22
Carla
—¿S eguro que estás bien?
—Seguro —contesto de forma monótona. Es la sexta o séptima vez que lo repito, que trato de asegurarle a Lisa que no tiene nada de qué preocuparse, que no me ha afectado demasiado que se haya marchado a estudiar a la otra punta de España y que tengo del todo superada mi ruptura con Fran.
No debo de estar haciéndolo muy bien porque la oigo suspirar con inquietud al otro lado del teléfono.
Supongo que el hecho de que mi voz suene tan débil como me siento tiene algo que ver.
—Cuando termine los exámenes puedo escaparme unos días. Te echo de menos.
—Y yo a ti, pero no hace falta que bajes por mí. Estoy bien.
Lisa estudia Medicina en la Universidad de Santiago de Compostela.
Después de echar la solicitud en una docena de universidades, la gallega fue la única en la que la aceptaron.
Empaquetó sus cosas y se marchó. Ha trabajado en Navidad para poder pagarse la estancia y no la veo desde verano.
No pienso pedirle que se gaste lo poco que ha ahorrado en un viaje innecesario.
Es la primera vez desde los seis años que hemos estado tanto tiempo separadas. También es la primera vez que me alegro por ello. No quiero que vea en lo que me he convertido. No quiero que nadie lo vea.
—Solo es un día de viaje. Si me necesitas puedo estar allí mañana.
—Ya lo sé, pero no hace falta. Estoy bien —insisto con la voz más firme.
Acorto lo que sé va a ser una larga despedida y cuelgo antes de ahogarme con un ataque de tos. Cojo el vaso de agua y me lo bebo de un trago antes de seguir con mi rutina del día: ver cómo las gotas de lluvia descienden por la ventana.
Por lo general, mi rutina es un poco más amena.
Vivimos en la Plaza de las Flores, una plaza con los restaurantes y cafeterías más populares de la ciudad, cuyas terrazas están llenas de la mañana a la noche, rodeada de edificios llenos de geranios en flor todo el año.
Mi madre y yo aportamos dos maceteros de intenso color rojo cuyos geranios viven a malas penas.
A ninguna de las dos se nos da especialmente bien la jardinería.
Mis días consisten en ver vivir a los demás a través de mi ventana.
Desde aquí he visto cambiar el color de los árboles, de un verde brillante hasta el ocre que trae el otoño. También he visto cómo el invierno se lleva esas hojas y solo deja ramas vacías.
No perdí detalle de la forma en la que los operarios trabajaban durante semanas para instalar las luces de Navidad, que con su baile incesante de un azul brillante animaron unos días tremendamente aciagos.
Lo que no me gustó tanto fue ver el calor que trae esa época, las ansias de disfrutar de esos días familiares, con prisas de un lado a otro buscando regalos, con brindis y risas en aquella plaza que se convierte cada año en un hervidero de gente en Nochebuena.
Me sentí más sola que nunca viendo la vida pasar detrás de un cristal con la única compañía de mi madre, que vela día y noche porque me recupere.
Por eso me alegré tanto de que los mismos operarios descolgaran aquellas luces y la normalidad regresara a las calles.
No a mi vida, sino a la ajena. Porque de la mía ya poco queda.
Después de que Hugo se marchara, estuve una semana sin salir de mi habitación, casi sin comer y prácticamente sin dormir. Solo podía llorar, llorar y llorar hasta dormirme agotada.
Sabía lo que pasaría, sabía que habría dolor.
Lo que se hace mal solo acarrea mal. Pero saber que se te va a romper el corazón no te libra del dolor.
Al contrario, duele más porque sabías que lo hacías mal y continuaste; sabías que le harías daño a la gente a la que quieres y no te importó.
Ansiaba tanto esa pizca de felicidad que no me paré a pensar en el dolor que vendría después y, ahora que me han arrancado el corazón del pecho, no queda nada de mí.
El desamor te destroza, te rompe en trozos pequeños. Hugo me había roto el corazón en los mismos pequeños trozos en los que mi madre rompió la última foto de nuestra familia. Aquellos trozos tuve que tirarlos a la basura incapaz de volver a pegarlos. Mi corazón tampoco tiene arreglo.
No quise hablar con Fran. Lo evité casi dos semanas hasta que no me quedó más remedio que contestar a sus insistentes llamadas.
Pensé que nuestra ruptura sería más fácil, pero volví a equivocarme.
Me juró que cambiaría, que sería mejor novio y no volvería a desplazarme y darme de lado por sus amigos.
Me dijo todo aquello que siempre quise oír de sus labios en el único momento en que no podía escuchar esas palabras.
Cada una cortó un pedacito de mí. No podía ser sincera y decirle que él no era el causante de aquella ruptura.
La única que tenía la culpa de todo era yo.
Pero tampoco fue eso lo que terminó de romperme. Fueron sus últimas palabras las que lo hicieron.
«Me abandonas igual que ha hecho Hugo. Él ha preferido irse a la guerra antes que quedarse con su familia. Tú eliges la soledad antes que quedarte conmigo».
