El cielo al fin puede esperar 30
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Hugo

L os pilotos tenemos nuestra propia zona de descanso dentro del aeropuerto, pero yo prefiero el café expreso doble y bien cargado que solo sirven en esta escondida cafetería de la terminal cuatro. Aunque hoy no hay lugar lo suficientemente remoto que no esté ocupado.

Heathrow es un hervidero de viajeros que capean el temporal entre retrasos y cancelaciones.

Muchos dormitan en el suelo sobre mochilas y maletas, aferrándose a sus hijos o a sus pertenencias para que no se las roben.

La mayoría hace cola en las cafeterías y restaurantes de la terminal.

El Coffee Sunrise no es una excepción, y la cola serpentea hasta perderse de vista.

Me abro paso entre la gente y me coloco al final de la barra para que Jaime pueda verme. No tarda más de cinco minutos en echarme una mirada de reojo con una sonrisa.

—No pretenderás que te cuele, señorito comandante. —Ni siquiera levanta la vista en mi dirección y sigue cobrando con una eficacia militar.

No soy comandante. Me quedan unos cuantos años para conseguir llegar a lo más alto del mundo de la aviación.

Jaime lo sabe, pero le encanta llamarme señorito comandante y darle ese tonito meloso y sarcástico que solo un cubano podría llegar a entonar.

También le gusta hablarme en español para que solo nosotros entendamos nuestras bromas.

—Claro que no, cubano del demonio.

Es la tónica de todos nuestros encuentros, desde que hace tres años pasé por esta cafetería olvidada y me senté a charlar.

Nadie que nos vea pensaría que Jamie es el único al que le he confiado todos los aspectos de mi vida.

Desde la huella que dejó la infidelidad de mi madre, mi relación con la novia de mi hermano, hasta los traumas que arrastro de la guerra.

Pinceladas de una vida que he ido dejando café tras café y que Jamie ha escuchado en silencio y sin juzgarme.

Supongo que porque él también arrastra un duro pasado lleno de errores que le hizo huir de Cuba tras perderlo todo y refugiarse en este pequeño remanso de paz en mitad de la vorágine del aeropuerto.

Sigue cobrándole el desayuno, o la cena —a las dos de la madrugada no sé definir qué comida toca— al siguiente en la cola con una sonrisa torcida que va dirigida a mí y no a la señora que recoge el cambio.

No dice nada, ni me mira siquiera, pero antes de atender al siguiente, se da la vuelta y deja cayendo un café.

El cielo es un manto blanco que no deja ver más allá de unos metros.

Ningún avión se ve a través de la gran cristalera del aeropuerto y eso que están todos en tierra.

Las máquinas quitanieves trabajan sin descanso desde el amanecer, pero nada parece suficiente cuando el cielo decide descargar sobre la tierra con la ferocidad de un huracán.

Jamie me trae el café y aprovecha para tomarse un respiro.

—Creía que volabas a medianoche.

—Sí, yo también. Han retrasado el vuelo.

Siempre vengo una hora antes de volar. Así puedo pasar por aquí, aunque mi vuelo salga desde otra terminal. Jamie me ha servido un sándwich de pavo que hemos compartido antes de que comenzara su turno.

—Los pasajeros están histéricos. Como esto siga así, creo que voy a colgar el cartel de cerrado y largarme. Los cubanos no estamos acostumbrados a tanto ajetreo.

Hay desazón en su mirada, pese a la broma. Por aquí pasan pocos pasajeros y son raros los momentos de estrés. Los días como hoy, con largas colas mires por donde mires, se convierten en un caos absoluto que por desgracia siempre sufren los empleados.

Trato de tranquilizarlo y cargo mis palabras de toda la experiencia que he adquirido a lo largo de los años.

—Ya verás cómo en un par de horas todo se habrá calmado y reanudarán los vuelos.

Asiente aliviado antes del volver al trabajo.

—Te apuesto ese café a que cancelan todos los vuelos y cierran el aeropuerto.

Me vuelvo hacia la voz femenina.

Una azafata rubia con un moño inmaculado y con el uniforme de Ryanair me sonríe con picardía.

Tras varios años de vuelos comerciales, me he cruzado con muchas azafatas, de diferentes nacionalidades, pero por su acento pulcro, junto con esa piel fina y clara surcada de pecas, y unos ojos de un azul acuoso, podría apostar sin fallar a que es inglesa.

Pero apostarme el café que me ha hecho Jamie después de colarme amablemente por encima de la veintena de personas esperando, no es una opción.

