El cielo al fin puede esperar 27
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Carla

M iro a Álex desde el otro lado del pasillo entre una marea de alumnas que salen del examen y no desaprovechan la oportunidad de acercarse a él y coquetear un rato.

Es la tónica habitual después de una clase: yo esperando a que se deshaga de su séquito de admiradoras.

Hoy ya dura demasiado. Después de diez minutos de espera, me doy la vuelta y comienzo andar. Ya sabe dónde encontrarme.

Camino sin prisa hasta el lugar que se ha convertido en un pequeño refugio para los dos, al que huía los primeros meses de carrera, lejos de las miradas indiscretas que el resto de alumnos me dirigía, y que terminé compartiendo con un chico al que odié nada más conocer, y que finalmente se convirtió en mi mejor amigo.

Álex resultó ser algo más que una cara bonita y un cuerpo de infarto. Desde que empezamos a colaborar trapicheando con mis apuntes y vendiendo proyectos al mejor postor, descubrí a un chico brillante, con un humor afilado y una amistad fiel que ya dura cinco años.

No tardó en ofrecerse a ser él quien me llevara y recogiera de la universidad; en presentarse en mi casa sin avisar y pasar la tarde hablando con mi madre mientras yo estudiaba como una condenada; en arrastrarme de nuevo a los bares, pese a mis protestas, para recordarme que solo tenía veinte años y no ochenta.

Así me sentí al menos los primeros años de universidad, una anciana en un cuerpo joven.

Hasta que poco a poco fui recuperándome, y sin darme cuenta vuelvo a pesar los cincuenta y siete kilos que pesaba antes de enfermar.

Lo que no llevo tan bien es el deporte. Sigo cansándome más de la cuenta, y cuando llego al prado de maleza verde que rodea una casa abandonada, estoy exhausta.

Álex en cambio, llega trotando unos minutos después más fresco que una lechuga.

Es un deportista consumado: fútbol, kick boxing, gimnasio y algo de boxeo.

Tiene que practicarlos a diario si quiere mantener ese cuerpo de infarto que hace suspirar a la mayoría de mujeres.

Se tumba a mi lado sin decir nada y yo sonrío.

No necesito mirarlo para saber que hace lo mismo que yo: cerrar los ojos y tomar el sol.

Pasados unos minutos abro un ojo para confirmarlo, y me quedo enganchada en ese rostro perfecto.

No hay nada romántico entre los dos, pero es imposible no admirar ese perfil de anuncio, con su suéter azul, esos vaqueros anchos y el pelo rubio revuelto por la carrera.

—Y ahora, ¿qué pasa? —suelta al sentir mi mirada sobre él.

—Has tardado poco. ¿Ya has despachado a Claudia?

—Se llamaba Laura. Hace tiempo que no me lío con Claudia, y respondiendo a tu pregunta, sí.

—Pasas de una a otra con tanta rapidez que pierdo la cuenta.

—Pues espabila, empollona.

Me incorporo para mirarlo mejor. Es tan creído que a veces me resulta odioso, pero de una forma adorable.

—Irás al infierno por cómo tratas a las mujeres, lo sabes, ¿no?

—Sí.

—Solo espero que llegue alguna que te ponga en tu sitio.

Me vuelvo a tumbar y disfruto del calor de los rayos del sol que rebotan contra mi piel. Llevo tanto tiempo encerrada estudiando que estoy tan pálida como la leche recién ordeñada.

—Debería irme. Le he prometido a la idiota de mi hermana que la llevaría a elegir las flores. Otra maldita vez.

La hermana de Álex se casa en dos meses y, como buena futura novia, está histérica preparando la boda perfecta.

A mi amigo le toca hacer de chófer de una hermana que es exactamente igual de hiperactiva que él solo que un poco más mimada.

Puede que tenga que irse, pero no ha movido ni un músculo y sigue espatarrado a mi lado.

—¿Y qué problema hay con las que había elegido?

—Que ya no le gustan. Ahora quiere paniculatas. ¿Se puede saber qué coño es eso?

Me da por reír. Ese nombre parece más un recambio para un coche que una flor.

—Ni idea. No entiendo nada de flores y nunca lo haré. Por suerte, no voy a casarme.

Nada más decirlo siento su sombra ceñirse sobre mí. Me niego a abrir los ojos y enfrentar un escrutinio azul que presiento cargado de tormenta.

Lo he pensado muchas veces: jamás pasaré por el altar, entre otras cosas porque dudo que vuelva a enamorarme.

Hay gente como Álex, personas capaces de enamorarse mil veces, de sentir esa atracción profunda y sumergirse en una relación, para olvidarla a los pocos días o meses. Pasar de una persona a otra sin remordimientos y sin que el corazón se resienta.

Yo había descubierto por las malas que no pertenecía a ese grupo de personas. Que era más como mi madre: capaz de amar a un solo hombre y no olvidarlo durante el resto de mi vida. Soy joven, pero es una lección que he aprendido a la perfección.

La mirada de Álex sigue clavada en mi piel. Es lo que siempre hace: fijar la mira antes de disparar justo al corazón.

—¿Y se puede saber por qué no vas a casarte?

Trago saliva y no digo nada, ni siquiera lo miro. No era esto lo que tenía pensado al venir aquí, pero por la forma en la que Álex me taladra, no va a dejarlo pasar.

