El cielo al fin puede esperar 29
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Hugo

S onrío al ver una foto de dos billetes de avión en el mensaje de Marco.

Marco: ¡Que vamos a verte, chaval!

Hugo: Creía que nunca te tomabas vacaciones.

Marco: Lisa me amenazó con dejarme sin sexo si no me cogía unos días. Al segundo, tenía los billetes comprados.

Me río con ganas al imaginarme a mi amigo ir corriendo a comprar los billetes.

Marco: Y qué destino es más increíble que la casa londinense de mi amigo Hugo.

Hugo: Dirás más barato.

Marco: Matices.

Hugo: Tengo que consultar mi agenda.

Lo siento, está todo ocupado.

Marco: Ja, ja, que gracioso. Haznos hueco que vamos.

Tres semanas más tarde estoy de pie a la puerta de la terminal de salidas de Heathrow, esperando su llegada con la impaciencia de un niño en la víspera de Navidad.

Llevo casi tres años viviendo en Londres y suplicándole para que se tome vacaciones y venga a verme.

Tres años recibiendo la misma evasiva: que su negocio no le permite tomarse días libres y los pocos que tiene los dedica a cuidar de su madre enferma de alzhéimer.

No puedo reprocharle nada, pero tengo que contenerme por no salir corriendo como una adolescente de película americana cuando los veo salir.

Cuando lo abrazo, parte de la soledad que se me acumula en el pecho desaparece.

—Joder, Hugo, estás cuadrado —suelta Marco de sopetón. Entre amigos no se necesitan formalidades.

Siempre he cuidado mi físico y en los últimos años prácticamente es lo único que he hecho.

Trabajar.

Correr.

Boxear.

Una especie de terapia autoimpuesta que mantiene a raya mis demonios y me permite conservar la cordura.

—Yo también me alegro de verte. Y también estás muy guapo. —Le guiño el ojo con picardía y me llevo un codazo.

Por fin se ha cortado el pelo y luce como siempre: de punta en los laterales y salvaje y rebelde en el centro. Tal y cómo es él. Como abogado respetable sería muy poco profesional lucir coleta.

Protesto ante el codazo y me vuelvo hacia su novia.

—Tú sí que estás guapa, Lisa. Me alegro de verte. Hacía mucho tiempo.

—Sí que hace tiempo. Por Murcia se te echa de menos.

Lisa también ha cambiado. Tiene el pelo más rubio y rizado, y unas curvas más exuberantes. Sigue siendo una belleza, que con sus pecas y su piel pálida podría pasar a la perfección por una londinense más.

Me trago la pregunta que me aflora con rapidez a la lengua y digo la primera tontería que se me ocurre.

—Yo sí que echo de menos el sol de mi tierra.

Cojo las maletas y los guío a la salida.

—Espero que no penséis que vais a tener una escapada romántica, porque me he pedido unos días en el trabajo y no pienso separarme de vosotros en ningún momento.

—Ya sabía yo que te iba lo de hacer de sujetavelas .

—Pues sí, no me queda otra. No, en serio, espero que no os importe. Llevo tres años viviendo aquí y no conozco Londres.

—¿Estás de broma? —pregunta Lisa.

— Nop , es totalmente cierto.

Y tanto que lo es. He ido al centro un par de veces a comprar un ordenador y algo de ropa, pero, por lo demás, no conozco la ciudad. Soy piloto, debería darme igual hacer turismo en soledad, pero admito que lo detesto.

Poco después, abandonamos el aparcamiento en mi coche y tomo la Great South-West dirección a Hounslow, una zona residencial cerca del aeropuerto y a menos de una hora de Londres.

Solo le pedí dos requisitos a la inmobiliaria para buscar una casa: que estuviera lo más cerca posible del aeropuerto sin soportar el ruido constante de los aviones, y que pudiera ir andando a un club de boxeo.

Cumple ambos requisitos, pero reconozco que me avergüenzo un poco al dejar las maletas y ser consciente de lo vacío que está.

Cuando me mudé, compré solo lo básico: una cama, un sofá, una televisión y los utensilios de cocina.

El resto de mis pertenencias sigue confinado en cajas apiladas junto al televisor.

