El cielo al fin puede esperar 24
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Hugo

L e doy una profunda calada al cigarro y trato de dibujar de nuevo la figura imaginaria que las estrellas forman en el cielo. Ya lo he hecho con la Osa Menor y la Osa Mayor. También he localizado a Casiopea, pero Canis Mayor siempre se me resiste.

«Esa es la más difícil de localizar, Hugo, porque alberga un mayor número de estrellas».

Casi puedo escuchar a mi madre susurrarme esas palabras.

Todos los veranos, durante la festividad de San Lorenzo, bajábamos a la playa para presenciar la lluvia de estrellas. Una tradición que cumplíamos desde que tengo recuerdos hasta que mi madre destruyó todas aquellas costumbres.

Si cierro los ojos, creo sentir la arena bajo mi espalda, con mi madre, Tina y Fran cazando estrellas fugaces.

Preparábamos bocadillos, bebidas y toallas y nos quedábamos hasta bien entrada la madrugada tapados con las mantas que mi madre siempre nos obligaba a llevar, a pesar de que siempre le decíamos que no era necesario.

Con el tiempo se incorporaron, primero Sonia, y después Martina.

Mi padre nunca participó de esas noches bajo las estrellas.

O estaba trabajando o estaba de viaje. Pero nunca estaba.

Después del divorcio no volvimos a hacerlo. Mi madre nunca lo propuso y ninguno de sus hijos tampoco, pero todavía tengo grabado a fuego la imagen de los seis formando un círculo en la arena.

Me parecen recuerdos lejanos, quizá de otra vida en la que tenía una familia, en la que soñaba con ser piloto del ejército y en la que amé a una mujer.

Vuelvo a centrar mi atención en las estrellas y trato de dibujar la figura del perro, pero en este cielo resulta imposible.

Nunca he visto este manto repleto de estrellas que compiten entre sí por brillar con más fuerza.

Hay miles, un cielo que solo se ve en los libros o a través de un telescopio, y que aquí, en ausencia de luz, se puede apreciar en plenitud.

El 7 de octubre de 2001, el ejército de Estados Unidos inició una invasión en Afganistán tras los atentados del 11S con el fin de desarticular a la red terrorista Al Qaeda.

El 28 de julio de 2008, el ejército español se hizo cargo de la construcción de un acuartelamiento en Qala-i-Naw .

Y el 12 de septiembre fui destinado a Afganistán, tras presentarme voluntario a una guerra que nada tiene que ver conmigo y a la que posiblemente nunca hubiera tenido que ir, dejando atrás a mi familia, mi carrera y a la mujer de mi vida.

Todas las noches sigo la misma rutina: me tumbo en esta zona apartada del campamento, donde unas viejas lonas desechadas hacen de colchón, a buscar constelaciones.

Arrugo con fuerza la carta que tengo entre los dedos. Cada letra esmerada de Martina es un recordatorio de todo lo que he perdido. Los días que recibo alguna de sus cartas son los más duros, porque aquí, en el culo del mundo, la soledad es una bestia hambrienta que te devora por dentro.

Nadie entendió mi decisión de abandonar mi carrera de piloto para alistarme voluntario. Tampoco di ninguna explicación. Solo me marché y no miré atrás.

De nada sirvieron las súplicas de mi madre, que se achacaba la culpa de que su hijo se marchara a la guerra; ni las de Tina que se tragó su orgullo para implorarme que no me fuera; ni las lágrimas de Sonia o Martina cuando recogí las maletas y salí de casa sin mirar atrás.

No podía permanecer allí, no podía quedarme y fingir ser un buen hermano, un buen hijo, una buena persona.

No podía ver la angustia de Fran a la espera de una llamada de Carla, de una reconciliación que yo sabía que no llegaría.

Fue el único que no me pidió que me quedara, no sé si porque estaba demasiado perdido en su propio dolor, o porque en cierta forma intuía mi participación en él.

Daba igual. Yo sabía la verdad, y esa verdad acarreaba una culpa que me reconcomía por dentro como la carcoma a la madera.

Por eso me fui, tenía que alejarme de ellos.

Cuando dos días después de dejar a Carla, mi superior me informó que se buscaban voluntarios para Afganistán, no lo dudé.

Pensé que aquí podría redimir mis pecados, borrar lo que había hecho y, con un poco de suerte, olvidarlo todo; o quizá la guerra acabaría con esos putos remordimientos que tenía cosidos bajo la piel.

Pero no ha sido así. Llevo cerca de dos años en este agujero y los recuerdos están tan frescos como la leche recién ordeñada.

¿Serán capaces mis hermanos de perdonarme si descubrieran lo que hice?

No. No lo harían, ninguno de ellos.

Supongo que es lo que tiene el karma: te devuelve el golpe con la misma fuerza.

Porque fui muy duro con mi madre, la juzgué sin piedad, sin detenerme ni un segundo a pensar en ella, en lo infeliz que había sido.

Ni siquiera ahora que soy consciente de mi hipocresía puedo perdonarla.

Ni ella ni a mí mismo. Porque en el fondo soy como ella: siento con la misma intensidad, amo con la misma profundidad y sufro hasta desear acabar con todo.

Es agotador odiar a una persona a la que te pareces tanto.

Por eso no hay nadie a quién odie más que a mí mismo.

Pensar en mis hermanos tampoco resulta fácil.

Me da miedo que Tina se vuelva aún más atrevida y que termine por cometer alguna locura de la que no pueda dar marcha atrás.

