26
Hugo
U n par de voces se cuelan sigilosas en mi mente. Dan instrucciones precisas, pero el tono está muy alejado del timbre imperioso que se escucha en el ejército todo el tiempo. Hay una calma experimentada tras esa voz masculina que ordena que se lleven a un soldado al quirófano.
Abro los ojos ante el miedo de que ese soldado sea Eduardo, de que entre al quirófano y no vuelva a verlo nunca. El recuerdo de lo sucedido regresa a la vez que el dolor en la pierna, y un gruñido se me escapa entre los labios resecos.
—Ya era hora, chaval. Creí que no despertarías nunca. Llevas dos días inconsciente.
La voz de Manuel se impone sobre la bruma de inconsciencia que se niega a dejarme.
Está sentado junto a mi cama, con la piel limpia de la sangre con la que lo recuerdo.
Lleva el pelo castaño perfectamente peinado y un uniforme también limpio, que parece prestado.
No hay rastro de ojeras ni de esa palidez cadavérica que deja la hemorragia.
Tan solo un brazo en cabestrillo delata que estuvo en la misma emboscada que yo, y una tristeza en los ojos que no se puede fingir.
Es el desaliento que acompaña al superviviente que ha visto morir a sus compañeros.
He visto esa tristeza en muchos soldados aquí, pero nunca la había experimentado en mis propias carnes.
—¿Está bien, sargento? —La voz me sale ronca después de dos días más allá que acá.
—Fue una herida limpia sin complicaciones. —Su siguiente suspiro me hace sospechar que no ha sido tan fácil como quiere hacerme creer, pero no digo nada—. El que casi no lo cuenta eres tú. Quisiste hacerte el héroe y casi mueres desangrado.
Debería decirle que no se me pasó por la cabeza hacerme el héroe en ningún momento, que ni siquiera fui consciente de que estaba herido. Solo quise salvar a un amigo o morir con él.
No digo nada. No quiero hablar de mí. Solo hay una cosa que me importa ahora mismo.
—¿Eduardo? —Temo preguntar ahora que ya no tengo la posibilidad de ponerme frente a una bala.
—Está bien. Le tuvieron que extirpar el bazo y ha estado jodido, pero sobrevivirá. De hecho, tiene mucha mejor pinta que tú.
Suelto un suspiro de alivio que trae consigo un dolor en las costillas que no recordaba.
—Tienes varias costillas fracturadas —añade Manuel al ver cómo me quedo sin aire—. Lo siento, no tuve más remedio que volcar.
Su disculpa está del todo fuera de lugar, seguro que eso mismo nos salvó de morir.
No me fracturé las costillas al volcar, fue el cuerpo de Rubén al caerme encima el que lo hizo.
Tampoco digo nada. Ahora mismo no puedo hablar de ese crío de veintitrés años que bromeaba con morir unos minutos antes de hacerlo.
—Me gustaría ver a Eduardo —pido, más bien gruño, porque hablar me supone un dolor en el costado de mil demonios.
—No sé si es buena idea que te muevas. Debería preguntarle a alguna enfermera.
—Y una mierda. Ayúdame a levantarme, sargento, y llévame. Es una orden.
—Como tú digas, capullo, pero solo porque te debo la vida, no porque me des una puta orden.
Incorporarme de la cama es una auténtica pesadilla. Casi lamento no haber hecho caso a Manuel y esperar a que alguna enfermera venga con una silla de ruedas.
Eduardo tan solo está un par de camillas más allá, junto a otros compañeros que resultaron heridos en la emboscada.
He tenido la suerte de no visitar demasiado el hospital de campaña.
Tan solo una intoxicación alimenticia, que me obligó a permanecer en observación un par de días, y una luxación de muñeca en un mal gesto.
Ninguna de esas veces este lugar estaba tan lleno de pacientes como hoy.
Eduardo dormita en una de las camillas. A diferencia de Manuel, a mi amigo sí que se le nota el haber estado a las puertas de la muerte.
Tiene mechones castaños pegados a la frente con restos todavía de arena y sangre.
Unas ojeras marcadas y una palidez enfermiza confirman que estuvo más allí que aquí, pero por suerte sigue con nosotros.
