El cielo me llama XVII #3
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XVII #3

La secretaria asintió. Antes de regresar a su escritorio, volvió a dar una mirada escrutadora sobre la chiquilla. La ficha fue completada, firmada y sellada después de que Margot se sometió a un breve chequeo médico que dio luz verde a su candidatura.

El camino de vuelta al liceo se hizo breve. Margot puso su mano sobre la de su padre, para él fue un momento eterno; sonrió y dejó que el viento le secara las lágrimas.

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Cuando el automóvil del colegio de Northampton entró por el camino a Wellinborough Margot sintió que se le apretaba el estómago.

El automóvil dejó a su pasajera en la calle frente a la casona de madame Michelle.

Margot dio los tres primeros pasos de manera decidida, pero frente a la puerta se quedó congelada.

Suspiró. Sabía que, después de cruzar el umbral, una vez más, dejaría de ser especial.

La fascinación de las jovencitas del liceo iba a esfumarse.

Pronto esas niñas no serían para ella más que un paisaje devorado por la neblina inglesa.

Nunca pensó que volver a ser enfermera le iba a doler tanto.

Margot abrió la puerta con sus llaves y trató de pasar desapercibida mientras acomodaba sus cosas en su pieza en la sala.

—Qué bueno que llegaste, Margot. El capitán Martin ha sido dado de alta y se fue. Hay que limpiar su cuarto antes de que lleguen nuevos pacientes —le oyó decir a madame Michelle.

La dueña de casa no se detuvo a mirarla. Margot la vio pasar de reojo de camino a la cocina. Continuó con la tarea de ponerse una ropa más a tono con las funciones que tenía en la casona.

—Sí, claro. Me fue excelente, gracias por preguntar —murmuró Margot, mientras se ponía un delantal.

—Después saca la basura de la cocina, está oliendo fatal —agregó madame Michelle cuando pasó de vuelta hacia la escalera. Llevaba un saco de ropa pendiente de planchar.

Margot dejó caer los brazos hacia los costados. Levantó la cabeza para mirar hacia el techo. Suspiró, recorrió la sala con la vista y se fue escaleras arriba para cumplir con la primera de sus obligaciones.

Limpiar la pieza de los enfermos que se iban de alta le solía tomar diez minutos, pero decidió dedicarle más de media hora a la del capitán Martin. Iba a extrañar las conversaciones con el piloto. No había podido despedirse de él.

Cuando bajó al primer piso, se encontró con madame Michelle sentada en la sala, justo delante de su camastro.

—No me contaste cómo te fue con las colegialas — le dijo la dueña de casa, al tiempo que daba una bocanada a un cigarrillo.

Margot hizo una mueca. No por la pregunta, sino por la actitud. Madame Michelle solía cuidar el aire de la casa, que estaba siempre llena de enfermos.

—Todo salió bien, madame. Gracias por preguntar —le respondió Margot, mientras iba rumbo a la cocina con las sábanas sucias de la cama desocupada.

—Apuesto a que te amaron, Margot. Eres una mujer encantadora.

La muchacha se encogió de hombros.

—Alguna impresión habré dejado —comentó y fue directo al tacho de la basura a verificar lo que estaba podrido—. Me invitaron a volver en una semana más.

—Lástima que eso no podrá ocurrir...

Margot dejó caer la cesta al piso y desparramó los desperdicios en la puerta de salida al patio. Caminó hacia la sala y se plantó frente a madame Michelle.

—No me quite esto, madame...

—Te ha llegado una carta, Margot. Es de un piloto de la RAF —le respondió la mujer.

Los ojos de Margot casi se desorbitaron. El corazón se le desbocó.

—¿Una carta?

—Es de Pierre Orlemont, un cadete piloto francés —dijo la francesa.

—¿Y qué dice la carta?

—Puedo ser muchas cosas, Margot, pero indiscreta no...

Madame Michelle dio una última aspirada a su cigarrillo y lo aplastó contra el cenicero en la mesa de centro.

—La carta está sobre tu cama, es un sobre muy grande —agregó la mujer, mientras soltaba la bocanada de humo—. Para ser francés, escribe muy bien en este idioma que tienen ustedes allí en su país —la dueña de casa le guiñó el ojo mientras hablaba—. Yo no habría podido entender nada.

La mujer se puso de pie, se limpió las manos en el delantal y tomó el cenicero para encaminarse hacia la cocina.

Margot sonrió de oreja a oreja. Agradeció con un gesto a madame Michelle quien, al pasar por su lado, le tocó el hombro.

Fue el primer y único contacto físico que tuvieron mientras Margot estuvo en la casona.

Corrió hasta su cama y ahí vio el sobre. Pierre Orlemont, Cadet-Pilot de la Royal Air Force de Inglaterra, rezaba en el remitente. Madame Michelle tenía razón, era un sobre grande.

Contenía dos cartas, la primera en un correcto español.

En ella, Pierre se presentaba con un agudo sentido del humor.

Era un tipo de misiva que le recordó a la muchacha lo mucho que le gustaba recibir cartas.

En la segunda, escrita en un francés muy formal, el mismo comandante de Orlemont le pedía a Margot presentarse con miss Curtis, una piloto basada en Hatfield, con el objeto de presentar a la chilena a la Air Transport Auxiliary.

Margot suspiró profundo, esta vez de alivio. Abrazó sus cartas. Después, tomó papel y lápiz y comenzó a redactar una respuesta que había ensayado por meses.