He tenido que comprar otra cama para la habitación de invitados porque instalar a mis amigos en el suelo sería descortés.

Solo tenemos tres días para ver una ciudad que necesita al menos un mes, por lo que, tras dejar el equipaje, cogemos el metro hasta el mismo centro y hacemos lo que todo buen turista debe hacer.

Subir al London Eye, recorrer el Támesis en crucero, ver el cambio de guardia en el Palacio de Buckingham, tomar una decena de fotos en todas las cabinas de teléfono que nos encontramos, y visitar Hyde Park.

Pasear por Notting Hill, por Covent Garden y Trafalgar Square.

Visitar el Big Ben, el Palacio de Westminster y el Museo Británico.

Hasta dedicamos una mañana a los estudios de Harry Potter porque Lisa es una fanática de la saga.

El último día quiero cortarme los pies. Estoy calado hasta los huesos y lo primero que hago al entrar en mi casa es encender la chimenea.

La calefacción también está encendida, pero después de un par de minutos, el fuego convierte el salón en un horno.

Ahora mismo me acerco lo suficiente para sentir el calor sin quemarme.

—Joder, Hugo, la próxima vez que quieras hacer turismo no me invites. Estoy molido.

Marco se desploma en el sofá y voy a por unas cervezas antes de hacer lo mismo.

—Pues a mí me ha encantado, puedes invitarme cuando quieras. —Lisa me guiña un ojo—. Voy a ducharme. Os dejo solos. Portaos bien.

—Descuida. No me puedo mover.

Marco también lleva la ropa empapada. Solo se quita los zapatos y los calcetines, y acepta la cerveza que le ofrezco.

Nos quedamos en silencio absortos en cómo la madera se va prendiendo. Fuera sigue diluviando, pero ahora se puede desplomar el cielo de Londres sobre la ciudad que yo ya estoy frente a mi chimenea.

—Bueno, ¿cómo te va? —Marco da un trago a la cerveza y se sacude el pelo húmedo.

Me sorprende su pregunta. Llevamos tres días juntos y creo que le contado ya lo poco destacable que hay en mi vida. Ahora, sin Lisa, es más fácil hablar, aunque tengo poco que añadir.

—Bien. No pensaba que me amoldaría tan bien a ser piloto comercial, pero me pagan mejor de lo que imaginaba. Así que no me quejo.

—No me refería al trabajo. ¿Quiero saber cómo estás tú?

—Bien —contesto escueto. Bucear en mis sentimientos se me da de pena y llevo evitándolo años.

—¿De verdad? Porque esas cajas sin desembalar dicen lo contrario.

Mi salón está tan vacío como mi vida. Pocos muebles y cajas apiladas de una vida que dejé atrás.

—Son cosas inútiles que me envió mi madre. Nada que necesite.

—¿Las has abierto?

—No me hace falta.

Da un suspiro y me mira de pronto enfadado.

—¿Somos amigos, Hugo?

Me giro y lo miro, sorprendido.

—¿A qué viene eso? Eres mi mejor amigo desde que llevaba pañales. No hay nadie en quién confié más.

—Entonces ¿por qué no me dices la verdad?

—¿Y qué verdad es esa?

—Que estás hecho mierda. Que estás tan mal que ni siquiera eres capaz de instalar tus cosas en esta casa y vivir de verdad.

Joder.

No estoy preparado para esta conversación. No sé qué pretende Marco ni por qué agita un avispero que yo protejo con mucho celo para no dejar escapar todo lo que hay dentro.

Me vuelvo hacia la chimenea para evitar su mirada. Me paso la mano por la nuca. El pelo me chorrea y me empapa el jersey y estoy más que tentado a usarlo como excusa y huir sin responder.

No tengo nada qué decir, así que lo ataco a la defensiva.

—Pues si vamos a ser tan sinceros por qué no me cuentas qué es lo que has estado callando desde que llegaste.

Lo he notado observarme cuando creía que no me daba cuenta. Abrir la boca para hablar, y volverla a cerrar sin decir nada. Lo conozco. Me esconde algo, pero como quería evitar esta conversación a toda costa, no he preguntado.

