23 #2
—Pues me temo que tendrás que currar un poco más. Nos va a pagar cuatrocientos euros.
Mi mente da saltos de alegría ante esa cifra, pero no me permito mostrarlo. Ceder ante Álex es una cosa, que disfrute con mi derrota es otra.
Al terminar la clase, recojo mis apuntes, me cuelgo la mochila al hombro y salgo del aulario por la puerta de atrás.
Son pocos los que la usan y prefiero cruzarme con el menor número de personas.
Para mi desgracia, hoy el profesor ha llegado tarde y salimos con veinte minutos de retraso.
El pasillo está repleto de los alumnos que aguardan su turno para entrar a la siguiente clase, y tener a Álex pegado a mi espalda no ayuda si lo que buscas es pasar desapercibida.
—¿Vas a seguirme a todas partes? —pregunto. Siento su aliento en la coronilla y no puede parecerme más irritante.
—Tengo que asegurar mi inversión.
Suelto un bufido. No tengo claro que pueda llevar para adelante mis estudios con la realización de los trapicheos que él consiga, pero tener que soportarlo a todas horas se va a convertir en el mayor reto de todos.
Me siento el centro de atención conforme esquivo a los más de cincuenta alumnos que esperan en la puerta.
Siempre he sido algo solitaria, obligada a rechazar con educación los planes que me ofrecían.
A la larga, desisten de invitarte y dejan de prestar atención a esa niña que nunca puede hacer nada.
La amistad de Lisa llenaba ese espacio que los demás necesitan llenar con una docena de amigos.
Con la edad, comencé a recibir más atención, miradas masculinas sobre todo, que me hinchaban el ego y me aportaban una seguridad que nunca antes había sentido.
Lo que nunca había experimentado es el rechazo de los demás.
Ahora lo siento en cada mirada, en cada mueca, algunas de pena y otras de asco.
Me obligo a agachar la cabeza y cruzar los pasillos sin cruzar mi mirada con nadie.
Es más fácil. No me hace sentir inferior o defectuosa por estar enferma, algo que nunca antes había sentido y que ahora siento en cada paso.
Hoy las miradas se clavan con dureza y no consigo ignorarlas. La de May es realmente cruel, como el comentario que se oye entre risas y me obliga a apretar los puños y aligerar el paso.
—Supongo que será por pena. Nadie en su sano juicio se fijaría en ella.
Hablan de Álex, claro. Su presencia a mi lado es un faro que nadie puede ignorar.
Lleva semanas detrás de mí, rogando por mi atención y sentándose a mi lado en cada clase.
No hay más que interés económico detrás de esa atención indeseada, pero nadie lo sabe y muchos se preguntan lo mismo que May: ¿qué ve ese chico tan atractivo en alguien como yo?
—Levanta la cabeza —dice a mi lado—. Brillas mucho más que ellas.
—¿Siempre mientes tan bien?
—Mis palabras son ciertas, princesa. Solo tienes que creértelo.
Qué fácil es hablar detrás de ese porte erguido y ese físico envidiable, con miradas que te siguen, te comen y te adulan. Si algún día, sentí esa seguridad, la he perdido.
Me muerdo el labio y aguanto a malas penas las ganas de llorar. En otro momento de mi vida, me habría creído las palabras de Álex, y estoy segura de que me habría derretido con ellas.
No consigo levantar la mirada y enfrentarme a ese grupo de chicas que mataría por la atención del sex symbol del campus. Solo sigo hacia la salida con el deseo de que Álex se aleje y su luz sobre mí se apague.
Fran me espera a la salida. Los primeros días vine a la universidad en autobús, un recorrido demasiado largo y masificado para mi delicado estado.
Él se ofreció a traerme y recogerme hasta que reuniera las fuerzas suficientes para poder venir por mi cuenta.
Significa tanto para mí verlo ahí, esperándome paciente, que cada día tengo que tragarme el nudo que se forma en la garganta para no llorar.
—¿Qué tal el día? —Me da un beso en la mejilla y me coge la mochila. El aparcamiento está a medio kilómetro de aquí y no quiere que lleve tanto peso.
—Insufrible —suelto con una sonrisa, a sabiendas de que mi indeseado admirador sigue a mi espalda.
Álex suelta un bufido.
—Eso es imposible, princesa. Has estado todo el tiempo conmigo.
—Por eso mismo —digo a ver si se cansa y me deja en paz, pero creo que no voy a tener tanta suerte. Parece una garrapata que se me adherido a la piel y no piensa marcharse.
—Por cierto, soy Álex.
Extiende la mano a modo de saludo. Fran la mira unos segundos y después levanta la mirada y la clava en los ojos azules de Álex, como quién evalúa a un rival. No sé qué ve, pero no es a un rival, porque no tarda en estrechársela con una sonrisa.
—Yo soy Fran. ¿No me digas que eres del Real Murcia? —Señala la camiseta de fútbol roja que viste Álex—. Ya veo que te gusta sufrir.
—Ni que lo digas. Pero soy fiel hasta la médula. —Planta un beso sobre el escudo de la camiseta que ya querrían muchas chicas de por aquí.
—Será solo para el fútbol —le pincho.
—Me ofendes, princesa. Yo siempre soy fiel.
Fran me echa un brazo sobre los hombros y comenzamos a andar, ellos enfrascados en una conversación sobre fútbol y plantando la semilla de una inminente amistad, y yo sin saber que esos dos hombres serán los más importantes de mi vida.