25
Hugo
A la mañana siguiente, estoy sentado en un convoy de camino al distrito de Shindad.
Todavía quedan unos kilómetros para llegar a la parte más peligrosa de la provincia de Herat, pero la tensión ya se ha adueñado de los cinco soldados que compartimos el espacio como si fuera un tripulante más.
Huele a miedo y a sudor. Noto dos gotas que se deslizan desde el casco, y aprieto el arma, temiendo que se me escurra entre las manos.
Se supone que los españoles no debemos alejarnos tanto de nuestra base y meternos de lleno en territorio enemigo. Seguro que a algún alto mando sentado cómodamente desde su despacho en Madrid le ha parecido perfecto enviar a sus hombres a esta misión suicida.
—Joder, esto parece ya un puto ataúd. Como todos sigáis sin hablar, voy a terminar pensado que de verdad vamos a morir hoy y voy a mearme en los pantalones.
—Es el cabo primero Rubén Álvarez quien pone en palabras los miedos que los demás nos callamos—.
Coño, contadme algo que me distraiga, si no vais a tener que aguantar el olor de mi micción.
—No hay nada nuevo que contar, capullo —contesta Eduardo Guirao, un teniente al que me une una buena amistad desde que llegó tan perdido como yo llegué el primer día.
Tenemos el mismo rango, pero la experiencia previa no sirve de nada cuando llegas aquí—.
Estamos en mitad del puto desierto, por si no te has dado cuenta todavía.
Aquí no hay una puta novedad que contar.
—Bueno, eso no es del todo así —canturrea Manuel desde el volante, otro de los oficiales al que aguanto a malas penas—. Creo que Hugo sí que tiene alguna novedad que contar. ¿No es así, amigo mío?
Eduardo se gira con una rapidez eléctrica; me muerdo las ganas de asfixiar a Manuel. Si cuando digo que no me cae bien es por algo.
—¿De qué coño habla?
—Ni puta idea. —Sé por dónde va el sargento, pero no pienso darle carnaza a esta conversación.
—Vamos, Hugo, no te hagas el remolón ahora. Vi entrar a Lucía en tu escondite secreto y tardó bastante en salir, así que no te hagas de rogar y empieza a cantar.
Mierda. Pensaba que nadie nos habría visto.
—¿Es verdad? —me pregunta Eduardo—. Porque, como sea verdad y no me lo hayas contado, te pienso matar.
Como decida cumplir su amenaza estoy perdido. Son dos metros de puro músculo que dedica a entrenar cuando tiene un minuto libre. Un exboxeador que encontró en el ejército la vía de escape a su mala vida anterior. Por suerte para mí, congeniamos desde el primer día y no me da ni un poquito de miedo.
Ahogo un suspiro que seguro me delataría, y respondo con sequedad.
—No tengo nada que contar.
Aprieto con más fuerza el fusil y mantengo la expresión lo más neutra posible, pero algo me delata. No sé si es el tamborileo nervioso de mi pierna o la forma en la que evito mirar a mi amigo.
—¡Serás cabrón! Mamón asqueroso. Te has tirado a Lucía y no pensabas contármelo. Sabes que estoy que me subo por las paredes. Llevo casi seis meses sin mojar. Estoy tan cachondo que cuando veo a una mora con burka me pongo como una moto.
Pese a mi reticencia a mantener esta conversación estallo en una carcajada al igual que el resto.
—No os riais, coño, que es la verdad. Cuando las veo solo puedo pensar que debajo de tanta ropa se esconde una belleza árabe y me pongo duro como una piedra.
—¿En serio? Yo siempre que las veo pienso que es un puto talibán disfrazado que viene a inmolarse y llevarnos con él. —Gonzalo Rodríguez es otro recluta que mantiene la calma con un par de huevos. Solo lleva dos meses aquí, pero tiene la sangre fría que le falta a Rubén.
—¡Serás idiota! Me acabas de joder mi puta fantasía.
—Oh, vaya, cuánto lo siento.
Eduardo no se deja distraer. Se gira de nuevo hacia mí y vuelve a la carga.
—Bueno, dime. ¿Cómo fue?
—Olvídalo, tío. No pasó nada.
—Y una mierda. Cuéntamelo o te muelo a palos. Vamos, di, ¿te la chupó? —Le brillan los ojos como un niño esperando la llegada de Santa Claus—. Dime que sí, por favor. Tiene pinta de hacerlo de puta madre.
Eduardo está tan salido que ha analizado una a una a todas las mujeres del regimiento imaginándose cómo deben comportarse en la cama.
Con Lucía ha acertado de lleno, pero no pienso decirlo en voz alta.
No quiero confirmar sus palabras, pero la parte derecha de mi labio se mueve en una sonrisa sin mi permiso.
—Sí que lo hizo. —Da una palmada de satisfacción—. Serás cabrón, cuéntame todos los detalles.