Mi dosis de cafeína diaria es imprescindible.

Sin embargo, después de dos horas esperando permiso para despegar sin conseguirlo, me siento hastiado y puede que también tentado por esa bonita sonrisa.

—Hecho. Las predicciones no eran tan malas.

La borrasca de diciembre del año pasado fue mucho peor y no cancelaron los vuelos, solo los retrasaron unas diez horas.

He visto las predicciones de todos los canales de televisión y de varios de internet.

Sí, me he vuelto un obsesivo compulsivo con la climatología de este país para saber si la lluvia del día siguiente será fina, fuerte o torrencial.

Porque aquí llueve todos los putos días.

Por eso sé que se esperan nevadas fuertes, pero no tanto como para cerrar el aeropuerto.

Le dirijo una sonrisa segura y me dispongo a beber mi café, cuando la voz de megafonía resuena en el aeropuerto y consigue de forma imposible acallar todas las voces.

—Atención, por favor. Debido a las condiciones meteorológicas adversas todos los vuelos serán cancelados hasta nuevo aviso.

La azafata me dedica una sonrisa de dientes blancos y la fulmino con la mirada.

—¿Quién te lo ha chivado?

—No has oído eso de que no hay que revelar las fuentes.

—Sí. Creo que lo dicen en las películas americanas y tú eres inglesa.

Me quedo como un tonto viendo cómo me roba el café con una sonrisa irritante.

—Gracias.

No tengo ni idea de por qué la miro de arriba abajo cuando se da la vuelta con mi café entre sus manos. Ni por qué me quedo enganchado en la longitud de sus piernas, ni en la curva de su trasero. Ni por qué digo lo que digo después de haber rechazado a muchas.

—Ya que me robas el café, qué mínimo que lo compartas conmigo.

Mis palabras tienen el toque juguetón suficiente para cargarlas de un sentido que la azafata capta a la perfección. Se gira con una sonrisa coqueta que no esconde la victoria de quién busca atraer la atención y lo consigue de sobra.

—En ese caso, también quiero un croissant. —Se apoya en la barra y extiende la mano—. Me llamo Diane, pero mis amigos me llaman Di.

—Di.

Tomo la mano que me tiende dispuesto a adueñarme de ese apelativo cariñoso que aún no me he ganado.

—Ah, no, hasta que no consiga mi croissant no tienes permiso para llamarme así.

Me vuelvo hacia Jamie con una sonrisa cómplice.

—La he oído. Pero tú y tu ligue tendréis que esperar.

Pasamos lo que queda de la noche en la cama y también parte del día siguiente, hasta que recibimos aviso de la apertura del aeropuerto.

Me sirvo un café y observo a Diane retocarse el peinado en el espejo del salón, uno de los escasos adornos que he permitido, y que aporta algo de luz a esta casa anodina.

Al menos, ya no hay cajas en mitad de la estancia.

Las guardé sin abrir en el desván, donde seguro ya las cubre una capa de polvo.

La nieve sigue cayendo en el exterior, pero ya sin la furia de unas horas atrás.

—Imagino que no volveremos a vernos.

Diane recoge su media melena rubia y termina de colocarse las horquillas en un moño prieto.

—Creía que eso me tocaba decirlo a mí. ¡Qué descanso! —apunto con sarcasmo.

—Prefiero dejar las cosas claras desde el principio. Repetir significa sentimientos, y yo soy alérgica a ellos.

—Pues ya somos dos.

Me dirige una larga mirada en el espejo mientras se pinta los labios.

—Pilotos, sois todos iguales.

Me abstengo de decirle que es la primera azafata con la que me acuesto desde que entré en la British Airways. La primera que traigo a casa desde que vivo en Londres y la única en años que no ha sido un polvo rápido mientras pensaba en otra.

—Supongo que como todas las azafatas.

Se encoge de hombros, pero no se me escapa cómo aprieta la mandíbula, molesta por mi pulla.

Me apoyo en el marco de la puerta y miro cómo termina de recoger sus cosas desperdigadas por el salón. Anoche cuando llegamos, no fuimos demasiado cuidadosos.

Abre la puerta con la clara intención de no despedirse. No debería molestarme, también para mí ha sido solo sexo, aunque admito que no me importaría repetir. Se detiene un segundo con el pomo de la puerta en las manos y contengo el aliento, intrigado.

—Mi número está en el frigorífico.

La puerta se cierra con un portazo y miro los números garabateados sobre un post-it .

Tampoco quiero nada serio, ni con ella ni con nadie, pero sé desde ya, que volveré a llamarla.