—Hugo, colega, cómo me alegro de verte. Creí que no lo contaba. —Extiende su mano y aprieta la mía.
Tengo que tragarme el nudo de alegría que tengo en el pecho para poder hablar.
—Yo también me alegro de verte.
La alegría por reencontrarnos se va tan rápido como se mueve la arena del desierto, y es sustituida enseguida por esa sensación de ahogo que supone el recordar a compañeros que ya no están.
—No puedo creer que Gonzalo y Rubén no lo consiguieran.
—Se le fractura la voz y una gota salada le cae por la mejilla.
Me resulta difícil contener mis propias lágrimas al ver a un hombre tan fornido y enérgico como Eduardo venirse abajo—.
Te debo la vida, Hugo. No sé cómo mierda voy a poder pagarte por algo así.
—No me debes nada, Eduardo —suelto tajante—. Hice lo que tenía que hacer. No te hubiera dejado allí tirado por nada del mundo.
Ni a él ni a nadie. Ningún soldado merece morir así, a traición, en una guerra que no es suya.
—Gracias, tío. Solo puedo decir gracias.
El silencio se vuelve espeso con el eco de unos lamentos que la química es incapaz de acallar.
En la cama de al lado, un soldado está intubado y tiene tantas máquinas enganchadas a su cuerpo que me pregunto si realmente sigue vivo, o si son esas mismas máquinas las que mantienen su corazón con vida.
También hay un afgano que ha perdido una pierna y…
No puedo seguir. Vuelvo la vista hacia Eduardo de nuevo incapaz de procesar las secuelas que puede dejar la guerra.
—Ahora tienes que volver —susurra Eduardo—. Ya no puedes quedarte aquí.
—Sí que puedo. —Le sostengo la mirada y trato de que mis palabras suenen firmes, aunque ya no suenan con la seguridad que he tenido otras veces al decir lo mismo en voz alta.
—¡¿Pero a ti qué coño te pasa?! Hemos estado a punto de morir, idiota. Solo un suicida se quedaría aquí.
Aparto la mirada. No me gusta la verdad que veo en los ojos de Eduardo. Porque es cierto, quedarse aquí después de ver morir a dos compañeros es un puto suicidio.
Quizá debería decirle que alguna vez he tonteado con la idea, que la soledad que siento y el dolor sordo de los remordimientos es tan intenso que lo deseo.
Otras, en cambio, quiero vivir para volver a ver a Martina reír, ver de qué nuevo color se ha teñido el pelo Tina o tener una oportunidad para suplicarle perdón a Fran.
También me ha rondado por la cabeza el deseo de volver a ver a Carla, aunque sea en la distancia, como tantas otras veces, y decirnos todo lo que hemos hecho estos años solo con la mirada.
No digo nada. Solo me trago las palabras como siempre hago.
—No puedo volver a casa. Aún no.
—Pues entonces vente conmigo. A mi Cristina no le importará.
Se me escapa una carcajada ante tan descabellada propuesta de la que me arrepiento al segundo. Me doblo por el dolor en las costillas y tengo que pelear unos instantes para que el aire me entre en los pulmones.
—Gracias, pero no puedo.
Eduardo niega con la cabeza.
—Jodido idiota. Mira, Hugo, no me importan los motivos que tengas para no volver a tu casa. Nunca te lo he preguntado y no pienso hacerlo ahora que te debo la vida. Pero por eso, porque te debo mi vida, no quiero que tú pierdas la tuya aquí. No merece la pena, tío. Ya has cumplido.
Lo he hecho, con creces.
Quedarse aquí es firmar mi propia sentencia.
He saludado a la muerte de cerca y le he hecho una peineta casi de milagro.
La guerra es una lotería en la que tienes muchas probabilidades de volver a llevarte el premio gordo con rapidez, y a mí nunca me ha gustado apostar.
Pero regresar… Me da tanto miedo como volver a enfrentarme a la muerte.
Eduardo aprieta su mano de nuevo sobre la mía.
—He llegado a conocerte, Hugo, y sé lo que sientes.