—Ah, espera. Ya lo sé. Por ese cabrón que te dejó plantada.

Un sabor amargo me sube hasta la garganta al oírlo hablar de esa forma de una historia de la que no tiene ni idea.

—No te permito que hables así de él —contesto sin pensar, solo movida por esa acusación injusta hacia Hugo.

—¿Y por qué no? Fue un cabrón que se acostó contigo, se tiró a la novia de su hermano y después ser largó sin mirar atrás.

Sus palabras escuecen tanto como brasas ardientes sobre una herida aún abierta.

Nunca no discutimos. A parte de nuestras pullas habituales, siempre dichas desde el cariño, no hay rencor entre nosotros. Este es el único tema que consigue sacar lo peor de ambos y nos lleva hasta el ring dispuestos a noquear al otro.

Para mi desgracia, cometí el error de contarle mi historia con Hugo. Dos copas de más me soltaron la lengua, y ahora tengo que lidiar con el temperamento de Álex, que siempre se ha tomado mi relación con Hugo como una afrenta personal.

Me incorporo y me encaro con él.

—Fui yo, Álex. Yo la que lo sedujo, la que lo persiguió hasta colarse en su cama. Fui yo la que separó a dos hermanos que se querían con locura. Y fui yo la que envió a un bueno hombre a la guerra. Yo, Álex, no él. Y no sabes lo mucho que me he odiado por ello.

Nos retamos con la mirada unos instantes.

Una tónica que suelo ganar yo porque, según Álex, no le gusta ganarle a una mujer.

Una mentira como una catedral. Siempre gano porque soy infinitamente más cabezota que él.

Esta vez, sin embargo, gana él. Me cuesta demasiado aguantar esa mirada azul cargada de reproche, de un rencor que nunca he entendido del todo.

Sé que me aprecia, que es un buen amigo y se preocupa por mí, pero su actitud es tan extraña que me desconcierta.

Alrededor nuestra gira un silencio atronador roto solamente por el canto lejano de un pájaro.

—¿Por qué te haces esto?

—Déjalo ya, ¿quieres?

—No, no quiero. ¿Cómo han podido darte el alta si todavía no lo has superado?

No respondo. Llevo dos meses haciéndome la misma pregunta, desde que el equipo médico que me ha tratado estos últimos años me dijo que podía seguir con mi vida, sin más revisiones, pruebas médicas o consultas psiquiátricas. Ahora tengo tanto tiempo libre que a veces no sé qué hacer con él.

—¿Quién sabe? —contesto de forma despreocupada.

Doblo las piernas, me abrazo las rodillas y observo las últimas piedras de lo que un día fue el hogar de alguien: una familia, unos hijos, animales. Me he imaginado muchas veces sus caras y sus vidas, una costumbre que adquirí después de ver la vida de los demás desde el balcón de mi casa.

—¿Sabes lo que yo creo?

Se me escapa un suspiro.

—Sorpréndeme.

—Creo que es más fácil esconderse detrás de ese gran amor que vivir de verdad. Eso se llama cobardía, Carla, y tú nunca has sido una cobarde.

—Quizá no me conoces tan bien como tú crees.

—No te entiendo, Carla. Eres guapa, inteligente, divertida y tienes un corazón que no sé cómo te cabe en ese pecho tan delgado.

Suelto un bufido.

—No hay nada de todo eso en mí, así que déjame en paz o juro que…

—¿O qué, Carla? Vamos dilo. ¿Qué quieres? ¿Hacerme daño, pegarme, vengarte?

—Me agarra los brazos y, por un momento, me quedo bloqueada por esa actitud incomprensible—. Haz lo que quieras, maldita sea. Lo aguantaré todo si eso significa que tú te liberes, que sientas, aunque sea rabia hacia mí.

Quiero contestar, buscar algo cortante que decir y herirlo en la misma medida que él me hiere a mí, pero lo único que escapa de mi garganta es un sollozo.

Álex me estrecha contra su pecho; lo hace con tal firmeza que las compuertas de mi llanto terminan por ceder.

Llevo años sin llorar. Está claro que hay cosas que no se olvidan, y llorar se me da de escándalo.

A los pocos minutos, o puede que, a las horas, Álex vuelve a hablar con suavidad.

—No todo tiene por qué ser así. No todo es amor a primera vista, pasional y arrebatador. Mira mis padres. Eran casi unos desconocidos cuando se casaron.

Eso capta mi atención y me separo de sus brazos.

—Mi madre tan solo tenía dieciocho años cuando la obligaron a casarse.

Una noche salió con sus amigas y bebió de más para armarse de valor y ligarse al chico que le gustaba, que no era mi padre.

Esa misma noche, mi padre salió a emborracharse para olvidar la última paliza que le había dado mi abuelo.

Se acostaron y mi madre se quedó embarazada.

Los obligaron a casarse sin preguntar. Su opinión no importaba.

Sin embargo, míralos ahora. Mi madre siempre dice que el destino no pudo elegir mejor para ella.

Que ha querido y quiere a mi padre como jamás podía haber querido a otro hombre.

Me seco las lágrimas y trato de buscar en sus palabras algún sentido.

—¿Qué intentas decirme?

Álex se aparta el flequillo con un ligero temblor en los dedos y más serio de lo habitual.