El cielo al fin puede esperar 31
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Hugo

L levo un par de horas despierto, desde que el día comenzó a desperezarse y el tono gris plomizo del cielo de Londres adquirió un tono oscuro con una fuerte tormenta.

Antes amaba los días de lluvia, motivado supongo que por los pocos que había en mi tierra.

Ahora, estos días, encerrado entre las cuatro paredes de mi casa en mis días libres, me resultan tan opresivos como un nudo que se estrecha en mi garganta.

Me doy la vuelta en la cama, dispuesto a seguir durmiendo cuando un portazo me obliga a levantarme.

Salgo de la habitación y me encuentro a Diane empapada en el vestíbulo.

No ha debido de pasar por su casa. Todavía lleva la maleta con la que suele volar y el uniforme de trabajo que ahora mismo chorrea sobre la moqueta.

Me apresuro a coger una toalla y se la pongo por los hombros sin ninguna reacción por su parte.

Está petrificada, y no parece que sea por el frío.

—¿Estás bien? —pregunto con tacto.

Algo malo ha debido de pasar. No la esperaba hasta dentro de tres días, y mucho menos que usara la llave de mi casa que le dejé solo para urgencias, y para que regara las plantas cuando yo no estoy.

Me mira fuera de sí. Tiene los ojos rojos de haber llorado y el moño, que siempre luce con una pulcritud enfermiza, está deshecho.

—Esta mañana nos han informado de las rutas que van a suprimir y las nuevas condiciones laborales. Tan solo volaré diez horas a la semana.

Maldigo entre dientes. Era algo que veía venir. Las compañías aéreas no paran de recortar personal y temía que esto pudiera pasar, aunque no tan pronto. Trato de abrazarla y darle consuelo, pero se aparta antes de que me acerque.

No somos una pareja al uso, de caricias y detalles cursis, pero no soy un capullo sin sentimientos. Si alguien me necesita, hago lo que puedo por ayudar.

—¿Qué voy a hacer, Hugo? Ni siquiera podré pagar el alquiler.

Vuelvo a intentarlo, y la abrazo por la espalda. Esta vez, se relaja entre mis brazos.

—Los recortes no serán inmediatos y podrías probar en otra aerolínea.

Suelta una risa sarcástica y se revuelve con una rabia que creo no merecer.

—Qué fácil es para ti, ¿verdad? El piloto que tiene asegurado su trabajo.

Me muerdo la lengua. Si hablara, solo conseguiría herirla a ella y sentirme como una mierda. La observo dar vueltas por el salón y me apoyo en la barra de la cocina dispuesto a aguantar lo que sea hasta que se le pase el berrinche.

Diane fue la primera mujer que entró de verdad en mi vida.

Le hice un hueco en mi cama, en mi casa y me esforcé por hacérselo en mi corazón.

Por mucho que lo intenté, el sexo es solo sexo, y nuestra relación se basó en ello desde el principio.

Pero siempre he disfrutado de la paz efímera que me aporta.

Con ella consigo apagar al monstruo de mi cabeza durante unas horas.

Cuando te pasas el día luchando contra una bestia para sobrevivir, cualquier tregua es bienvenida y te aferras a ella como único salvavidas, aunque sepas con seguridad que nunca te salvará del todo. Sin embargo, ahora la miro, y me cuesta describir qué somos y qué hacemos juntos.

Tras una larga deliberación, se vuelve hacia mí con el entusiasmo de una niña pequeña.

—¿Podría vivir aquí? Contigo. Vivir juntos.

Me trago el suspiro resignado.

—Aprecio tu romántica proposición, pero lo hemos hablado otras veces. Tú y yo no estamos hechos para vivir con nadie.

Cierra ambas manos hasta que sus nudillos se ponen blancos. Está tan alterada que por un momento temo que vaya a golpearme.

Diane es divertida, una diosa en la cama y, hasta ahora, tan reacia a las relaciones como yo.

Si lo nuestro dura ya tres años, es porque nos vemos poco y cada vez que los hacemos hablamos de temas superficiales, salimos a divertirnos o simplemente nos perdemos en la cama. Pero ¿vivir juntos? Ni hablar.

—Maldita sea, Hugo. Quiero avanzar, dar un paso en esta relación. ¡No ayudas nada!

De verdad que hago el esfuerzo de mi vida por contener mi temperamento. Es demasiado para un día que ya se me antojaba que iba a ser largo y duro. Son solo las ocho de la mañana, llevo varias horas en vela y todavía no he tomado café.