Sé por qué nunca hablas de ti mismo, por qué finges una sonrisa cuando alguien gasta una broma, aunque a ti no te haga ni puta gracia, o por qué crees que no mereces estar en otro lugar que no sea este.
Mis hermanos son iguales, rezuman odio hacia sí mismos cada vez que respiran.
Sí, soy el único normal de la familia. —Sonrío porque me cuesta creerlo—.
El resto no supo digerir muy bien el suicidio de mi madre.
Vuelvo a observarlo, a intentar ver a través de esa sonrisa bonachona que siempre tiene, o de las bromas picantes, incluso de la intensidad con la que entrena, alguna secuela de ese trauma que me cuenta, y no veo nada. Solo un hombre que ha sabido afrontar sus problemas mucho mejor que yo.
—No me mires con esa cara de pena que, pese a estar herido, aún puedo patearte ese trasero engreído que tienes.
Esta vez me río con ganas y veo estrellitas del dolor al hacerlo.
—¿Trasero engreído?
—Sí, capullo. —Eduardo bufa para acto seguido ponerse serio de nuevo—. No sé qué coño hiciste y no me importa, pero eres un buen tío. Tu único problema es que tienes demasiada conciencia.
—La conciencia. La puta conciencia. No sabes cuánto la odio.
—Puedo imaginarlo. Cometí muchas cagadas de adolescente y durante muchos años cargué con ellas.
—¿Y qué te hizo cambiar? —pregunto realmente interesado en hallar la forma de escapar de mis propios demonios.
—El boxeo.
—¿El boxeo?
—Sí —contesta convencido—. Ya me lo agradecerás cuando lo pruebes. Vuelve conmigo, amigo. Sacarte de aquí es lo único que puedo hacer para devolverte el favor.
Vuelvo a mirar al soldado de la cama de al lado. Una enfermera le administra alguna medicación por la vía y se marcha. Podría ser yo quien estuviera en esa cama luchando por sobrevivir. Por suerte, no lo soy. Pero sí lo suficientemente listo para no tentar a la suerte dos veces.
—Está bien. Me marcharé contigo.
A Eduardo le brillan los ojos de alegría y hace el amago de levantarse para abrazarme, para quejarse un segundo después del dolor.
—Joder, cómo duele. Vas a tener que abrazarme tú.
—¿En serio? Sabes que a mí me van las mujeres.
Me echo a reír con sus insultos y al final, cedo y lo abrazo.
Dos semanas después estoy en Barajas, con mi petate a la espalda y ningún sitio al que volver. Eduardo insiste en me vaya con él y con su Cristina, y declinar su ofrecimiento dura lo que dura todo el vuelo de regreso y las cuatro horas posteriores que estamos esperando al siguiente vuelo a Badajoz.
Nos despedimos con la promesa de vernos en unos meses, aunque ninguno de los dos tengamos idea de en qué lugar va a ser ese encuentro.
Cuando se marcha, me quedo vacío. Tengo decenas de números de teléfonos en mi agenda a los que llamar.
Debería empezar por mi familia. Por mi madre que lloró a lágrima viva cuando conseguí hablar con ellos después del ataque.
Sus lágrimas y las de Sonia removieron la necesidad que siempre tira de mí para regresar a su lado.
Pero hay algo que me impide volver. Algo que no me permite tomar otro avión y regresar a mi hogar.
Son los demonios que siguen en mi cabeza y que no he logrado dejar atrás.
¿Cómo se puede querer a alguien tanto y no ser capaz de perdonarlo?
Yo no lo había hecho con mi madre. Pese a que ahora puedo entenderla, pese a haber cometido una traición mayor que la suya, todavía no puedo perdonarla.
¿En qué clase de persona me convierte eso?
Tampoco he perdonado a Rafa, no importa las cartas suyas que he recibido suplicándome que vuelva.
Y por supuesto, todavía no me he perdonado a mí mismo por traicionar a mi hermano.
Así que no, todavía no puedo volver.
Retomar mi carrera como piloto de combate es imposible. Pero todavía soy piloto. Solo necesito completar las horas de vuelo que me faltan y podré trabajar para cualquier compañía aérea.
No era mi sueño, pero servirá.
Así que decido tomar el siguiente avión: rumbo a Londres.