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Carla
¿A lguna vez te has preguntado cómo será tu paso por la universidad?
Estudiar algo que te apasiona; conocer gente nueva; rodearte de amigos en un entorno lleno de vida, de fiestas, donde nadie sabe que eres esa niña con una madre loca que nunca sale de casa.
El paso definitivo para vivir de verdad, poner piedra a piedra en el camino a recorrer, y que se convertirá en tu nueva vida.
Yo lo había imaginado muchas veces, nunca como lo estoy viviendo. Escondida al fondo de clase, matriculada en dos cursos para recuperar el tiempo malgastado por los ingresos hospitalarios y la convalecencia en casa. Aislada de nuevo del mundo porque mi aspecto es lamentable.
Podría intentar hacer amigos. Ignorar las miradas curiosas y acercarme a ese grupo de chicas que siempre se están riendo. Pero no conseguiría ignorar las preguntas.
«¿Eres anoréxica? ¿Bulímica? ¿Por qué te atiborras a comida para después vomitar? Estando tan flaca ¿cómo puedes sentirte gorda?».
Ninguna de esas preguntas tiene que ver con mi enfermedad. Así que me quedo al fondo de una clase llena de gente sintiéndome más sola que nunca.
Me centro en entender la teoría de campos que está explicando la profesora Gallardo. Intentar entender la Física II es difícil de narices. Hacerlo sin haber dado Física I es imposible, pero aquí estoy, dispuesta a aprobar las dos asignaturas.
Hace más de veinte minutos que la clase ha empezado, cuando la puerta se abre y un rayo resplandeciente hace su aparición.
Es el chico más popular de la universidad, que se pavonea como un dios entre sus plebeyos y al que nadie jamás le planta cara, ni siquiera la profesora cuando pasa por su lado con total descaro.
He presenciado como a otros les impedía el paso a los dos minutos de comenzar.
A este guaperas no le dice nada y lo devora con la vista como el resto.
Si me gustaran los chicos rubios que podrían protagonizar un anuncio de calzoncillos de Calvin Klein, este chico sería mi tipo.
O los creídos que se han cepillado a media universidad y parte del profesorado.
Es encantador, con su metro ochenta de puro carisma, pelo rubio ondulado y despeinado en la medida justa para parecer rebelde.
Labios carnosos y cuerpo de infarto. Un encantador de serpientes que termina llevándose al huerto a quien se proponga.
En otro momento de mi vida, yo sería una más de todas esas chicas que babean por él.
Ahora solo trato de llegar al final del día sin vomitar.
Veo cómo sube las escaleras y me envaro conforme se acerca hasta mí. Me he acostumbrado a estar al fondo, sola en mitad de una clase llena de gente. Que este tío se siente a mi lado me pone en tensión.
—Tú debes de ser la empollona.
No digo nada y me giro a mirarlo como si fuera una cucaracha molesta que corretea por la mesa.
—Soy Álex —se presenta con una amplia sonrisa de dientes blancos perfectos. Creo escuchar algún suspiro amortiguado que seguro tiene que ver con ese gesto.
—Y tú debes de ser el guaperas de la universidad —comento sin cambiar mi expresión de hartazgo—. Creo que te has equivocado de asiento.
Finge no oírme.
—Estaría bien que me dijeras tu nombre.
Se pone a juguetear con los lápices de mi estuche sin apartar esa mirada engreída, y estoy a segundos de perder la paciencia.
—Soy Carla —suelto con sequedad—. Sé que no buscas ligar conmigo, así que ve al grano.
—¿Qué te hace pensar que no quiero ligar contigo? —Frunce el ceño y casi me creo la mirada sincera que me dirige. Pero no pienso fiarme. Está demasiado acostumbrado a salirse con la suya.
—¿Qué quieres? Estamos en mitad de clase, por si no te has dado cuenta.
Se pasa el bolígrafo entre los dedos como un malabarista.
—Pareces más simpática de lejos.
—Y tú más guapo.
Se reclina sobre la silla y cruza los brazos con una sonrisa.
—Veo que vendes cara tu amistad.
—Sí, mucho. Y también mis apuntes.
A su cara vuelve a asomar esa sonrisa de dientes blancos.
—Chica lista.
—Media de nueve con seis en el primer cuatrimestre, campeón.
—Por eso estoy aquí. Tus apuntes valdrán su peso en oro.
—Si quieres apuntes, quizás deberías venir a clase y tomarlos tú mismo.
—Paso.
—Pues yo también paso.
La profesora nos lanza una mirada para que guardemos silencio. Álex se lleva una mano al corazón a modo de disculpa ganándose de vuelta un aleteo de pestañas y una sonrisa coqueta.
—¿Sabes, Carlita? En esta universidad se puede hacer negocio con unos buenos apuntes.
Eso tira de mi curiosidad. Un dinerillo extra, por poco que sea, nos vendría de lujo. Mi enfermedad se ha llevado parte de nuestros ahorros en pruebas médicas y medicinas.
—¿De qué hablas?
—De vender tus apuntes, por supuesto. —Se moja los labios, un gesto que seguro hace que las chicas se bajen las bragas de forma automática—.
Unos buenos apuntes, de determinadas clases, están muy cotizados por aquí, e incluso hay gente que está dispuesta a pagar mucho dinero para que le hagan los trabajos.