¿Hugo? ¿En la guerra?
Me derrumbé solo con pensarlo. Me despedí a malas penas y ni recuerdo cómo llegué a casa.
Solo recuerdo el pinchazo en el vientre que me produjeron los remordimientos, la angustia de la culpa aglomerarse en mi garganta y el ardor de la pena subir desde el estómago al saber que había abocado al hombre que amaba a abandonar a su familia, relegar su sueño de convertirse en piloto, y arriesgar su vida marchándose voluntariamente a la guerra de Afganistán.
Eso era lo que creía Hugo que merecía por traicionar a su hermano, por estar conmigo: morir en la guerra.
Ese fue el momento exacto en el que comenzaron las náuseas y ya no las pude detener. No conseguía retener nada de lo que comía. Lo vomitaba todo. Cuanto más comía, más vomitaba, en un círculo vicioso que no sabía cómo detener.
Me dio miedo decírselo a mi madre. Solo empeoraría su enfermedad.
Pero no fui consciente de que mi silencio solo agravaba la enfermedad que se estaba gestando en mi cabeza.
Conforme pasaban las semanas, más vomitaba, hasta que ya no pude esconderlo más y vomité sobre la mesa a la hora de comer antes de desmayarme.
Tengo difusos aquellos días, ingresada en el hospital y siendo tratada por desnutrición.
Tampoco sé si fue ese momento, cuando mi madre pensó que perdía a su hija y tuvo que llamar a la ambulancia, el que la despertó y la hizo reaccionar.
O si fue después, cuando le preguntaron cómo era posible que su hija presentara desnutrición severa y ella no se hubiese dado cuenta.
O los días que tuvo que cuidarme en el hospital.
Solo había necesitado enfermar para que las tornas cambiaran.
Para que mi madre volviera a ejercer su papel y yo adoptara de nuevo el de hija.
Desde aquel momento, no se separó de mí, ni desistió en su empeño de descubrir qué le sucedía a su hija. Cuando llegó el diagnóstico, fue devastador para las dos: bulimia nerviosa derivada de un trastorno psicológico. Aunque casi fueron peores sus palabras:
«Todo se paga en esta vida».
Es triste pensar que la vida te devuelve lo que le das. A mi madre le devolvió una hija con un trastorno mental a la que cuidar por todos los años que yo lo hice con ella. A mí me ha devuelto una enfermedad de la que no sé salir por haberle destrozado la vida al hombre que quiero.
El cielo se ilumina y el estruendo del trueno me devuelve al presente. Mi madre se acerca con sigilo y deja una bandeja repleta de comida sobre la mesa. Galletas, bizcocho, chocolates de varios tipos y un par de refrescos. Me vuelvo hacia ella y la miro como si le hubiese salido otra cabeza.
—¿Y esto?
Mi dieta está muy, pero que muy alejada de todo aquello.
Sopa, jamón york, alguna tortilla, son mis alimentos principales.
Algo ligero y fácil de digerir que como con miedo a vomitarlo después.
Las úlceras esofágicas y bucales provocadas por los continuos vómitos duelen a rabiar; a veces, el ayuno es mi única salida contra el dolor.
—He pensado que a lo mejor te apetece.
La observo en silencio mientras vacía la bandeja preguntándome si esta locura que padezco es contagiosa.
Porque mi madre ha debido volverse loca de repente si cree que voy a comerme todo aquello.
No digo nada. Decir las ideas tortuosas que se me pasan por la cabeza últimamente la alertaría todavía más.
Así que miento, como de costumbre, y trato de tranquilizarla.
—Gracias, mamá. Lo intentaré.
El timbre suena a lo lejos y se me forma una sonrisa. Ahora entiendo este derroche de comida. Fernando, el portero, se ha convertido en un miembro más de nuestra pequeña familia, y pasa a visitar a la «niña de sus ojos», como el me llama, cada vez que el trabajo se lo permite.
Aguardo su compañía y me envuelvo en la manta al ver otro rayo iluminar el horizonte.
Dejo que mis pensamientos vaguen, perdida en la forma en la que la lluvia resbala por el cristal.
No sé cuánto tiempo pasa, minutos, horas, días enteros, hasta que me percato de que la figura que se refleja en el cristal no es la de Fernando.
Fran está en la puerta, con una mirada que va desde la estupefacción hasta la pena, vacilante entre acercarse hasta donde estoy o salir huyendo.
Casi puedo ver mi reflejo en el estupor de sus ojos.
Mis mejillas llenas han desaparecido sustituidas por pómulos afilados y ojeras hundidas y oscuras.
Las curvas de mi cuerpo fue lo primero que se llevó esta enfermedad que arrastro, y ha dejado tan solo huesos cubiertos por piel fina.
Mi pelo, antes brillante, es ahora una masa encrespada y quebradiza, que tampoco lavo lo que debería.
Mi ropa colorida y ajustada está escondida en algún lugar de mi habitación, oculta de mi vista, como trato de ocultar mirarme en el espejo.
Poco queda de la chica que conoció.