—No pienso contarte una mierda, así que déjame en paz de una vez.
—De eso nada, hermano, vas a cantar. Lo necesito. Si quieres que te suplique lo haré. Me quedan solo dos semanas aquí, dos semanas de abstinencia y celibato. Déjame disfrutar al menos de tus polvos, ya que yo no puedo.
Las conversaciones aquí siempre son iguales: de mujeres, de sexo, usando palabras soeces y diciendo tacos sin parar.
—Joder, teniente, si tan cachondo está, quizá debería hablar con la cabo primera Robles —comenta Manuel—. Le hace ojitos cada vez que lo ve. Seguro que un buen polvo podría conseguir antes de irse.
—De eso nada, sargento. Soy hombre de una sola mujer. Como mi Cristina no hay nadie. Cuento los días para que me folle como solo ella sabe.
Lo miro con cierta envidia. Siempre me pasa lo mismo cuando habla con ese entusiasmo de la novia que dejó en Badajoz.
Se enamoró de Cristina el primer día de instituto y llevan más de diez años juntos.
Por eso quizás nos llevamos tan bien. A ambos nos bastó solo un encuentro para saber que era la mujer de nuestra vida, aunque a Eduardo le haya ido mucho mejor que a mí.
—Bueno, habla de una vez. Lo hizo bien, ¿verdad?
No me gusta airear mis intimidades. He mantenido docenas de conversaciones aquí sobre sexo, pero jamás cuento mi experiencia. Ahora sé que no tengo escapatoria si no quiero que mi amigo cumpla su amenaza de molerme a palos.
—Sí, joder, muy bien —admito y me remuevo incómodo en el asiento.
Lucía no ha significado nada, un polvo más en una vida miserable de la que quiero huir y no puedo.
Pero no por eso voy a faltarle al respeto aireando sus intimidades—.
Es lo único que pienso decirte, así que deja el tema de una puta vez.
—Y una mierda, cuando lleguemos me lo cuentas todo.
Suspiro derrotado. Eduardo es un martillo pilón que puede llegar a volverte loco si no le sigues la corriente. Supongo que no tendré más remedio que contar algo más, pero no va a ser aquí delante del resto, ni ahora en mitad de una operación tan peligrosa.
—Se va esta tarde, no creo que ni siquiera la veamos a la vuelta —vuelve Manuel a la carga—. La has tenido seis meses babeando y vas y te la tiras el último día. ¡Hay que ser desgraciado!
No pienso decir que ese ha sido el motivo para ceder y acostarme con ella.
Se va. No volveré a verla. No habrá otra oportunidad ni más posibilidades.
Es la única licencia que pienso tomarme después de dos años atesorando en silencio la única noche que pasé con Carla.
Nunca he sido de relaciones largas, pero tengo claro que si vuelvo a estar con otra mujer será en las mismas condiciones: una noche para desfogarme cuando ya no pueda más.
Los silbidos son la única señal que anuncia la emboscada.
Mi mente no es capaz de procesar el sonido hasta que una bala atraviesa el cuello de Rubén. Levanta la mano para taponar la herida, pero el brazo se desploma antes de alcanzarla. Cae flácido a su costado al igual que su cabeza, y sé que está muerto sin necesidad de tomarle el pulso.
Me agacho por instinto, aunque aquí dentro no haya un hueco en el que esconderse.
Manuel acelera y zigzaguea para evitar el ataque, pero los cristales estallan por todas partes.
Algo me muerde la pierna, pero no me da tiempo ni siquiera a tocarla.
El coche da un volantazo y el mundo se pone del revés.
Salgo despedido y choco contra el techo.
El cuerpo de Rubén cae inerte sobre mí y se lleva todo el aire de mis pulmones.
No tengo un segundo que perder, ni puedo detenerme en apartar a Rubén con la delicadeza que se merece. Le doy un empujón y repto cómo puedo para salir de esa jaula en la que somos presa fácil. Tiro del chaleco de Eduardo y lo arrastro conmigo. No puedo dejar a nadie atrás y mucho menos a él.
—Vamos, tío, muévete. Tenemos que salir de aquí.
Eduardo no tarda en seguirme y me cubre las espaldas mientras trato de sacar a Gonzalo.
Tiro de ambos brazos y veo cómo una masa grisácea se extiende por el suelo.
Me quedo paralizado al ver sus sesos desparramados por el suelo y las náuseas se me acumulan en la garganta.
Estoy a segundos de ceder a otro ataque de pánico, de comenzar a hiperventilar y tambalearme hasta desplomarme.
No lo hago, no lo permito. No hay nada mejor que la guerra para aprender a dominar tu miedo, nada más efectivo que enfrentarte a los miedos reales de la vida para reprimir los que solo existen en tu cabeza al último rincón de tu alma.
