22 #2
Quería evitar este momento. Ver la misma pena y congoja en Fran que veo en mi madre cada día me asusta, porque hay días que trato de convencerme de que no estoy tan mal.
Fran solo confirma lo que trato de ocultarme: estoy demasiado enferma y no hay cura posible, solo la que existe dentro de mi cabeza y no consigo encontrar.
No soy del todo consciente de las lágrimas que me emborronan su rostro hasta que Fran se acerca y me abraza.
Tampoco del tiempo que paso así, llorando entre sus brazos.
Fuimos novios dos años. Me ha abrazado muchas veces, pero nunca así, con el dolor desbordándome por completo, y tan rota y perdida que no sé ni por dónde podría empezar a encontrarme de nuevo.
—Perdóname, Fran. Perdóname por todo —repito, porque decirlo solo una vez me parece insuficiente—. Nunca quise hacerte daño
—Shhh, no tienes que pedirme perdón.
Sé que no es cierto. Tengo demasiados pecados que confesar, demasiados secretos que tengo que seguir ocultándole porque no son solo míos. Quiero protestar, pero Fran pone un dedo sobre mis labios y me lo impide.
—Fui un novio pésimo, Carla. Sería yo el que debería pedirte perdón, el que debería confesar todo lo malo que hice. Porque hice cosas que un novio no debería hacer nunca, y no solo una vez, sino varias. Pero no voy a hacerlo, ya no. No merece la pena, porque ahora estoy aquí y no pienso marcharme.
Lo miro sabiendo exactamente a qué se refiere.
Lo sospeché muchas veces, pero el día que él mismo estuvo a punto de confesar que se había acostado con otras mujeres, solo corroboró mis sospechas.
En aquel momento, no me importó. Ahora tampoco va a hacerlo.
Pero, aunque él hubiera estado con un millón de mujeres, mis pecados no son comparables.
—Tenías razón —continúa— estamos mejor como amigos.
De hecho, creo que es lo que mejor se me da.
Soy un amigo de puta madre. Así que ven aquí.
—Vuelve a abrazarme y yo, que soy una egoísta, lo dejo.
No sabía cuánto lo necesitaba hasta ahora—.
Nada de llantos, ni de lamentos, ni de qué podría haber sido si hubiéramos hecho otra cosa, porque no lo hicimos. Y ya pasó.
Tomo una profunda inspiración y me aferro con fuerza a su camiseta.
Debería protestar, gritar la verdad y suplicarle de nuevo el perdón.
No lo hago. Soy demasiado egoísta y acepto lo que me ofrece con una facilidad que sé me avergonzará el resto de mi vida.
Pero necesito esta paz que supone estar de nuevo entre sus brazos, poder apoyarme de nuevo en él e intentar salir de este pozo en el que me encuentro.
Algo dentro de mí se suelta: ese nudo que me estruja el corazón y que casi no le permite latir comienza a deshilacharse. Fran lo ha conseguido con un simple abrazo.
—Estás hecha un asco.
Se me escapa una carcajada, la primera en varios meses, porque está en lo cierto. No solo mi físico es lamentable. Mi pijama de felpa con nubes azules y mis calcetines gruesos de lana no es el mejor vestuario para recibir visitas.
Me aparto un poco para poder verlo mejor.
Él, sin embargo, está muy guapo. Lleva el pelo más largo y rizado y, a diferencia de mí, parece que ha cogido algo de peso.
Se le ve más entero y robusto. Antes del verano decidió dejar Derecho y prepararse las oposiciones para policía nacional.
Me imagino que los duros entrenamientos a los que debe someterse empiezan a dar sus frutos.
Me alegro de que al fin haya encontrado su vocación después de un año desastroso estudiando una carrera que detestaba. Yo todavía sigo buscando la mía.
Conseguí una beca y me matriculé en Arquitectura, pero casi ni me dio tiempo a saber si me gustaba o no. Solo pude ir un mes a clase. Entre el ingreso en el hospital, las pruebas médicas y lo débil que estoy, no sé cuándo podré retomar mis estudios.
—Bueno, cuéntame algo de tu vida —pregunto como si nada. No parece dispuesto a indagar en el pasado, ni siquiera para preguntarme por mi enfermedad, pero mejor prevenir. De pronto, me acuerdo y me enderezo de golpe—. ¿Cómo está Martina?
La última vez que la vi, estaba en reanimación tras una operación a vida o muerte.
