirigió hacia su destino. Vista de túnel. Corazón a tope. Cabeza en blanco.

Todo fue paz.