Me arrastro hasta el puesto del conductor donde Manuel respira con dificultad. Puede que no lo aguante, pero no pienso dejarlo morir aquí. Le quito el cinturón y nos arrastro fuera del coche. Lo cargo como puedo sobre mis hombros y corro como alma que lleva el diablo.
Las balas vuelan por todos lados, y Eduardo cubre nuestra huida hasta el refugio que supone un montículo de tierra unos metros más allá.
Me detengo un segundo a examinar a Manuel.
El hombro le sangra bastante pero no parece una herida mortal.
Cojo el fusil y me dispongo a matar a todo el que pueda cuando me doy cuenta de que Eduardo no está a mí lado.
El miedo repta por mi garganta al verlo tirado en el suelo. Salgo disparado a la velocidad de las balas que se cruzan en mi camino. He visto morir a compañeros, pero si él ha muerto, que alguna de esas balas me mate a mí también.
Se me escapa un suspiro de alivio y una maldición al mismo tiempo.
Está vivo, pero tiene el estómago abierto.
La sangre empapa la arena y tiembla de tal manera que temo que no lo consiga.
Otra vez lo agarro del chaleco y tiro de él.
Lo arrastro cómo puedo hasta ese refugio tan precario y tapono la herida con ambas manos.
—Aguanta, amigo mío. Nos sacaran de aquí enseguida.
Intento mostrarme sereno, que no vea el miedo que me recorre por dentro y que me emborrona la vista. Llevo aquí casi dos años, pero no me he dado cuenta de la magnitud de la guerra hasta hoy.
—Esto tiene muy mala pinta. —Eduardo tiembla y le castañean los dientes. Duele mirarlo casi tanto como debe dolerle a él esa bala que le está arrancando la vida—. Dile a Cristina que la quiero.
—Y una mierda. Serás tú el que se lo diga.
Aprieto la herida con más fuerza y le arranco un gruñido de dolor. No pienso perderlo. No puedo hacerlo.
—Dile que la quiero, por favor, Hugo. Nunca debí dejarla. Ella no quería que viniera. Yo… debí quedarme a su lado.
—No te despidas aún porque no vas a morir. ¡Me oyes!
Los disparos comienzan a remitir y cada vez me parecen más lejanos, sustituidos por el sonido glorioso de los helicópteros que espero vengan a rescatarnos.
—Se lo vas a decir tú en dos semanas. —Me tiembla la voz y me arde la garganta de aguantar unas lágrimas que ahora mismo no me servirán de nada—. Quizá yo no pueda estar con la mujer a la que quiero, pero tú sí, y no pienso permitir que mueras en este sitio.
Me tenso ante el sonido de unos pasos acercándose.
Debería levantarme. Coger mi arma y defendernos de quién sea esté tendiéndonos otra emboscada.
Pero si separo mis manos del estómago de mi amigo morirá.
Si eso pasa, yo también lo haré. Me pondré a tiro del enemigo y dejaré que me mate a mí también.
No es el enemigo quién se acerca. Dos soldados americanos nos encuentran y se me escapa una risa nerviosa. Nunca me he alegrado tanto de ver a un desconocido.
Uno de ellos empieza a hacer señas y, a los pocos minutos, aparecen varios soldados con una camilla.
—El helicóptero llegará en unos minutos. Su amigo tendrá una oportunidad.
Es lo único que consigue que separe mis manos del estómago de Eduardo y deje que lo arranquen de mi lado.
Me vuelvo hacia Manuel. Puede que su herida no sea tan grave, pero sigue perdiendo mucha sangre.
—¿Cómo estás? —pregunto presionando sobre la herida—. Otra camilla llegará enseguida. Aguanta, ¿vale?
—No te preocupes por mí, tío. Estoy bien, son una mierda de heridas. Saldré adelante. —No son una mierda de heridas, pero no son mortales, seguro—. ¿Y Eduardo?
—Se lo han llevado. No tenía buena pinta.
Otra camilla llega y se lleva a Manuel, dejándome a mí solo con el sabor de la sangre y la arena corriendo libres por mi boca.
Todavía me queda una misión más antes de irme con ellos y una a la que no quiero enfrentarme.
Comienzo a andar hasta el convoy. El dolor de la pierna es tan fuerte cuando doy el primer paso que me voy de bruces contra el suelo.
—Usted también necesita ir a un hospital. —Casi no consigo ver al soldado que me habla con un fuerte acento americano—. Está perdiendo demasiada sangre.
—Tengo que sacar a mis amigos, no puedo dejarlos aquí, no puedo… —El resto de palabras van muriendo con lentitud conforme la oscuridad comienza a apoderarse de mi consciencia—. Sáquelos, por favor. Hay que llevarlos a casa.
Es lo último que consigo decir antes de que el mundo se torne en negro.