Lo miro reticente. No tengo claro si fiarme de él y de la facilidad con la que está consiguiendo que suelte mis preciados apuntes.
Soy de las pocas que acuden a esta clase.
La profesora Gallardo es joven y muy dada a enmarañar sus explicaciones.
Si la física de por sí ya es difícil, esta mujer la convierte en imposible.
Pero me encanta la física. Sí, lo sé, soy un bicho raro, aunque en los últimos meses me siento mucho más rara por mi aspecto físico que por mis gustos estudiantiles.
—Mira, Carlita…
—No me llames así. —Mi corte resuena por la clase y muchos se giran a mirar.
Ese nombre trae de regreso un recuerdo doloroso. Solo hay una persona a la que le permití llamarme por ese nombre, porque en sus labios sonaba tan tierno, tan sensual...
Sacudo la cabeza para deshacerme de esos pensamientos que amenazan con colarse de nuevo en mi cabeza. No puedo permitir, por mi salud física y mental, que el recuerdo de Hugo reaparezca.
—Vale, vale. —Alza las manos en señal de paz—. Mira, tus notas han sido brillantes en el primer cuatrimestre, además de ser la única que no falta a ninguna clase y tomar los apuntes con un celo casi patológico.
Miro mis apuntes, sorprendida porque se haya fijado. Soy meticulosa, y me gusta que mis anotaciones, esquemas y libros estén limpios y perfectamente ordenados. Para mí es la única forma de concentrarme y estudiar. Parte de las buenas notas que saco se deben a ese orden.
—Tú tienes los apuntes y yo los contactos —continúa—.
Creo que conozco de sobra a todos los alumnos de esta universidad.
—Es algo que ni cuestiono. En los pasillos, parece un famoso saludando a sus fans.
Pensaba que era algo que solo se veía en las películas americanas y, sin embargo, es del todo real—.
Iremos al cincuenta por ciento. Es un negocio fácil.
—Si en algún momento quisiera hacer negocios contigo, te lo haré saber. Mientras déjame tranquila.
—Como quieras. Pero te recuerdo que los exámenes están a la vuelta de la esquina.
Los días pasan, el curso va avanzando, pero la presencia asfixiante de Álex no ha menguado.
Ha pasado un mes desde aquel día y sigo sin poder librarme de este pelmazo.
Pero no puedo obviar la realidad por mucho más tiempo.
Necesito dinero y dado mi estado, dudo mucho poder encontrar algún trabajo a corto plazo.
Nadie va a contratar a alguien cuyo aspecto es el de una enferma terminal a punto de estirar la pata.
—Bueno, mi propuesta sigue en pie.
Al oír la voz de Álex a mi espalda, doy un brinco y a punto estoy de lanzar mis apuntes por los aires. Lleva más de un mes abordándome a traición y persiguiéndome como un puto acosador, sentándose a mi lado en cada clase e insistiendo hasta la extenuación para que hagamos negocios con mis apuntes.
Lo miro con mis peores instintos pidiendo paso para salir.
—Me alegro por ti.
—Vamos, princesa, ¿qué tengo que hacer para que me hagas un poco de caso?
—¿Princesa? —suelto indignada—. ¿Es así como llamas a tus amiguitas cuando quieres conseguir algo?
—Pues sí —contesta con franqueza.
—¿Y funciona?
—Bastante. A veces solo me hace falta decir princesa una vez para llevarme a una tía a la cama.
Me muerdo la sonrisa. Es imposible no ceder ante esa picardía insistente, ante esa frescura que exuda, que le aporta un toque extra de belleza y que me hace imposible no reírme.
Una sonrisilla burlona asoma en la cara de Álex. Siempre me mira con una intensidad que me desnuda. No os vayáis a pensar que soy especial, es así con todas y por eso tiene tanto éxito entre las mujeres.
Me subo el jersey y trato de ocultar la línea de las clavículas que sobresalen demasiado. Tal vez no soy tan inmune a la belleza de este chico como creía, porque me gusta que me mire como a otra chica cualquiera, y no a una que está enferma y trata de recuperarse poco a poco.
—Olvídalo. Conmigo no tienes nada que hacer, así que no hace falta que finjas que te intereso de alguna manera.
—Yo no finjo, princesa. Nunca. —Pongo los ojos en blanco. A veces resulta tan prepotente que, si no tuviera mis náuseas bajo control, vomitaría—. Pero, tranquila, solo me interesa tu cabecita.
Me da unos golpecitos con el dedo en la frente y se lleva el manotazo correspondiente.
—Está bien —termino cediendo antes de que me vuelva completamente loca—. Te dejaré mis apuntes y haré los trabajos, pero iremos al setenta-treinta. No pienso hacer yo todo el trabajo para que tú te lleves la mitad.
—Hecho.
—¿Hecho? ¿Así de fácil?
—Supuse que me propondrías el ochenta-veinte.
Al fin y al cabo, eres una chica lista de sobresaliente, pero el setenta-treinta me gusta más.
—Mis deseos de estrangularlo se multiplican por diez, pero por desgracia, si quiero ganar pasta lo necesito—.
Empezamos mañana. Un chico de segundo quiere que le hagas un trabajo.
—¡¿De segundo?! Te recuerdo que todavía no he aprobado todas las de primero.