Que Diane vuelque en nosotros toda su frustración, sus ambiciones para llegar más alto como azafata, lo entiendo y puedo intentar apoyarla. Este revés no era lo que había planeado. Pero no es justo volcar en nuestra relación la causa de todos sus males.

—Diane, me gustas y te he sido fiel desde que nos conocemos. Pero nos vemos un par de veces al mes, y la mayor parte del tiempo ni hablamos, solo follamos. No sé a qué te refieres con avanzar.

—Deberíamos casarnos —suelta de sopetón.

Hago un esfuerzo por no estallar en una carcajada. Sería muy maleducado por mi parte. No quiero herirla. Tampoco atarme a alguien de por vida solo porque ahora esté pasando una mala racha, y le seduzca más mi estabilidad y mi cuenta corriente que mi propia compañía.

—Vamos, Diane. Jamás has querido comprometerte en una relación y, ahora, ¿me hablas de casarnos?

Suspira y se lleva una mano a la frente.

No dice nada durante un par de minutos y yo tampoco me atrevo a hablar.

Me gusta la relación que tenemos: fácil, sincera, sin sentimientos complicados que todo lo enmarañan y sin mentiras ni secretos.

De eso ya he tenido para el resto de mi vida.

Si es eso lo que quiere Diane, nuestra relación termina aquí.

Se acerca a la ventana y apoya la frente en el cristal con una melancolía que hasta ahora no ha exhibido ante mí.

—Cuando miras al futuro, ¿qué ves? —Me pilla tan desprevenido que me hable de un futuro en el que trato de no pensar que no consigo responder—. ¿Sabes lo que yo veo? Me veo sola, Hugo. Sola en una casa vacía, sin familia ni nadie con quién compartir mi día a día. Y es algo que me aterra.

Mirar al futuro es algo peligroso cuando no eres capaz de enfrentarte a tu pasado.

Lo sé muy bien. Comprendo a Diane y el miedo que despierta en ella ese futuro tan melancólico.

La soledad es un monstruo aterrador que se adueña poco a poco de tu vida hasta que se convierte en su único dueño.

Para mí la soledad ya es una vieja conocida que se niega a abandonarme.

—Tienes razón —continúa—. Nunca he querido comprometerme en una relación, pero sí quiero atarme a otra persona.

Se acerca hasta mí, coge mis manos y se las lleva al pecho. Las suyas están frías. Va empapada de pies a cabeza, mechones mojados se le pegan a las mejillas y se los aparto con delicadeza.

Ojalá pudiera darle todo lo que me pide, que mi cuerpo no respondiera solo al deseo que despierta en mí, sino que fuera también mi corazón el que deseara estar a su lado.

Anhelar volver a casa porque ella estuviera aquí y compartir nuestro día a día.

Sería maravilloso si estuviese enamorado de ella.

Por desgracia, no es así y lo que pide para los dos es imposible.

—Quiero ser madre, Hugo, tener un hijo al que cuidar el resto de mi vida, y tú serías un padre maravilloso.

Todas mis objeciones a esa abrupta idea de casarnos se diluyen. El pulso se me dispara porque su alocada proposición ya no lo es tanto, y ahora parece una buena solución para esta vida errante y solitaria que tengo.

Tener un hijo, formar una familia, es algo que me ronda por la cabeza desde hace tiempo. Nunca me lo he planteado en serio. Para tener un hijo se necesita una mujer dispuesta a ello y yo no conocía a ninguna.

Miro a Diane. Sus pecas sobre la nariz y sus ojos azules, un poco achinados.

Esos rasgos combinarían a la perfección con mi pelo negro y mi piel bronceada.

Su espontaneidad despertaría a mi sencillez, mi temple calmaría su temperamento y su alegría aportaría esa chispa que le falta a mi carácter.

Todo eso mezclado formaría el hijo perfecto.

Un ligero pellizco enturbia la imagen. Si alguna vez he pensado en hijos, era con ella, con la única mujer a la que he amado de verdad. Eso ya es imposible. Carla tiene su vida, su marido y puede que sus propios hijos. Es hora de que yo empiece a crear mi propio camino.

—Casarnos y tener hijos, ¿eh? —Le rodeo la cintura con las manos y le doy un beso en la nariz—. No suena mal.

Diane sonríe de oreja a oreja.