—Está perfecta, hiperactiva como siempre. Te echa de menos.
Otro nudo se deshace en mi pecho.
—Y yo a ella.
—Podría traerla un día. Si tú quieres, claro.
—No, yo… —se me traban las palabras—. No quiero que me vea así. No quiero que nadie me vea con este aspecto. No se lo cuentes, por favor —suplico.
Solo de pensar en que alguien a quién quiero pueda verme así, en los huesos, como un recuerdo fantasmal de la chica que fui, me devuelve las ganas de vomitar.
—Lo que tú quieras.
Nos miramos en silencio. Me dedica una sonrisa suave y cálida que le devuelvo sin dudar.
No hay ni rastro de la tensión incómoda que esperaba cuando volviera a verlo, solo la misma complicidad de siempre.
Volvemos a ser esos dos chicos que se encontraron cuando más se necesitaban y que confundieron la amistad con el amor.
—Andrés tiene novia —anuncia sin más.
Me incorporo como un resorte. Siempre ha sido tremendamente sencillo hablar entre nosotros. Puede que hayan pasado meses, que nos hayamos dañado el uno al otro y que todavía haya heridas sin sanar, pero la confianza que siempre hemos compartido sigue intacta.
—No puede ser. Pena me da la pobre incauta que no sabe dónde se ha metido.
Andrés es un mujeriego al que las mujeres le duran más bien poco. Lo he visto liarse con varias chicas la misma noche y jamás ha salido con nadie más de… Bueno, nunca ha salido con nadie.
—¿Y tú qué, tienes novia? —musito con un poco de picardía. Está tan guapo que estoy segura de que tiene a las chicas haciendo cola.
—Bueno, novia, novia, no. Dejémoslo en amiga con derecho a roce.
—¿Quién es? ¿La conozco?
Fran arruga la nariz y se frota la nuca, de pronto, abochornado.
—Es… Bianca.
Estallo en una carcajada.
—Pero si la odiabas. Espera, ¿qué era lo que decías? No puede ser más zorra y más bruja.
Bianca es una compañera del instituto, odiosa y creída hasta el infinito, que puede que con solo dieciocho años se haya acostado con más hombres que la mayoría de mujeres de cuarenta. Fran no la soporta, sobre todo desde que le rompió el corazón a uno de sus mejores amigos.
—Y creo que todavía la odio —admite sin un ápice de culpabilidad—, pero siempre terminamos liados. Yo qué sé, está buena.
—Sí, tiene un buen culo.
—Tiene un culo espectacular.
—Está claro que un buen culo borra el resto de los defectos, porque todos los tíos decís que os cae fatal, pero de vosotros —digo haciendo referencia a su grupo de amigos— habéis caído ¿cuántos?, ¿cuatro?
—Cinco —me corrige.
—Increíble.
Fran se pone serio y esa complicidad que flota entre los dos se tensa.
—¿Qué pasa? —Esta tregua entre nosotros, este oasis del que estoy disfrutando después de meses horribles, ha sido tan corta que no quiero que termine.
—No tengo claro que pueda contarte estas cosas.
—Pues claro que sí —afirmo sin dudas—. No solo puedes, debes contármelas. —Vuelvo a buscar un hueco entre sus brazos y antes de enroscarme de nuevo en ese agujero de mentiras digo —: Quiero que me lo cuentes todo, ¿vale? No más secretos entre tú y yo.
Soy una cínica por atreverme a hablar de secretos con semejante soltura, yo, la que debería agachar la cabeza y callar. Pero estoy al límite. Si no intento dejar el pasado atrás, terminará matándome.
Noto el pecho de Fran subir y bajar en una profunda inspiración.
—Te he echado mucho de menos, Carla.
Ahora soy yo la que inspiro con fuerza y por fin parece que mis pulmones acogen el aire que reciben.
—Yo también, Fran. Yo también.
Fran me suelta y se inclina sobre la mesa.
—Pero qué cosas tan ricas nos ha preparado tu madre. Estas galletas son mis favoritas. —Se mete una a la boca y acerca el plato—. ¿Quieres?
La duda solo se toma un instante.
—Sí, quiero.
Tomo una galleta y le doy un mordisco, seguido de otro y otro más. Cuando la termino, no dudo en coger otra. Y así, sin más, las ganas de comer vuelven a mi vida y, por primera vez en seis meses, veo luz al final del agujero en el que me encuentro.