28
Carla
—C arla, abre la puerta.
No hay ninguna súplica en la voz de mi madre. No después de estar una hora al otro lado de la puerta rogándome para que abra y la deje entrar.
No puedo hacerlo. Todavía no, al menos. Sigo paralizada en mitad de mi habitación a la espera de encontrar el valor que me haga moverme y enfrentarme a este día.
La imagen que me devuelve el espejo es perfecta: el velo de tul blanco me cubre el rostro y cae por mi espalda hasta más allá de la cintura.
El vestido de crepé, que tan bien se adapta a mi figura, con flores bordadas que rodean el escote y que rematan las mangas, parece brillar con la luz del sol espléndido que entra por mi ventana.
Es un día perfecto, con el cielo despejado y una brisa suave que mitiga el calor del verano que ya cuenta sus últimos días.
El día que toda novia sueña para pasar por el altar, sin embargo, yo sigo aquí, frente al espejo, paralizada ante mi propia imagen.
Supongo que parte de mi parálisis se debe a la forma precipitada en la que se han desarrollado los últimos meses.
En tan solo un día pasé de ser la mejor amiga de Álex a ser su novia.
Solo dos meses después, acepté la romántica pedida de mano que me hizo en un mirador con las luces de la ciudad como testigo y, tras tres meses de preparativos frenéticos, estoy aquí, en mi habitación, paralizada por la inminente boda.
Llego tarde, estoy segura. No tengo reloj, pero no lo necesito para saber que debería haber salido hace más de media hora. Las dudas han decidido que este era un buen momento para aparecer y traer todas mis inseguridades de vuelta.
—Carla, abre la puerta, por favor.
La voz de Fran quiebra mi parálisis. Entreabro la hoja lo suficiente para que pase y vuelvo a cerrarla, dejando fuera la insistencia de mi madre.
Vuelvo al espejo y él se queda apoyado en la puerta. No me atrevo a mirarlo a los ojos. Ver en ellos la inquietud que sé que siente me comprime un poco más el pecho. Lo he hecho sufrir demasiado estos años atrás y siempre ha estado ahí para mí.
Verlo a través del cristal me resulta más fácil. Viste un elegante chaqué de tres piezas con un chaleco con llamativos tonos dorados y una corbata del mismo color. No reímos mucho eligiéndolo. Según él, es la única vez que va a ejercer de padrino y quiere que se le recuerde por ello.
No consigo mirarlo, enfrentarme a la preocupación que sé que siente, y vuelvo al espejo. Tampoco él rompe el silencio que se alarga durante unos minutos. Supongo que después de tantos años, ya me conoce lo suficiente para saber que no hablaré hasta que no esté preparada.
—¿Sabías que este vestido perteneció a mi madre?
Es una pregunta absurda. Yo misma se lo conté cuando le pedí que fuera mi padrino, pero siento la necesidad de rellenar el vacío que me rodea de alguna manera.
—Sí. Estás preciosa.
El silencio nos sobrevuela de nuevo y no tardo en romperlo.
—No debería casarme de blanco, hace mucho que dejé de ser pura —confieso.
—Si lo dices por la virginidad no tienes de qué preocuparte. A día de hoy no creo que haya nadie que llegue virgen al matrimonio.
Me dedica una sonrisa a través del espejo que no le devuelvo.
—¿Y si esa pureza no tiene nada que ver con la virginidad? ¿Y si tiene más que ver con el tipo de amor que se profesa hacia la persona con la que pasarás el resto de tu vida? ¿Con amarla de forma incondicional, tanto y de tal forma, que sea esa intensidad la verdadera pureza del amor?
Fran no dice nada, solo me evalúa a través del espejo.
—Álex no se merece a alguien como yo. —Las palabras me queman en la garganta, pero si no las digo en voz alta, terminaran ahogándome—. Soy como mi madre. Terminaré amargándole la vida como ella hizo conmigo.
La confesión me sale más amarga de lo que pretendía. En los últimos años he desarrollado un miedo irracional. Irónicamente no tiene nada que ver con el mundo exterior. Es mi cabeza la que me da auténtico pavor. Temo casarme con Álex y hacerle pasar el mismo infierno que mi madre me hizo pasar a mí.
Fran pone la mano sobre mi hombro y me obliga a mirarlo.
—Tú no te pareces en nada a tu madre. Te he visto caer, Carla, pero también te he visto levantarte mucho más fuerte. Quizá es Álex quien no te merece a ti, porque eres demasiado buena para cualquiera.
Cierro los ojos con fuerza. Es difícil aceptar los cumplidos de otra persona cuando es tu cabeza la que te dice justo lo contrario.
—Mírame —me ordena con dulzura—. Eres perfecta, Carla, tal y como eres. No cambiaría nada de ti.
Mierda. No debería haberle abierto la puerta. Me va a hacer llorar y es lo último que necesito.
—Pero ¿y si no soy capaz de quererlo como él se merece?
«¿Y si jamás llego a quererlo como quise a tu hermano?». Es lo que en realidad quiero gritarle, pero me callo.
—Tu media naranja, el amor para siempre o «fueron felices y comieron perdices» no existen.
