27 #2
—Lo que trato de decirte es… Joder. —Traga saliva, tenso, mucho más tenso de lo que lo he visto nunca, y aparta la vista—.
Algún día encontrarás a alguien, estoy seguro.
Alguien que te conozca, que sepa por todo lo que has pasado, lo mucho que quisiste y aún quieres a ese tipo, pero que no le importe.
Que lo acepte porque esté convencido de que, con el tiempo, aprenderás a quererlo, como mi madre hizo con mi padre.
Y que conseguirá hacerte feliz porque te quiera más de lo que jamás llegarás a imaginarte.
—¿Desde cuándo eres tan romántico?
Parece otro hablando de historias de amor que él nunca ha vivido. Lo he visto florear, enrollarse con una veintena de chicas sin una pizca de ese amor del que habla ahora.
Imita mi postura y nos quedamos el uno frente al otro, yo mirándolo sin comprender, y él con la mirada perdida en esa casa abandonada que ya es un poco nuestra.
—Desde siempre, pero tú nunca te has dado cuenta. Sé que encontrarás a un hombre que te haga feliz, aunque tú no lo hayas buscado.
—Ah, ¿sí? Y dime, ¿dónde voy a encontrar a ese hombre?
—Lo tienes delante.
El corazón se me detiene. Sus ojos regresan a los míos y dejo de respirar. Me mira sin pestañear, como si yo fuera la mujer más especial en un mundo lleno de mujeres. Mujeres que se pelean por él, que reclaman migajas de su atención.
De pronto, soy consciente de todas las veces que ha rechazado pasar el tiempo con otras para hacerlo conmigo.
De todas las comidas que hemos compartido y su forma de vigilarme después para que no me escabullera al baño a vomitar.
Los planes a los que renunciaba para ver una película en mi casa un sábado por la noche, o las horas muertas que hemos pasado tan solo hablando en este jardín abandonado.
Desvío la mirada de esos ojos que ahora siento que me abrasan. Casi me siento desnuda pese a la camiseta de manga larga y los vaqueros, porque sus ojos me revelan una verdad que he tenido en mis propias narices y no he sabido ver. Y lo que es peor, no he hecho nada por evitarlo.
Me rodea las mejillas con sus manos y me obliga a mirarlo.
—Sé que me odiarás por esto, pero ya no puedo más. Estoy enamorado de ti, desde hace tanto que ya no recuerdo el momento.
—Álex, por favor…
—He querido decírtelo muchas veces —continúa pese a mis súplicas para que deje de hablar, para que no diga unas palabras que romperán nuestra amistad para siempre—, pero sabía que te perdería nada más hacerlo.
Pero ahora te necesito. Soy yo el que te necesita.
Siento que, en cuanto terminemos la universidad, saldrás de mi vida y te perderé, y sé que soy incapaz de hacerlo.
Porque te quiero, Carla, más de lo que puedes llegar a imaginar.
Hay momentos decisivos en tu vida, y no se trata de decisiones transcendentales ni sueños conseguidos. Son instantes que te cambian, frases que te sacuden, que despiertan una parte dormida y olvidada. Este es el instante para mí, esa última frase dicha con una seguridad aplastante.
—Déjame hacer una cosa, ¿vale? —me pide con ternura—. Cierra los ojos y no te muevas.
Me tiemblan las manos, el cuerpo y el corazón, pero hago lo que me pide: cierro los ojos.
Su aliento es lo primero que siento sobre mi boca antes de que deje un tímido beso sobre mis labios. Lo he visto besar a muchas mujeres, de forma tímida jamás. Sus siguientes besos son titubeantes, tentativos, y despiertan en mi estómago unas mariposas que consideraba muertas.
Se separa unos segundos, y puede que sea yo la que se inclina buscando sus labios, la que le muerde el labio de abajo porque, mierda, sus labios siempre me han parecido supersexys y besables.
Álex me devuelve el beso y, ahora sí, me besa de esa forma que hace que las mujeres suspiren, que lo persigan buscando más.
Me pierdo en ese beso que enciende mi libido con rapidez, y sin pensar, cojo el bajo del jersey y se lo quito.
Quiero acariciar ese cuerpo que tantas otras han acariciado y que ahora sé que me prefiere a mí.
Álex jadea cuando exploro su abdomen con rapidez y me peleo con torpeza con los botones de sus vaqueros.
Él demuestra toda su pericia a la hora de desnudar y acariciar una mujer, de hacerla sentirse la más especial y de llevarla a lo más alto.
Siempre me he considerado tímida y, en los últimos años, mostrar mi cuerpo me resultaba insoportable, pero con Álex me siento distinta y me tumbo sin vergüenza.
Dejo que me observe, que recorra mi cuerpo con la mirada y después con la boca hasta que grito su nombre.
Y dejo que me haga el amor con una ternura que no conocía.
Cuando terminamos, no consigo recuperar el ritmo de mis inspiraciones. Mi corazón va tan deprisa que puede que me dé un infarto porque el miedo ahora es tan fuerte que no consigo pensar.
Álex me abraza por la espalda y me besa el cuello.
—Del uno al diez, ¿cómo te sientes de mal?
—Mil.
Me tapo la cara con las manos y se me escapa una risa rota.
—Mírame. —Trato en vano de resistirme a su intento para que lo mire y cedo en tan solo unos segundos.
Su sonrisa ladeada es tan bonita como siempre, y me doy cuenta de que yo tampoco soy tan inmune a él como me pensaba—.
Nada de lo que pase, nada de lo que suceda entre nosotros, me apartará de tu lado.
Yo jamás me marcharé. Jamás te dejaré. Pase lo que pase.
Me arden los ojos y la garganta ante esas palabras que me rompen y me reconstruyen, que abren la puerta de un corazón que se cerró hace mucho convencido de que no habría más amor para él. No consigo hablar, no encuentro la forma para responder a una declaración tan sincera.
—Déjame quererte, Carla. Conmigo no tienes nada que temer.
Creo que son las palabras más aterradoras que he escuchado nunca y el corazón me tiembla al escucharlas.
Me rompí, hace cinco años me rompí en pedacitos que he tardado mucho en volver a juntar. Aceptar esta declaración de amor es como saltar al vacío dispuesta a volver a romperme. No creo estar preparada para algo así.
—Tengo miedo, Álex. Tengo tanto miedo a volver a sufrir que no sé si puedo hacerlo.
—Lo sé, princesa. Pero yo jamás te haré daño.
Su siguiente abrazo rompe mis débiles defensas, y su siguiente beso, y sus caricias, y esa verdad que veo reflejada en el azul de sus ojos. En ellos no veo secretos, ni mentiras, ni medias verdades. No hay tabúes ni restricciones. Nada de amores prohibidos, ni historias con final trágico.
Me aferro a su camiseta y lo acerco de nuevo hasta mis labios.
—Hazme el amor otra vez.
Jamás olvidaré la sonrisa de Álex ante mi torpe reclamación, ni el color del cielo de aquella tarde, ni el tacto de una brisa que huele a verano. Ni la forma en la que vuelve a hacerme el amor con una ternura que se te mete bajo la piel.
Porque cuando crees que a ti no te ocurrirá… Simplemente ocurre.