Resulta aterrador pensar en no estar al lado de Sonia cuando empiece el bachiller, porque es demasiado tímida para hacer nuevos amigos, o de Martina que todavía es un brote verde al que guiar con cuidado.

Añoro a rabiar las charlas con Fran mientras me cuenta sus batallitas con los amigos o sus últimas conquistas.

Pero si es la visión de mis hermanos la que me tortura durante el día, temo más a las noches y sus desvelos. Porque es cuando aparece la imagen más dolorosa y, como si fuese un fantasma, Carla aparece en todas ellas.

He pasado muchas noches pensando en ella, tratando de recordar cada detalle de su cara: la línea rosada que delinea sus labios; los tres lunares que forman un triángulo perfecto en su mejilla; la pequeña cicatriz sobre la ceja, apenas perceptible, pero que yo sé que está ahí.

Sus ojos canela con esos puntos dorados que siempre buscaba sin importar la distancia que nos separase.

Y he dedicado el mismo número de noches a intentar borrarla: a deshacer las sonrisas que dejó cosidas en mi memoria; a expulsar de mi cabeza cada caricia y cada beso que marcó a fuego en mi piel; a arrancar de raíz cada recuerdo que aún me ata a ella.

Todos mis esfuerzos han sido inútiles, y me he rendido.

Si el amor se mide por la marca que deja, puedo asegurar que el mío por Carla es inmenso.

La cicatriz aún está fresca y sangra a raudales, tanto que a veces no tengo ganas de salir del camastro incómodo en el que paso muchas noches en vela.

Siempre termino haciéndolo, y me vengo aquí a este rincón a recordarla en soledad.

Unos pasos vacilantes se detienen a mi espalda y me obligo a incorporarme.

La cabo enfermera Lucía se queda de pie, con las manos entrelazadas sobre el estómago.

No debe de quedarle mucho para marcharse de este maldito lugar.

La mayoría lo hace a los seis meses, deseosos de salir de esta pesadilla, pero yo siempre me quedo.

Mi pesadilla reside dentro de mi cabeza y no hay forma de huir de ella. Volver a casa tampoco es una opción.

Me levanto, pero no me muevo. Solo la observo.

Tiene un rostro agradable, aunque lo más atrayente en ella, y que ha vuelto a más de uno loco por aquí, son sus curvas voluptuosas.

No es mi tipo, y nada tienen que ver sus mechones platino, un reclamo evidente para ojos ajenos.

Ni esos ojos verdes, que me resultan demasiado hambrientos cuando me miran, ni esos labios finos que estoy seguro de que se mueren por besar y ser besados.

No es mi tipo simplemente porque mi mente está repleta de imágenes de otra mujer.

—Me marcho mañana y no quería hacerlo sin despedirme.

Creo distinguir una ligera timidez que no concuerda mucho con la imagen que tengo de ella. Puede que se deba a que ambos somos muy conscientes de a qué ha venido.

Esta vez no voy a negarme. Llevo cerca de dos años sin tocar a una mujer. Quizá ha llegado el momento de que eso cambie.

Las dudas sobre si es tímida o no se disipan en el primer beso. Su lengua trata de entrar hasta mi garganta y sus manos no vacilan en descender hasta mi pantalón. Está claro que no piensa irse por las ramas.

Perfecto.

Sus besos se vuelven más intensos y tengo que apartar la cara. Su cuerpo se pega al mío y sus manos se pierden en mi camisa, pero yo no consigo separar mis manos de mi cuerpo.

¿Se puede follar sin acariciar ni besar?

Estoy a punto de descubrirlo.

Lucía me abre el uniforme y baja entre besos hasta arrodillarse. Sus dedos vuelan hasta el cinturón y, cuando comienza a desabrocharme el pantalón, la detengo.

—Si no quieres, no lo hagas. Yo no te lo haré a ti.

No pienso hacerlo, ni a ella, ni a ninguna otra mujer. Solo he deseado de verdad hacerlo una única vez, y solo con una.

—No necesito que tú me lo hagas a mí, pero sí necesito tenerte en mi boca.

Cierro los ojos cuando empieza a chupármela, y trato de vaciar mi mente y concentrarme. Pasados unos segundos, la excitación se me resiste.

Lucía es buena. Sin duda ha hecho muchas mamadas antes, sin embargo, estoy muy lejos de ponerme duro. No consigo centrarme en el momento ni en la mujer que tengo arrodillada a mis pies.

Soy un cerdo porque estoy con una mujer mientras pienso en otra, pero eso es justo lo único que podría excitarme en este momento. Así que evoco su imagen: Carla desnuda en mi cama, su cuerpo debajo del mío y sus jadeos sobre mi boca.

Me empalmo de inmediato.

Evoco la forma en la que se exhibió desnuda ante mí, el reto en su mirada y el miedo a ser rechazada, y el placer comienza a envolverme.

Recuerdo el sabor de sus pechos al metérmelos en la boca, y consigo mover mis manos y meterlas en el pelo de Lucía.

Rememoro mis dedos entrando en su interior y el sabor de su excitación en mis labios, y mis embestidas se intensifican.

La forma deliciosa en la que entré en ella y como gemía pidiendo más, y mi control se esfuma.

Y, sobre todo, evoco la forma en la que se arqueó, aferrándose a las sábanas cuando llegó al orgasmo, y no aguanto más. Me corro en la boca de Lucía con el nombre de Carla entre mis labios.