—Porque para mí sí eres un amigo y no quiero hacerte daño.

Mi pequeña rabieta se esfuma de golpe.

—¿Qué pasa? ¿Qué es lo que no me cuentas?

Cierra los ojos y se toma un par de segundos para hablar.

—Carla se casó hace dos meses.

La botella resbala de mi mano y estalla contra el suelo, fragmentándose en mil pedazos.

No soy consciente del fuerte golpe, ni del líquido que empapa la moqueta y me moja los pantalones.

Tampoco consigo reaccionar al ver a Marco recogiendo el estropicio con una servilleta porque el corazón se me ha parado.

Lleva años latiendo a malas penas, pero acaba de recibir el golpe final.

—¿Hugo? —Marco me sacude por los hombros realmente preocupado.

—Estoy bien —miento—. Solo necesito un segundo.

Me arrastro al dormitorio con los latidos de mi corazón de vuelta retumbándome en las sienes. La sudoración comienza y las primeras gotas resbalan por la frente, por el cuello, por la espalda, y se mezclan con las de la lluvia.

Trato de mantener la calma y respirar, pero el maldito aire helado de esta ciudad ha desaparecido y empiezo a ahogarme.

Hace años que no sufro un ataque de pánico. No me ha quedado más remedio que dominarlos si no quiero estrellar un avión y matar a inocentes. Pero este es imposible de dominar porque es el más fuerte que he sufrido en mi vida.

La habitación comienza a desmoronarse al igual que el mundo. Fuera la tormenta es igual de fuerte que la siento en el pecho y caigo en caída libre.

Marco llama varias veces a la puerta para asegurarse de que sigo vivo, y todas las veces miento para tranquilizarlo.

No sé ni cómo ni cuánto tiempo tardo en serenarme y volver a respirar con normalidad, ni cómo mi corazón ha aguantado el ritmo desquiciado de mis latidos.

Solo sé que cuando el ataque pasa, miro las entradas de Green Day enmarcadas sobre mi mesita.

Es el único recuerdo que tengo de ella y lo he guardado estos años como si fuera un tesoro.

Yo también me he contenido de preguntar por ella. Lisa es su mejor amiga. No preguntarle por Carla, saber cómo le ha ido estos años y si alguna vez ha preguntado por mí, me ha supuesto un esfuerzo sobrehumano.

Supongo que ya tengo mi respuesta.

No debería sorprenderme que Carla haya vuelto a encontrar el amor y rehecho su vida. Solo estuvimos juntos un día. Un día que para mí lo significó todo, pero que seguro para ella no lo hizo.

Marco tiene razón. Llevo tres años escondido en Londres sin atreverme realmente a vivir.

El primer año, lo dediqué por entero a completar las horas de vuelo que me faltaban para poder ejercer como piloto, y en superar las entrevistas y las pruebas psicológicas para entrar en la British Airways. Si soy sincero, no sé muy bien cómo lo conseguí.

A Afganistán me llevé la culpa por traicionar a mi hermano. De la guerra me traje una culpa muy diferente, la que enraíza en tu mente y aflora tus deseos de acabar con todo.

La llaman la culpa del superviviente, y puedo asegurar que es la más perniciosa de todas.

Son las caras de mis compañeros caídos las que me acompañan de noche; los cadáveres de niños tirados en plena calle los que me despiertan entre sudores fríos; la desesperación de madres que lo han perdido todo, las que resucitan la certeza de que yo también debería haber muerto en aquella guerra.

Por eso comencé a boxear, otro consejo de un buen amigo, que consigue mantener todos esos fantasmas a raya. El esfuerzo, la disciplina y sobre todo el dolor, es lo que me salva de mi propia cabeza. Pero ya no es suficiente.

Necesito avanzar, salir de este agujero, y que la vida continúe sin que mis actos me persigan a cada paso.

De repente, algo hace clic en mi cabeza. Me levanto y cojo una maleta a la que empiezo a echar ropa sin ningún orden. Mando un email pidiendo unos días más de vacaciones y, cuando el amanecer se cuela por la ventana, salgo de mi apartamento junto a Marco y Lisa, de vuelta a mi hogar.