Son ideales estúpidos. Falsas expectativas que todos tenemos y que, poco a poco, la realidad hace que se vayan diluyendo hasta desaparecer.
Creo que lo que necesitamos es a alguien que nos entienda y nos apoye.
Alguien que alegre nuestros días, no con grandes puestas en escena, sino con pequeñas sonrisas; que nos impulse a alcanzar nuestros sueños y a digerir nuestros fracasos.
Simplemente, alguien que esté ahí y que nos convierta en mejores personas, y por el que sintamos esa chispa de pasión que nos mantenga vivos.
Vuelvo a mirarlo, asombrada. Nada queda del chico que me pidió salir hace tantos años. Sus mejillas llenas, ahora están marcadas y afiladas. Su cuerpo delgado es esbelto y musculoso. Y sus palabras no se parecen en nada a aquellas despreocupadas que intercambiábamos durante horas siendo unos críos.
—Olvídate de las grandes historias de amor que has visto en la tele o sobre las que has leído, entre otras cosas, porque descartaste lo mal que lo pasaron y solo te quedaste con lo bueno.
—¿Desde cuándo eres filósofo? —bromeo.
Fran se encoje de hombros.
—No es mío, es de mi madre. Hace tiempo me confesó que jamás ha amado a nadie como amó a mi padre, que llegó a quererlo tanto que sentía que cuando no estaba con él, le faltaba el aire; que a Rafa nunca lo ha querido tanto, sin embargo, nunca fue tan feliz con mi padre como lo es con él.
Siempre he creído que lo decía para justificar su divorcio, pero admito que tiene toda la razón.
Aunque es algo que no admitiré ni bajo tortura.
Me río y lo abrazo. Siempre es capaz de recoger los pedazos de mí y volver a unirlos con unas pocas palabras.
—Sé que Álex te hará feliz. —Da un paso atrás y me agarra las manos—. Si no lo pensara, no te llevaría al altar.
—Te quiero, Fran.
—Y yo a ti.
Cuando abro la puerta, me siento un poco culpable al ver la incertidumbre en el rostro de mi madre. Lisa también espera al otro lado. En ella solo veo la complicidad que hay entre nosotras desde los seis años.
—Si estás pensando en huir, solo tienes que decirlo. Tengo la maleta preparada.
Se me escapa una carcajada que se lleva la tensión de la última hora.
Casi puedo verla preparando el equipaje por si a su amiga en el último momento le entraban las dudas.
No le falta razón, la verdad, pero no pienso huir.
En este momento, me siento tan dichosa de tenerla a mi lado que podría casarme con ella en vez de con Álex.
—Sé que quieres irte al Caribe, pero me temo que vas a tener que esperar. Tengo que ir a la iglesia.
Me guiña el ojo y me ofrece el ramo de gardenias que elegimos hace tan solo tres días.
—Pues entonces, vamos allá.
La iglesia es una pequeña capilla que pasa desapercibida en el barullo de la ciudad.
Es lo que queríamos: una ceremonia íntima con pocos invitados, algo sencillo para nuestra precaria situación económica.
Sin embargo, al caminar hacia el altar, con todos los ojos puestos en mí, me parecen demasiados.
Álex me espera impecable al final de un pasillo con bancos decorados con flores. Lleva el pelo engominado, un elegante chaqué con el que está más guapo de lo legalmente permitido, y un brillo en los ojos de pura felicidad.
En él no percibo la agitación que me baila en el pecho y que hace que me cueste respirar.
Ni el sudor de las palmas de las manos que amenaza con hacer que el ramo resbale de entre mis dedos.
Ni el temblor de piernas que no cesa ni cuando llego a su lado y me dedica una de esas sonrisas que quita el aliento.
Me retira el velo despacio sin dejar de mirarme a los ojos.
No conozco el protocolo a seguir, pero la exclamación del cura a nuestro lado me dice que no es el momento indicado.
A Álex no parece importarle que la ceremonia no haya empezado.
Toma mi cara entre sus manos y decide abrir su corazón delante de todos los invitados.
—Prometo que nunca te fallaré, que no te abandonaré ni te defraudaré, que no te haré daño, ni te haré llorar. Prometo que estaré junto a ti pase lo que pase. Te amo, Carla, siempre te amaré y prometo estar a tu lado el resto de mi vida.
Ni siquiera me da un segundo para procesar sus palabras.
Acerca sus labios a los míos y me da un beso que me arrebata el aire.
Su lengua se enreda con la mía sin un ápice de duda.
El mundo desaparece en ese beso que me niego a interrumpir a pesar del carraspeo del párroco a nuestro lado.
También lo hacen las dudas. Mi cuerpo se relaja y tengo que sujetarme a las solapas de la chaqueta de Álex para no caerme.
Solo entonces decide soltarme. El muy idiota sonríe satisfecho.
Siempre consigue lo que quiere, y esta vez quería que me calmara.
—Ya podemos empezar.
Enreda sus dedos con los míos y no deja de apretar hasta el momento del «sí, quiero». Cuando es mi turno, no vacilo ni un segundo.
—Sí, quiero.
Son las palabras más seguras que he pronunciado en mi vida, sin embargo, la imagen de Hugo se vuelve a colar en mi cabeza en el último momento.